jueves, 28 de mayo de 2009

Perfectamente imperfecto

Debo de ser tonta. O algo parecido.

Son muchas las veces que me pregunto por qué soy tonta exactamente. Si por no aguantar lo que me toca o más bien por no aceptarlo. Me da la sensación de que es lo primero, porque me parece que hace tiempo que me percaté de que, como decía mi madre y sigue diciendo, "Don Perfecto se murió".

"Me sacas de quicio". Una de mis frases estrella, sin duda, que evidencia una realidad que no debería negar. Y es que él no es el summun de las virtudes. No se trata de un muñequito ideado a mi medida, un señorito hecho en exclusiva para mí, que tiene todo lo que podría desear de un hombre. Eso sólo es un sueño apto para una ingenua. Porque es humano..., y yo también lo soy.

Ciertamente, me saca mucho de quicio. Me pone de los nervios que no pare de charlotear y luego me llame habladora, que sea un bocazas y un inoportuno, que carezca de sentido del disimulo y, por añadidura, que se cabree de maneras escandalosas (aunque se supone que yo también lo hago, vaya por Dios...) No puedo con su manía de comenzar una frase y dejarla a medias, como queriendo entrever un reproche que muere a mitad de camino; ni tampoco me convence nada su forma de ignorar un tema importante, o al menos de hacer que lo ignora. Ahí sí que es un buen disimulador, sin duda. Me saca especialmente de mis casillas, además, que empiece comentando algo y se vaya por otros derroteros, desviándose del punto central de la charla/debate/discusión acalorada por completo; así como su innata cualidad para creer que lo mejor del mundo mundial es lo suyo: lo que a él le gusta, lo que él valora, en lo que él cree firmemente. Y, para coronar el pastel de defectos, he aquí lo que más aborrezco: su orgullo, su maldito y honorífico orgullo.

Da la impresión, a todas luces, de que describo a una persona que odio. Pero, dejando de lado que no me gusta odiar a nadie, resulta que esta es una persona a la que adoro. ¿Irónico? Quizá. O quizá no tanto.

Y es que esta gran paradoja, bien vista, va dejando de contradecirse en todos sus puntos por el simple hecho de que cada uno de los defectos es compensado por sus virtudes. Incluso algunos de estos defectos enumerados minuciosamente se transforman, de alguna manera, en algo encantador.

"¿Qué es lo que te gusta de mí?" Esa complicada pregunta se me ha venido planteando por su parte desde hace ya un buen puñado de semanas y semanas. Difícil respuesta, pero que (¡mira tú qué gracioso!), me ha venido nítidamente a la cabeza precisamente por sus honorables meteduras de pata.

Me gusta su sonrisa pícara cuando se pone orgulloso, esa sonrisa que parece susurrar: "mi orgullo es tan sólo una coraza, soy bueno en el fondo". Me gustan sus convicciones, aunque esa fuerza acabe por ser arrolladora y apabullante. Me gusta que hable tanto o más que yo, porque disimulo mi propio defecto. Me gusta que varíe los puntos de una conversación, pues me acabo enterando de cosas alucinantes acerca de las que no pretendía conversar. Me gusta que alardee de sus conocimientos: nunca dejo de aprender a su lado. Me gusta que se haga el desinteresado cuando, en realidad, ha prestado atención a todas y cada una de mis palabras, y les ha dado mil vueltas. Me gusta que tenga cosas por las que luchar, vivir y creer. Me gusta él.

Él es la única persona que puede hacerme reír y llorar al mismo tiempo. ¿Por qué? Porque tiene el sutil encanto de ser perfectamente imperfecto.

Señoría, ruego encarecidamente su perdón, pues, en el fondo... yo también lo soy. Sobre todo lo segundo.

Reflexionando...

