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viernes, 13 de agosto de 2010

Cegueras



El amor se desvirtúa a falta de un sentido.


Hasta hace muy poco tiempo, siempre había creído en los flechazos. Fantaseaba con la posibilidad de hallar a alguien puro y verdadero, y de poseer, súbitamente, la certeza de que nos pertenecíamos el uno al otro con apenas una lenta mirada, tan real como la materia más palpable.

Pero pasé por alto un detalle crucial: que no se puede mirar sin tener los ojos preparados para ello. Y que las emociones no sólo nos oprimen el pecho o nos provocan temblores, sino que también clarifican la mente.

Sin raciocinio, el amor no existe como tal. La pasión desenfrenada y las necesidades acuciantes conducen a sentimientos poco premeditados, y éstos llevan a una pérdida de los sentidos. No podemos percibir el mundo como realmente se nos presenta, porque no disponemos del tiempo -o eso creemos- ni de los mecanismos adecuados para ello.

Así, perdidos como nos encontramos, creemos ver la luz en alguien que en realidad nos ciega, sin ser consciente de que sin luz propia no podemos comportarnos tal cual somos en realidad.

Tan desesperados nos sentimos que nos aferramos a opciones de felicidad que, de haber estado en posesión completa de nuestras facultades, habrían sido descartadas o habrían requerido mucha más dedicación.

Y, de esta manera, avanzamos velozmente, con las uñas hincadas en el brazo de nuestro salvador, plenamente convencidos de que tal guía nos va a ayudar a recuperar la vista; cuando sólo empeora el síndrome, puesto que no deja que hallemos nuestro propio camino -aunque sea en las tinieblas-.

Pero de la misma manera que no podemos observar algo que no conocemos lo suficiente con una mirada científica, tampoco podemos mirar con ojos heridos al que creemos es el gran descubrimiento de nuestra vida, y llega un instante en el que el brazo se suelta y quedamos desamparados en la oscuridad de nuestra invidencia.

Una vez me dijeron que las dificultades nos transforman: dejamos de ser fieles a nosotros mismos para abandonarnos a la ceguera.

Lo más doloroso no es el propio impacto, sino la rehabilitación; pues conforme vamos recuperando la vista caemos en la cuenta de que nos hemos traicionado y de que nuestros ojos escuecen ahora con más intensidad que nunca.

La recuperación puede darse de inmediato si somos afortunados; pero en otras ocasiones la invidencia se ha reforzado tanto que hay que marchar, pasito a pasito, para volver a ver el mundo con ojos nuevos. Y lo que es peor: tenemos que hacerlo en soledad.

Es entonces cuando nos falta un buen bastón, y desearíamos no haber tirado todo por la borda por una ceguera transitoria: nuestra vista, nuestro amor propio, nuestras convicciones; nuestras bases.

Y, a falta de bases, sólo queda un camino: el que tenemos por delante y debemos -también podemos- caminar solos hasta que, una vez curados los estigmas, recobremos todos y cada uno de nuestros cinco sentidos para, ahora sí, volver a amar otra vez.

Reflexionando...

Deberíamos usar el pasado como trampolín y no como sofá.
Harold McMillan

domingo, 4 de octubre de 2009

¿Imponer o tolerar?



Por más que indagaba, no hallaba respuesta.

En algunos momentos, se sentía una imperiosa generala. De sus labios brotaban unas rotundas palabras que se reforzaban con tono autoritario. Y, de repente, se producía una transformación. A pesar de su juventud, no podía evitar lagrimear y sentirse cual madre tremendamente preocupada por lo que hacía o dejaba de hacer su hijo. Pero la diferencia era que ella no era su madre.

En realidad, a ella no le gustaba protestar sobre los defectos de los demás, empezando porque lo que veía como defecto podía ser contemplado por otros como algo corriente y moliente, o incluso como una virtud. Sin embargo, en un momento de tensión, podía pretender ser lo más sincera del mundo y proclamar con fiereza que odiaba que hiciese aquello. "Me das vergüenza", llegaba a decir, arrepintiéndose al instante. No podía luchar contra sus principios, pero tampoco contra su inmensa adoración por él; y entonces, todo colisionaba: no sabía hacia qué extremo dirigirse, ni cómo hallar un argumento razonable que mediase en aquel conflicto de dos.

Él, como era natural, se defendía alegando que podía hacer lo que le placiese. Al fin y al cabo, aquello no le hacía ningún daño a ella y tenía que aceptarlo. Otros muchos también se lo habían recomendado en más de una ocasión: "Déjale, ya es mayorcito. Sabe cuidarse." Y nuevamente resurgía el complejo materno.

¿Puedes pedir a alguien que cambie por ti? ¿O acaso no le deberías amar por cómo es?

De súbito, se dio cuenta. No tenía que imponer ni tolerar nada, y en el fondo lo sabía desde el comienzo, antes de que se le hubiese llevado la rabia de sus principios personales. El amor es algo libre, abierto y generoso, ¿dónde había espacio para las normas? ¿Acaso había un hueco para la imposición como prueba del querer?

Si alguno de los dos se sacrificaba por el otro, por su propio bienestar o felicidad, sería de forma voluntaria. Y quizá deberían cambiar las tornas, y sacrificarse ella. Nada de tolerar, permitir, aguantar o soportar. Tan sólo dejarle ser.

Porque sabía que ser una generala no era bueno para los dos.

Reflexionando...

Amar no es sólamente querer, es sobre todo comprender.
Françoise Sagan

martes, 8 de septiembre de 2009

Dos hombres sabios


Hacer las cosas con pasión conlleva sufrir, pero sin sufrir no se alcanza el
éxito, no se logran unas metas.

El primer hombre sabio, con esa simpatía seria tan agradable, había pronunciado unas palabras dignas de ser recordadas, aunque algunos quizá no habían comprendido su significado intrínseco. A pesar de que el ambiente circundante carecía de emoción alguna, ella, meditando lo dicho, se había sentido orgullosa, exultante, complacida por tan sencilla pero verdadera revelación.

El segundo, no obstante, iba a abocar su ánimo a la ruina. Con poco empeño por falsear la realidad, pronunció unas sentenciosas frases que bastaron para descorazonar al más entregado a sus metas futuras. No hizo falta demasiada profundización para que ella, desalentada de súbito, se percatase de que había escogido, sin darse cuenta, una de las ocupaciones más comprometidas, dificultosas y peor recompensadas de la sociedad.


Fue entonces cuando la vena trágica inundó sus pensamientos cual tsunami. Se imaginó a sí misma sentada frente a un ordenador, redactando con tesón y empeño unas líneas para que apenas fuesen valoradas; o incluso preparando humeantes cafés o fotocopiando documentos para luego entregarlos en mano a un tipo trajeado y demasiado atareado como para prestar atención a una simple idea propia, siquiera una sugerencia. En última instancia, fantaseó con un local lleno de zapatos. Zapatos a un lado, zapatos al otro. Zapatos en el almacén. Zapatos en el centro de la sala. "No, por favor." Lanzó una especie de plegaria mental para que aquello no llegase a planteárselo, pues eso significaría que su sueño se habría desmoronado sin remedio.


