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miércoles, 17 de febrero de 2010

Una vívida irrealidad



Tan sólo temo que las cosas no vuelvan a ser como antes.
Esta noche, mi subconsciente me ha vuelto a delatar. Quería, deseaba conciliar el sueño y sumergirme en el pacifismo que tanta falta me hacía después de un largo día. Mas mi mente no me ha concedido una tregua, y ha vuelto a regalarme uno de esas intensísimas ensoñaciones que hacen que el corazón rebote hasta casi salirse. Eso sí, no ha sido una pesadilla. Ha sido un sueño de verdad: agradable, extraño, pero feliz. Ni siquiera podría evocar con precisión qué ocurría exactamente. Sólo sé que él estaba allí, y que, aunque pertenezcamos a mundos tan diferentes, era una señal de que algo grande está por venir. Tan sólo sé que sonreía, que lo pasábamos bien, y que me sentía tremendamente afortunada por volver a verle. Y quiero pensar que esa visita en sueños no era una casualidad.

Él era la señal de mi regreso, mi tan ansiado y esperado regreso.

¡Podría escribir Biblias! En apenas treinta días, viví más que en varios meses de rutina escolar. Viví intensamente, cosa que no se puede hacer siempre.

Aún puedo recordar cómo, soñolienta, llegué a aquel universo extraño en un día bastante cubierto. Los ojos nublados, el cartel fosforito, los abrazos que no esperaba. Después ella, con su dulce sonrisa alambrada; y el chiquitín ruborizado. Y más tarde él, sentado en las escaleras del porche en una mañana soleada intentando arreglar Dios sabe qué cacharro.

No sé cómo, pero estrechamos lazos con la facilidad con la que se derrite un bombón en la boca. Escuchábamos música. Tomábamos batidos y contábamos chistes y proezas en los escalones de la casa. Por las noches, dábamos largos paseos tontos en los que efectuábamos pequeñas locuras de las que siempre salíamos airosos y con el pulso más que revolucionado. Reíamos por todo y por nada. Cenábamos en la calle. Caminábamos descalzos por el asfalto, y tratábamos de encestar a canasta mientras empujábamos al contrario. Nunca ganaba, pero apenas me importaba.

En esos días, me convertí en profesora. Intentaba en vano hacerles salir de su limitado vocabulario hispánico, basado en los términos hola, señorita y luchador. Poco a poco, fui descubriendo que preferían las palabras malsonantes a decir oreja u ojo. Pero aunque ellos apenas progresaran, a mí me ayudaron muchísimo sin siquiera enterarse.

Voló. El tiempo voló con tantísima rapidez que me pregunto cómo llegaron los últimos días. Pero llegaron, y comenzamos a apurar los segundos con más paseos, bailes, excursiones, acampadas en el jardín, risas flojas. Y en un santiamén ya estaba sollozando dentro del autobús, diciendo adiós a una segunda madre y a unos hermanos que, sin ser consanguíneos, me habían dejado una huella hondísima.

Sé a ciencia cierta que mis lejanas tierras del Pacífico distan mucho de ser como las recuerdo; lo que no significa que no sean así, sino que en mi memorándum personal las emociones colorean todo a su modo. Así, lo que quizá era un barrio común, aburrido y en calma, para mí era un pseudoparaíso del que me alejé a regañadientes y con las lágrimas empapándome las mejillas. Me he convertido en un Edward Bloom que añade cada vez más pormenores a su gran historia; que, en este caso, es más un relato aparte, una especie de fabulosa vida paralela, que una completa.

A veces -sólo a veces-, suelo pensar que continúan ahí, iguales que siempre, esperándome bajo el porche de la última casita a la izquierda de Arbutus Ave. Sin embargo, el raciocinio me advierte de que no es así. Que aunque me recuerden y echen en falta, ya no son los mismos. Han crecido: el pequeño ya no es tan pequeño y se ha cortado el pelo; la mayor ha volado del nido; y el vecino ha conseguido olvidarla y se ha enamorado de nuevo. Su hermanito, por cierto, debe de haber crecido una barbaridad. La madre tiene otro trabajo; el padre puede que haya mejorado los toques en la guitarra eléctrica; y seguramente alguno de los peludos gatitos haya pasado a mejor vida para ser sucedido por otros más pequeños.

Quizá tema que todo no vuelva a ocurrir de igual manera. Pero albergo esperanzas. Será mejor todavía.
Y la próxima vez que nos encontremos ya no será en sueños.

Escuchando... The Way It Is, de Bruce Hornsby

viernes, 30 de octubre de 2009

Lazos rotos


Y la compenetración llegó con la normalidad.
Será que todavía no lo asimilo. Será que todavía no lo comprendo. Será que todavía no lo concibo. Pero se me hace difícil entender que sus caminos se bifurquen.

Hubo una vez que me topé con dos personas que encajaban a la perfección. Un par de desconocidos que se compenetraban tan miserablemente bien que enfurecían la envidia de todos los que se hallaban a su alrededor. Dos piecitas que, en el complejo rompecabezas de la vida, se encontraron por el azar del destino y consumaron una profunda unión. Diferentes en su interior, pero engranadas por sus extremos, copados de similitudes. Clac.

Sin embargo, poco a poco, sus bordes comenzaron a desgastarse. Ese tacto firme y dulce se tornó áspero, y la adhesión dio paso al debilitamiento. Cada pieza empezó a resbalar al contacto con la otra, hasta el punto de que, sin una razón de peso, se desengancharon.

Realmente, puede que no hubiera una causa justificada. Sólo pasó el tiempo.

Pero durante ese tiempo que se extendía cada vez más, intervino ella. Ella provocó que dicha extensión se copara de agarrotamiento y dureza, tensando los meses, semanas y días hasta el punto de que no daban para más. Y soltar aquel tiempo extendido supondría un duro golpe.

En efecto, el impacto resultó fuerte, más fuerte de lo que podría parecer, pues no dio lugar a sollozos y encrispamientos, sino a algo mucho más sentido: la resignación, esa resignación del que sabe con certeza que no tiene nada que hacer, que el destino le ha tendido una trampa dolorosa y que sólo le queda salir de ella poco a poco, guardando a buen recaudo sus recuerdos en una vitrina de cristal; una vitrina que se mira, pero no se toca.

Y es que ella es tan maliciosamente imperceptible que va dejando caer su dominio con cautela, de modo que, llegado un punto, nadie se percata de su presencia pero siente sus consecuencias. Se culpabiliza a las circunstancias, e incluso a los propios sentimientos, de acabar con un cuento de hadas. ¿Acaso no se dan cuenta aquellos que la sufren que, en lo más hondo, el sentimiento sigue intacto y se hace más intenso por momentos? ¿Por qué caen en el error de pensar que, cuanto menos se nota la emoción, menos se ama realmente? ¿Cuál es la razón que verdaderamente lleva a pensar a muchos que, cuando la pasión parece esfumarse, no merece la pena seguir adelante?

Están en un grave error. Porque acaso lo que menos notamos resulta ser lo más asentado y protegido; y porque el apasionamiento no desaparece, sino que se entremezcla con la normalidad. Esa normalidad que confunde a muchos, y les hace creer, pobres de ellos, que el amor ha terminado. Y el hecho es que no ha hecho más que comenzar, pues cuando verdaderamente nos compenetramos con el otro, es cuando todo se normaliza; y la compenetración es, nada más y nada menos, que unión. El amor más puro y verdadero.

Mas la confusión acaba con muchas historias comunes y me gustaría pensar que en ésta no se ha dado tal confusión...

Porque creo que conozco a la causante de la separación. Fue la rutina.