Hay defectos que manifiestan un alma bella mejor que ciertas virtudes.
Cardenal de Retz

martes, 26 de mayo de 2009

Ciudadana ejemplar

Más de una vez me han dicho que carezco de sentido de la orientación, y la verdad es que es cierto. La flamante oficina de Correos y Telégrafos de Pamplona estaba en pleno centro, en el Paseo de nuestro querido Sarasate, pero a mí ni se me había ocurrido fijarme, lo que ha significado que me he tenido que servir de unos tres transeúntes para llegar a buen puerto. Preguntando se va a Roma, oye.

Una y veinticinco de la tarde. Felizmente ubicada, flanqueo las gruesas columnas de la portalada para introducirme en dicha oficina, y no para mi sorpresa me encuentro con una estancia abarrotada hasta los topes. A tirar de numerito y a esperar.

Siendo franca, no es que la paciencia sea mi mayor virtud; por lo tanto, aguardar con un ticket en mano viendo a gente con el mismo rostro marcado por el aburrimiento no es precisamente placentero. En todo caso, me coloco los auriculares sabiendo que faltan más de una veintena de números para que llegue mi turno.

Las esperas, en el fondo, no vienen tan mal. Puedes pensar en las cosas que tienes que hacer durante el día, observar a las personas de alrededor y regocijarte con las conversaciones de los ancianos de al lado, e incluso sopesar pros y contras en materia política. Sobre todo esto último, si se tiene en cuenta que estaba aguantando eso por ser una ciudadana ejemplar. Sí, también por vagueza, pero eso es otra historia.

Han transcurrido más de treinta minutos. El número 268: Aleluya. Una arisca mujer de cabello corto me recibe con un refunfuño.

- Me gustaría votar por correo -le anuncio.
- Entonces tienes que ir al mostrador de enfrente.
- Y... ¿luego?
- Vuelves. Coge otro número.
Se queda tan ancha tras informarme de tan trágica desventura. Y es que otra cola se va a hacer más tediosa si cabe.

Como no me queda otro remedio que acarrear con su decisión oficial, me dirijo al mostrador de enfrente y saludo al empleado. Tengo suerte: es muchísimo más simpático. Empiezo contándole mis peripecias en el otro extremo de la sala y, dicho esto, le doy el mismo anuncio que a su agradable compañera.

- Mira, coge estos papeles de aquí y los rellenas. ¿Tienes el DNI?
- Sí, sí.
- Pues nada, eso. Manda huevos, todos los estudiantes votando ¡Si no vota nadie!
Le miro con aire grave y le contesto "En las democracias es importante participar", a lo que él me responde con una sonrisa.

Ya estoy completando los formularios. Ando tan perdida como antes, cuando buscaba la oficina. Voy pidiéndole indicaciones al campechano señor.

- ¿Esto qué es? No lo entiendo, está en vasco.
- Euskera. Éstos de Tudela...
El buen humor todavía no se me ha ido, así que le doy licencia para meterse conmigo. El hombrecillo que hay a mi vera me defiende, pues parece haber sufrido como yo la maldad de Correos y Telégrafos, y me hace recordar las alcachofas de mi madre.

- Ay, Tudela... ¡Qué verduras!
Le he ido explicando al empleado por qué voto por correo y no retorno a mi alma máter para ello: estudios, exámenes, blablabla. No parece comprenderlo, y menos la manía de votar en las elecciones europeas que tenemos los jóvenes.

- Ya le digo yo a mi sobrino: "¡Cómo deje el país en tus manos, bien vamos!"
- Ya será menos...
- ¿Tú qué estudias?
- Periodismo.
- ¡Uy! ¡El cuarto poder, qué peligro!
La historia es que después de tan apasionada conversación tengo que abandonar a mi contertulio para esperar de nuevo. Todo caras nuevas. Parezco ser la única pringada que se ha equivocado de proceder.

Unos quince minutos más tarde vuelvo a ver a mi amiga la arisca. Le entrego los papeles, rogando por que esta vez todo haya sido correcto en mi actuar. Parece que sí. El sello dicta sentencia: chas. "Hala, rica. Ya te puedes ir", se me antoja oír en sus pensamientos cuando me devuelve un par de resguardos.