Aquel segundo hombre sabio, en el fondo, estaba totalmente en lo cierto; precisamente por eso su moral había descendido tanto. Pero su objetivo no era tal, sino derribar una moral caída para levantarla con una esperanza. Recurrió a los porcentajes para ilustrar su peculiar esquema del futuro. Según las cifras, sólo unos pocos sobrevivirían a las dificultades de la base para alcanzar la más alta cúspide. Pero a ella eso no le importaba en realidad. Había otros, algunos pocos también, que no aspiraban a escalar tan alto, sino a vivir conforme a las pautas de su sueño. Esos pocos, aseguraba el hombre sabio, podéis ser vosotros si ponéis el empeño suficiente en ejercitar vuestra mente.


"Podéis ser vosotros. Quiero que seáis vosotros. Seréis vosotros." En clave de humor, continuó con su explicación, pero ella todavía le daba vueltas a lo anteriormente dicho. Parecía como si el primer hombre sabio se hubiese confabulado con el segundo para lanzar su discurso, ya que no podrían estar más enlazados. Comienzos, dificultades, sueños. Dedicación, esfuerzo, sufrimiento, pasión.

Ella quería escribir; y podía hacerlo.

"Pasión-se dijo-,eso es lo que le hace falta al mundo. Y ahora, más que nunca, me alegra ser una apasionada, y además, sufrir por ello. Porque merece la pena."

Reflexionando...

Las pasiones son como los vientos, que son necesarios para dar movimiento a todo, aunque a menudo sean causa de huracanes.

Bernard Le Bouvier de Fontenelle

jueves, 3 de septiembre de 2009

Tormenta indeseable


¿Alguna vez has sentido que te transformabas? ¿Alguna vez te ha dado la impresión de que, al chocar de bruces contra las circunstancias, afloraba tu otro yo? Así es como se produce mi cambio.


Se dice que lo que más doloroso se nos antoja es lo que más nos cuesta admitir y asimilar, mas no parece justo que mantenga mis ojos cerrados ante lo evidente. Mi conciencia me dice "basta" al tan sólo pensarlo.

El autoengaño ya no me es útil: me transformo en ciertas ocasiones; mi faceta optimista se desvanece, dominada por la contraria. El miedo, la ausencia de calma interior a causa de tribulaciones un tanto tontas y los nervios que me atenazan por dentro como si de pinzas se tratasen, me tornan estática. La liviandad se esfuma, la tranquilidad parece alejarse a galope y yo me quedo sola con ellos. Condenados nervios.

Ellos, apoderándose de mi mente, la invaden poco a poco de preocupaciones que me distancian cada vez más de ti, semejantes a una nube que no me permite ver tu sonrisa ni avistar nuestro fondo común, ese baúl de los recuerdos que ambos felizmente compartimos. Y ahí permanezco, bajo el dichoso nubarrón, que únicamente puede ofrecerte miradas lánguidas o quejas inútiles.

Lo peor de estas tempestades momentáneas pero tristemente frecuentes es que deseo evitarlas, y de hecho podría lograrlo de no ser por la falta de esfuerzo. Al fin y al cabo, no intento acabar con esta carencia remediable, pues resulta mucho más sencillo caer en la indignación o en la simple tristeza.

Hoy ha sido diferente. Hoy, al producirse la aparición del nubarrón, he caído en la cuenta de que prometí que esto no volvería a ocurrir. Aquella tarde, mirándote a los ojos plagados de lágrimas, te aseguré que todo iría bien, y que ni una sola gota de lluvia de cualquier tempestad conseguiría empañar nuestra alegría. Pero no ha sido así. Hoy me he percatado de que, en el fondo, tenías tus razones para temer un chaparrón.

Estabas en lo cierto: todo iba a ser diferente, pero me hace falta creer que se puede remediar esa transformación... Creerlo con firmeza, con certeza, incluso con fiereza.

Creer en ti y en mí.

Escuchando... Agua, de Jarabe de Palo.


miércoles, 8 de julio de 2009

Ingenua

Imaginad la escena. Una jovencita universitaria toma asiento en un sillón negro de ruedas. A sus espaldas, una peluquera veinteañera de pelo de un caoba rojizo trajina con sus cabellos recién capeados y le empieza a hacer preguntas. Por no sé qué camino, desemboca en el tema de los noviazgos. Más al fondo de la estancia invadida por útiles de belleza, otra muchacha, rubia y de similar edad, se incorpora a la conversación. Y, en un intercambio de opiniones así, no podía faltar la madre de la protagonista de la polémica.

-A esta edad, en general, las cosas se acaban. (caoba)
-Sí; ¡quién sabe lo que pasará dentro de tres años! (madre)
-Pues mira, yo llevo desde los 15 años con el mismo chico. (rubia)
-Ya, bueno. (caoba)
-Eres joven, aún es pronto para estas cosas... (madre)
-Bueno, ya no lo es tanto. Pero sí, es joven: 19 años. Todavía es tu niña. (caoba)
-Tú céntrate en estudiar, que es lo más importante. (madre)
Una retahíla de consejos recibidos más o menos afortunadamente, pero bienintencionados. Pero ella se siente, de súbito, presionada. No tanto presionada por los demás, sino más bien presionada por el tiempo. Por las circunstancias. Por el miedo.

Ella siempre ha sido una soñadora. Quizá no debiera serlo, pues da la impresión de que la gente, hoy en día, tiende a ser más pragmática. Si una parte marcha lejos por un tiempo, parece oportuno abandonar lo emprendido. Si sobreviene el cansancio y no imperan los esfuerzos por salvarse en una mala racha, mejor dejar lo comenzado. Si, a fin de cuentas, todo va a pique, acaba terminando porque nadie pone remedio. A ella le gustaría creer que hay más personas de las que imagina preocupadas por esto, pero no hay más que pensar en la frase de su madre: "Tú céntrate en estudiar, que es lo más importante. "

De todos modos, ella se resiste a creer que la madre trate de alejarla de sus aspiraciones. Al fin y al cabo, sólo desea que se incline más hacia una, aquélla que le asegure un futuro. Un futuro mucho más estable que el que le puede proporcionar un principito que podría tornarse rana de un momento a otro. Eso es lo que toda madre tiende a pensar, y no le falta razón, pues nunca parece haber escasez de corazones rotos en este mundo, dicho mal y pronto.

Pero es que ocurre algo curioso: a ella no le faltarían razones para dejar de soñar y poner los pies en tierra firme, pero el caso es que todas estas afirmaciones refuerzan su empeño. ¡Qué estúpido es creer que existe alguien que nos puede corresponder y amar de verdad durante toda nuestra vida! ¡Cuán tonta tiene que ser aquélla que, rodeada por la actitud práctica del momento, quiera conquistar una felicidad plena basada en una sola persona! ¡Y, además, sabiendo que esa persona es totalmente imperfecta y que un fallo garrafal de la misma puede decepcionarla y hacerla caer en un hoyo de desilusión! Lo peor de todo es que sabe con certeza que las cosas pueden terminar, de repente, por factores y factores, ya que lo ha soportado en un pasado no tan lejano. Qué ingenua, ¿verdad? Pues ella se resiste.

Y es que ella desea, como decía hace unos meses ese profesor que le ha hecho reflexionar tantísimo, pasar por encima de las limitaciones de él. Hasta ahora lo ha logrado. Pero, ¿y si esos sabios adultos llevan la razón? ¿Y si el sentimiento se acaba, pues la desilusión puede con él? Algo así quería decir su madre, así como la joven de cabello caoba.

