lunes, 21 de diciembre de 2009

Inventario de emociones


Toda elección lleva aparejada una renuncia.
La inocencia es un tesoro, dicen. Ella fue una ingenua -e inocente- durante un tiempo considerable. Es oportuno aclarar que su ingenuidad no la traía de cabeza. De hecho, ni siquiera se daba cuenta de que la inundaba por entero: estar segura de que las amistades podían ser siempre fieles, y que cada nueva persona en su camino sería una nueva alegría, era algo inherente a su pensamiento. No hacía falta que nadie se lo aclarara. Ella estaba segura de ello.

Mas todos los que han comenzado a vivir fuera de las cortinas de humo de esa -bendita, por cierto- inocencia saben que todo no resulta tan sencillo. No toda amistad te brinda su apoyo incondicional; y, ni mucho menos, no todo nuevo hallazgo personal acaba por ser bueno. Pero, tras realizar este descubrimiento, se percató de que su inventario parecía haberse vaciado súbitamente.

Dicho inventario, repleto hasta los topes de rostros nuevos, cada vez parecía estar más desierto. Y es que no se explicaba muy bien por qué todas aquellas personas en las que había depositado tantísimas ilusiones empezaban a marcharse por su propio pie de aquella lista de amistades. Una a una, por una razón u otra, parecían alejarse irremediablemente de aquella pequeña cajita que se hacía más minúscula por momentos; y lo más triste era que ni siquiera habían dejado una nota. Nadie le había explicado por qué abandonaba su vida de aquella manera. Cogían las maletas y se marchaban, sin malestar alguno, al parecer.

Algunas de aquellas personas ni siquiera se habían esforzado por penetrar en aquella cajita. Ella trataba de tenderles una mano desde dentro, de buscarles una llave, pero ni con ésas se dignaban a tantear en la cerradura. Creía pensar que el problema podía ser suyo, que los goznes estaban algo desgastados y se requería de demasiada fuerza para abrir las puertas de su vida a nuevos visitantes inesperados. Pero ella sabía que las cosas no eran así. Y es que siempre había procurado, con mayor o menor frecuencia, engrasar bien los picaportes para que cedieran con facilidad y con los menores roces posibles en el proceso.

No todos tenían la culpa de huir de tal manera. Es obvio que algunos se habían sentido desplazados en aquel pequeño espacio, y habían salido, despacio y sin hacer ruido, de la cajita. Ella había dedicado más tiempo a otras parcelas de su inventario; y, guiados por la lógica, habían querido ocupar un puesto de mayor calibre en otro. Incluso a ella le había sucedido: era algo habitual y comprensible.

Lo que no era comprensible era aquella huída desproporcionada; o aquella negativa al conocimiento inicial. Ella sabía que todo aquello iba a acabar por conducirle a la apatía, al desengaño, al malhumor, a la tristeza, a la desolación cotidiana ante el vacío de su pequeño inventario. Y fue por eso por lo que empezó a buscar, desesperadamente, algo en el interior de él, y lo consiguió.

Para su sorpresa, redescubrió viejos tesoros, algunos empolvados, que todavía continuaban allí, en una esquinita, apartados de tanto ruido y de tanto olor a novedad, curiosidad y sorpresas inesperadas. Se dio cuenta de que ellos no se marchaban ante cualquier circunstancia adversa. Halló confianza en todos ellos, y no dudó en ningún momento en que no la conociesen. Les importaba; y, sobre todo y ante todo, no tenía miedo de que huyesen. Porque sabía que no lo iban a hacer.

Y aunque sintiese envidia de aquellos que poseían un inventario más abundante; y aunque le copase la incredulidad cada vez que recibía buenos gestos por parte de aquellos que ni siquiera se molestaban en conocerla; y aunque, muchas veces, cayese en la amargura pensando el por qué de aquella huída que tanto sufrimiento le había procurado, guardaba una pizca de aquella ilusión inicial que tanto bien le hacía. Una ilusión alimentada por los tesoros de su inventario.

Porque de ilusiones se vive; y ella sabe que, en algún momento, entre tanta gente y entre tantas aves de paso, encontrará un nuevo tesoro.

Reflexionando...
Sólo los tontos tienen muchas amistades. El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez.
Pío Baroja

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Movimiento en potencia


Te besaría de no ser porque estoy enfadada.
Parece predecible. Pero no lo es.

Es inusitado que, creyendo haber alcanzado su fondo, continúe dándome sorpresas. Todavía pienso ese "Qué curioso". Porque él es mucho más -demasiado más- de lo que a simple vista sugiere.

Cuando alcanzamos un conocimiento hondo, ese culmen de la sabiduría recíproca, creemos saberlo todo de alguien. Mas no nos damos cuenta de que, para que todo avance, tienen que seguir sorprendiéndonos dulcemente en la rutina de las reacciones. Hoy él lo ha hecho.

Apenas he sido consciente de ello hasta que no me estaba alejando de él, a paso firme, bajo los indicios nacientes de un suave chaparrón. Habíamos recorrido un trecho contradictorio juntos, en el que las bromas se entremezclaban con reproches en una tenue discusión provocada por cierto asunto. El asunto era lo que menos importaba, en realidad: estábamos tan inmersos en tal dulce disputa que el motivo cada vez se iba disipando más. Daba la impresión de que hacíamos aquello sólo como diversión, y al mismo tiempo como desahogo.

La clave del juego, al que tantas veces ya había jugado, era sencilla: se trataba de intercambiar miradas furtivas, combinar la seriedad con la ironía, y al mismo tiempo tragarse las sonrisas ante chistes absurdos, que irremediablemente arrancaban mohínes divertidos bajo la advertencia: "Aunque me ría, sigo molesta". Eso por mi parte, pues él se suele saltar un poco más las reglas. Su principal pretensión consiste en hacerme estallar de risa tras una retahíla de números absurdos y sin fundamento, que acaban provocando que me maraville ante todo lo que en él queda de un niño.

No obstante, hoy ha llegado un momento en el que el juego se ha interrumpido. Cuando, a lo lejos, se ha avistado el autobús, él ha parecido quitarse su atuendo circense y se ha convertido en algo así como un adulto. Se supone que es lo que yo reclamaba, con mis "¿Vas a tomarte en serio lo que te digo?". En efecto: así lo ha hecho; pero, en el fondo, yo no quería que fuese tan radical. La radicalidad choca; y yo he chocado contra mí misma cuando he comenzado a caminar, separándome de él. Craso error, pues el otro siempre ha de sorprenderte en algún momento.

He ido ralentizando el ritmo de mis pasos por segundos, tratando de que se percatase de que, en realidad, anhelaba que viniera hacia mí, apresurado. Esperaba que me abrazase, o al menos que me tomase del hombro para que dejase de avanzar. Mas ha permanecido ahí parado. Anclado cual pilote, erguido, y observándome con fijeza. Sin sonrisa, sin mueca de resignación. Tan sólo serio.

Al arribar a las puertas del autobús, he dudado por un momento. Mis piernas me indicaban con insistencia que diese la vuelta en sentido contrario. Que regresase al lugar donde había dejado mi inquietud. Sin embargo, han permanecido clavadas en tierra, al igual que él: continuaba en el mismo punto donde se había parado, como si de una estatua pétrea se tratase. No he llegado a atisbar su expresión, aunque estoy segura de que su rostro continuaba ensombrecido bajo ese tono neutral tan extraño.

Ya sentada, y a través de las nacientes ráfagas de agua, apenas me he atrevido a mirar por la ventana. Si seguía en el mismo lugar, sin duda estaría mojándose, pero con idéntica expresión de seriedad. Si se había ido -lo más probable-, estaría meditabundo bajo la arreciante lluvia. Se alejaría en sentido contrario, abandonando ese punto en el que podríamos habernos dicho lo que queríamos, y habernos cubierto de besos urgentes. Pero quizá no habría ocurrido. A veces, él es impredecible; y las reglas del juego están para romperse.

Las gotas resbalaban por el vidrio, compitiendo unas con otras en una carrera por consumirse primero. Entonces me he arrepentido de haberme quedado en el movimiento en potencia.

Y es que lo que realmente deseaba era correr hacia él.

Reflexionando...

A menudo, los labios más urgentes, no tienen prisa dos besos después.

Joaquín Sabina

viernes, 30 de octubre de 2009

Lazos rotos


Y la compenetración llegó con la normalidad.
Será que todavía no lo asimilo. Será que todavía no lo comprendo. Será que todavía no lo concibo. Pero se me hace difícil entender que sus caminos se bifurquen.

Hubo una vez que me topé con dos personas que encajaban a la perfección. Un par de desconocidos que se compenetraban tan miserablemente bien que enfurecían la envidia de todos los que se hallaban a su alrededor. Dos piecitas que, en el complejo rompecabezas de la vida, se encontraron por el azar del destino y consumaron una profunda unión. Diferentes en su interior, pero engranadas por sus extremos, copados de similitudes. Clac.