Las manecillas de mi reloj rozan las dos y media. El estómago me ruge, y cuando por fin huyo de allí con un hambre feroz, tarareo Bailando emulando a Alaska, no sin razón tras soportar estoicamente más de 60 minutos de tedio.

Paso por debajo de los criticones cartelazos de campaña de los dos partidos estrella y a mi lado caminan un trío de chicos lamiendo un helado. Empieza a lloviznar. El tiempo está loco. Y el mundo también, me digo, sonriendo para mis adentros.

Escuchando... Bailando, de Alaska y Dinarama.



Hablando de la cancioncita, ¡mira que es pegadiza!

sábado, 23 de mayo de 2009

Y por fin...

He vuelto al pasado, pero esta vez no ha sido doloroso.

En los últimos años, cada minúsculo recuerdo de aquellos días me punzaba como afilados alfileres. Invertía todos los esfuerzos de los que escasamente disponía (sobre todo al principio de esa pequeña tortura) en tratar de olvidar, mágica palabra que anhelaba se hiciese realidad cuanto antes. Lo curioso es que cuanto más fuerte era el anhelo, menor efecto surtía en la práctica. Me desmoronaba de nuevo. Volvía a escribir largas cartas. Tomaba el teléfono y marcaba ese número que siempre estaba ahí, grabado a fuego en la memoria por si acaso lo necesitaba algún día. Las lágrimas acababan aflorando sin remedio.

Era un amor-odio insaciable. Se trataba de querer y aborrecer al mismo tiempo, y lo peor de todo era que tenía la necesidad de seguir sintiendo esa extraña e hiriente mezcla.

Cuando las aguas comenzaron a calmarse un tanto, nos hacíamos siempre la misma pregunta. ¿Amigos? Ja. No nos lo creíamos. Y de hecho, seguimos sin creerlo demasiado. ¿Cuál es la diferencia? Que el camino se ha ido formando a través de la maleza del amor-odio. Un amor-odio que cada día se disipa más y que tiende a dar paso a otro sentimiento incierto y deseado, pero dominado por el sosiego. Se acabó la pasión (tanto negativa como positiva) exacerbada.

Anoche, físicamente envuelta en una pegajosa atmósfera, evidente anticipo del verano, experimenté todo lo contrario dentro de mí: un maravilloso y esperado soplo de aire fresco. Volvimos a lo de antes. Pero ya no somos los mismos ni por asomo.

Nuestra situación no era para nada común. Quizá fue por eso por lo que nos perdimos el respeto, pero lo mejor es que hemos enmendado grandes errores. Y eso es lo que cuenta para avanzar en la vida.

Lo más valioso de todo esto es, sin duda, la nueva visión con la que se me ha obsequiado. Una visión sobre lo que tengo y lo que podría desear. ¿Conclusión? Llana, muy llana: mi suerte ha sido descomunal. Porque esta persona, como esas otras pocas personas importantes en mi existencia, ha hecho que me percate de que tengo en mis manos la felicidad, justo al lado. Que poseo lo que estaba buscando. Y ellos, los que me conocen demasiado bien, lo saben con tan sólo escucharme hablar de ese regalo del cielo que es él.

Ha costado cuatro años salir de la tormenta. Y por fin... la calma tras la tempestad. Gracias.

Reflexionando...

La magia del primer amor consiste en nuestra ignorancia de que pueda tener fin.
Benjamin Disraeli

martes, 19 de mayo de 2009

Acobardamiento

Esa es la palabra exacta y, por desgracia, define con demasiada precisión lo que he sentido hace muy poco.

Esta mañana, tras haber perdido el autobús urbano y, en consecuencia, haberme quedado fuera de clase, me he dirigido a la universidad más tarde de lo normal. Volviendo, he vuelto a gastar más saldo de mi tarjetita. Adelante, a casa. Pero algo ha roto mis esquemas.