Desde luego que empatiza totalmente con la muchacha de cabellos dorados. Porque, si hubiera de elegir entre lo más verdadero que hay en la vida, ella no dudaría ni un instante al proclamar su elección: escogería el amor. Aunque eso le costase ser una atolondrada ingenua por siempre.

Reflexionando...

Aprendemos a amar no cuando encontramos a la persona perfecta, sino cuando llegamos a ver de manera perfecta a una persona imperfecta.
Sam Keen

jueves, 2 de julio de 2009

Y tú dijiste...


En realidad, las cosas son blancas o negras. Lo de los grises es mentira; nos intentan engañar para aligerarlo todo. Pero es así: o me quieres o me odias.
Me has vuelto a dejar ojiplática. O más bien ojiestrellada.

Qué tremendo flashback, ¿lo recuerdas? En esos dulces inicios nuestros me comentaste, con bastante rotundidad, que a ti te odiaban o te amaban. Siendo franca, a veces me han entrado unas ganas irrefrenables de odiarte, pero me descolocas tanto que hasta me haces adorar tus carencias, no tan sólo tus virtudes. Y es así cómo me tendiste tu red. Porque en esas palabras había mucho más que una de tus bromas sonsaca-sonrisas.

Pensándolo bien, te llevas una buena parte de razón; y eso que sueles estar convencido de que yo la tengo en todo momento. "Los extremos no son buenos", "no seas tan extremista", "las cosas tienen sus matices". ¿Que qué me parecen tales comentarios? Inútiles. Puede que resulten acertados en otros muchos temas, pero en este, precisamente, no tanto.

"Adiós, moderación. No me sirves en esto; me serás útil en otra ocasión. Pero con él, no". Contigo quiero ser extremista; porque en el amor no se puede ser moderada. En el amor o se da todo, o no se da nada. Y si se duda a la hora de decidir la entrega..., acaso no será amor del de verdad.

Si me ciño a tu afirmación, pequeño, no dudaré un ápice en proclamar que no sólo te valoro, sino que te tengo en los cielos; que no sólo me importas, sino que eres una preocupación esencial; que no sólo te quiero..., sino que lo hago con locura.

No sólo eres una sorpresa en mi vida, sino lo más grande que ha irrumpido en ella.

Your baby just cares for you.


domingo, 28 de junio de 2009

Cambios

La vida es un continuo cambio. Todo va evolucionando a medida que las agujas del reloj prosiguen con su tic-tac. Lo curioso es que esa evolución parece ser circular: las cosas van a parar al mismo sitio donde comenzaron.

En la moda, las tendencias vuelven; en la naturaleza, el ciclo de la vida posibilita nueva vida a través de la muerte. Y da la impresión de que algo así me ha sucedido a mí, y a otros muchos.

Durante este embarazo, estos nueve meses tan nuevos, he acabado por encontrarme con lo mismo. Porque en cualquier lugar, a pesar de que pueda parecer tan diferente, hay lo mismo: personas. Personas con las que te diviertes, con las que sufres, con las que sonríes, con las que sollozas, con las que aguantas, con las que descubres. Personas que te conocen, que te traicionan, que te afectan, que te menosprecian, que te ayudan, que te ignoran, que te felicitan. Que te quieren.

Para esas últimas va dedicada esta escueta y simple entrada. Para todos aquellos que han posibilitado que todo adquiera un tono especial. Para ellos, los que se han molestado en conocerme y hablar, en pasar horas conmigo haciendo de nada y de todo, los que no se han ido cuando la tormenta acechaba sobre nuestras cabezas y los que han disfrutado de los ratos de sol porque así lo merecían.


¡Qué narices! Esto también va dirigido a los que han hecho que crezca. Sí, vosotros: los que me habéis criticado, los que habéis susurrado a mis espaldas, los que no habéis sido fieles, los que me habéis abandonado, los que me habéis puesto las cosas un poco difíciles, los que habéis intentado impedir que sea yo, los que os habéis empeñado en alejarme de los míos. Vosotros os merecéis el mayor aplauso, pues posibilitáis que me refuerce todavía más.

A los recién llegados, gracias por asentaros a mi lado.

Y a los que ya estábais antes... gracias por quedaros.

El primer paso hacia mi sueño ya está dado. En el próximo curso, más.

Escuchando... a Michael Jackson.



Desde su más tierna infancia...





hasta su madurez, hizo feliz a millones de personas con su música.

Descanse en paz, King of Pop.

martes, 16 de junio de 2009

Vuelve...

Es lo único que te pido.

Hace tiempo que te escribí, y hoy me he visto impulsada a hacerlo de nuevo. Da la impresión de que la única forma de llevar a cabo un llamamiento potente es a través de estas teclas. Quizá sea, de hecho, la única manera de tenerte conmigo.

Parece que no te necesito, que no te echo de menos, que no te quiero ni lo más mínimo. Mas te equivocas tanto..., pues eres una de esas afortunadas que da sentido a mi vida. Porque contigo soy, realmente, yo misma.

Sin embargo, te he menospreciado: te he ignorado, no te he dedicado tiempo, y ni siquiera me sentía culpable por ello. Cualquier excusa valía: "estoy agobiada", "es el estrés", "necesito despejarme, no me voy a poner a eso...", "entre una cosa y otra...", "cuando acabe con esto le dedicaré más tiempo", "bueno, no pasa nada, en verano lo soluciono..."

Mi pequeña, mi pequeña y dulce criatura, ¿no te das cuenta de lo que te he hecho? Tanta felicidad, tantos buenos momentos me procuraste..., y ahora no soy capaz de corresponderte. No he tenido el ánimo, el empuje, el valor necesario para volver contigo de pleno. Lo paradoja es que, de haberte dedicado unos cientos de milésimas de segundo más, me habrías ayudado a sentirme mejor, a ver las cosas mejor, a ser mejor.

Y es que siempre eres complaciente. Jamás me entregas nada que no sea una sonrisa, una satisfacción, o al menos un sueño. Contigo los exámenes, las riñas, los planes frustrados, la impotencia, la nostalgia, la tristeza, y toda sensación negativa imaginable se quedan en suspenso mientras estás junto a mí.


Ésta es la verdadera: prometo volver a tu lado cuanto antes. Gastaré más tinta que nunca... porque lo mereces.

Escuchando... Christie Road, de Green Day.

martes, 2 de junio de 2009

Como Rosseau


Extraño como un pato en el Manzanares,
torpe como un suicida sin vocación,
absurdo como un belga por soleares,
vacío como una isla sin Robinsón,
oscuro como un túnel sin tren expreso,
negro como los ángeles de Machín,
febril como la carta de amor de un preso...
así estoy yo, así estoy yo, sin ti...
Así voy y vengo, en el espacio y en el tiempo, meciéndome al compás de unos suaves acordes de fondo. Y es que siempre he tenido el grave problema de soñar demasiado.

De seguro, me falta el intelectualismo y el talento del gran personaje de Rosseau, pero se da el caso de que a veces me convierto en una ensoñadora, una paseante solitaria, tal como él decía sentirse.

En todo momento deseo que se presente la ocasión para hacerlo. No me limito a los típicos pensamientos previos a conciliar el sueño: me parecen meros somníferos. Lo que verdaderamente me apasiona es hacerlo con los ojos abiertos, bien abiertos hacia el mundo que me rodea.