Escuchando... Mentiras piadosas, de Joaquín Sabina.




viernes, 9 de octubre de 2009

Juguete de plástico


Ni siquiera sé quién eres en realidad.
No lo recuerdo del todo bien. El día que me adquirió, tenía esa extraña mezcla de felicidad-tristeza en el cuerpo, la dicotomía que te provoca saber que a alguien le importas, pero que se encuentra demasiado lejos como para alcanzarle. Por entonces sólo era un amable comprador dispuesto a cuidarme, pero poco a poco se convirtió en mi completo dueño. Me mimaba, me consolaba, me adoraba, me hacía carantoñas. Era su juguetito y, ciertamente, no me molestaba serlo.

En esa época, todavía estaba saliendo de la caja, descubriendo el mundo exterior, cuando él se apropió de mí. Al principio, nada podía ser más perfecto que todo aquello, aunque tuviese sus inconvenientes, que en esos momentos no tenía en cuenta. "Nada puede cambiar, salvo que las cosas vayan a mejor", pensaba con total convicción.

Mas el cambio se produjo. La muñequita, desprotegida, sin sus antiguos muros de cartón, y amparada hipotéticamente por aquel extraño dueño del que apenas sabía nada en realidad, comenzó a exhalar el dióxido de carbono de su ira. Y de su posesividad. Y, por qué no, de sus mentiras. Pero, sin saber muy bien cómo, se había convertido en una dependiente, y apenas tenía fuerza para liberarse de su dueño.

"El amor ciega". Es preciso tiempo y experiencia para comprender tal afirmación y, aunque no sería correcto hacer gala de haber vivido y sentido tanto como para ser categórica, me da la sensación de que es cierto. El amor parece administrar unas dulces dosis de ceguera que, en pequeñas cantidades, pueden ser beneficiosas sin tender al abuso. Pero entonces había una sobredosis de amor mal administrado, y de ceguera cuasi crónica. Ceguera que tuvo sus repercusiones, y que quizá todavía no haya desaparecido totalmente, pues me niego a pensar que exista una persona tan cruel. Es más sencillo convencerse de su bondad, de que dentro sentía algo, pero que no lo canalizó nada bien, y culpar a otros factores por aquellos acontecimientos.

Lo más chocante fue que, poco a poco, fui cayendo en la cuenta de que aquel no era un dueño nada corriente. Era un dueño con grandes miras, un coleccionista de muñequitas.

Hace poco, una de sus antiguas coleccionadas, un juguete que ha dejado de serlo y que yo creía tan ajeno a mí, me hizo partícipe de la evidencia que tanto sospechaba. Éramos una mera diversión, y lo más frustrante de todo era que lograba que todas nos sintiésemos las más afortunadas del planeta. "Fue como una adicción, una droga. En mis días sólo salía el sol si él estaba presente. Una vez que has probado el cielo, dudo que quieras volver al infierno", dijo. A ambas nos costó nuestro esfuerzo, y el de los que estaban a nuestro alrededor, el pisar tierra firme.

Por un tiempo creí estar infinitamente alejada de ella, pero resultó que me encontraba a su lado y ni siquiera habría aventurado a imaginármelo. Habíamos vivido lo mismo. Habíamos sentido lo mismo. Habíamos sufrido lo mismo. Y todo lo había provocado la misma persona.

Habíamos sido sus juguetes de usar y tirar. Como muñequitas con corazón de petróleo.

Escuchando... Pulling Teeth, de Green Day



Is he ultra violent? Is he disturbed? I´d better told him that I loved him...

jueves, 3 de septiembre de 2009

Tormenta indeseable


¿Alguna vez has sentido que te transformabas? ¿Alguna vez te ha dado la impresión de que, al chocar de bruces contra las circunstancias, afloraba tu otro yo? Así es como se produce mi cambio.


Se dice que lo que más doloroso se nos antoja es lo que más nos cuesta admitir y asimilar, mas no parece justo que mantenga mis ojos cerrados ante lo evidente. Mi conciencia me dice "basta" al tan sólo pensarlo.

El autoengaño ya no me es útil: me transformo en ciertas ocasiones; mi faceta optimista se desvanece, dominada por la contraria. El miedo, la ausencia de calma interior a causa de tribulaciones un tanto tontas y los nervios que me atenazan por dentro como si de pinzas se tratasen, me tornan estática. La liviandad se esfuma, la tranquilidad parece alejarse a galope y yo me quedo sola con ellos. Condenados nervios.

Ellos, apoderándose de mi mente, la invaden poco a poco de preocupaciones que me distancian cada vez más de ti, semejantes a una nube que no me permite ver tu sonrisa ni avistar nuestro fondo común, ese baúl de los recuerdos que ambos felizmente compartimos. Y ahí permanezco, bajo el dichoso nubarrón, que únicamente puede ofrecerte miradas lánguidas o quejas inútiles.

Lo peor de estas tempestades momentáneas pero tristemente frecuentes es que deseo evitarlas, y de hecho podría lograrlo de no ser por la falta de esfuerzo. Al fin y al cabo, no intento acabar con esta carencia remediable, pues resulta mucho más sencillo caer en la indignación o en la simple tristeza.

Hoy ha sido diferente. Hoy, al producirse la aparición del nubarrón, he caído en la cuenta de que prometí que esto no volvería a ocurrir. Aquella tarde, mirándote a los ojos plagados de lágrimas, te aseguré que todo iría bien, y que ni una sola gota de lluvia de cualquier tempestad conseguiría empañar nuestra alegría. Pero no ha sido así. Hoy me he percatado de que, en el fondo, tenías tus razones para temer un chaparrón.

Estabas en lo cierto: todo iba a ser diferente, pero me hace falta creer que se puede remediar esa transformación... Creerlo con firmeza, con certeza, incluso con fiereza.

Creer en ti y en mí.

Escuchando... Agua, de Jarabe de Palo.


sábado, 25 de julio de 2009

¿Principios o pragmatismo?

Él se engaña. Tú te engañas. Yo me engaño. Nosotros nos engañamos.

Y es que, a veces, nos vemos envueltos en grandes mentiras producidas por nosotros mismos; y no es casualidad que, en gran parte de los casos, tú mismo seas la piedra angular de dicho engaño.

Engañarse no es tan malo como lo pintan. No querer admitir cierto hecho o situación puede procurarnos una felicidad momentánea que nos asegura alejar ciertas preocupaciones de nuestra mente. Pero el autoengaño siempre es una mentira y, muchas veces, tremendamente peligrosa. Lo tuyo no es un engaño inocente, una simple mentirijilla que te dices a ti misma con la intención de no darle vueltas a la cabeza. No se trata de una tontería. Es toda una farsa.

Más de una vez me han incitado a olvidarme del tema, como si de una opción alcanzable se tratara. Pero no lo es, pues mis amigos los principios siempre se posicionan a mi vera para recordármelo. Principios que demasiados alardeamos tener, pero principios también que caen en el olvido en estos momentos. Y yo me cuestiono, ¿de qué sirve entonces la posesión de dichos principios, si cuando verdaderamente hacen falta todos los dejan de lado? ¿Por qué -me pregunto- casi de forma indiscutible acaba triunfando el pragmatismo? ¿Por qué resulta tan fácil tomar la senda ya abierta, antes que aventurarse entre un camino repleto de maleza? Quizá es que hablamos mucho, pero hacemos poco. Quizá es que, en el fondo, somos unos cobardes (y, ojo, yo me incluyo en ese hipotético grupo).

Hablar de principios resultaría muy extenso, pero todos sabemos de sobra que existen unos principios mayores y otros menores, por decirlo de algún modo; y que nos inclinamos a actuar, abandonando incluso ese pragmatismo tan típico, cuando se ataca a nuestras más altas convicciones.