Estaba sentado justo en la primera fila de asientos del fondo, a la derecha, junto a la ventana. No he querido creer que era él. Me he acomodado en sentido contrario, paralela a dicha fila, decidida a hacerme la sueca por miedo. O tal vez por cobardía.

Insistía en escrutar el paisaje exterior a través de la ventana para distraerme, o más bien para parecer distraída, al tiempo que sentía sus ojos clavados en mi espalda. "Seguro que está pensando si soy yo o no. Se dirá: <<¡Cuánto ha cambiado! ¿Acaso no me reconoce?>>, y comenzará a recordar el verano del año 2005. Le vendrá a la cabeza la fiesta de disfraces en la que nos intercambiamos la ropa, cuando él se puso mi falda e iba tan gracioso. Rememorará los paseos por el río y por el pueblo, en los que hablábamos de todo y reíamos por nada. Como un chispazo, aparecerán en su memoria esos instantes juntos en las "quedadas". Y también se acordará de nuestras llamadas telefónicas, que unían el pico de Navarra, ese norte que es su hogar, con el sur de la comunidad, de donde provenía mi voz. Por supuesto que no pasará por alto esos continuos proyectos de cita que quedaron en agua de borrajas, ni el día que me anunció que, posiblemente, estudiaría en Pamplona. <<¡Nos podremos ver!>>, decíamos, claramente contentos.

Sí, nos podemos ver. Pero de otra forma. Hoy le he visto, con su tubito de arquitecto, su mochila y unas Converse parecidas a las que se compró aquel día con tanto entusiasmo. También llevaba barba; esa barba que tantas veces le dije que se afeitara porque le hacía más mayor, proposición que él rehusaba aunque yo le diese la vara y acabáramos riéndonos.

Quería, deseaba, acercarme y decirle hola, preguntarle qué tal le iba todo y tratar de volver a lo de antes. Pero, por alguna extraña razón, ninguno de los dos se ha movido ni ha tomado la iniciativa. La barrera invisible que nos separaba al uno del otro era fuerte, y ni yo ni él nos hemos atrevido a romperla.

Lo curioso es que nunca nos enfadamos ni jamás nos traicionamos. Simplemente, sobrevino el distanciamiento. Y sólo cabe preguntarse: ¿por qué?

A lo tonto, el tiempo va pasando: todos lo sabemos. Pero lo que llega a irritar es que pase en vano..., y no se aproveche lo que en su día fue una preciosa amistad.

Prometo que la próxima vez me sentaré a su lado, para renovar el antiguo vínculo.

Porque lo que se une no debe separarse por razones tan ligeras.

Reflexionando...

Recorre a menudo la senda que lleva al huerto de tu amigo, no sea que la maleza te impida ver el camino.
Proverbio indio

lunes, 18 de mayo de 2009

Corta y pega

Quizá resulte un poco canalla por mi parte recurrir al copy & paste barato, pero tengo un par de razones que esgrimir a mi favor. Una, que la inspiración no siempre acompaña y que tirar de archivo alguna vez no es pecado. Dos, que la inspiración que me acompañó la semana pasada cuando escribí esto. Que lo disfrutéis.


Por cierto, se aceptan interpretaciones varias.

El clavel rojo

Ella apenas disponía de tiempo. Mientras avanzaba a duras penas a través de la capa nívea, notaba una presencia tras de sí, que le obligaba a avanzar al ritmo de sus frenéticas palpitaciones.

Fue entonces cuando le vio.

*****

La estancia estaba en penumbra. El arbolito de Navidad, alumbrando un rincón, no lograba acabar con la atmósfera un tanto tétrica del lugar, que contrastaba con las pomposas luces provenientes del exterior. La negrura recorría cada cuarto del piso, y perecía en la habitación más amplia por obra de una lámpara de mesa.