Me espera un largo viaje en coche o autobús. O quizá tenga que caminar, quién sabe, hasta un punto un tanto lejano. ¿Qué mejor excusa para hacerlo? Música, por favor, y después... tan sólo hay que dejarlos fluir.

Los pensamientos van copando la mente, pero cada vez se tornan menos banales, obligatorios o puntuales. Se van convirtiendo en imaginaciones, deseos, anhelos ocultos. Se pasa del recuerdo del día anterior a la memoria de un momento demasiado feliz, que aporta fuerzas para afrontar un día ya cansado desde los primeros albores de la mañana. Se vagabundea de ensueño en ensueño, de un plan factible a otro descabellado pero ansiado. Se construye el escenario de cientos de historias. Puede que sean imposibles. Pero esa evasión hace feliz por unos instantes a su portador.

Un deseo se vuelve eterno; un momento feliz se prolonga de forma infinita.

De fondo, mi compañero de viaje continúa acariciándome los oídos.

Escuchando... Así estoy yo sin ti, de Joaquín Sabina.

jueves, 28 de mayo de 2009

Perfectamente imperfecto

Debo de ser tonta. O algo parecido.

Son muchas las veces que me pregunto por qué soy tonta exactamente. Si por no aguantar lo que me toca o más bien por no aceptarlo. Me da la sensación de que es lo primero, porque me parece que hace tiempo que me percaté de que, como decía mi madre y sigue diciendo, "Don Perfecto se murió".

"Me sacas de quicio". Una de mis frases estrella, sin duda, que evidencia una realidad que no debería negar. Y es que él no es el summun de las virtudes. No se trata de un muñequito ideado a mi medida, un señorito hecho en exclusiva para mí, que tiene todo lo que podría desear de un hombre. Eso sólo es un sueño apto para una ingenua. Porque es humano..., y yo también lo soy.

Ciertamente, me saca mucho de quicio. Me pone de los nervios que no pare de charlotear y luego me llame habladora, que sea un bocazas y un inoportuno, que carezca de sentido del disimulo y, por añadidura, que se cabree de maneras escandalosas (aunque se supone que yo también lo hago, vaya por Dios...) No puedo con su manía de comenzar una frase y dejarla a medias, como queriendo entrever un reproche que muere a mitad de camino; ni tampoco me convence nada su forma de ignorar un tema importante, o al menos de hacer que lo ignora. Ahí sí que es un buen disimulador, sin duda. Me saca especialmente de mis casillas, además, que empiece comentando algo y se vaya por otros derroteros, desviándose del punto central de la charla/debate/discusión acalorada por completo; así como su innata cualidad para creer que lo mejor del mundo mundial es lo suyo: lo que a él le gusta, lo que él valora, en lo que él cree firmemente. Y, para coronar el pastel de defectos, he aquí lo que más aborrezco: su orgullo, su maldito y honorífico orgullo.

Da la impresión, a todas luces, de que describo a una persona que odio. Pero, dejando de lado que no me gusta odiar a nadie, resulta que esta es una persona a la que adoro. ¿Irónico? Quizá. O quizá no tanto.

Y es que esta gran paradoja, bien vista, va dejando de contradecirse en todos sus puntos por el simple hecho de que cada uno de los defectos es compensado por sus virtudes. Incluso algunos de estos defectos enumerados minuciosamente se transforman, de alguna manera, en algo encantador.

"¿Qué es lo que te gusta de mí?" Esa complicada pregunta se me ha venido planteando por su parte desde hace ya un buen puñado de semanas y semanas. Difícil respuesta, pero que (¡mira tú qué gracioso!), me ha venido nítidamente a la cabeza precisamente por sus honorables meteduras de pata.

Me gusta su sonrisa pícara cuando se pone orgulloso, esa sonrisa que parece susurrar: "mi orgullo es tan sólo una coraza, soy bueno en el fondo". Me gustan sus convicciones, aunque esa fuerza acabe por ser arrolladora y apabullante. Me gusta que hable tanto o más que yo, porque disimulo mi propio defecto. Me gusta que varíe los puntos de una conversación, pues me acabo enterando de cosas alucinantes acerca de las que no pretendía conversar. Me gusta que alardee de sus conocimientos: nunca dejo de aprender a su lado. Me gusta que se haga el desinteresado cuando, en realidad, ha prestado atención a todas y cada una de mis palabras, y les ha dado mil vueltas. Me gusta que tenga cosas por las que luchar, vivir y creer. Me gusta él.

Él es la única persona que puede hacerme reír y llorar al mismo tiempo. ¿Por qué? Porque tiene el sutil encanto de ser perfectamente imperfecto.

Señoría, ruego encarecidamente su perdón, pues, en el fondo... yo también lo soy. Sobre todo lo segundo.

Reflexionando...

Hay defectos que manifiestan un alma bella mejor que ciertas virtudes.
Cardenal de Retz

sábado, 23 de mayo de 2009

Y por fin...

He vuelto al pasado, pero esta vez no ha sido doloroso.

En los últimos años, cada minúsculo recuerdo de aquellos días me punzaba como afilados alfileres. Invertía todos los esfuerzos de los que escasamente disponía (sobre todo al principio de esa pequeña tortura) en tratar de olvidar, mágica palabra que anhelaba se hiciese realidad cuanto antes. Lo curioso es que cuanto más fuerte era el anhelo, menor efecto surtía en la práctica. Me desmoronaba de nuevo. Volvía a escribir largas cartas. Tomaba el teléfono y marcaba ese número que siempre estaba ahí, grabado a fuego en la memoria por si acaso lo necesitaba algún día. Las lágrimas acababan aflorando sin remedio.

Era un amor-odio insaciable. Se trataba de querer y aborrecer al mismo tiempo, y lo peor de todo era que tenía la necesidad de seguir sintiendo esa extraña e hiriente mezcla.

Cuando las aguas comenzaron a calmarse un tanto, nos hacíamos siempre la misma pregunta. ¿Amigos? Ja. No nos lo creíamos. Y de hecho, seguimos sin creerlo demasiado. ¿Cuál es la diferencia? Que el camino se ha ido formando a través de la maleza del amor-odio. Un amor-odio que cada día se disipa más y que tiende a dar paso a otro sentimiento incierto y deseado, pero dominado por el sosiego. Se acabó la pasión (tanto negativa como positiva) exacerbada.

Anoche, físicamente envuelta en una pegajosa atmósfera, evidente anticipo del verano, experimenté todo lo contrario dentro de mí: un maravilloso y esperado soplo de aire fresco. Volvimos a lo de antes. Pero ya no somos los mismos ni por asomo.

Nuestra situación no era para nada común. Quizá fue por eso por lo que nos perdimos el respeto, pero lo mejor es que hemos enmendado grandes errores. Y eso es lo que cuenta para avanzar en la vida.

Lo más valioso de todo esto es, sin duda, la nueva visión con la que se me ha obsequiado. Una visión sobre lo que tengo y lo que podría desear. ¿Conclusión? Llana, muy llana: mi suerte ha sido descomunal. Porque esta persona, como esas otras pocas personas importantes en mi existencia, ha hecho que me percate de que tengo en mis manos la felicidad, justo al lado. Que poseo lo que estaba buscando. Y ellos, los que me conocen demasiado bien, lo saben con tan sólo escucharme hablar de ese regalo del cielo que es él.