Sin embargo, poco a poco, sus bordes comenzaron a desgastarse. Ese tacto firme y dulce se tornó áspero, y la adhesión dio paso al debilitamiento. Cada pieza empezó a resbalar al contacto con la otra, hasta el punto de que, sin una razón de peso, se desengancharon.

Realmente, puede que no hubiera una causa justificada. Sólo pasó el tiempo.

Pero durante ese tiempo que se extendía cada vez más, intervino ella. Ella provocó que dicha extensión se copara de agarrotamiento y dureza, tensando los meses, semanas y días hasta el punto de que no daban para más. Y soltar aquel tiempo extendido supondría un duro golpe.

En efecto, el impacto resultó fuerte, más fuerte de lo que podría parecer, pues no dio lugar a sollozos y encrispamientos, sino a algo mucho más sentido: la resignación, esa resignación del que sabe con certeza que no tiene nada que hacer, que el destino le ha tendido una trampa dolorosa y que sólo le queda salir de ella poco a poco, guardando a buen recaudo sus recuerdos en una vitrina de cristal; una vitrina que se mira, pero no se toca.

Y es que ella es tan maliciosamente imperceptible que va dejando caer su dominio con cautela, de modo que, llegado un punto, nadie se percata de su presencia pero siente sus consecuencias. Se culpabiliza a las circunstancias, e incluso a los propios sentimientos, de acabar con un cuento de hadas. ¿Acaso no se dan cuenta aquellos que la sufren que, en lo más hondo, el sentimiento sigue intacto y se hace más intenso por momentos? ¿Por qué caen en el error de pensar que, cuanto menos se nota la emoción, menos se ama realmente? ¿Cuál es la razón que verdaderamente lleva a pensar a muchos que, cuando la pasión parece esfumarse, no merece la pena seguir adelante?

Están en un grave error. Porque acaso lo que menos notamos resulta ser lo más asentado y protegido; y porque el apasionamiento no desaparece, sino que se entremezcla con la normalidad. Esa normalidad que confunde a muchos, y les hace creer, pobres de ellos, que el amor ha terminado. Y el hecho es que no ha hecho más que comenzar, pues cuando verdaderamente nos compenetramos con el otro, es cuando todo se normaliza; y la compenetración es, nada más y nada menos, que unión. El amor más puro y verdadero.

Mas la confusión acaba con muchas historias comunes y me gustaría pensar que en ésta no se ha dado tal confusión...

Porque creo que conozco a la causante de la separación. Fue la rutina.

Escuchando... Mentiras piadosas, de Joaquín Sabina.




viernes, 9 de octubre de 2009

Juguete de plástico


Ni siquiera sé quién eres en realidad.
No lo recuerdo del todo bien. El día que me adquirió, tenía esa extraña mezcla de felicidad-tristeza en el cuerpo, la dicotomía que te provoca saber que a alguien le importas, pero que se encuentra demasiado lejos como para alcanzarle. Por entonces sólo era un amable comprador dispuesto a cuidarme, pero poco a poco se convirtió en mi completo dueño. Me mimaba, me consolaba, me adoraba, me hacía carantoñas. Era su juguetito y, ciertamente, no me molestaba serlo.

En esa época, todavía estaba saliendo de la caja, descubriendo el mundo exterior, cuando él se apropió de mí. Al principio, nada podía ser más perfecto que todo aquello, aunque tuviese sus inconvenientes, que en esos momentos no tenía en cuenta. "Nada puede cambiar, salvo que las cosas vayan a mejor", pensaba con total convicción.

Mas el cambio se produjo. La muñequita, desprotegida, sin sus antiguos muros de cartón, y amparada hipotéticamente por aquel extraño dueño del que apenas sabía nada en realidad, comenzó a exhalar el dióxido de carbono de su ira. Y de su posesividad. Y, por qué no, de sus mentiras. Pero, sin saber muy bien cómo, se había convertido en una dependiente, y apenas tenía fuerza para liberarse de su dueño.

"El amor ciega". Es preciso tiempo y experiencia para comprender tal afirmación y, aunque no sería correcto hacer gala de haber vivido y sentido tanto como para ser categórica, me da la sensación de que es cierto. El amor parece administrar unas dulces dosis de ceguera que, en pequeñas cantidades, pueden ser beneficiosas sin tender al abuso. Pero entonces había una sobredosis de amor mal administrado, y de ceguera cuasi crónica. Ceguera que tuvo sus repercusiones, y que quizá todavía no haya desaparecido totalmente, pues me niego a pensar que exista una persona tan cruel. Es más sencillo convencerse de su bondad, de que dentro sentía algo, pero que no lo canalizó nada bien, y culpar a otros factores por aquellos acontecimientos.

Lo más chocante fue que, poco a poco, fui cayendo en la cuenta de que aquel no era un dueño nada corriente. Era un dueño con grandes miras, un coleccionista de muñequitas.

Hace poco, una de sus antiguas coleccionadas, un juguete que ha dejado de serlo y que yo creía tan ajeno a mí, me hizo partícipe de la evidencia que tanto sospechaba. Éramos una mera diversión, y lo más frustrante de todo era que lograba que todas nos sintiésemos las más afortunadas del planeta. "Fue como una adicción, una droga. En mis días sólo salía el sol si él estaba presente. Una vez que has probado el cielo, dudo que quieras volver al infierno", dijo. A ambas nos costó nuestro esfuerzo, y el de los que estaban a nuestro alrededor, el pisar tierra firme.

Por un tiempo creí estar infinitamente alejada de ella, pero resultó que me encontraba a su lado y ni siquiera habría aventurado a imaginármelo. Habíamos vivido lo mismo. Habíamos sentido lo mismo. Habíamos sufrido lo mismo. Y todo lo había provocado la misma persona.

Habíamos sido sus juguetes de usar y tirar. Como muñequitas con corazón de petróleo.

Escuchando... Pulling Teeth, de Green Day



Is he ultra violent? Is he disturbed? I´d better told him that I loved him...

domingo, 4 de octubre de 2009

¿Imponer o tolerar?



Por más que indagaba, no hallaba respuesta.

En algunos momentos, se sentía una imperiosa generala. De sus labios brotaban unas rotundas palabras que se reforzaban con tono autoritario. Y, de repente, se producía una transformación. A pesar de su juventud, no podía evitar lagrimear y sentirse cual madre tremendamente preocupada por lo que hacía o dejaba de hacer su hijo. Pero la diferencia era que ella no era su madre.

En realidad, a ella no le gustaba protestar sobre los defectos de los demás, empezando porque lo que veía como defecto podía ser contemplado por otros como algo corriente y moliente, o incluso como una virtud. Sin embargo, en un momento de tensión, podía pretender ser lo más sincera del mundo y proclamar con fiereza que odiaba que hiciese aquello. "Me das vergüenza", llegaba a decir, arrepintiéndose al instante. No podía luchar contra sus principios, pero tampoco contra su inmensa adoración por él; y entonces, todo colisionaba: no sabía hacia qué extremo dirigirse, ni cómo hallar un argumento razonable que mediase en aquel conflicto de dos.

Él, como era natural, se defendía alegando que podía hacer lo que le placiese. Al fin y al cabo, aquello no le hacía ningún daño a ella y tenía que aceptarlo. Otros muchos también se lo habían recomendado en más de una ocasión: "Déjale, ya es mayorcito. Sabe cuidarse." Y nuevamente resurgía el complejo materno.

¿Puedes pedir a alguien que cambie por ti? ¿O acaso no le deberías amar por cómo es?

De súbito, se dio cuenta. No tenía que imponer ni tolerar nada, y en el fondo lo sabía desde el comienzo, antes de que se le hubiese llevado la rabia de sus principios personales. El amor es algo libre, abierto y generoso, ¿dónde había espacio para las normas? ¿Acaso había un hueco para la imposición como prueba del querer?

Si alguno de los dos se sacrificaba por el otro, por su propio bienestar o felicidad, sería de forma voluntaria. Y quizá deberían cambiar las tornas, y sacrificarse ella. Nada de tolerar, permitir, aguantar o soportar. Tan sólo dejarle ser.

Porque sabía que ser una generala no era bueno para los dos.

Reflexionando...

Amar no es sólamente querer, es sobre todo comprender.
Françoise Sagan

lunes, 21 de septiembre de 2009

Impenetrable

Destino. Reverberante, trascendental, abstracta; así suena tal palabra en mis oídos.

Me dejas pensativa, querido sino. Si te soy sincera, casi nunca he creído totalmente en ti por ti solo, sino más bien en que te vas modelando conforme voy caminando. Sí, yo me labro mi senda y tú me acompañas. No obstante, jamás he querido molestarte en tus propósitos si es que acaso trazas todo el discurrir de mi camino.

Hoy, madurando un pensamiento que llevaba dando vueltas por mi mente varios días, te he recordado especialmente; y es que no sé si eres el culpable de cierto hecho o no.

