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viernes, 24 de diciembre de 2010

Pezuñas blandas



La verdadera amistad sólo puede ser desinteresada.


Es hora de admitirlo: te encanta ser un gato callejero. La soledad nunca te ha incomodado, y sí mucho más compartirla con los demás. Amas los pequeños detalles que te brinda la existencia y no permites que nadie se interponga entre ese disfrute y tú.

Así, sueles optar por vagar por las aceras empedradas, sin rumbo fijo pero con paso firme. No te gusta perder el tiempo si no es en algo que consideres meritorio; y, en muchas ocasiones, te merece más la pena observar las estrellas embebido en tus pensamientos que pararte a ronronear junto a otro gato. Si acaso lo hicieses, sólo sería por puro interés propio: al fin y al cabo, todos precisamos de compañeros que amenicen nuestro viaje entre las viejas calles de la vida.

No obstante, la estancia junto a los demás apenas dura si no la requieres; y es por eso por lo que aceleras el ritmo y, tan cortésmente como acostumbras, te despides y continúas el camino sin cargas. Probablemente sea esta la razón por la que los que te rodean no suelen comprenderte. Pero a ti te importa bien poco -o al menos, parece hacerlo-: mientras puedas seguir disfrutando de tus caminatas bajo la luna empedrada, el aprecio de otros, dices, no te robará vida.

Si te soy sincera, nunca he creído, aunque sí entendido, tu particular visión del mundo. En realidad, el pragmatismo es una buena manera de dejar de convivir con el sufrimiento y aprovechar con intensidad cada minuto. Haces lo que crees que te conviene, partiendo en todo momento del amor propio y del egoísmo natural que, según tú, es capital para no perder el tiempo enclavándonos en el pasado.

Al principio no te comprendía. Me enzarzaba en absurdas discusiones contigo sin entender que tu filosofía de vida estaba muy marcada, al igual que la mía, y que lo más provechoso sería intentar compartir puntos de vista y aceptar algunos consejos del uno y del otro.

Aprendí, y sigo aprendiendo, mucho de ti. Me estás enseñando a dejar de apoltronarme, de acongojarme sin justificación y de sollozar por lo que quedó atrás y demostró que no estaba hecho para mí. Pero aún así nunca sabré retirarme como lo haces tú: con elegancia y discreción, compartiendo instantes con otros a los que regalas sonrisas para después desaparecer porque tienes mejores cosas que hacer al día siguiente. Anoche decidí que, esta vez, tú tendrías que aceptar mi consejo. "Sigue tu senda", te dije, "pero sin dañar a los demás. La mayoría de las personas no asimilan tu carácter ni que la soledad sea tu copiloto en el camino".

Sin embargo, la mejor lección por mi parte ha venido de la mano de los hechos. Quizá se te había olvidado, pero tras estos meses tu abrazo ha sido como el de un niño dulce y enmadrado que necesitaba recuperar el calor de su casa. No sé si soy yo la más adecuada para etiquetarme como acogedora, pero lo cierto es que fuimos un hogar mutuo durante esas semanas de sol asfixiante: unos días en los que, por mucho que nos escociese el calor, la lluvia se empeñaba en mojar nuestras almas.

Fueron unos momentos en los que la tristeza mostraba su rostro más amable y nos recompensaba por las horas de sueño perdidas y la infelicidad injustificada. Cada gesto no tenía por qué tener sentido: sólo era una muestra de cercanía y de apoyo mutuo que, a pesar de tu filosofía tan voceada, esa vez no surtió efecto. No necesitabas razones para pasear conmigo a la orilla del río y dejar que el reloj corriese entre carcajadas. Tan sólo te hacía falta un motivo para creer en la amistad.

Y así has vuelto: tan superficialmente descreído como siempre, pero añorante de gestos y palabras cómplices. Tus azules ojos de gato ya no lucen como siempre, sino que, al conversar, los he visto relucir más de la cuenta; y he creído adivinar que, bajo tu habitual sonrisa educada, había una satisfacción implícita que indicaba lo que querías comprobar desde hacía tiempo: que los amigos reales, aunque escasos, existen y mantienen su esencia cuando vuelven a encontrarse.

Lo mejor de todo es que tu calidez sigue siendo la misma; aunque esté a merced de la luna de invierno.

Reflexionando...

La amistad no tiene un valor de supervivencia, sino más bien es una de las cosas que da valor a la supervivencia.

C.S. Lewis

sábado, 9 de enero de 2010

El muro de seguridad


Eres el arquitecto de mi corazón.
Sin preámbulos e invadido por la franqueza. Directo al grano. Sin decoraciones lingüísticas. "Me siento inservible", me dijiste. Pero apenas podía dar crédito a lo que estaba escuchando.
Puede que la causa de todo esto sea la infinita humildad que reservas para aquellos que verdaderamente aprecias. A diferencia de cualquier otro, el que se siente amado por ti sabe que siempre vas a creer que tu esfuerzo no ha sido suficiente; que apenas te has comprometido con su causa; y que, en definitiva, no eres merecedor de ningún título.
Sin embargo, en mi caso te lo has ganado sobradamente. Comenzaste como un simple peón de obra: colocabas, uno a uno, los ladrillos que necesitaba para levantar un muro de seguridad que me protegiese, de alguna manera, de cada pequeño aluvión de miedos que pudiese asestarme golpes. No hizo falta mucho tiempo para darme cuenta de que prometías: tu esmero al colocar cada una de las piezas no pasó inadvertido, y lo recompensé con creces. Y es que entre los cientos de construcciones de muros que se daban alrededor de ti, habías elegido la mía, y te habías entregado a ella de una manera muy peculiar.

Ascendiste. Peldaño a peldaño, fuiste construyendo mi muro de seguridad para alcanzar categorías más altas. Y, sin siquiera percatarte de todo ello, te convertiste en el líder del proyecto, y lo más curioso es que todavía no admites tu mérito. Continúas empecinado en pensar que eres un mero peón, cuando organizas mi seguridad. Sin tu labor, todo se derrumbaría, dejándome desnuda e indefensa ante las crueles amenazas que todavía contemplo como una niña.

Y es que tú me haces fuerte. Tú me ayudas a aprender a levantar el rostro y encarar cada amenaza. Y aunque estés convencido de que me como el mundo por mí misma, en el fondo eres consciente de que sin ti dar cada bocado se haría más duro. Porque hincarle el diente a la vida es más fácil si tú me vigilas desde lejos, aunque infravalores esa especie de tarea.

Ambos apostamos. El uno por el otro. Había condiciones, y tú las has cumplido. Aunque ya no haga falta ningún contrato: lo que construíste es tu casa. Te la regalé pasadas ya unas cuantas hojas del calendario.

Porque quiero que sigas salvaguardando mi muro.

Reflexionando...

Todos los problemas tienen la misma raíz: el miedo, que desaparece gracias al amor; pero el amor nos da miedo.
Anónimo
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