Ha costado cuatro años salir de la tormenta. Y por fin... la calma tras la tempestad. Gracias.

Reflexionando...

La magia del primer amor consiste en nuestra ignorancia de que pueda tener fin.
Benjamin Disraeli

lunes, 11 de mayo de 2009

Vergüenza te tendría que dar...

No tienes nada por lo que preocuparte. Tus temores son infundidos. ¿Por qué habría de preocuparte? No hay razones para ello... Porque no las hay, ¿verdad?

Pues claro que no las hay. Pero a veces, nuestra mente, a pesar de las evidencias, se niega a dejar de expedir pensamientos como chorros de agua caliente, que aturullan y conducen a conclusiones estúpidas.

Y una de esas poco lúcidas conclusiones es la que me ronda la cabeza de vez en cuando en referencia a una persona concreta. ¿De qué conozco a dicha persona? De muy poco. ¿Me ha hecho algo esa pobre muchacha? En absoluto. Entonces, ¿por qué me entran unas irremediables ganas de aborrecerla? Por las conclusiones estúpidas anteriormente mencionadas.

Pocas veces odié a alguien, y hace ya cierto tiempo que decidí no hacerlo. Es de seres con mal corazón, frustrados y asqueados. No merece la pena. El odio no lleva a nada, sólo a acrecentar los malos sentimientos dentro de ti. A mí, personalmente, me hace sentir una sabandija. Por eso no odio..., aunque haya veces que experimente esa irremediable deseo.

Lo peor es que el anhelo de odiar nace hacia un ser humano que no lo merece. Si acaso tuviese unas irrefrenables ganas de aborrecer a una persona verdaderamente repugnante, tendría su lógica. Sin embargo, esta persona no es repugnante; de hecho, parece dulce, amable y, en términos generales, buena. Una chica de buen corazón.

Esto aumenta las probabilidades de que me vuelva injusta, injusta por tender a odiar a quien no se lo ha ganado. Es por esto por lo que suelo pensar que se trata de envidia. Tengo envidia de su buen corazón. De sus virtudes y talentos. De que le conociera antes que yo. De que, en su día, les unieran fuertes lazos. De que, en el fondo, llegara antes que yo en esa especie de carrera.

Evidentemente, esa envidia carece de lógica aparente, porque eso se acabó. Ni ella ni él albergan ninguna esperanza por volver al pasado, siquiera interés. También evidentemente, esa envidia no es nada sana. Es un amago de odio, una hiriente sensación en vías de desarrollo.

Y yo sólo pido que el desarrollo se frene y que la sensación se extinga..., porque él tampoco lo merece.

Malditos celos.

Escuchando... Chump, de Green Day.



La canción que me acompaña siempre en este tipo de momentos.

viernes, 8 de mayo de 2009

Las dos caras de la moneda

Hoy he visto la sonrisa más triste del mundo.

Se perfilaba tímida, en unos labios dudosos. Parecía resistirse a salir, pero no lo lograba, pues las circunstancias la requerían. No obstante, al esbozarse, nerviosa, se adivinaba en ella un halo de desesperanza, una cierta desgana que la convertía en algo carente de la simpatía de una sonrisa corriente. La alegría se tornaba en melancolía. Una nostalgia con una fachada risueña..., pero nostalgia, al fin y al cabo.

A veces, no todo es negro ni blanco. En muchas ocasiones, predomina un cierto tono gris en los acontecimientos con los que te vas cruzando, poco a poco. Y, en cierto modo, esto es bueno. Porque todo lo malo tiene su parte positiva, ¿no nos lo dicen nuestras madres y abuelas para consolarnos? Será que es verdad...

Esa triste sonrisa me ha hecho recordar varias cosas. Me ha llevado, de sopetón, a entender la más grande de las pequeñeces. Me ha hecho caer en la cuenta, en definitiva, de lo afortunada que soy.

Qué curioso. Toda la semana quejándome del estrés rutinario, de las discusiones banales y de tener que memorizar decenas de nombres de generales, fechas y sucesos históricos para que, librada la batalla del examen y deseando un poco de descanso, de golpe y porrazo me cruce con esa sonrisa. Una sonrisa que ha hecho que no importase ni el estrés, ni las discusiones, ni el estudio. Una sonrisa que ha cambiado, por un momento, todo, y me ha impulsado a ver lo que verdaderamente importa.

Estoy completamente segura de que a cualquier persona le ha sucedido, alguna vez, algo semejante. Y es que la desgracia de otros, esa desgracia que nos infunde tanta pena y conmoción, especialmente si esos otros son gente cercana, nos provoca, de alguna manera, alegría. Alegría por saber que nuestra fortuna es inmensa.

Es reconfortante saber que esto es una buena señal. Señal de que las cosas no van tan mal como uno piensa cuando está inmerso en las prisas, en la rutina, en lo habitual. Que no os apene sentir una alegría conmocionada frente a una sonrisa triste.

Tal como prometí, en este día de dobles caras, he aquí algunas pequeñas cosas que me encantan...

Me gusta...

... escuchar cómo la lluvia repiquetea fuera, arropada en la cama.
... planear algo para que luego salga al revés, y mejor de lo que esperaba.
... llegar cansada un sábado noche y arrojar los zapatos en el ascensor.
... reírme absurdamente hasta que me duela el estómago.
... morderme las uñas (lo sé, es un vicio)

Pero sobre todo me encanta que atravieses mi mirada, en el momento más inesperado, con esos preciosos ojos color chocolate.

Reflexionando...

No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.
Oscar Wilde

lunes, 4 de mayo de 2009

¿Universitario, yo?

-¿Que todavía no has ido a Marengo?
-Pues... no.

-¿Y qué clase de universitaria eres tú?
Así pintan las cosas por aquí. Y es que parece ser que la vida como estudiante superior no es vida sin salir de fiesta todas las semanas, al menos una vez cada siete días. Pero yo no estoy de acuerdo con eso. Sí, me temo que hoy me toca volver a reflexionar, aunque lo que vaya a dejar por aquí dé lugar a polémicas y no agrade a la mayoría, ni mucho menos...

Esto ya viene de lejos. La enseñanza secundaria nos enseña a todos grandes lecciones de la vida: el chico aplicado es el tonto, el aburrido, el serio. El empollón. El que no hace nada y está todo el día en su peña con los amigos, es la panacea de la diversión. Pero esto ya es sabido por cualquier joven y adulto que haya pasado por el instituto. Y, en cierto modo, es admisible e incluso perdonable: es lo que tiene ser niño o adolescente.

Comienza la universidad. De acuerdo; ya es hora de ir sentando cabeza académicamente, ¿no? Tus padres se sacrifican por ti, invierten sus ahorros en tu eduación. Correspóndeles con un mínimo de esfuerzo. Tus profesores van a clase para algo más que ver tu bellísimo rostro. Correspóndeles con un mínimo de atención, o al menos de silencio, o al menos de ausencia, si es que no te sientes con energías como para aguantar la lección diaria. Tus compañeros acuden para tomar apuntes o al menos para prestar atención (sí, hay alumnos interesados en la asignatura, existen, ¿eh?) Correspóndeles con un mínimo de respeto.