Por tu culpa o por la mía, entre el bullicio de gente, me he topado con personas cuyo significado tiende a ser imposible de explicar: tan maravillosas, tan humanas, tan perfectas y compatibles conmigo, que doy gracias a quien sea por haberme cruzado con ellas. Si acaso fueras el culpable de provocar mi tropiezo con ellas, esas pocas que me infundieron un verdadero sentimiento de amistad, venero tu culpabilidad. Si fuiste tú el que planeó una treta para llegar hasta él, no me queda más que agradecértelo con creces. Pero todavía no comprendo si eres tú, o soy yo, la que me ha llevado a relacionarme con esa persona, nueva en mi vida, y no sentir ninguna conexión fuerte.

Como habrás podido deducir, valoro mucho las conexiones. De súbito, vas adentrándote en la vida de alguien y saltan chispas: de complicidad, de cariño, de romance. Esa especie de chispas me han indicado en varias ocasiones con quién iba a sentirme, dicho mal y pronto, en mi salsa. La afección puede ser mayor o menor, más o menos fuerte, pero es habitual que experimente algo que me indica que me hallo junto a la persona adecuada, que congenio con ella, más o menos perfectamente, o más o menos fuertemente. Todos congeniamos en mayor medida con unas determinadas personas, sean o no de nuestro estilo, o tengan más o menos cosas en común con nosotros. Las sentimos cercanas. Pero el problema es que a ella no la siento tan cercana como debería.

Quizá sea una intuición, probablemente errónea, pero me da la impresión de que me has hecho una jugarreta, destino. Ella es amable, de buen corazón y bienintencionada; y posee defectos como cualquier persona. Sin embargo, no la siento cercana, no está próxima a mí, y no sé si se trata de una simple impresión o creo que no la puedo corresponder como amiga. Me da la sensación de que me equivoqué creyendo que podríamos conectar.

Destino, me he dado cuenta de que no se conecta porque sí. Me he percatado de que, aunque no sea ni mi culpa ni la suya, la proximidad no se logra a la fuerza. Si conectásemos realmente, las palabras fluirían de otro modo. Los silencios serían placenteros y significarían cosas, como los que ellas, o él, u otras personas junto a las que siento las chispas, me regalan. Sin embargo, los silencios a su lado son incómodos, y busco ansiosa una manera de huir de ellos.

La cercanía no se logra a la fuerza, mas quiero hacer fuerza porque ella se lo merece...

Reflexionando...

Tómate tiempo en escoger un amigo, pero sé aún más lento en cambiarlo.

Benjamin Franklin

martes, 8 de septiembre de 2009

Dos hombres sabios


Hacer las cosas con pasión conlleva sufrir, pero sin sufrir no se alcanza el
éxito, no se logran unas metas.

El primer hombre sabio, con esa simpatía seria tan agradable, había pronunciado unas palabras dignas de ser recordadas, aunque algunos quizá no habían comprendido su significado intrínseco. A pesar de que el ambiente circundante carecía de emoción alguna, ella, meditando lo dicho, se había sentido orgullosa, exultante, complacida por tan sencilla pero verdadera revelación.

El segundo, no obstante, iba a abocar su ánimo a la ruina. Con poco empeño por falsear la realidad, pronunció unas sentenciosas frases que bastaron para descorazonar al más entregado a sus metas futuras. No hizo falta demasiada profundización para que ella, desalentada de súbito, se percatase de que había escogido, sin darse cuenta, una de las ocupaciones más comprometidas, dificultosas y peor recompensadas de la sociedad.


Fue entonces cuando la vena trágica inundó sus pensamientos cual tsunami. Se imaginó a sí misma sentada frente a un ordenador, redactando con tesón y empeño unas líneas para que apenas fuesen valoradas; o incluso preparando humeantes cafés o fotocopiando documentos para luego entregarlos en mano a un tipo trajeado y demasiado atareado como para prestar atención a una simple idea propia, siquiera una sugerencia. En última instancia, fantaseó con un local lleno de zapatos. Zapatos a un lado, zapatos al otro. Zapatos en el almacén. Zapatos en el centro de la sala. "No, por favor." Lanzó una especie de plegaria mental para que aquello no llegase a planteárselo, pues eso significaría que su sueño se habría desmoronado sin remedio.


Aquel segundo hombre sabio, en el fondo, estaba totalmente en lo cierto; precisamente por eso su moral había descendido tanto. Pero su objetivo no era tal, sino derribar una moral caída para levantarla con una esperanza. Recurrió a los porcentajes para ilustrar su peculiar esquema del futuro. Según las cifras, sólo unos pocos sobrevivirían a las dificultades de la base para alcanzar la más alta cúspide. Pero a ella eso no le importaba en realidad. Había otros, algunos pocos también, que no aspiraban a escalar tan alto, sino a vivir conforme a las pautas de su sueño. Esos pocos, aseguraba el hombre sabio, podéis ser vosotros si ponéis el empeño suficiente en ejercitar vuestra mente.


"Podéis ser vosotros. Quiero que seáis vosotros. Seréis vosotros." En clave de humor, continuó con su explicación, pero ella todavía le daba vueltas a lo anteriormente dicho. Parecía como si el primer hombre sabio se hubiese confabulado con el segundo para lanzar su discurso, ya que no podrían estar más enlazados. Comienzos, dificultades, sueños. Dedicación, esfuerzo, sufrimiento, pasión.

Ella quería escribir; y podía hacerlo.

"Pasión-se dijo-,eso es lo que le hace falta al mundo. Y ahora, más que nunca, me alegra ser una apasionada, y además, sufrir por ello. Porque merece la pena."

Reflexionando...

Las pasiones son como los vientos, que son necesarios para dar movimiento a todo, aunque a menudo sean causa de huracanes.

Bernard Le Bouvier de Fontenelle

jueves, 3 de septiembre de 2009

Tormenta indeseable


¿Alguna vez has sentido que te transformabas? ¿Alguna vez te ha dado la impresión de que, al chocar de bruces contra las circunstancias, afloraba tu otro yo? Así es como se produce mi cambio.


Se dice que lo que más doloroso se nos antoja es lo que más nos cuesta admitir y asimilar, mas no parece justo que mantenga mis ojos cerrados ante lo evidente. Mi conciencia me dice "basta" al tan sólo pensarlo.

El autoengaño ya no me es útil: me transformo en ciertas ocasiones; mi faceta optimista se desvanece, dominada por la contraria. El miedo, la ausencia de calma interior a causa de tribulaciones un tanto tontas y los nervios que me atenazan por dentro como si de pinzas se tratasen, me tornan estática. La liviandad se esfuma, la tranquilidad parece alejarse a galope y yo me quedo sola con ellos. Condenados nervios.

Ellos, apoderándose de mi mente, la invaden poco a poco de preocupaciones que me distancian cada vez más de ti, semejantes a una nube que no me permite ver tu sonrisa ni avistar nuestro fondo común, ese baúl de los recuerdos que ambos felizmente compartimos. Y ahí permanezco, bajo el dichoso nubarrón, que únicamente puede ofrecerte miradas lánguidas o quejas inútiles.

Lo peor de estas tempestades momentáneas pero tristemente frecuentes es que deseo evitarlas, y de hecho podría lograrlo de no ser por la falta de esfuerzo. Al fin y al cabo, no intento acabar con esta carencia remediable, pues resulta mucho más sencillo caer en la indignación o en la simple tristeza.

Hoy ha sido diferente. Hoy, al producirse la aparición del nubarrón, he caído en la cuenta de que prometí que esto no volvería a ocurrir. Aquella tarde, mirándote a los ojos plagados de lágrimas, te aseguré que todo iría bien, y que ni una sola gota de lluvia de cualquier tempestad conseguiría empañar nuestra alegría. Pero no ha sido así. Hoy me he percatado de que, en el fondo, tenías tus razones para temer un chaparrón.

Estabas en lo cierto: todo iba a ser diferente, pero me hace falta creer que se puede remediar esa transformación... Creerlo con firmeza, con certeza, incluso con fiereza.

Creer en ti y en mí.

Escuchando... Agua, de Jarabe de Palo.


viernes, 21 de agosto de 2009

Regreso

Veintiuno, veinte, diecinueve. Diez, nueve, ocho, siete. Tres, dos.

Y uno. Llegó el momento, aunque daba la impresión de que jamás lo alcanzaría. La espera se había hecho interminable y, a veces, tediosa. En el curso de tantas y tantas horas de ausencia física, ella había caído en la cuenta de lo que supondría que él desapareciese de su vida, y también había caído presa de ciertos temores que la asaltaban sin remedio, imaginando que quizá las cosas no podrían ser como de costumbre, tal y como eran antes. La perfecta imperfección de su mundo podría (¿quién sabe?) estar amenazada, romperse incluso sin razón aparente, quebrarse sin remedio. Y eso a ella le aterrorizaba, aun tratándose de temores infundados.

El estío todavía estaba en su esplendor cuando ella pisó aquel andén. Era media tarde y el ambiente suave regalaba ráfagas de viento que jugaban con su pelo.

Nada más divisarle a lo lejos, comprendió con claridad que aquellos temores eran totalmente infundados. Aquel mohín radiante que alumbraba su rostro no daba lugar a dudas, y su corazón comenzó a palpitar con una violencia inusitada. Era él, el mismo de siempre, y no había cambiado. Bastó una mirada intensa para que, sin apenas mediar palabra, ella se arrojara hacia su pecho.