La lealtad en la amistad es uno de mis principios mayores. Y la fidelidad en el amor, también.

Es por eso por lo que no he de quedarme con los brazos cruzados, aguardando a que las cosas se resuelvan ellas solas. Es por eso por lo que los principios deben vencer por encima de la actitud pragmática ya que, de no hacerlo, la farsa se prolongará con peores repercusiones. Sobre todo para ella. Porque ella es la verdadera víctima.

Él lo sabe. Tú lo sabes. Yo lo sé. Nosotros lo sabemos.

Y si él no tiene principios..., es su problema.

Escuchando... I´ll be there, de los Jackson Five.



I´ll reach out my hand to you...

sábado, 18 de julio de 2009

Salto al pasado


De repente, estaba allí. No sabía con certeza cómo me había transportado de nuevo hasta ese lugar de mi memoria, pero lo veía todo con una diáfana nitidez.

Gente, mucha gente. Multitud de rostros conocidos a los que me abalanzaba, y en cuyos hombros me apoyaba para llorar a lágrima viva.

Apenas había dormido aquella noche, vagabundeando por los pasillos y las habitaciones, riéndome por todo y por nada, y comenzando a lloriquear acompañada por mis compañeros de andanzas. No era capaz de conciliar el sueño ante la poco halagüeña perspectiva de la partida. Y la mayoría tampoco podía.

Para algunos, quizá eran diez días que pasaban sin pena ni gloria. Pero para otros, entre los que yo estaba clarísimamente incluida, eran 240 horas irrepetibles, que siempre deseaba que pasaran con lentitud, la mayor lentitud posible.

Tampoco era para tanto, ¿no? La comida no era del otro mundo, íbamos a clase por la mañana, hacía un calor terriblemente pegajoso y no todo el mundo era tan simpático. Sí, había fiestas hawaianas, de pijama, de cambio de indumentaria, citas a ciegas, torneos de baile, gymkanas y excursiones al río y al campo. Pero bueno, tampoco era para tanto, ¿verdad?

¿O es que ellos lo hacían diferente? Quizá sí. Porque, de lo contrario, no comprendo cómo he podido mantener a algunos a mi lado, o seguir recordando mucho a otros. Será porque ellos lo hacían así. Si así no fuese, no habríamos sufrido como sufrimos aquel fatídico último día.

Mis padres, al encontrarme en tal estado a su llegada frente al instituto de Lumbier, no sabían cómo reaccionar. "¿Por qué lloras, hija?"-preguntaban angustiados- "¿creías que no íbamos a venir a recogerte?". Pero yo, negando con la cabeza, les respondía: "No: es que no quiero irme".

Súbitamente, he vuelto a chocar con la realidad. He visto otra multitud de rostros, pero esta vez desconocidos. En una esquina, unos adolescentes se agolpaban como una piña para arropar a los que se iban marchando. Vestían la misma camiseta e iban plagados de firmas hasta los topes, por la espalda, los brazos y las piernas, y sus reacciones se han presentado ante mis ojos como mi viva imagen. La imagen de una niña que no quería irse a casa porque había encontrado un pequeño hogar de ensueño.

Entre caras tristonas o esbozadoras de una mueca de felicidad resignada, me he topado con la de mi hermanita. La he visto, con sus rizos castaños y su sonrisa pícara, alegre y pizpireta. Y así he vuelto a la puerta del instituto de Lumbier.

Sin duda, ella se toma las despedidas de otra forma.

Escuchando...Saturday Night.



Por vosotros.

jueves, 2 de julio de 2009

Y tú dijiste...


En realidad, las cosas son blancas o negras. Lo de los grises es mentira; nos intentan engañar para aligerarlo todo. Pero es así: o me quieres o me odias.
Me has vuelto a dejar ojiplática. O más bien ojiestrellada.

Qué tremendo flashback, ¿lo recuerdas? En esos dulces inicios nuestros me comentaste, con bastante rotundidad, que a ti te odiaban o te amaban. Siendo franca, a veces me han entrado unas ganas irrefrenables de odiarte, pero me descolocas tanto que hasta me haces adorar tus carencias, no tan sólo tus virtudes. Y es así cómo me tendiste tu red. Porque en esas palabras había mucho más que una de tus bromas sonsaca-sonrisas.

Pensándolo bien, te llevas una buena parte de razón; y eso que sueles estar convencido de que yo la tengo en todo momento. "Los extremos no son buenos", "no seas tan extremista", "las cosas tienen sus matices". ¿Que qué me parecen tales comentarios? Inútiles. Puede que resulten acertados en otros muchos temas, pero en este, precisamente, no tanto.

"Adiós, moderación. No me sirves en esto; me serás útil en otra ocasión. Pero con él, no". Contigo quiero ser extremista; porque en el amor no se puede ser moderada. En el amor o se da todo, o no se da nada. Y si se duda a la hora de decidir la entrega..., acaso no será amor del de verdad.

Si me ciño a tu afirmación, pequeño, no dudaré un ápice en proclamar que no sólo te valoro, sino que te tengo en los cielos; que no sólo me importas, sino que eres una preocupación esencial; que no sólo te quiero..., sino que lo hago con locura.

No sólo eres una sorpresa en mi vida, sino lo más grande que ha irrumpido en ella.

Your baby just cares for you.


domingo, 28 de junio de 2009

Cambios

La vida es un continuo cambio. Todo va evolucionando a medida que las agujas del reloj prosiguen con su tic-tac. Lo curioso es que esa evolución parece ser circular: las cosas van a parar al mismo sitio donde comenzaron.

En la moda, las tendencias vuelven; en la naturaleza, el ciclo de la vida posibilita nueva vida a través de la muerte. Y da la impresión de que algo así me ha sucedido a mí, y a otros muchos.

Durante este embarazo, estos nueve meses tan nuevos, he acabado por encontrarme con lo mismo. Porque en cualquier lugar, a pesar de que pueda parecer tan diferente, hay lo mismo: personas. Personas con las que te diviertes, con las que sufres, con las que sonríes, con las que sollozas, con las que aguantas, con las que descubres. Personas que te conocen, que te traicionan, que te afectan, que te menosprecian, que te ayudan, que te ignoran, que te felicitan. Que te quieren.

Para esas últimas va dedicada esta escueta y simple entrada. Para todos aquellos que han posibilitado que todo adquiera un tono especial. Para ellos, los que se han molestado en conocerme y hablar, en pasar horas conmigo haciendo de nada y de todo, los que no se han ido cuando la tormenta acechaba sobre nuestras cabezas y los que han disfrutado de los ratos de sol porque así lo merecían.


¡Qué narices! Esto también va dirigido a los que han hecho que crezca. Sí, vosotros: los que me habéis criticado, los que habéis susurrado a mis espaldas, los que no habéis sido fieles, los que me habéis abandonado, los que me habéis puesto las cosas un poco difíciles, los que habéis intentado impedir que sea yo, los que os habéis empeñado en alejarme de los míos. Vosotros os merecéis el mayor aplauso, pues posibilitáis que me refuerce todavía más.

A los recién llegados, gracias por asentaros a mi lado.

Y a los que ya estábais antes... gracias por quedaros.

El primer paso hacia mi sueño ya está dado. En el próximo curso, más.

Escuchando... a Michael Jackson.



Desde su más tierna infancia...





hasta su madurez, hizo feliz a millones de personas con su música.

Descanse en paz, King of Pop.

martes, 16 de junio de 2009

Vuelve...

Es lo único que te pido.

Hace tiempo que te escribí, y hoy me he visto impulsada a hacerlo de nuevo. Da la impresión de que la única forma de llevar a cabo un llamamiento potente es a través de estas teclas. Quizá sea, de hecho, la única manera de tenerte conmigo.