Marina accedió, a pasitos cortos, al dormitorio. La cajita de madera continuaba sobre la colcha rosada: justo donde la había dejado la última vez. Destaparla suponía reabrir una herida; una herida un tanto rasposa a la que le costaba cicatrizar, aun con el paso del tiempo. Sin embargo, esa noche no pudo contener el anhelo de volver atrás.

Una explosión de imágenes sacudió su memoria como si de un terremoto se tratase. Fotografías ajadas y papelitos semiarrugados le devolvían a un pasado no tan lejano en el que le hubiera gustado anclarse por siempre...

Le recordaba con una inusitada claridad. En sus años mozos, había sido un jovencito muy guapo: la barbilla redondeada, el pelo revuelto, la nariz respingona, la sonrisa tierna. La figura esbelta, las largas piernas, la espalda estrecha. Y, por encima de todo, ese tono azulado del iris que tanto le había encandilado en noches de teatro como aquellas. En esas veladas, se disfrazaba de mimo y se comportaba como un payaso; o se engalanaba cual aristócrata para hacerse el señorito ante ella. El 23 de abril de 1996 vestía traje negro y una chistera. Ese día acarició sus mejillas por primera vez, provocando un fuerte rubor, y le entregó un precioso clavel rojo.

Pero lo que el contacto de él provocaba ahora no era más que dolor. Un intenso y agudo dolor, que escocía por dentro con más intensidad que las magulladuras externas.

Aquel 23 de abril, él la había besado sobre el escenario. Esa noche él era Bruno, y ella Cecilia. Podían desmelenarse. Pero, al correrse el telón, volvían a convertirse en ellos mismos. Y en ese momento Marina comprendió que los labios de él, que no se separaban de los suyos, no hacían nada por exigencias del guión.

Esas cosquillas de emoción de antaño estaban profundamente ocultas en el cajón del olvido. Lo único que todavía le enlazaba a su rostro eran unos documentos y una vinculación que bien podría haberse denominado de esclavitud.

Las memorias se iban volviendo más amargas conforme se sucedían. Recordó su partida.

-Tengo que irme... sé que serás feliz. Cuídate, y déjate cuidar por él. Yo ya no pinto nada aquí.
-Pero, ¿por qué...?
-Este no es mi sitio. Le perteneces.
-¿Volverás?
-Lo prometo.

Unas amargas lágrimas desfilaban sobre su tez cuando, al fondo de la cajita, entre retazos de papel, encontró un bulto. Al ir despejando el terreno halló un tallo verde reseco y, al acabar con los escombros, acertó a extraer dicho bulto del recipiente. Era un clavel rojo. Pero estaba marchito.

*****

Aquella noche de diciembre no era como las demás. La calle Clarín se asemejaba a una extensa alfombra de porcelana que se iba desenrollando, manzana tras manzana, alcanzando los más minúsculos rincones del barrio. El fulgor de la luna parecía iluminar a conciencia las zonas blanquecinas del suelo, resaltando su hermosura. Era tal la improvisada belleza de un lugar tan corriente que los escasos transeúntes, anonadados por la visión, se detenían en seco y abrían mucho los ojos. Las cortinas se descorrían y las rendijas de las persianas se levantaban con timidez para contemplar el inesperado espectáculo.

Pero ella apenas disponía de tiempo. Mientras avanzaba a duras penas a través de la capa nívea, notaba una presencia tras de sí, que le obligaba a avanzar al ritmo de sus frenéticas palpitaciones.

Fue entonces cuando le vio.

Marina, de repente muy quieta en el centro de la rúa, parecía una suerte de estatua entristecida. Los copos de nieve que cubrían sus mechones le otorgaban un aire de ancianita estupefacta, pues era incapaz de asimilar que aquello no fuera producto de una ensoñación.


Ahí estaba él: los ojos cristalinos, la pintura blanca extendida por su rostro y cuello, el bombín ladeado, la sonrisa tierna. Un gesto entre curioso y cómico se dibujaba en su tez.