En sus brazos ya nada importaba demasiado. La lejanía, los lloros, el miedo, el nerviosismo tonto y el contar los días se tornaron en algo nimio en comparación con la grandeza de aquel instante. La nostalgia de él se había esfumado, pues a ella había dejado de hacerle falta. No tenía que imaginar su mirada y su sonrisa, ni recrearse recordando su voz, sus gestos o sus caricias. Ahora podía verlos y sentirlos, y su olor impregnaba todo, antojándosele a ella el más dulce de la Tierra.

Por un momento temió que todo aquello fuera producto de una barata ensoñación, que en verdad el tiempo no hubiese corrido y que despertase de súbito para comprobar decepcionada que el reencuentro no era real. Pero el calor de aquel abrazo no podía ser ficticio. Ni sus labios que, delicados pero anhelantes, sellaron un beso, el esperado beso que tantísimo deseaba con impaciencia.

Unas pequeñas lágrimillas nacieron de sus ojos, pero las retiró al instante. ¿Por qué llorar? ¿Con qué objetivo habría de empañarse la vista pudiendo contemplarle a él, por fin en carne y hueso ante ella? Llorar de felicidad resultaba extático. Pero reír, más.

-No te vayas...
-Si voy a volver, tonto.
Porque contigo siempre estoy en casa.

Reflexionando...

Es al separarse cuando se siente y se comprende la fuerza con que se ama.
Fiodor Dostoievski

martes, 28 de julio de 2009

A tiempo parcial


Vaya: has vuelto. Y parece que has cambiado de parecer.
Todavía no te entiendo, y puede que tampoco te crea. Pero deseo creerte.

De un día para otro, te marchaste de mi vida esgrimiendo cuatro pobres excusas. De repente, todo lo que había significado para ti pareció convertirse en una nube de humo que, más rápido de lo que percibía, se esfumó. Todos nuestros lazos desaparecieron: las conversaciones disparatadas, las sinceridades confiadas, los abrazos espontáneos, los enfados infantiles y menos importantes. Pum. Se fueron, amparadas por diversos pretextos coronados por el mayor de todos ellos: había cambiado.

Ya no me saludabas ni me llamabas en busca de consuelo, y tampoco me lanzabas miradas cómplices ni esbozabas sonrisas para dedicármelas ante una tontería. Ni siquiera me mirabas a los ojos cuando pasaba a tu lado. Sin dramatizar, había perdido de sopetón al que creía un buenísimo amigo. Lo más curioso de todo era que apenas me había percatado del susodicho cambio. Yo me sentía la misma; o al menos me importabas lo mismo.

Probablemente, yo también me llevé mi parte de la culpa en aquel distanciamiento al que siempre aludes. Pero, ¿cuál era la razón de tantos susurros, cuchicheos y murmuraciones? ¿Era el rencor lo que te cegaba para, así como así, empezar a hablar de mí como de una extraña? ¿O simplemente era dolor ante el supuesto cambio que puede que no te molestaras en comprobar, y que incluso puede que tú también sufrieras?

Poco a poco, me he ido percatando de que todos cambiamos con el tiempo. No he llegado a dilucidar de qué tipo es ese cambio, pero estoy casi convencida de que mantenemos una esencia que permanece, aunque el caparazón vaya modelándose. Si mis rasgos más característicos, los que conociste desde el principio, continúan ahí, ¿por qué pasé a ser una desconocida para ti?

¿Qué es lo sorprendente? Que ahora regresas, y quieres que las cosas retomen su cauce.

A pesar de que no llegase a entender tus razones (cosa que todavía no he hecho), creo que necesitaba perdonarte. Aunque sólo fuese por hacer honor al pasado.

Pero las preguntas acerca de tus reacciones pasadas siguen rondando mi cabeza. ¿Si estabas tan sumamente seguro de que "íbamos a dejar de ser amigos pronto", por qué te esforzaste (o aparentaste hacerlo) por forjar una amistad a tiempo parcial? ¿Acaso se te antoja divertido hacer y deshacer amistades para matar el tiempo libre? Y ahora, ¿por qué deseas rehacer la nuestra de nuevo? ¿Acaso ha cambiado algo repentinamente? No te comprendo, ni creo que llegue a hacerlo nunca.

Por fortuna, tengo amigos a tiempo completo.

Reflexionando...

La amistad es más difícil y más rara que el amor. Por eso, hay que salvarla como sea.
Alberto Moravia

sábado, 25 de julio de 2009

¿Principios o pragmatismo?

Él se engaña. Tú te engañas. Yo me engaño. Nosotros nos engañamos.

Y es que, a veces, nos vemos envueltos en grandes mentiras producidas por nosotros mismos; y no es casualidad que, en gran parte de los casos, tú mismo seas la piedra angular de dicho engaño.

Engañarse no es tan malo como lo pintan. No querer admitir cierto hecho o situación puede procurarnos una felicidad momentánea que nos asegura alejar ciertas preocupaciones de nuestra mente. Pero el autoengaño siempre es una mentira y, muchas veces, tremendamente peligrosa. Lo tuyo no es un engaño inocente, una simple mentirijilla que te dices a ti misma con la intención de no darle vueltas a la cabeza. No se trata de una tontería. Es toda una farsa.

Más de una vez me han incitado a olvidarme del tema, como si de una opción alcanzable se tratara. Pero no lo es, pues mis amigos los principios siempre se posicionan a mi vera para recordármelo. Principios que demasiados alardeamos tener, pero principios también que caen en el olvido en estos momentos. Y yo me cuestiono, ¿de qué sirve entonces la posesión de dichos principios, si cuando verdaderamente hacen falta todos los dejan de lado? ¿Por qué -me pregunto- casi de forma indiscutible acaba triunfando el pragmatismo? ¿Por qué resulta tan fácil tomar la senda ya abierta, antes que aventurarse entre un camino repleto de maleza? Quizá es que hablamos mucho, pero hacemos poco. Quizá es que, en el fondo, somos unos cobardes (y, ojo, yo me incluyo en ese hipotético grupo).

Hablar de principios resultaría muy extenso, pero todos sabemos de sobra que existen unos principios mayores y otros menores, por decirlo de algún modo; y que nos inclinamos a actuar, abandonando incluso ese pragmatismo tan típico, cuando se ataca a nuestras más altas convicciones.

La lealtad en la amistad es uno de mis principios mayores. Y la fidelidad en el amor, también.

Es por eso por lo que no he de quedarme con los brazos cruzados, aguardando a que las cosas se resuelvan ellas solas. Es por eso por lo que los principios deben vencer por encima de la actitud pragmática ya que, de no hacerlo, la farsa se prolongará con peores repercusiones. Sobre todo para ella. Porque ella es la verdadera víctima.

Él lo sabe. Tú lo sabes. Yo lo sé. Nosotros lo sabemos.

Y si él no tiene principios..., es su problema.

Escuchando... I´ll be there, de los Jackson Five.



I´ll reach out my hand to you...

sábado, 18 de julio de 2009

Salto al pasado


De repente, estaba allí. No sabía con certeza cómo me había transportado de nuevo hasta ese lugar de mi memoria, pero lo veía todo con una diáfana nitidez.

Gente, mucha gente. Multitud de rostros conocidos a los que me abalanzaba, y en cuyos hombros me apoyaba para llorar a lágrima viva.

Apenas había dormido aquella noche, vagabundeando por los pasillos y las habitaciones, riéndome por todo y por nada, y comenzando a lloriquear acompañada por mis compañeros de andanzas. No era capaz de conciliar el sueño ante la poco halagüeña perspectiva de la partida. Y la mayoría tampoco podía.

Para algunos, quizá eran diez días que pasaban sin pena ni gloria. Pero para otros, entre los que yo estaba clarísimamente incluida, eran 240 horas irrepetibles, que siempre deseaba que pasaran con lentitud, la mayor lentitud posible.

Tampoco era para tanto, ¿no? La comida no era del otro mundo, íbamos a clase por la mañana, hacía un calor terriblemente pegajoso y no todo el mundo era tan simpático. Sí, había fiestas hawaianas, de pijama, de cambio de indumentaria, citas a ciegas, torneos de baile, gymkanas y excursiones al río y al campo. Pero bueno, tampoco era para tanto, ¿verdad?

¿O es que ellos lo hacían diferente? Quizá sí. Porque, de lo contrario, no comprendo cómo he podido mantener a algunos a mi lado, o seguir recordando mucho a otros. Será porque ellos lo hacían así. Si así no fuese, no habríamos sufrido como sufrimos aquel fatídico último día.

Mis padres, al encontrarme en tal estado a su llegada frente al instituto de Lumbier, no sabían cómo reaccionar. "¿Por qué lloras, hija?"-preguntaban angustiados- "¿creías que no íbamos a venir a recogerte?". Pero yo, negando con la cabeza, les respondía: "No: es que no quiero irme".