Parece que no te necesito, que no te echo de menos, que no te quiero ni lo más mínimo. Mas te equivocas tanto..., pues eres una de esas afortunadas que da sentido a mi vida. Porque contigo soy, realmente, yo misma.

Sin embargo, te he menospreciado: te he ignorado, no te he dedicado tiempo, y ni siquiera me sentía culpable por ello. Cualquier excusa valía: "estoy agobiada", "es el estrés", "necesito despejarme, no me voy a poner a eso...", "entre una cosa y otra...", "cuando acabe con esto le dedicaré más tiempo", "bueno, no pasa nada, en verano lo soluciono..."

Mi pequeña, mi pequeña y dulce criatura, ¿no te das cuenta de lo que te he hecho? Tanta felicidad, tantos buenos momentos me procuraste..., y ahora no soy capaz de corresponderte. No he tenido el ánimo, el empuje, el valor necesario para volver contigo de pleno. Lo paradoja es que, de haberte dedicado unos cientos de milésimas de segundo más, me habrías ayudado a sentirme mejor, a ver las cosas mejor, a ser mejor.

Y es que siempre eres complaciente. Jamás me entregas nada que no sea una sonrisa, una satisfacción, o al menos un sueño. Contigo los exámenes, las riñas, los planes frustrados, la impotencia, la nostalgia, la tristeza, y toda sensación negativa imaginable se quedan en suspenso mientras estás junto a mí.


Ésta es la verdadera: prometo volver a tu lado cuanto antes. Gastaré más tinta que nunca... porque lo mereces.

Escuchando... Christie Road, de Green Day.

martes, 2 de junio de 2009

Como Rosseau


Extraño como un pato en el Manzanares,
torpe como un suicida sin vocación,
absurdo como un belga por soleares,
vacío como una isla sin Robinsón,
oscuro como un túnel sin tren expreso,
negro como los ángeles de Machín,
febril como la carta de amor de un preso...
así estoy yo, así estoy yo, sin ti...
Así voy y vengo, en el espacio y en el tiempo, meciéndome al compás de unos suaves acordes de fondo. Y es que siempre he tenido el grave problema de soñar demasiado.

De seguro, me falta el intelectualismo y el talento del gran personaje de Rosseau, pero se da el caso de que a veces me convierto en una ensoñadora, una paseante solitaria, tal como él decía sentirse.

En todo momento deseo que se presente la ocasión para hacerlo. No me limito a los típicos pensamientos previos a conciliar el sueño: me parecen meros somníferos. Lo que verdaderamente me apasiona es hacerlo con los ojos abiertos, bien abiertos hacia el mundo que me rodea.

Me espera un largo viaje en coche o autobús. O quizá tenga que caminar, quién sabe, hasta un punto un tanto lejano. ¿Qué mejor excusa para hacerlo? Música, por favor, y después... tan sólo hay que dejarlos fluir.

Los pensamientos van copando la mente, pero cada vez se tornan menos banales, obligatorios o puntuales. Se van convirtiendo en imaginaciones, deseos, anhelos ocultos. Se pasa del recuerdo del día anterior a la memoria de un momento demasiado feliz, que aporta fuerzas para afrontar un día ya cansado desde los primeros albores de la mañana. Se vagabundea de ensueño en ensueño, de un plan factible a otro descabellado pero ansiado. Se construye el escenario de cientos de historias. Puede que sean imposibles. Pero esa evasión hace feliz por unos instantes a su portador.

Un deseo se vuelve eterno; un momento feliz se prolonga de forma infinita.

De fondo, mi compañero de viaje continúa acariciándome los oídos.

Escuchando... Así estoy yo sin ti, de Joaquín Sabina.

martes, 26 de mayo de 2009

Ciudadana ejemplar

Más de una vez me han dicho que carezco de sentido de la orientación, y la verdad es que es cierto. La flamante oficina de Correos y Telégrafos de Pamplona estaba en pleno centro, en el Paseo de nuestro querido Sarasate, pero a mí ni se me había ocurrido fijarme, lo que ha significado que me he tenido que servir de unos tres transeúntes para llegar a buen puerto. Preguntando se va a Roma, oye.

Una y veinticinco de la tarde. Felizmente ubicada, flanqueo las gruesas columnas de la portalada para introducirme en dicha oficina, y no para mi sorpresa me encuentro con una estancia abarrotada hasta los topes. A tirar de numerito y a esperar.

Siendo franca, no es que la paciencia sea mi mayor virtud; por lo tanto, aguardar con un ticket en mano viendo a gente con el mismo rostro marcado por el aburrimiento no es precisamente placentero. En todo caso, me coloco los auriculares sabiendo que faltan más de una veintena de números para que llegue mi turno.

Las esperas, en el fondo, no vienen tan mal. Puedes pensar en las cosas que tienes que hacer durante el día, observar a las personas de alrededor y regocijarte con las conversaciones de los ancianos de al lado, e incluso sopesar pros y contras en materia política. Sobre todo esto último, si se tiene en cuenta que estaba aguantando eso por ser una ciudadana ejemplar. Sí, también por vagueza, pero eso es otra historia.

Han transcurrido más de treinta minutos. El número 268: Aleluya. Una arisca mujer de cabello corto me recibe con un refunfuño.

- Me gustaría votar por correo -le anuncio.
- Entonces tienes que ir al mostrador de enfrente.
- Y... ¿luego?
- Vuelves. Coge otro número.
Se queda tan ancha tras informarme de tan trágica desventura. Y es que otra cola se va a hacer más tediosa si cabe.

Como no me queda otro remedio que acarrear con su decisión oficial, me dirijo al mostrador de enfrente y saludo al empleado. Tengo suerte: es muchísimo más simpático. Empiezo contándole mis peripecias en el otro extremo de la sala y, dicho esto, le doy el mismo anuncio que a su agradable compañera.

- Mira, coge estos papeles de aquí y los rellenas. ¿Tienes el DNI?
- Sí, sí.
- Pues nada, eso. Manda huevos, todos los estudiantes votando ¡Si no vota nadie!
Le miro con aire grave y le contesto "En las democracias es importante participar", a lo que él me responde con una sonrisa.

Ya estoy completando los formularios. Ando tan perdida como antes, cuando buscaba la oficina. Voy pidiéndole indicaciones al campechano señor.

- ¿Esto qué es? No lo entiendo, está en vasco.
- Euskera. Éstos de Tudela...
El buen humor todavía no se me ha ido, así que le doy licencia para meterse conmigo. El hombrecillo que hay a mi vera me defiende, pues parece haber sufrido como yo la maldad de Correos y Telégrafos, y me hace recordar las alcachofas de mi madre.

- Ay, Tudela... ¡Qué verduras!
Le he ido explicando al empleado por qué voto por correo y no retorno a mi alma máter para ello: estudios, exámenes, blablabla. No parece comprenderlo, y menos la manía de votar en las elecciones europeas que tenemos los jóvenes.

- Ya le digo yo a mi sobrino: "¡Cómo deje el país en tus manos, bien vamos!"
- Ya será menos...
- ¿Tú qué estudias?
- Periodismo.
- ¡Uy! ¡El cuarto poder, qué peligro!
La historia es que después de tan apasionada conversación tengo que abandonar a mi contertulio para esperar de nuevo. Todo caras nuevas. Parezco ser la única pringada que se ha equivocado de proceder.

Unos quince minutos más tarde vuelvo a ver a mi amiga la arisca. Le entrego los papeles, rogando por que esta vez todo haya sido correcto en mi actuar. Parece que sí. El sello dicta sentencia: chas. "Hala, rica. Ya te puedes ir", se me antoja oír en sus pensamientos cuando me devuelve un par de resguardos.