Pero no, la correspondencia escasea. Y es que eso no es lo entretenido, lo guay. La frase estrella del mayor de edad: "Tengo 18 años, puedo hacer lo que quiera". Por supuestísimo que puedes. Pero, ¿sabes qué? Que los 18 años no sólo implican tener libertad para faltar a clase, hacer lo que quieras cuando quieras y salir de fiesta miércoles, jueves, viernes y sábado para después volver borracho perdido, tambaleándote, hasta la puerta de tu casa. Los 18 años también significan responsabilidad. Oh, gran vocablo que asusta a muchos. Responsabilidad es tener en cuenta las repercusiones de tus decisiones. Responsabilidad es ser consecuente con tus actos. Responsabilidad es tener 18 años. Ni más, ni menos.

Lo triste es que mucha gente no se da cuenta de esto..., y luego pasa lo que pasa. "¡Mamá, mamá, el profesor me odia! ¡Me ha puesto un 4 y tenía un 4.9!" Es en ese momento cuando acudimos a mamá. Quizá es que no sabemos asumir las consecuencias. Quizá es que hemos pasado todos los días de la semana de juerga y no hemos pisado el aula. Quizá es que era más agradable tomar el sol durante toda la mañana que atender a un viejuno. Pues ya está. Responsabilidad. ¿Quién tiene ahora los 18?

Y resulta que lo que a mí me molesta no es que piensen que soy una aburrida y que carezco de modos de diversión por pensar esto y hacerlo. Tampoco me quita el sueño que la gente sea vaga, incompetente, poco trabajadora o pasota. Lo que a mí me repatea es no sea consecuente.

Perdonad que sea tan drástica, pero es algo muy cierto que más personas de las que creemos conocen... Y a mí ya me molesta un poquito que me vengan tan a menudo con frases como las de la cabecera.

Ahí queda la cosa; las opiniones sobre el asunto serán muy diversas y aceptables.

Aligerando... entre tanta alegría culé, esta mañana he encontrado un poco de desdicha madridista. El apósito en la mejilla de mi profesor de Historia de España, acérrimo merengue, hacía patente su rabia ante tan aplastante derrota. Él ha insistido en la idea de que se ha caído. Nosotros no le hemos creído. Aunque él ya lo daba por supuesto... Pacifismo, señores, pacifismo.

Escuchando... Polly, de Nirvana.


martes, 28 de abril de 2009

Paraíso perdido

Quizá lo que me pasa es que no entiendo muy bien esta transición.

Hace unos años, mis andamios tambaleaban. Llegado el culmen de los 18 (esos soñados 18 que, en el fondo, no son tan idílicos como muchos creen, aunque con su lado bueno, claro) , se han ido estableciendo con más nitidez. Pero eso es lo que menos me preocupa. Lo que en verdad hace que mis pensamientos se arremolinen es esa pérdida; la pérdida de algo tan valioso como el espíritu adolescente.

En el fondo, sé que esa actitud quinceañera todavía sigue en mí. De hecho, es probable que siempre queden resquicios de ella, porque mi propio carácter reviste actitudes de ese tipo: cambios de humor por naturaleza, demasiada sensibilidad ante emociones fuertes...

Pero, ¿acaso estoy perdiendo parte de mí dejando que ese espíritu se evapore? ¿Estoy dejando que el cemento de mis andamios reseque, que deje de ser él mismo? En definitiva, ¿la madurez de las estructuras puede dar paso, peligrosamente, a una pérdida de mi esencia?

Quizá lo que me pasa es que tengo miedo.

Un terrible miedo. Miedo a dejar de ser yo. Marta, la que adora hacer el payaso, reírse con chistes absurdos y bromear sin tregua. La que deambula por mundos posibles (o no tanto) y sueña despierta a todas horas. La romanticona empedernida, que a veces repugna de empalagosa. La que necesita llorar como una niña, y acaba haciéndolo sin pudor. Marta, a la que le gusta la auténtica rebeldía melódica de Green Day.

Quizá lo que me pasa es que no quiero perder todo eso.

Pero todo edificio necesita su restructuración. Los obreros han de ser realistas y velar por que se mantenga en pie. No puede estar sustentado por columnas carcomidas; lo lógico es que sea sometido a una restauración para que no quede desfasado.

"Sé tú misma." Eso me dice mi Pepito Grillo particular. La cuestión no es la dificultad que puede radicar el ser tú misma. La complejidad procede de otro problema: la madurez. Preciosa palabra que implica, irremediablemente, un cambio del modo de ser de una persona. Una restauración en toda regla. Un término que implica responsabilidad, pensamiento un poco más racional que la locura adolescente. Y aunque mi edificio tenga vestigios de madurez, sé que le falta mucho camino por recorrer... Y a la arquitecta, a la creadora del proyecto, le aterra la idea de que éste pierda su esencia, lo que le hace bello, lo que le convierte en maravilloso con sus imperfecciones. Lo que hace, en definitiva, que se sienta bien con su trabajo. Ese punto de locura que le otorga más belleza si cabe.

Quizá lo que me pasa es que lo más simple hace que me percate de muchas cosas que no lo son tanto...

Me niego a que el segundo paraíso perdido no pueda ser recuperado en caso de pérdida.

Escuchando... She, de Green Day.



Are you locked up in a world that´s been planned out for you?

viernes, 17 de abril de 2009

La mitad de un año...

Esa sensación ha regresado. Hace casi dos meses que la experimenté por vez primera. Hoy parece haber vuelto a mí, pero de una forma todavía más intensa, diciéndome mucho más de lo que se podría expresar con letras engarzadas.

Tengo amontonadas en mi interior tantas, pero tantas cosas que decir y, por supuesto, tantas emociones, que me cuesta trabajo ser ordenada en esta especie de exposición sentimentaloide. Eso es lo que puede parecer a simple vista, pero es mucho más; es una necesidad, una especie de explosión del bullicio que hay en mí.

Con seguridad, me ha sucedido exactamente lo mismo que aquellos primeros días de febrero. Vuelvo a la vida corriente, con sus placeres y sus obligaciones, con sus mases y sus menos... Pero parece que he salido de un sueño, de un maldito cuento de hadas que se acaba, a pesar de que me resisto. Acostumbro a disfrutar de ese dulce cuento en pequeñas porciones, sabiamente disgregadas, pero hay veces, como estas, en la que llega el empacho. Y ese dulcísimo empacho de amor es lo que me pierde. Vuelvo, y todo me parece banal. Todo se me antoja minúsculo en comparación con lo que llevo dentro. No puedo comprender que muchas de las cosas que me rodean sean tan asimilables comparados con el enorme e inabarcable sentimiento que me copa por dentro.

Algo así acontece en mi mente: es tan espectacular la emoción, que las palabras se revuelven, las letras se combinan de mal manera y las ideas se entremezclan. Tal emoción rompe absolutamente todos mis esquemas, pero el hecho de que me haga tremendamente feliz no es mala señal...

Sobra volver a mencionar ese sentimiento tan transparente que me atraviesa y me deja extasiada; de hecho, comienzo a percatarme de que van sobrando las líneas y que un te quiero no acumula ni por asomo toda la entrega y cariño que debo a una de las personas más grandes de mi vida.

Gracias. Por todo. Especialmente... por seguir haciendo que sea tu reina, de trono inmerecido.