Súbitamente, he vuelto a chocar con la realidad. He visto otra multitud de rostros, pero esta vez desconocidos. En una esquina, unos adolescentes se agolpaban como una piña para arropar a los que se iban marchando. Vestían la misma camiseta e iban plagados de firmas hasta los topes, por la espalda, los brazos y las piernas, y sus reacciones se han presentado ante mis ojos como mi viva imagen. La imagen de una niña que no quería irse a casa porque había encontrado un pequeño hogar de ensueño.

Entre caras tristonas o esbozadoras de una mueca de felicidad resignada, me he topado con la de mi hermanita. La he visto, con sus rizos castaños y su sonrisa pícara, alegre y pizpireta. Y así he vuelto a la puerta del instituto de Lumbier.

Sin duda, ella se toma las despedidas de otra forma.

Escuchando...Saturday Night.



Por vosotros.

domingo, 12 de julio de 2009

Trotamundos

Si supieras que vas a morir en poco tiempo, ¿qué harías?
No se dan cuenta.

Muchos apenas se percatan de ello. Y es que son, sin pretenderlo quizá, unos suertudos por hacerse con algo totalmente anhelante y muy deseable.

Han visto sonrisas, gestos y miradas. Se han cruzado con los ojos de extraños no tan cercanos. Han intercambiado palabras de las formas más variopintas. Han sufrido o gozado de climas dispares. Se han deleitado con las maravillas de genios de la arquitectura, de la pintura o de la escultura. Han contemplado otros mares. Han pisado la grava, arena o piedra sobre la que caminaron personajes célebres; o quizá no tanto.

Sin embargo, no se dan cuenta. Gran parte tiene la oportunidad de verlo como una rutina, de tener variadas posibilidades al alcance de su mano, e incluso puede haber algunos a los que la perspectiva no les tiente en absoluto, ya que prefieren permanecer en casa, al abrigo de su gente y su monotonía (que, ojo, no tiene por qué tener nada de desagradable).

Dos emociones se entrecruzan en mí al llegar determinadas fechas: la envidia y la nostalgia. Envidia por ese anhelo irrefrenable de estar en su lugar, de que se me brinden oportunidades así.Y nostalgia porque quiero regresar. Regresar a esos momentos en los que he volado del nido por un instante, para disfrutar de experiencias que me eran desconocidas.

Aun con todo, queda en evidencia que no todos se comportan de este modo. Otros muchos se percatan de que han de sacar provecho de tales oportunidades y, con no poco criterio, disfrutan.

Pero todavía existe una tercera categoría entre estos suertudos: hay otros, probablemente muchos menos, que salen al mundo para ayudar. Y precisamente es a ésos a los que envidio con más fiereza, incluso de manera nada sana, porque ellos tienen el valor y el empuje preciso , empuje del que yo carezco, para lanzarse a mejorar la vida del prójimo, o tan sólo a intentar hacer de este globo un lugar algo más habitable para todos. Son ellos los que, sin duda, merecen mayor consideración.

Y es que la pregunta del encabezamiento me la formuló hace nada, no con poco interés, un amigo. ¿Mi respuesta?

Viajaría. Viajaría por todo el mundo. Pero sola no, claro: acompañada.

Reflexionando...


Viajar es imprescindible y la sed de viaje, un síntoma neto de inteligencia.

Enrique Jardiel Poncela

miércoles, 8 de julio de 2009

Ingenua

Imaginad la escena. Una jovencita universitaria toma asiento en un sillón negro de ruedas. A sus espaldas, una peluquera veinteañera de pelo de un caoba rojizo trajina con sus cabellos recién capeados y le empieza a hacer preguntas. Por no sé qué camino, desemboca en el tema de los noviazgos. Más al fondo de la estancia invadida por útiles de belleza, otra muchacha, rubia y de similar edad, se incorpora a la conversación. Y, en un intercambio de opiniones así, no podía faltar la madre de la protagonista de la polémica.

-A esta edad, en general, las cosas se acaban. (caoba)
-Sí; ¡quién sabe lo que pasará dentro de tres años! (madre)
-Pues mira, yo llevo desde los 15 años con el mismo chico. (rubia)
-Ya, bueno. (caoba)
-Eres joven, aún es pronto para estas cosas... (madre)
-Bueno, ya no lo es tanto. Pero sí, es joven: 19 años. Todavía es tu niña. (caoba)
-Tú céntrate en estudiar, que es lo más importante. (madre)
Una retahíla de consejos recibidos más o menos afortunadamente, pero bienintencionados. Pero ella se siente, de súbito, presionada. No tanto presionada por los demás, sino más bien presionada por el tiempo. Por las circunstancias. Por el miedo.

Ella siempre ha sido una soñadora. Quizá no debiera serlo, pues da la impresión de que la gente, hoy en día, tiende a ser más pragmática. Si una parte marcha lejos por un tiempo, parece oportuno abandonar lo emprendido. Si sobreviene el cansancio y no imperan los esfuerzos por salvarse en una mala racha, mejor dejar lo comenzado. Si, a fin de cuentas, todo va a pique, acaba terminando porque nadie pone remedio. A ella le gustaría creer que hay más personas de las que imagina preocupadas por esto, pero no hay más que pensar en la frase de su madre: "Tú céntrate en estudiar, que es lo más importante. "

De todos modos, ella se resiste a creer que la madre trate de alejarla de sus aspiraciones. Al fin y al cabo, sólo desea que se incline más hacia una, aquélla que le asegure un futuro. Un futuro mucho más estable que el que le puede proporcionar un principito que podría tornarse rana de un momento a otro. Eso es lo que toda madre tiende a pensar, y no le falta razón, pues nunca parece haber escasez de corazones rotos en este mundo, dicho mal y pronto.

Pero es que ocurre algo curioso: a ella no le faltarían razones para dejar de soñar y poner los pies en tierra firme, pero el caso es que todas estas afirmaciones refuerzan su empeño. ¡Qué estúpido es creer que existe alguien que nos puede corresponder y amar de verdad durante toda nuestra vida! ¡Cuán tonta tiene que ser aquélla que, rodeada por la actitud práctica del momento, quiera conquistar una felicidad plena basada en una sola persona! ¡Y, además, sabiendo que esa persona es totalmente imperfecta y que un fallo garrafal de la misma puede decepcionarla y hacerla caer en un hoyo de desilusión! Lo peor de todo es que sabe con certeza que las cosas pueden terminar, de repente, por factores y factores, ya que lo ha soportado en un pasado no tan lejano. Qué ingenua, ¿verdad? Pues ella se resiste.

Y es que ella desea, como decía hace unos meses ese profesor que le ha hecho reflexionar tantísimo, pasar por encima de las limitaciones de él. Hasta ahora lo ha logrado. Pero, ¿y si esos sabios adultos llevan la razón? ¿Y si el sentimiento se acaba, pues la desilusión puede con él? Algo así quería decir su madre, así como la joven de cabello caoba.

Desde luego que empatiza totalmente con la muchacha de cabellos dorados. Porque, si hubiera de elegir entre lo más verdadero que hay en la vida, ella no dudaría ni un instante al proclamar su elección: escogería el amor. Aunque eso le costase ser una atolondrada ingenua por siempre.

Reflexionando...

Aprendemos a amar no cuando encontramos a la persona perfecta, sino cuando llegamos a ver de manera perfecta a una persona imperfecta.
Sam Keen

jueves, 2 de julio de 2009

Y tú dijiste...


En realidad, las cosas son blancas o negras. Lo de los grises es mentira; nos intentan engañar para aligerarlo todo. Pero es así: o me quieres o me odias.
Me has vuelto a dejar ojiplática. O más bien ojiestrellada.

Qué tremendo flashback, ¿lo recuerdas? En esos dulces inicios nuestros me comentaste, con bastante rotundidad, que a ti te odiaban o te amaban. Siendo franca, a veces me han entrado unas ganas irrefrenables de odiarte, pero me descolocas tanto que hasta me haces adorar tus carencias, no tan sólo tus virtudes. Y es así cómo me tendiste tu red. Porque en esas palabras había mucho más que una de tus bromas sonsaca-sonrisas.

Pensándolo bien, te llevas una buena parte de razón; y eso que sueles estar convencido de que yo la tengo en todo momento. "Los extremos no son buenos", "no seas tan extremista", "las cosas tienen sus matices". ¿Que qué me parecen tales comentarios? Inútiles. Puede que resulten acertados en otros muchos temas, pero en este, precisamente, no tanto.

"Adiós, moderación. No me sirves en esto; me serás útil en otra ocasión. Pero con él, no". Contigo quiero ser extremista; porque en el amor no se puede ser moderada. En el amor o se da todo, o no se da nada. Y si se duda a la hora de decidir la entrega..., acaso no será amor del de verdad.

Si me ciño a tu afirmación, pequeño, no dudaré un ápice en proclamar que no sólo te valoro, sino que te tengo en los cielos; que no sólo me importas, sino que eres una preocupación esencial; que no sólo te quiero..., sino que lo hago con locura.

No sólo eres una sorpresa en mi vida, sino lo más grande que ha irrumpido en ella.