Las manecillas de mi reloj rozan las dos y media. El estómago me ruge, y cuando por fin huyo de allí con un hambre feroz, tarareo Bailando emulando a Alaska, no sin razón tras soportar estoicamente más de 60 minutos de tedio.

Paso por debajo de los criticones cartelazos de campaña de los dos partidos estrella y a mi lado caminan un trío de chicos lamiendo un helado. Empieza a lloviznar. El tiempo está loco. Y el mundo también, me digo, sonriendo para mis adentros.

Escuchando... Bailando, de Alaska y Dinarama.



Hablando de la cancioncita, ¡mira que es pegadiza!

miércoles, 13 de mayo de 2009

De desconocidas y otras cosas

Esta mañana me ha ocurrido algo que me ha impresionado bastante. Yo estaba tan tranquilamente sentada, organizando apuntes y preparando el material para la clase de Literatura cuando, de repente, ha sucedido.

En realidad no ha sido nada fantástico ni sobrenatural. Pero sí que se ha tratado de algo chocante.

¿Es ella Marta García?

Ensimismada, en esos instantes me he dado cuenta de que alguien se estaba refiriendo a mí. He levantado la cabeza y he comprobado que esa voz un tanto familiar respondía a la de una compañera a la que apenas conozco (somos más de 100 alumnos en 1º de Comunicación) y con la que recordaba haberme cruzado la tarde anterior por la facultad. Esa tarde me había preguntado exactamente lo mismo, pero dirigiéndose a mí, claro está. También había añadido que si tenía unos apuntes de no sé qué asignatura que le había dejado una Fulanita (no daré el nombre) Yo había respondido negativamente y ella se había ido. Punto.

El caso es que dicha Fulanita estaba sentada a mi vera esta mañana. Fulanita, la verdad, ni me va ni me viene. Parece una chica simpática, pero he de admitir que apenas la conozco. Un día (hace no mucho) se sentó conmigo y con mis amigos en un determinado momento y ahí se quedó. La clase es de todos, y da buena conversación.

A lo que iba. Fulanita ha mirado a la compañera desconocida con gesto pícaro y le ha respondido con aire alegre que no, que yo no era Marta García, sino Coloma (en realidad soy González, pero es lo de menos, la gente se queda con mi segundo apellido) A todo esto, yo parecía ajena a la conversación (aunque mejor así), aunque girase en torno a mí.

¿Y quién es Marta García entonces?

Risita nerviosa de Fulanita. La otra muchacha, que no parecía tan tonta como para comprobar que se la habían jugado, arruga el ceño y la mira con furia.

-¿Así que no hay ninguna Marta García? ¿Entonces no dejaste a nadie los apuntes? ¿Me has mentido?
-Bueno..., sí. Je, je.
-Oye tía, que si no quieres dejármelos no hace falta que me metas trolas. ¿Tú te crees que soy tonta, o qué?
-Mmmm, vale.
-No, vale, no. El vale lo diré yo.
-No, yo. Vale.
-¿Pero tú quién te crees para acabar la conversación, eh? (se dirige a una amiga que está en la fila de atrás y baja el tono) Qué humitos, a ésta le voy a pegar una h*****...
A Fulanita no parece importarle ni lo más mínimo lo que la alumna desconocida masculla. En realidad, parece seguir mofándose de ella. La otra se va con gesto enojado y le dice algo de lo que no me acuerdo bien, pero que con seguridad no era agradable que digamos.

Cuando ya se ha ido, miro a Fulanita un poco consternada y le pregunto:

-¿Por qué le has hecho eso? Si no querías dejárselos, se lo dices y ya está, ¿no?
-Es que me cae muy mal.
-¿Y qué?
Me viene a la cabeza el refrán típico de mi abuela que tanto me encanta: "El mejor desprecio es no hacer aprecio".

No sé, vino a mi habitación (parece que "conviven" en la misma residencia y tal) y me los pidió. Yo no quería dejárselos y me apetecía divertirme.
Me ha dejado ojiplática.
Pues luego no te quejes si te viene a decir las cosas de esa mala leche...
Se queda callada y sigue a lo suyo, aún encima esbozando su característico mohín de suficiencia.

Luego pretenderemos que la gente nos trate bien si nos "divertimos" a costa de ellos... Hay que tener narices.

¿Será que el respeto escasea?

En fin. Lo que da de sí una hora de Rosseau (soñolienta, por cierto)

Escuchando... Se dejaba llevar, de Antonio Vega.



Se nos ha ido un genio de la canción...

lunes, 11 de mayo de 2009

Vergüenza te tendría que dar...

No tienes nada por lo que preocuparte. Tus temores son infundidos. ¿Por qué habría de preocuparte? No hay razones para ello... Porque no las hay, ¿verdad?

Pues claro que no las hay. Pero a veces, nuestra mente, a pesar de las evidencias, se niega a dejar de expedir pensamientos como chorros de agua caliente, que aturullan y conducen a conclusiones estúpidas.

Y una de esas poco lúcidas conclusiones es la que me ronda la cabeza de vez en cuando en referencia a una persona concreta. ¿De qué conozco a dicha persona? De muy poco. ¿Me ha hecho algo esa pobre muchacha? En absoluto. Entonces, ¿por qué me entran unas irremediables ganas de aborrecerla? Por las conclusiones estúpidas anteriormente mencionadas.

Pocas veces odié a alguien, y hace ya cierto tiempo que decidí no hacerlo. Es de seres con mal corazón, frustrados y asqueados. No merece la pena. El odio no lleva a nada, sólo a acrecentar los malos sentimientos dentro de ti. A mí, personalmente, me hace sentir una sabandija. Por eso no odio..., aunque haya veces que experimente esa irremediable deseo.

Lo peor es que el anhelo de odiar nace hacia un ser humano que no lo merece. Si acaso tuviese unas irrefrenables ganas de aborrecer a una persona verdaderamente repugnante, tendría su lógica. Sin embargo, esta persona no es repugnante; de hecho, parece dulce, amable y, en términos generales, buena. Una chica de buen corazón.

Esto aumenta las probabilidades de que me vuelva injusta, injusta por tender a odiar a quien no se lo ha ganado. Es por esto por lo que suelo pensar que se trata de envidia. Tengo envidia de su buen corazón. De sus virtudes y talentos. De que le conociera antes que yo. De que, en su día, les unieran fuertes lazos. De que, en el fondo, llegara antes que yo en esa especie de carrera.

Evidentemente, esa envidia carece de lógica aparente, porque eso se acabó. Ni ella ni él albergan ninguna esperanza por volver al pasado, siquiera interés. También evidentemente, esa envidia no es nada sana. Es un amago de odio, una hiriente sensación en vías de desarrollo.

Y yo sólo pido que el desarrollo se frene y que la sensación se extinga..., porque él tampoco lo merece.

Malditos celos.

Escuchando... Chump, de Green Day.



La canción que me acompaña siempre en este tipo de momentos.

lunes, 4 de mayo de 2009

¿Universitario, yo?

-¿Que todavía no has ido a Marengo?
-Pues... no.

-¿Y qué clase de universitaria eres tú?
Así pintan las cosas por aquí. Y es que parece ser que la vida como estudiante superior no es vida sin salir de fiesta todas las semanas, al menos una vez cada siete días. Pero yo no estoy de acuerdo con eso. Sí, me temo que hoy me toca volver a reflexionar, aunque lo que vaya a dejar por aquí dé lugar a polémicas y no agrade a la mayoría, ni mucho menos...

Esto ya viene de lejos. La enseñanza secundaria nos enseña a todos grandes lecciones de la vida: el chico aplicado es el tonto, el aburrido, el serio. El empollón. El que no hace nada y está todo el día en su peña con los amigos, es la panacea de la diversión. Pero esto ya es sabido por cualquier joven y adulto que haya pasado por el instituto. Y, en cierto modo, es admisible e incluso perdonable: es lo que tiene ser niño o adolescente.