Hoy, me has hecho llorar de felicidad. Otra vez.





Never know I could feel like this...

martes, 7 de abril de 2009

Consejero inesperado

Resulta que accedo a la villavesa (más conocida como autobús urbano), me acomodo en uno de los asientos de la parte trasera y, como de costumbre, me coloco los auriculares y me relajo al son de una melodía de Extremoduro. La villavesa, renqueante, va atravesando poco a poco el barrio de Iturrama hasta arribar en el centro, en concreto en la Plaza de Merindades. Sin apenas darme cuenta, miro a mi izquierda y veo que un señor, ya entrado en años, se ha sentado a mi vera. El hombrecito, de aspecto cansado, abrigo parduzco y boina calada hasta la frente, me saluda.

- Buenos días.
- Buenos días -le respondo yo, sin siquiera quitarme los auriculares, pues no esperara que iniciase conversación alguna.
- Hoy en día la gente ya no dice "buenos días". Entran al autobús, se sientan a tu lado y nada. Como si no existieras.

El señor, simpáticamente, ha dado en el clavo.

- Sí, es verdad -contesto. Después me quedo pensativa.
- Lo normal es decir "hola", "buenas tardes"... ¿Por qué no se hace? Pues no lo sé, siempre se ha hecho.

Asiento con la cabeza. Estamos avanzando fuera de la plaza. Él permanece en silencio unos segundos, pero reinicia la conversación, aunque desde otro prisma sin conexión aparente con el anterior.

- ¿Tienes novio?

Extrañada, le digo que sí.

- ¿Cuando le conociste miraste a ver si...? -hace un gesto con los dedos, refiriéndose al dinero.
- La verdad es que no. No me fijé mucho.
- Pues eso hay que tenerlo en cuenta, ¿eh?

Sonríe maliciosamente. No esperaba una pregunta así, y menos tal respuesta. Pero lo que comenta a continuación me sorprende con agrado, de nuevo cambiando de tema de forma radical.

- ¿Me dejas darte un consejo?
- Sí.
- Búscate un hombre de verdad, uno que pueda ayudarte cuando haga falta. Que no tenga pendientes en la ceja. Que tenga pelo en el pecho.

Se ríe. Pero todo me parece tan cierto que sonrío para mis adentros, y sólo me queda darle la razón. Incluso las gracias, pues me ha ayudado a confirmar que he elegido bien.


Escuchando... Twist And Shout, de The Beatles.



Un clásico, porque me apetece. Feliz inicio de Semana Santa a todos :D

domingo, 5 de abril de 2009

Esto no es una práctica

Más bien es lo que se podría llamar simulacro de práctica. Porque la oficial ya está en borrador y sólo le faltan unos cuantos retoques. Pero ésta tan sólo es una improvisación. ¿Por qué la escribo, entonces? No es por llevar la contraria a mis compañeros de clase bloggers (^^), ni por el simple hecho de que me encante el masoquismo. Simple y llanamente, porque la ocasión es merecedora de ello. Porque relatar tu "momento de máxima felicidad" es algo difícil, pero hermoso.

Quizás la versión para entregar asome su cabecita por aquí un día de estos, pero, por el momento, he aquí la extraoficial. Porque semejante tema no merece una sola práctica.

Recomendación previa: léase con la siguiente preciosidad de banda sonora.




Mi reloj de muñeca es pequeño y funcional, bastante cómodo, y con un aire deportivo. No es que lo deportivo me pegue bastante, la verdad. Lo mío, con seguridad, no es el deporte. El caso es que mi reloj me gusta. Deportivo o no, qué más dará. Casi nunca me lo planteo, pero aquella soleada jornada sí que lo hice.

Ciertamente, aquella era una tarde espléndida. El astro rey se pavoneaba ante la Tierra, luciendo con toda su fuerza y bañando de calor cada centímetro del pavimento, la verdísima vegetación y los cañones de la Ciudadela. La piedra relucía con fulgor. Algo bastante extraño para tratarse de un 13 de octubre en Pamplona.

No obstante, lo que copaba mi atención no era eso, sino las manecillas de mi reloj. Plateadas, con tintes grises, avanzaban inexorablemente hacia la hora cumbre y yo, impotente, no era capaz de detenerlas. Cinco minutos para las cinco. Cuatro minutos para las cinco. Tres minutos para las cinco. Dos. Uno. Las cinco. Pero no sucedía nada. Miré en derredor, tratando de sacar algo en claro de todo aquello. El minutero seguía avanzando, y lo hizo hasta alcanzar las cinco y cinco. Aquello no me podía estar pasando; de ningún modo.

Apenas dispuse de más minutos para plantearme una lista de alternativas. Los rayos solares, que me cegaban cuando alzaba mi vista hacia el horizonte, de repente no rozaron mi piel, pues algo se interpuso entre ellos y yo. Debió de decirme algo, supongo que alguna que otra palabra cortés. Pero yo estaba ensimismada, porque la agonía impaciente hubiese pasado y por tenerle ahí, justo a mi lado en aquel minúsculo banquito de piedra.

Vestía un polo de rayas azules, que peleaban, como queriendo abrazarse, pero no llegaban a tocarse. También llevaba unos vaqueros y zapatos negros. El "abrigo de librero", denominación con la que lo había bautizado cuando me topé con él por vez primera, descansaba en su antebrazo. Y lo más importante: portaba una inmensa sonrisa digna de ser enmarcada.

Es natural que, estando yo histérica, comenzara a charlotear atropelladamente. Sin embargo, él no parecía darse cuenta, sino que me prestaba una increíble atención. No sé cómo, ni tampoco sé por qué, pero la oleada de nervios se disipó al instante. Nos levantamos de allí casi a la vez y, empezamos a caminar. Físicamente, rumbo a ninguna parte; interiormente, dirigidos al conocimiento mutuo.

Si hay algo que hicimos durante esas cortas cuatro horas, fue hablar. Hablamos sin tregua ni descanso, sobre todo y todos, yendo de cosas banales a asuntos profundos. Hablamos tantísimo que soy incapaz de recordar todos los palos que tocamos. Paseamos y dimos con una cafetería donde, con el café como excusa, continuamos nuestra apasionada conversación. Le miraba a los ojos y él me devolvía el gesto con intensidad, mientras yo rompía en pedacitos una servilleta de papel, mi costumbre más arraigada cuando me acomodo ante una mesa de bar. Para que me detuviese me tomó de las manos con firmeza. Aunque ya había abandonado mi curiosa actividad, continuaron enlazadas. Las palabras corrían como en un torrente de agua, sin esfuerzo, sin presiones. Parecía que nos conociésemos de toda la vida y, por un instante, se me antojó la idea de haber visto su rostro antes, en otra parte.

Contra mi voluntad, la tarde cayó y el cielo, sobre nuestras cabezas, se tornó de un bermellón oscuro. No hubo más remedio que rehacer la senda de vuelta, a través del centro de la ciudad, hacia la fortificación que nos había visto encontrarnos. Por el camino aprovechamos el tiempo para entonar canciones de Moulin Rouge sin que nos importara que cualquier transeúnte nos observara con gesto extrañado.

Quisimos alargar la despedida. La noche ya había inundado todo, pero yo me senté en un banco de la Ciudadela, con los brazos alrededor de las piernas, con la esperanza de que el tiempo se congelase. Escruté la luna llena, nívea y otoñal, y él, sin pronunciar palabra, me abrazó por la espalda. Anhelaba profundamente que el minutero dejase de funcionar.