Your baby just cares for you.


domingo, 28 de junio de 2009

Cambios

La vida es un continuo cambio. Todo va evolucionando a medida que las agujas del reloj prosiguen con su tic-tac. Lo curioso es que esa evolución parece ser circular: las cosas van a parar al mismo sitio donde comenzaron.

En la moda, las tendencias vuelven; en la naturaleza, el ciclo de la vida posibilita nueva vida a través de la muerte. Y da la impresión de que algo así me ha sucedido a mí, y a otros muchos.

Durante este embarazo, estos nueve meses tan nuevos, he acabado por encontrarme con lo mismo. Porque en cualquier lugar, a pesar de que pueda parecer tan diferente, hay lo mismo: personas. Personas con las que te diviertes, con las que sufres, con las que sonríes, con las que sollozas, con las que aguantas, con las que descubres. Personas que te conocen, que te traicionan, que te afectan, que te menosprecian, que te ayudan, que te ignoran, que te felicitan. Que te quieren.

Para esas últimas va dedicada esta escueta y simple entrada. Para todos aquellos que han posibilitado que todo adquiera un tono especial. Para ellos, los que se han molestado en conocerme y hablar, en pasar horas conmigo haciendo de nada y de todo, los que no se han ido cuando la tormenta acechaba sobre nuestras cabezas y los que han disfrutado de los ratos de sol porque así lo merecían.


¡Qué narices! Esto también va dirigido a los que han hecho que crezca. Sí, vosotros: los que me habéis criticado, los que habéis susurrado a mis espaldas, los que no habéis sido fieles, los que me habéis abandonado, los que me habéis puesto las cosas un poco difíciles, los que habéis intentado impedir que sea yo, los que os habéis empeñado en alejarme de los míos. Vosotros os merecéis el mayor aplauso, pues posibilitáis que me refuerce todavía más.

A los recién llegados, gracias por asentaros a mi lado.

Y a los que ya estábais antes... gracias por quedaros.

El primer paso hacia mi sueño ya está dado. En el próximo curso, más.

Escuchando... a Michael Jackson.



Desde su más tierna infancia...





hasta su madurez, hizo feliz a millones de personas con su música.

Descanse en paz, King of Pop.

martes, 16 de junio de 2009

Vuelve...

Es lo único que te pido.

Hace tiempo que te escribí, y hoy me he visto impulsada a hacerlo de nuevo. Da la impresión de que la única forma de llevar a cabo un llamamiento potente es a través de estas teclas. Quizá sea, de hecho, la única manera de tenerte conmigo.

Parece que no te necesito, que no te echo de menos, que no te quiero ni lo más mínimo. Mas te equivocas tanto..., pues eres una de esas afortunadas que da sentido a mi vida. Porque contigo soy, realmente, yo misma.

Sin embargo, te he menospreciado: te he ignorado, no te he dedicado tiempo, y ni siquiera me sentía culpable por ello. Cualquier excusa valía: "estoy agobiada", "es el estrés", "necesito despejarme, no me voy a poner a eso...", "entre una cosa y otra...", "cuando acabe con esto le dedicaré más tiempo", "bueno, no pasa nada, en verano lo soluciono..."

Mi pequeña, mi pequeña y dulce criatura, ¿no te das cuenta de lo que te he hecho? Tanta felicidad, tantos buenos momentos me procuraste..., y ahora no soy capaz de corresponderte. No he tenido el ánimo, el empuje, el valor necesario para volver contigo de pleno. Lo paradoja es que, de haberte dedicado unos cientos de milésimas de segundo más, me habrías ayudado a sentirme mejor, a ver las cosas mejor, a ser mejor.

Y es que siempre eres complaciente. Jamás me entregas nada que no sea una sonrisa, una satisfacción, o al menos un sueño. Contigo los exámenes, las riñas, los planes frustrados, la impotencia, la nostalgia, la tristeza, y toda sensación negativa imaginable se quedan en suspenso mientras estás junto a mí.


Ésta es la verdadera: prometo volver a tu lado cuanto antes. Gastaré más tinta que nunca... porque lo mereces.

Escuchando... Christie Road, de Green Day.

martes, 2 de junio de 2009

Como Rosseau


Extraño como un pato en el Manzanares,
torpe como un suicida sin vocación,
absurdo como un belga por soleares,
vacío como una isla sin Robinsón,
oscuro como un túnel sin tren expreso,
negro como los ángeles de Machín,
febril como la carta de amor de un preso...
así estoy yo, así estoy yo, sin ti...
Así voy y vengo, en el espacio y en el tiempo, meciéndome al compás de unos suaves acordes de fondo. Y es que siempre he tenido el grave problema de soñar demasiado.

De seguro, me falta el intelectualismo y el talento del gran personaje de Rosseau, pero se da el caso de que a veces me convierto en una ensoñadora, una paseante solitaria, tal como él decía sentirse.

En todo momento deseo que se presente la ocasión para hacerlo. No me limito a los típicos pensamientos previos a conciliar el sueño: me parecen meros somníferos. Lo que verdaderamente me apasiona es hacerlo con los ojos abiertos, bien abiertos hacia el mundo que me rodea.

Me espera un largo viaje en coche o autobús. O quizá tenga que caminar, quién sabe, hasta un punto un tanto lejano. ¿Qué mejor excusa para hacerlo? Música, por favor, y después... tan sólo hay que dejarlos fluir.

Los pensamientos van copando la mente, pero cada vez se tornan menos banales, obligatorios o puntuales. Se van convirtiendo en imaginaciones, deseos, anhelos ocultos. Se pasa del recuerdo del día anterior a la memoria de un momento demasiado feliz, que aporta fuerzas para afrontar un día ya cansado desde los primeros albores de la mañana. Se vagabundea de ensueño en ensueño, de un plan factible a otro descabellado pero ansiado. Se construye el escenario de cientos de historias. Puede que sean imposibles. Pero esa evasión hace feliz por unos instantes a su portador.

Un deseo se vuelve eterno; un momento feliz se prolonga de forma infinita.

De fondo, mi compañero de viaje continúa acariciándome los oídos.

Escuchando... Así estoy yo sin ti, de Joaquín Sabina.

jueves, 28 de mayo de 2009

Perfectamente imperfecto

Debo de ser tonta. O algo parecido.

Son muchas las veces que me pregunto por qué soy tonta exactamente. Si por no aguantar lo que me toca o más bien por no aceptarlo. Me da la sensación de que es lo primero, porque me parece que hace tiempo que me percaté de que, como decía mi madre y sigue diciendo, "Don Perfecto se murió".

"Me sacas de quicio". Una de mis frases estrella, sin duda, que evidencia una realidad que no debería negar. Y es que él no es el summun de las virtudes. No se trata de un muñequito ideado a mi medida, un señorito hecho en exclusiva para mí, que tiene todo lo que podría desear de un hombre. Eso sólo es un sueño apto para una ingenua. Porque es humano..., y yo también lo soy.

Ciertamente, me saca mucho de quicio. Me pone de los nervios que no pare de charlotear y luego me llame habladora, que sea un bocazas y un inoportuno, que carezca de sentido del disimulo y, por añadidura, que se cabree de maneras escandalosas (aunque se supone que yo también lo hago, vaya por Dios...) No puedo con su manía de comenzar una frase y dejarla a medias, como queriendo entrever un reproche que muere a mitad de camino; ni tampoco me convence nada su forma de ignorar un tema importante, o al menos de hacer que lo ignora. Ahí sí que es un buen disimulador, sin duda. Me saca especialmente de mis casillas, además, que empiece comentando algo y se vaya por otros derroteros, desviándose del punto central de la charla/debate/discusión acalorada por completo; así como su innata cualidad para creer que lo mejor del mundo mundial es lo suyo: lo que a él le gusta, lo que él valora, en lo que él cree firmemente. Y, para coronar el pastel de defectos, he aquí lo que más aborrezco: su orgullo, su maldito y honorífico orgullo.

Da la impresión, a todas luces, de que describo a una persona que odio. Pero, dejando de lado que no me gusta odiar a nadie, resulta que esta es una persona a la que adoro. ¿Irónico? Quizá. O quizá no tanto.

Y es que esta gran paradoja, bien vista, va dejando de contradecirse en todos sus puntos por el simple hecho de que cada uno de los defectos es compensado por sus virtudes. Incluso algunos de estos defectos enumerados minuciosamente se transforman, de alguna manera, en algo encantador.

"¿Qué es lo que te gusta de mí?" Esa complicada pregunta se me ha venido planteando por su parte desde hace ya un buen puñado de semanas y semanas. Difícil respuesta, pero que (¡mira tú qué gracioso!), me ha venido nítidamente a la cabeza precisamente por sus honorables meteduras de pata.

Me gusta su sonrisa pícara cuando se pone orgulloso, esa sonrisa que parece susurrar: "mi orgullo es tan sólo una coraza, soy bueno en el fondo". Me gustan sus convicciones, aunque esa fuerza acabe por ser arrolladora y apabullante. Me gusta que hable tanto o más que yo, porque disimulo mi propio defecto. Me gusta que varíe los puntos de una conversación, pues me acabo enterando de cosas alucinantes acerca de las que no pretendía conversar. Me gusta que alardee de sus conocimientos: nunca dejo de aprender a su lado. Me gusta que se haga el desinteresado cuando, en realidad, ha prestado atención a todas y cada una de mis palabras, y les ha dado mil vueltas. Me gusta que tenga cosas por las que luchar, vivir y creer. Me gusta él.