Comienza la universidad. De acuerdo; ya es hora de ir sentando cabeza académicamente, ¿no? Tus padres se sacrifican por ti, invierten sus ahorros en tu eduación. Correspóndeles con un mínimo de esfuerzo. Tus profesores van a clase para algo más que ver tu bellísimo rostro. Correspóndeles con un mínimo de atención, o al menos de silencio, o al menos de ausencia, si es que no te sientes con energías como para aguantar la lección diaria. Tus compañeros acuden para tomar apuntes o al menos para prestar atención (sí, hay alumnos interesados en la asignatura, existen, ¿eh?) Correspóndeles con un mínimo de respeto.

Pero no, la correspondencia escasea. Y es que eso no es lo entretenido, lo guay. La frase estrella del mayor de edad: "Tengo 18 años, puedo hacer lo que quiera". Por supuestísimo que puedes. Pero, ¿sabes qué? Que los 18 años no sólo implican tener libertad para faltar a clase, hacer lo que quieras cuando quieras y salir de fiesta miércoles, jueves, viernes y sábado para después volver borracho perdido, tambaleándote, hasta la puerta de tu casa. Los 18 años también significan responsabilidad. Oh, gran vocablo que asusta a muchos. Responsabilidad es tener en cuenta las repercusiones de tus decisiones. Responsabilidad es ser consecuente con tus actos. Responsabilidad es tener 18 años. Ni más, ni menos.

Lo triste es que mucha gente no se da cuenta de esto..., y luego pasa lo que pasa. "¡Mamá, mamá, el profesor me odia! ¡Me ha puesto un 4 y tenía un 4.9!" Es en ese momento cuando acudimos a mamá. Quizá es que no sabemos asumir las consecuencias. Quizá es que hemos pasado todos los días de la semana de juerga y no hemos pisado el aula. Quizá es que era más agradable tomar el sol durante toda la mañana que atender a un viejuno. Pues ya está. Responsabilidad. ¿Quién tiene ahora los 18?

Y resulta que lo que a mí me molesta no es que piensen que soy una aburrida y que carezco de modos de diversión por pensar esto y hacerlo. Tampoco me quita el sueño que la gente sea vaga, incompetente, poco trabajadora o pasota. Lo que a mí me repatea es no sea consecuente.

Perdonad que sea tan drástica, pero es algo muy cierto que más personas de las que creemos conocen... Y a mí ya me molesta un poquito que me vengan tan a menudo con frases como las de la cabecera.

Ahí queda la cosa; las opiniones sobre el asunto serán muy diversas y aceptables.

Aligerando... entre tanta alegría culé, esta mañana he encontrado un poco de desdicha madridista. El apósito en la mejilla de mi profesor de Historia de España, acérrimo merengue, hacía patente su rabia ante tan aplastante derrota. Él ha insistido en la idea de que se ha caído. Nosotros no le hemos creído. Aunque él ya lo daba por supuesto... Pacifismo, señores, pacifismo.

Escuchando... Polly, de Nirvana.


martes, 28 de abril de 2009

Paraíso perdido

Quizá lo que me pasa es que no entiendo muy bien esta transición.

Hace unos años, mis andamios tambaleaban. Llegado el culmen de los 18 (esos soñados 18 que, en el fondo, no son tan idílicos como muchos creen, aunque con su lado bueno, claro) , se han ido estableciendo con más nitidez. Pero eso es lo que menos me preocupa. Lo que en verdad hace que mis pensamientos se arremolinen es esa pérdida; la pérdida de algo tan valioso como el espíritu adolescente.

En el fondo, sé que esa actitud quinceañera todavía sigue en mí. De hecho, es probable que siempre queden resquicios de ella, porque mi propio carácter reviste actitudes de ese tipo: cambios de humor por naturaleza, demasiada sensibilidad ante emociones fuertes...

Pero, ¿acaso estoy perdiendo parte de mí dejando que ese espíritu se evapore? ¿Estoy dejando que el cemento de mis andamios reseque, que deje de ser él mismo? En definitiva, ¿la madurez de las estructuras puede dar paso, peligrosamente, a una pérdida de mi esencia?

Quizá lo que me pasa es que tengo miedo.

Un terrible miedo. Miedo a dejar de ser yo. Marta, la que adora hacer el payaso, reírse con chistes absurdos y bromear sin tregua. La que deambula por mundos posibles (o no tanto) y sueña despierta a todas horas. La romanticona empedernida, que a veces repugna de empalagosa. La que necesita llorar como una niña, y acaba haciéndolo sin pudor. Marta, a la que le gusta la auténtica rebeldía melódica de Green Day.

Quizá lo que me pasa es que no quiero perder todo eso.

Pero todo edificio necesita su restructuración. Los obreros han de ser realistas y velar por que se mantenga en pie. No puede estar sustentado por columnas carcomidas; lo lógico es que sea sometido a una restauración para que no quede desfasado.

"Sé tú misma." Eso me dice mi Pepito Grillo particular. La cuestión no es la dificultad que puede radicar el ser tú misma. La complejidad procede de otro problema: la madurez. Preciosa palabra que implica, irremediablemente, un cambio del modo de ser de una persona. Una restauración en toda regla. Un término que implica responsabilidad, pensamiento un poco más racional que la locura adolescente. Y aunque mi edificio tenga vestigios de madurez, sé que le falta mucho camino por recorrer... Y a la arquitecta, a la creadora del proyecto, le aterra la idea de que éste pierda su esencia, lo que le hace bello, lo que le convierte en maravilloso con sus imperfecciones. Lo que hace, en definitiva, que se sienta bien con su trabajo. Ese punto de locura que le otorga más belleza si cabe.

Quizá lo que me pasa es que lo más simple hace que me percate de muchas cosas que no lo son tanto...

Me niego a que el segundo paraíso perdido no pueda ser recuperado en caso de pérdida.

Escuchando... She, de Green Day.



Are you locked up in a world that´s been planned out for you?

lunes, 20 de abril de 2009

Esto sí es una práctica

Lo prometido es deuda: he aquí la versión a entregar del "máximo momento de felicidad" Felicidad, o al menos un poco de alegría, es lo que a todos nos vendría bien con esta fatídica vuelta de las vacaciones... :)

Lo dicho: os dejo la práctica, una imagen en palabras de esos buenísimos recuerdos...

Los suaves rayos de sol de aquella tarde cuasi nublada comenzaron a penetrar entre sus pestañas. Ella abrió los ojos, confundida, y le costó unos segundos hacerse la composición de lugar. Las imágenes, entremezcladas, habían atenazado su mente una tras otra. Rostros de amigos y familiares, lugares conocidos, escenas hogareñas. Al escanear de nuevo el mundo con sus pupilas, todo era diferente. Se hallaba en un autobús algo destartalado, invadida por una extraña sensación de calor y nerviosismo y rodeada por una veintena de desconocidos que no lo eran tanto. Recordaba sus miradas, sus voces, tras más de diez horas de interminable viaje.

Los supuestos desconocidos se agolpaban en torno a los ventanales del autobús, que ya se había detenido. Al otro lado del cristal, un heterogéneo grupo los observaba con atención: eran padres, madres, niños, abuelos. Una bomba de color y movimiento que escrutaba a cada adolescente que descendía los peldaños de la salida, así como a la joven que, lista en mano, iba dictando nombres y más nombres. Fue entonces cuando asimiló lo que estaba sucediendo. Ahora veía todo claro, inusitadamente diáfano.