Pero no fue así; más bien el tiempo pareció correr más deprisa cuando nos separamos. Nos pusimos de pie y pareció que todo recobraba su curso habitual. Las obligaciones diarias nos llamaban a gritos: era el momento de marcharse. Apenas nos separaban unos centímetros y él, con una ternura infinita, posó sus labios en mi frente.

Después se dio la vuelta y esbozó su peculiar sonrisa. Las manecillas de mi reloj marcaban casi las nueve en punto cuando le vi alejarse, esta vez con su "abrigo de librero" puesto.

martes, 31 de marzo de 2009

¿Qué tendrá el 13?

Una curiosa revelación es lo que he experimentado hoy: no hay una sola habitación número 13 en toda la ciudad de Pamplona. Sí, lo que "oís": ni en los Colegios Mayores, ni en los hoteles, ni en los despachos, ni en las oficinas. Nada. Algo extraño a la par que sorprendente, que, lejos de las vanas supersticiones, me hace pensar acerca de por qué ocultas razones se le tiene semejante manía al pobre 13.

Desde luego, empezar así viene al caso, porque los últimos días no han sido para menos en lo que a cosas estrambóticas se refiere. Estrambótica, aunque agradable, ha sido la noticia de que mi más apegada compañera, Iraia, se muda el año que viene a mi residencia. También ha sido estrambótico ver cómo va pululando, de repente y como quien no quiere la cosa, gente nueva por mi residencia, desde una chica llegada de Granada hasta una alemana que, con sus encantadores dieciséis, ha dado un toque exótico a la fauna de estudiantes. Ha sido estrambótico, asimismo, conocer la grata noticia de que mi mejor amiga, Arantza, va a conocer por fin al Señor del Alféizar el lunes que viene; un acontecimiento sin precedentes al que no osaré faltar. Y ha sido estrambótico el examen de Historia de España al que me he tenido que enfrentar hoy: tantas horas delante de un grueso libro para que el profesor se interese por los detalles más ínfimos. Pero bueno, ¿acaso alguien se suele acordar de Calomarde o de los krausianos con regularidad al resumir 67 años de pronunciamientos, extravagantes cambios políticos, crisis económicas y cambios sociales sin precedentes?

Cambiando de tema: quizás suba mi última práctica de CIE (sí, esas redacciones que mis amiguetes se empeñan en mostrar en la red para que les plagien... . :P) Quedé bastante satisfecha con ella, tras dos arduas horas en una cafetería observando el entorno. Algunos de los clientes me miraban con gesto extrañado; es comprensible, pues les estuve escrutando con avidez para ser detallista, todo hay que decirlo.

Más me vale ponerme a leer, para cumplir con los trabajos de Literatura, una gran y célebre, aunque un tanto soporífera, obra: Fedro, de Platón. Oh, Dios.

Me sirve de consuelo saber que ya estamos rozando la Semana Santa, plagada de planes por una vez...

Escuchando... Cut the courtains, de Billy Talent.



Genial la voz de Ben...

martes, 10 de marzo de 2009

Para ella

Resulta bastante paradójico que siempre hayas tenido algo claro, tan claro que te des con un canto en los dientes el día que, de improviso, toda esa claridad se vuelve difusa. ¿Por qué?, quizás te preguntes. Es difícil tener unas convicciones homogéneas, con peso y que mantengas durante mucho tiempo. Cuando las encuentras, has de sentirte orgullosa. Pero resulta que llega un día en el que te percatas de que todo eso se puede desmoronar, y es curioso descubir que eres tú la única culpable de la caída de todas esas fichas de dominó que has ido colocando una a una, con esfuerzo, poquito a poquito...

Verdaderamente, no siento que haya echado a perder mi castillo de naipes. Más bien considero, con la cabeza fría, que necesita una reconstrucción; una reconstrucción evidente y de carácter un tanto urgente, por lo menos si deseo mantenerlo en pie. Otra cosa es que no quiera hacerlo. Sin embargo, estoy segura de ello. Quiero que, en mi calidad de aprendiz, pueda llegar a ser un día una buena arquitecta de las palabras.

No obstante, el camino no es para nada sencillo. Nada es tan fácil como parece; y si bien siempre he sido una persona lo suficientemente constante como para no darme por vencida ante una tontería, estos últimos días han sido unos días de revelaciones, revelaciones internas que, aunque sólo se desarrollen en mi interior, me causan algún que otro estrago.

Ella ha estado conmigo desde prácticamente mi niñez. La he querido, la he adorado con toda mi alma y lo sigo haciendo. Gracias a ella, he construido mis propios mundos, mis historias. Ha sido testigo de mi alegría, de mi tristeza, de mi mal humor, de mi esperanza y también de mi desesperanza. No hay nada que haya secado tanto mis lágrimas como un folio en blanco. No hay nada que haya contribuido tanto a que me desahogue, a que saque la rabia que llevo dentro, o la felicidad, o cualquier otra emoción que haya surgido en mí.

Ella, mi pequeña pero tan grande afición, no sólo ha resultado un modo de evasión o de disfrute. También ha sido la que me ha propuesto un futuro. Un futuro que, de salir bien, sería toda una experiencia, una maravillosa experiencia que anhelo desde mis mismísimos ocho añitos de edad.

Esto es para ella. Para esa fiel amiga que nunca me ha abandonado. Para esa compañera con la que siempre he podido contar. No es una persona, no es un animal, no es un ser viviente en el sentido físico. Pero sí vive, y de una manera muy intensa, en mi interior. Y está presente en todas partes, incluido este post... este minimalista homenaje es para ti, la escritura.

No voy a rendirme. A veces te me encabritas, pero, como en toda buena amistad que se precie, los vínculos han de forjarse con alguna que otra discusión. Y no pienso perderte como amiga. De hecho, pretendo que continúes siendo la mejor amiga que he tenido jamás.

Todo esto me hace recordar lo que escribí acerca de ti no hace más de un año...

Leyéndolo... Magia

¿Alguna vez has pensado en las pequeñas cosas que dan sentido a tu existencia? Tomar un papel en blanco, inspirar su aroma… acaba convirtiéndose en un instante único. Algo tan sencillo como llenar de tinta una hoja hace rebosar en tu interior cientos de emociones insospechadas. Navegas por el mar de la imaginación, descubres tus propias historias y te topas con sensaciones que ni siquiera creías conocer.

Lo que para otros es simplemente garabatos, a mí me hace vivir. Esas motitas de diversas formas no son más que comunicación, expresión y liberación. Combinándolas, puedes conocer a una persona sin mirarle a los ojos. Encajándolas, puedes introducirte en otro universo y evadirte del tuyo. Se trata de un dulce puzzle que debes construir. La diferencia reside en que está permitido seguir tus propias reglas.

¿Qué es éso tan abstracto que acabo de describir? Hay gente que lo denomina talento. Otros dicen que se llama inspiración. ¿Tal vez sensibilidad? Ciertas personas se asombran ante estas preguntas que me formulo. Algunos dicen que soy bohemia. Para mí sólo es magia. La magia de las letras.


Porque en la vida encontrarás que el éxito comienza en la voluntad del hombre... todo está en el estado mental.
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