Él es la única persona que puede hacerme reír y llorar al mismo tiempo. ¿Por qué? Porque tiene el sutil encanto de ser perfectamente imperfecto.

Señoría, ruego encarecidamente su perdón, pues, en el fondo... yo también lo soy. Sobre todo lo segundo.

Reflexionando...

Hay defectos que manifiestan un alma bella mejor que ciertas virtudes.
Cardenal de Retz

martes, 26 de mayo de 2009

Ciudadana ejemplar

Más de una vez me han dicho que carezco de sentido de la orientación, y la verdad es que es cierto. La flamante oficina de Correos y Telégrafos de Pamplona estaba en pleno centro, en el Paseo de nuestro querido Sarasate, pero a mí ni se me había ocurrido fijarme, lo que ha significado que me he tenido que servir de unos tres transeúntes para llegar a buen puerto. Preguntando se va a Roma, oye.

Una y veinticinco de la tarde. Felizmente ubicada, flanqueo las gruesas columnas de la portalada para introducirme en dicha oficina, y no para mi sorpresa me encuentro con una estancia abarrotada hasta los topes. A tirar de numerito y a esperar.

Siendo franca, no es que la paciencia sea mi mayor virtud; por lo tanto, aguardar con un ticket en mano viendo a gente con el mismo rostro marcado por el aburrimiento no es precisamente placentero. En todo caso, me coloco los auriculares sabiendo que faltan más de una veintena de números para que llegue mi turno.

Las esperas, en el fondo, no vienen tan mal. Puedes pensar en las cosas que tienes que hacer durante el día, observar a las personas de alrededor y regocijarte con las conversaciones de los ancianos de al lado, e incluso sopesar pros y contras en materia política. Sobre todo esto último, si se tiene en cuenta que estaba aguantando eso por ser una ciudadana ejemplar. Sí, también por vagueza, pero eso es otra historia.

Han transcurrido más de treinta minutos. El número 268: Aleluya. Una arisca mujer de cabello corto me recibe con un refunfuño.

- Me gustaría votar por correo -le anuncio.
- Entonces tienes que ir al mostrador de enfrente.
- Y... ¿luego?
- Vuelves. Coge otro número.
Se queda tan ancha tras informarme de tan trágica desventura. Y es que otra cola se va a hacer más tediosa si cabe.

Como no me queda otro remedio que acarrear con su decisión oficial, me dirijo al mostrador de enfrente y saludo al empleado. Tengo suerte: es muchísimo más simpático. Empiezo contándole mis peripecias en el otro extremo de la sala y, dicho esto, le doy el mismo anuncio que a su agradable compañera.

- Mira, coge estos papeles de aquí y los rellenas. ¿Tienes el DNI?
- Sí, sí.
- Pues nada, eso. Manda huevos, todos los estudiantes votando ¡Si no vota nadie!
Le miro con aire grave y le contesto "En las democracias es importante participar", a lo que él me responde con una sonrisa.

Ya estoy completando los formularios. Ando tan perdida como antes, cuando buscaba la oficina. Voy pidiéndole indicaciones al campechano señor.

- ¿Esto qué es? No lo entiendo, está en vasco.
- Euskera. Éstos de Tudela...
El buen humor todavía no se me ha ido, así que le doy licencia para meterse conmigo. El hombrecillo que hay a mi vera me defiende, pues parece haber sufrido como yo la maldad de Correos y Telégrafos, y me hace recordar las alcachofas de mi madre.

- Ay, Tudela... ¡Qué verduras!
Le he ido explicando al empleado por qué voto por correo y no retorno a mi alma máter para ello: estudios, exámenes, blablabla. No parece comprenderlo, y menos la manía de votar en las elecciones europeas que tenemos los jóvenes.

- Ya le digo yo a mi sobrino: "¡Cómo deje el país en tus manos, bien vamos!"
- Ya será menos...
- ¿Tú qué estudias?
- Periodismo.
- ¡Uy! ¡El cuarto poder, qué peligro!
La historia es que después de tan apasionada conversación tengo que abandonar a mi contertulio para esperar de nuevo. Todo caras nuevas. Parezco ser la única pringada que se ha equivocado de proceder.

Unos quince minutos más tarde vuelvo a ver a mi amiga la arisca. Le entrego los papeles, rogando por que esta vez todo haya sido correcto en mi actuar. Parece que sí. El sello dicta sentencia: chas. "Hala, rica. Ya te puedes ir", se me antoja oír en sus pensamientos cuando me devuelve un par de resguardos.

Las manecillas de mi reloj rozan las dos y media. El estómago me ruge, y cuando por fin huyo de allí con un hambre feroz, tarareo Bailando emulando a Alaska, no sin razón tras soportar estoicamente más de 60 minutos de tedio.

Paso por debajo de los criticones cartelazos de campaña de los dos partidos estrella y a mi lado caminan un trío de chicos lamiendo un helado. Empieza a lloviznar. El tiempo está loco. Y el mundo también, me digo, sonriendo para mis adentros.

Escuchando... Bailando, de Alaska y Dinarama.



Hablando de la cancioncita, ¡mira que es pegadiza!

sábado, 23 de mayo de 2009

Y por fin...

He vuelto al pasado, pero esta vez no ha sido doloroso.

En los últimos años, cada minúsculo recuerdo de aquellos días me punzaba como afilados alfileres. Invertía todos los esfuerzos de los que escasamente disponía (sobre todo al principio de esa pequeña tortura) en tratar de olvidar, mágica palabra que anhelaba se hiciese realidad cuanto antes. Lo curioso es que cuanto más fuerte era el anhelo, menor efecto surtía en la práctica. Me desmoronaba de nuevo. Volvía a escribir largas cartas. Tomaba el teléfono y marcaba ese número que siempre estaba ahí, grabado a fuego en la memoria por si acaso lo necesitaba algún día. Las lágrimas acababan aflorando sin remedio.

Era un amor-odio insaciable. Se trataba de querer y aborrecer al mismo tiempo, y lo peor de todo era que tenía la necesidad de seguir sintiendo esa extraña e hiriente mezcla.

Cuando las aguas comenzaron a calmarse un tanto, nos hacíamos siempre la misma pregunta. ¿Amigos? Ja. No nos lo creíamos. Y de hecho, seguimos sin creerlo demasiado. ¿Cuál es la diferencia? Que el camino se ha ido formando a través de la maleza del amor-odio. Un amor-odio que cada día se disipa más y que tiende a dar paso a otro sentimiento incierto y deseado, pero dominado por el sosiego. Se acabó la pasión (tanto negativa como positiva) exacerbada.

Anoche, físicamente envuelta en una pegajosa atmósfera, evidente anticipo del verano, experimenté todo lo contrario dentro de mí: un maravilloso y esperado soplo de aire fresco. Volvimos a lo de antes. Pero ya no somos los mismos ni por asomo.

Nuestra situación no era para nada común. Quizá fue por eso por lo que nos perdimos el respeto, pero lo mejor es que hemos enmendado grandes errores. Y eso es lo que cuenta para avanzar en la vida.

Lo más valioso de todo esto es, sin duda, la nueva visión con la que se me ha obsequiado. Una visión sobre lo que tengo y lo que podría desear. ¿Conclusión? Llana, muy llana: mi suerte ha sido descomunal. Porque esta persona, como esas otras pocas personas importantes en mi existencia, ha hecho que me percate de que tengo en mis manos la felicidad, justo al lado. Que poseo lo que estaba buscando. Y ellos, los que me conocen demasiado bien, lo saben con tan sólo escucharme hablar de ese regalo del cielo que es él.

Ha costado cuatro años salir de la tormenta. Y por fin... la calma tras la tempestad. Gracias.

Reflexionando...

La magia del primer amor consiste en nuestra ignorancia de que pueda tener fin.
Benjamin Disraeli

martes, 19 de mayo de 2009

Acobardamiento

Esa es la palabra exacta y, por desgracia, define con demasiada precisión lo que he sentido hace muy poco.

Esta mañana, tras haber perdido el autobús urbano y, en consecuencia, haberme quedado fuera de clase, me he dirigido a la universidad más tarde de lo normal. Volviendo, he vuelto a gastar más saldo de mi tarjetita. Adelante, a casa. Pero algo ha roto mis esquemas.

Estaba sentado justo en la primera fila de asientos del fondo, a la derecha, junto a la ventana. No he querido creer que era él. Me he acomodado en sentido contrario, paralela a dicha fila, decidida a hacerme la sueca por miedo. O tal vez por cobardía.