La cadena de reacciones lógicas que se había producido en su mente desembocó en unos datos, datos que había memorizado con empeño; y en unas imágenes, imágenes que no podía olvidar, pues le iban a acompañar durante un mes. Evocó sus rostros de las fotografías a fin de reconocerlos entre la muchedumbre. Sintiéndose desamparada por un instante, buscó con desespero una melena pelirroja, un aparato dental, una cabecita castaña. Y acabó por encontrarlos.

Megan, Taylor y Mike. Eran tres; faltaba Darren. Pero le habría hecho igualmente feliz saber que tan sólo había uno aguardando su llegada. Ya no estaba sola. Ellos la esperaban, y no de cualquier manera. Portaban un inmenso cartel, nada discreto, que resaltaba entre el resto y le daba la bienvenida, en gruesas letras rojas sobre un fondo verde fosforito. Y eso no era lo que más acogida le hacía sentir, sino sus sonrisas, unas preciosas sonrisas que se dibujaban en los labios de ellas, casi de la misma altura. El pequeño observaba todo con atención, como aguardando la venida de un ser de otro planeta.

Cuando su nombre y apellidos reverberaron en el techo del autobús, ella, con el corazón a cien, tomó su abultada maleta como movida por un resorte. ¿Cómo debía saludarles? ¿Estaba bien que les besara o sería más adecuado darles la mano? En el breve lapso de tiempo en el que se había formulado tantas preguntas, había caminado hasta situarse frente a ellos.

Para su sorpresa, lo que más recibió fueron efusivos abrazos. Apenas se percató de cómo se alejaron de la multitud, de cómo subieron al coche, ni de cómo la conversación fluyó de una manera tan cercana, a pesar de ser mantenida en una lengua distinta a la materna. Acomodada en el mullido asiento del truck, vio pasar ante sus ojos un hermoso pueblecito, de inmaculadas casas blancas y minimalistas jardines. Contempló grandes extensiones de césped. Saboreó la calma del ambiente. Y, al desembarcar en el número 32830 de la avenida Arbutus, no cabía en sí de gozo.

La mañana siguiente, tras disfrutar de uno de los sueños más reparadores de su vida, la vio despertar en una enorme cama, encima de la cual había una bolsita con obsequios. Caminó descalza por la esponjosa moqueta de la casa, dejó que un peludo gato ronroneara al rozar sus piernas y Megan la recibió con una ancha sonrisa, un beso y un grato deseo de buenos días.

Esa inquieta chica, de nombre Marta, aún sigue esperando revivir aquellos momentos tan felices. No sólo fue uno, sino todo un cúmulo que ha quedado grabado con fuego en su memoria.

Todavía sueña que, al despertar, se encuentre de nuevo en Mission, Canadá. El pueblecito donde habitan las personas que le dieron tanto, a cambio de tan poco.


Escuchando... Lights Out, de Green Day.




Mi grupo favorito ha vuelto. Y no defrauda en absoluto.

¡Regreso al estilo
Dookie! Oh, yes :D

viernes, 17 de abril de 2009

La mitad de un año...

Esa sensación ha regresado. Hace casi dos meses que la experimenté por vez primera. Hoy parece haber vuelto a mí, pero de una forma todavía más intensa, diciéndome mucho más de lo que se podría expresar con letras engarzadas.

Tengo amontonadas en mi interior tantas, pero tantas cosas que decir y, por supuesto, tantas emociones, que me cuesta trabajo ser ordenada en esta especie de exposición sentimentaloide. Eso es lo que puede parecer a simple vista, pero es mucho más; es una necesidad, una especie de explosión del bullicio que hay en mí.

Con seguridad, me ha sucedido exactamente lo mismo que aquellos primeros días de febrero. Vuelvo a la vida corriente, con sus placeres y sus obligaciones, con sus mases y sus menos... Pero parece que he salido de un sueño, de un maldito cuento de hadas que se acaba, a pesar de que me resisto. Acostumbro a disfrutar de ese dulce cuento en pequeñas porciones, sabiamente disgregadas, pero hay veces, como estas, en la que llega el empacho. Y ese dulcísimo empacho de amor es lo que me pierde. Vuelvo, y todo me parece banal. Todo se me antoja minúsculo en comparación con lo que llevo dentro. No puedo comprender que muchas de las cosas que me rodean sean tan asimilables comparados con el enorme e inabarcable sentimiento que me copa por dentro.

Algo así acontece en mi mente: es tan espectacular la emoción, que las palabras se revuelven, las letras se combinan de mal manera y las ideas se entremezclan. Tal emoción rompe absolutamente todos mis esquemas, pero el hecho de que me haga tremendamente feliz no es mala señal...

Sobra volver a mencionar ese sentimiento tan transparente que me atraviesa y me deja extasiada; de hecho, comienzo a percatarme de que van sobrando las líneas y que un te quiero no acumula ni por asomo toda la entrega y cariño que debo a una de las personas más grandes de mi vida.

Gracias. Por todo. Especialmente... por seguir haciendo que sea tu reina, de trono inmerecido.

Hoy, me has hecho llorar de felicidad. Otra vez.





Never know I could feel like this...

martes, 7 de abril de 2009

Consejero inesperado

Resulta que accedo a la villavesa (más conocida como autobús urbano), me acomodo en uno de los asientos de la parte trasera y, como de costumbre, me coloco los auriculares y me relajo al son de una melodía de Extremoduro. La villavesa, renqueante, va atravesando poco a poco el barrio de Iturrama hasta arribar en el centro, en concreto en la Plaza de Merindades. Sin apenas darme cuenta, miro a mi izquierda y veo que un señor, ya entrado en años, se ha sentado a mi vera. El hombrecito, de aspecto cansado, abrigo parduzco y boina calada hasta la frente, me saluda.

- Buenos días.
- Buenos días -le respondo yo, sin siquiera quitarme los auriculares, pues no esperara que iniciase conversación alguna.
- Hoy en día la gente ya no dice "buenos días". Entran al autobús, se sientan a tu lado y nada. Como si no existieras.

El señor, simpáticamente, ha dado en el clavo.

- Sí, es verdad -contesto. Después me quedo pensativa.
- Lo normal es decir "hola", "buenas tardes"... ¿Por qué no se hace? Pues no lo sé, siempre se ha hecho.

Asiento con la cabeza. Estamos avanzando fuera de la plaza. Él permanece en silencio unos segundos, pero reinicia la conversación, aunque desde otro prisma sin conexión aparente con el anterior.

- ¿Tienes novio?

Extrañada, le digo que sí.

- ¿Cuando le conociste miraste a ver si...? -hace un gesto con los dedos, refiriéndose al dinero.
- La verdad es que no. No me fijé mucho.
- Pues eso hay que tenerlo en cuenta, ¿eh?

Sonríe maliciosamente. No esperaba una pregunta así, y menos tal respuesta. Pero lo que comenta a continuación me sorprende con agrado, de nuevo cambiando de tema de forma radical.

- ¿Me dejas darte un consejo?
- Sí.
- Búscate un hombre de verdad, uno que pueda ayudarte cuando haga falta. Que no tenga pendientes en la ceja. Que tenga pelo en el pecho.

Se ríe. Pero todo me parece tan cierto que sonrío para mis adentros, y sólo me queda darle la razón. Incluso las gracias, pues me ha ayudado a confirmar que he elegido bien.


Escuchando... Twist And Shout, de The Beatles.



Un clásico, porque me apetece. Feliz inicio de Semana Santa a todos :D

domingo, 5 de abril de 2009

Esto no es una práctica

Más bien es lo que se podría llamar simulacro de práctica. Porque la oficial ya está en borrador y sólo le faltan unos cuantos retoques. Pero ésta tan sólo es una improvisación. ¿Por qué la escribo, entonces? No es por llevar la contraria a mis compañeros de clase bloggers (^^), ni por el simple hecho de que me encante el masoquismo. Simple y llanamente, porque la ocasión es merecedora de ello. Porque relatar tu "momento de máxima felicidad" es algo difícil, pero hermoso.