Insistía en escrutar el paisaje exterior a través de la ventana para distraerme, o más bien para parecer distraída, al tiempo que sentía sus ojos clavados en mi espalda. "Seguro que está pensando si soy yo o no. Se dirá: <<¡Cuánto ha cambiado! ¿Acaso no me reconoce?>>, y comenzará a recordar el verano del año 2005. Le vendrá a la cabeza la fiesta de disfraces en la que nos intercambiamos la ropa, cuando él se puso mi falda e iba tan gracioso. Rememorará los paseos por el río y por el pueblo, en los que hablábamos de todo y reíamos por nada. Como un chispazo, aparecerán en su memoria esos instantes juntos en las "quedadas". Y también se acordará de nuestras llamadas telefónicas, que unían el pico de Navarra, ese norte que es su hogar, con el sur de la comunidad, de donde provenía mi voz. Por supuesto que no pasará por alto esos continuos proyectos de cita que quedaron en agua de borrajas, ni el día que me anunció que, posiblemente, estudiaría en Pamplona. <<¡Nos podremos ver!>>, decíamos, claramente contentos.

Sí, nos podemos ver. Pero de otra forma. Hoy le he visto, con su tubito de arquitecto, su mochila y unas Converse parecidas a las que se compró aquel día con tanto entusiasmo. También llevaba barba; esa barba que tantas veces le dije que se afeitara porque le hacía más mayor, proposición que él rehusaba aunque yo le diese la vara y acabáramos riéndonos.

Quería, deseaba, acercarme y decirle hola, preguntarle qué tal le iba todo y tratar de volver a lo de antes. Pero, por alguna extraña razón, ninguno de los dos se ha movido ni ha tomado la iniciativa. La barrera invisible que nos separaba al uno del otro era fuerte, y ni yo ni él nos hemos atrevido a romperla.

Lo curioso es que nunca nos enfadamos ni jamás nos traicionamos. Simplemente, sobrevino el distanciamiento. Y sólo cabe preguntarse: ¿por qué?

A lo tonto, el tiempo va pasando: todos lo sabemos. Pero lo que llega a irritar es que pase en vano..., y no se aproveche lo que en su día fue una preciosa amistad.

Prometo que la próxima vez me sentaré a su lado, para renovar el antiguo vínculo.

Porque lo que se une no debe separarse por razones tan ligeras.

Reflexionando...

Recorre a menudo la senda que lleva al huerto de tu amigo, no sea que la maleza te impida ver el camino.
Proverbio indio

lunes, 18 de mayo de 2009

Corta y pega

Quizá resulte un poco canalla por mi parte recurrir al copy & paste barato, pero tengo un par de razones que esgrimir a mi favor. Una, que la inspiración no siempre acompaña y que tirar de archivo alguna vez no es pecado. Dos, que la inspiración que me acompañó la semana pasada cuando escribí esto. Que lo disfrutéis.


Por cierto, se aceptan interpretaciones varias.

El clavel rojo

Ella apenas disponía de tiempo. Mientras avanzaba a duras penas a través de la capa nívea, notaba una presencia tras de sí, que le obligaba a avanzar al ritmo de sus frenéticas palpitaciones.

Fue entonces cuando le vio.

*****

La estancia estaba en penumbra. El arbolito de Navidad, alumbrando un rincón, no lograba acabar con la atmósfera un tanto tétrica del lugar, que contrastaba con las pomposas luces provenientes del exterior. La negrura recorría cada cuarto del piso, y perecía en la habitación más amplia por obra de una lámpara de mesa.

Marina accedió, a pasitos cortos, al dormitorio. La cajita de madera continuaba sobre la colcha rosada: justo donde la había dejado la última vez. Destaparla suponía reabrir una herida; una herida un tanto rasposa a la que le costaba cicatrizar, aun con el paso del tiempo. Sin embargo, esa noche no pudo contener el anhelo de volver atrás.

Una explosión de imágenes sacudió su memoria como si de un terremoto se tratase. Fotografías ajadas y papelitos semiarrugados le devolvían a un pasado no tan lejano en el que le hubiera gustado anclarse por siempre...

Le recordaba con una inusitada claridad. En sus años mozos, había sido un jovencito muy guapo: la barbilla redondeada, el pelo revuelto, la nariz respingona, la sonrisa tierna. La figura esbelta, las largas piernas, la espalda estrecha. Y, por encima de todo, ese tono azulado del iris que tanto le había encandilado en noches de teatro como aquellas. En esas veladas, se disfrazaba de mimo y se comportaba como un payaso; o se engalanaba cual aristócrata para hacerse el señorito ante ella. El 23 de abril de 1996 vestía traje negro y una chistera. Ese día acarició sus mejillas por primera vez, provocando un fuerte rubor, y le entregó un precioso clavel rojo.

Pero lo que el contacto de él provocaba ahora no era más que dolor. Un intenso y agudo dolor, que escocía por dentro con más intensidad que las magulladuras externas.

Aquel 23 de abril, él la había besado sobre el escenario. Esa noche él era Bruno, y ella Cecilia. Podían desmelenarse. Pero, al correrse el telón, volvían a convertirse en ellos mismos. Y en ese momento Marina comprendió que los labios de él, que no se separaban de los suyos, no hacían nada por exigencias del guión.

Esas cosquillas de emoción de antaño estaban profundamente ocultas en el cajón del olvido. Lo único que todavía le enlazaba a su rostro eran unos documentos y una vinculación que bien podría haberse denominado de esclavitud.

Las memorias se iban volviendo más amargas conforme se sucedían. Recordó su partida.

-Tengo que irme... sé que serás feliz. Cuídate, y déjate cuidar por él. Yo ya no pinto nada aquí.
-Pero, ¿por qué...?
-Este no es mi sitio. Le perteneces.
-¿Volverás?
-Lo prometo.

Unas amargas lágrimas desfilaban sobre su tez cuando, al fondo de la cajita, entre retazos de papel, encontró un bulto. Al ir despejando el terreno halló un tallo verde reseco y, al acabar con los escombros, acertó a extraer dicho bulto del recipiente. Era un clavel rojo. Pero estaba marchito.

*****

Aquella noche de diciembre no era como las demás. La calle Clarín se asemejaba a una extensa alfombra de porcelana que se iba desenrollando, manzana tras manzana, alcanzando los más minúsculos rincones del barrio. El fulgor de la luna parecía iluminar a conciencia las zonas blanquecinas del suelo, resaltando su hermosura. Era tal la improvisada belleza de un lugar tan corriente que los escasos transeúntes, anonadados por la visión, se detenían en seco y abrían mucho los ojos. Las cortinas se descorrían y las rendijas de las persianas se levantaban con timidez para contemplar el inesperado espectáculo.

Pero ella apenas disponía de tiempo. Mientras avanzaba a duras penas a través de la capa nívea, notaba una presencia tras de sí, que le obligaba a avanzar al ritmo de sus frenéticas palpitaciones.

Fue entonces cuando le vio.

Marina, de repente muy quieta en el centro de la rúa, parecía una suerte de estatua entristecida. Los copos de nieve que cubrían sus mechones le otorgaban un aire de ancianita estupefacta, pues era incapaz de asimilar que aquello no fuera producto de una ensoñación.


Ahí estaba él: los ojos cristalinos, la pintura blanca extendida por su rostro y cuello, el bombín ladeado, la sonrisa tierna. Un gesto entre curioso y cómico se dibujaba en su tez.

Fue un gesto que, de improviso, dotó de una sobrenatural energía al cuerpo de ella. Atravesó callejuelas, cruzó avenidas, torció esquinas. Y cuando llegó frente a la puerta acristalada ante la que había pasado tantas veces, presidida por una bandera, se envalentonó: esta vez la cruzó.

Al otro lado, él le guiñaba un ojo mientras sostenía un gualdo clavel en su mano derecha.

*****

Botas altas, gorros de lana y gruesos sobretodos. El paisaje de la modesta plazoleta, con su quiosco en el centro, habría sido digno de ser colocado en una postal.

El encargado del puesto de revistas, un hombretón que sobrepasaba los cincuenta, tendió la prensa a una pareja de parroquianas del barrio. La portada estaba ocupada por una enorme fotografía de un paisaje nevado; Nieve en el sur, rezaba el titular. Esta llamativa primera plana eclipsaba una imagen, emplazada en una de las esquinas, de una sonriente mujer de bucles oscuros. La violencia de género se cobra a su vigésimo primera víctima del año en Granada.

-No hay derecho, Mercedes. Cuando oí las sirenas anoche me temía una desgracia como ésta...
-Pobrecita. Con lo discreta y amable que era.
-¡Y su marido! ¡No puedo creer que fuese así!
-Ya te dije yo que ese hombre, tan silencioso, no me daba buena espina. Tú y yo conocíamos a la Marinita desde chica, y las dos sabíamos que tendría que haberse quedado con el Esteban.
-¿El gemelo? Nunca los distinguí, la verdad. Pero todo el mundo decía que era muy buena gente...
-Luego se fue.
-Sí, se fue.
-Y no se dio cuenta de que la dejaba en manos de este sinvergüenza. ¡Dios le perdone!

Con un gesto apesadumbrado, ambas vecinas se alejaron a paso lento, entre la nieve ya embarrada y mustia.


Viendo... La requetefamosa escena de Gene Kelly.



Simplemente fantástico.