Quizás la versión para entregar asome su cabecita por aquí un día de estos, pero, por el momento, he aquí la extraoficial. Porque semejante tema no merece una sola práctica.

Recomendación previa: léase con la siguiente preciosidad de banda sonora.




Mi reloj de muñeca es pequeño y funcional, bastante cómodo, y con un aire deportivo. No es que lo deportivo me pegue bastante, la verdad. Lo mío, con seguridad, no es el deporte. El caso es que mi reloj me gusta. Deportivo o no, qué más dará. Casi nunca me lo planteo, pero aquella soleada jornada sí que lo hice.

Ciertamente, aquella era una tarde espléndida. El astro rey se pavoneaba ante la Tierra, luciendo con toda su fuerza y bañando de calor cada centímetro del pavimento, la verdísima vegetación y los cañones de la Ciudadela. La piedra relucía con fulgor. Algo bastante extraño para tratarse de un 13 de octubre en Pamplona.

No obstante, lo que copaba mi atención no era eso, sino las manecillas de mi reloj. Plateadas, con tintes grises, avanzaban inexorablemente hacia la hora cumbre y yo, impotente, no era capaz de detenerlas. Cinco minutos para las cinco. Cuatro minutos para las cinco. Tres minutos para las cinco. Dos. Uno. Las cinco. Pero no sucedía nada. Miré en derredor, tratando de sacar algo en claro de todo aquello. El minutero seguía avanzando, y lo hizo hasta alcanzar las cinco y cinco. Aquello no me podía estar pasando; de ningún modo.

Apenas dispuse de más minutos para plantearme una lista de alternativas. Los rayos solares, que me cegaban cuando alzaba mi vista hacia el horizonte, de repente no rozaron mi piel, pues algo se interpuso entre ellos y yo. Debió de decirme algo, supongo que alguna que otra palabra cortés. Pero yo estaba ensimismada, porque la agonía impaciente hubiese pasado y por tenerle ahí, justo a mi lado en aquel minúsculo banquito de piedra.

Vestía un polo de rayas azules, que peleaban, como queriendo abrazarse, pero no llegaban a tocarse. También llevaba unos vaqueros y zapatos negros. El "abrigo de librero", denominación con la que lo había bautizado cuando me topé con él por vez primera, descansaba en su antebrazo. Y lo más importante: portaba una inmensa sonrisa digna de ser enmarcada.

Es natural que, estando yo histérica, comenzara a charlotear atropelladamente. Sin embargo, él no parecía darse cuenta, sino que me prestaba una increíble atención. No sé cómo, ni tampoco sé por qué, pero la oleada de nervios se disipó al instante. Nos levantamos de allí casi a la vez y, empezamos a caminar. Físicamente, rumbo a ninguna parte; interiormente, dirigidos al conocimiento mutuo.

Si hay algo que hicimos durante esas cortas cuatro horas, fue hablar. Hablamos sin tregua ni descanso, sobre todo y todos, yendo de cosas banales a asuntos profundos. Hablamos tantísimo que soy incapaz de recordar todos los palos que tocamos. Paseamos y dimos con una cafetería donde, con el café como excusa, continuamos nuestra apasionada conversación. Le miraba a los ojos y él me devolvía el gesto con intensidad, mientras yo rompía en pedacitos una servilleta de papel, mi costumbre más arraigada cuando me acomodo ante una mesa de bar. Para que me detuviese me tomó de las manos con firmeza. Aunque ya había abandonado mi curiosa actividad, continuaron enlazadas. Las palabras corrían como en un torrente de agua, sin esfuerzo, sin presiones. Parecía que nos conociésemos de toda la vida y, por un instante, se me antojó la idea de haber visto su rostro antes, en otra parte.

Contra mi voluntad, la tarde cayó y el cielo, sobre nuestras cabezas, se tornó de un bermellón oscuro. No hubo más remedio que rehacer la senda de vuelta, a través del centro de la ciudad, hacia la fortificación que nos había visto encontrarnos. Por el camino aprovechamos el tiempo para entonar canciones de Moulin Rouge sin que nos importara que cualquier transeúnte nos observara con gesto extrañado.

Quisimos alargar la despedida. La noche ya había inundado todo, pero yo me senté en un banco de la Ciudadela, con los brazos alrededor de las piernas, con la esperanza de que el tiempo se congelase. Escruté la luna llena, nívea y otoñal, y él, sin pronunciar palabra, me abrazó por la espalda. Anhelaba profundamente que el minutero dejase de funcionar.

Pero no fue así; más bien el tiempo pareció correr más deprisa cuando nos separamos. Nos pusimos de pie y pareció que todo recobraba su curso habitual. Las obligaciones diarias nos llamaban a gritos: era el momento de marcharse. Apenas nos separaban unos centímetros y él, con una ternura infinita, posó sus labios en mi frente.

Después se dio la vuelta y esbozó su peculiar sonrisa. Las manecillas de mi reloj marcaban casi las nueve en punto cuando le vi alejarse, esta vez con su "abrigo de librero" puesto.

martes, 31 de marzo de 2009

¿Qué tendrá el 13?

Una curiosa revelación es lo que he experimentado hoy: no hay una sola habitación número 13 en toda la ciudad de Pamplona. Sí, lo que "oís": ni en los Colegios Mayores, ni en los hoteles, ni en los despachos, ni en las oficinas. Nada. Algo extraño a la par que sorprendente, que, lejos de las vanas supersticiones, me hace pensar acerca de por qué ocultas razones se le tiene semejante manía al pobre 13.

Desde luego, empezar así viene al caso, porque los últimos días no han sido para menos en lo que a cosas estrambóticas se refiere. Estrambótica, aunque agradable, ha sido la noticia de que mi más apegada compañera, Iraia, se muda el año que viene a mi residencia. También ha sido estrambótico ver cómo va pululando, de repente y como quien no quiere la cosa, gente nueva por mi residencia, desde una chica llegada de Granada hasta una alemana que, con sus encantadores dieciséis, ha dado un toque exótico a la fauna de estudiantes. Ha sido estrambótico, asimismo, conocer la grata noticia de que mi mejor amiga, Arantza, va a conocer por fin al Señor del Alféizar el lunes que viene; un acontecimiento sin precedentes al que no osaré faltar. Y ha sido estrambótico el examen de Historia de España al que me he tenido que enfrentar hoy: tantas horas delante de un grueso libro para que el profesor se interese por los detalles más ínfimos. Pero bueno, ¿acaso alguien se suele acordar de Calomarde o de los krausianos con regularidad al resumir 67 años de pronunciamientos, extravagantes cambios políticos, crisis económicas y cambios sociales sin precedentes?

Cambiando de tema: quizás suba mi última práctica de CIE (sí, esas redacciones que mis amiguetes se empeñan en mostrar en la red para que les plagien... . :P) Quedé bastante satisfecha con ella, tras dos arduas horas en una cafetería observando el entorno. Algunos de los clientes me miraban con gesto extrañado; es comprensible, pues les estuve escrutando con avidez para ser detallista, todo hay que decirlo.

Más me vale ponerme a leer, para cumplir con los trabajos de Literatura, una gran y célebre, aunque un tanto soporífera, obra: Fedro, de Platón. Oh, Dios.

Me sirve de consuelo saber que ya estamos rozando la Semana Santa, plagada de planes por una vez...

Escuchando... Cut the courtains, de Billy Talent.



Genial la voz de Ben...
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