Fue un gesto que, de improviso, dotó de una sobrenatural energía al cuerpo de ella. Atravesó callejuelas, cruzó avenidas, torció esquinas. Y cuando llegó frente a la puerta acristalada ante la que había pasado tantas veces, presidida por una bandera, se envalentonó: esta vez la cruzó.

Al otro lado, él le guiñaba un ojo mientras sostenía un gualdo clavel en su mano derecha.

*****

Botas altas, gorros de lana y gruesos sobretodos. El paisaje de la modesta plazoleta, con su quiosco en el centro, habría sido digno de ser colocado en una postal.

El encargado del puesto de revistas, un hombretón que sobrepasaba los cincuenta, tendió la prensa a una pareja de parroquianas del barrio. La portada estaba ocupada por una enorme fotografía de un paisaje nevado; Nieve en el sur, rezaba el titular. Esta llamativa primera plana eclipsaba una imagen, emplazada en una de las esquinas, de una sonriente mujer de bucles oscuros. La violencia de género se cobra a su vigésimo primera víctima del año en Granada.

-No hay derecho, Mercedes. Cuando oí las sirenas anoche me temía una desgracia como ésta...
-Pobrecita. Con lo discreta y amable que era.
-¡Y su marido! ¡No puedo creer que fuese así!
-Ya te dije yo que ese hombre, tan silencioso, no me daba buena espina. Tú y yo conocíamos a la Marinita desde chica, y las dos sabíamos que tendría que haberse quedado con el Esteban.
-¿El gemelo? Nunca los distinguí, la verdad. Pero todo el mundo decía que era muy buena gente...
-Luego se fue.
-Sí, se fue.
-Y no se dio cuenta de que la dejaba en manos de este sinvergüenza. ¡Dios le perdone!

Con un gesto apesadumbrado, ambas vecinas se alejaron a paso lento, entre la nieve ya embarrada y mustia.


Viendo... La requetefamosa escena de Gene Kelly.



Simplemente fantástico.

miércoles, 13 de mayo de 2009

De desconocidas y otras cosas

Esta mañana me ha ocurrido algo que me ha impresionado bastante. Yo estaba tan tranquilamente sentada, organizando apuntes y preparando el material para la clase de Literatura cuando, de repente, ha sucedido.

En realidad no ha sido nada fantástico ni sobrenatural. Pero sí que se ha tratado de algo chocante.

¿Es ella Marta García?

Ensimismada, en esos instantes me he dado cuenta de que alguien se estaba refiriendo a mí. He levantado la cabeza y he comprobado que esa voz un tanto familiar respondía a la de una compañera a la que apenas conozco (somos más de 100 alumnos en 1º de Comunicación) y con la que recordaba haberme cruzado la tarde anterior por la facultad. Esa tarde me había preguntado exactamente lo mismo, pero dirigiéndose a mí, claro está. También había añadido que si tenía unos apuntes de no sé qué asignatura que le había dejado una Fulanita (no daré el nombre) Yo había respondido negativamente y ella se había ido. Punto.

El caso es que dicha Fulanita estaba sentada a mi vera esta mañana. Fulanita, la verdad, ni me va ni me viene. Parece una chica simpática, pero he de admitir que apenas la conozco. Un día (hace no mucho) se sentó conmigo y con mis amigos en un determinado momento y ahí se quedó. La clase es de todos, y da buena conversación.

A lo que iba. Fulanita ha mirado a la compañera desconocida con gesto pícaro y le ha respondido con aire alegre que no, que yo no era Marta García, sino Coloma (en realidad soy González, pero es lo de menos, la gente se queda con mi segundo apellido) A todo esto, yo parecía ajena a la conversación (aunque mejor así), aunque girase en torno a mí.

¿Y quién es Marta García entonces?

Risita nerviosa de Fulanita. La otra muchacha, que no parecía tan tonta como para comprobar que se la habían jugado, arruga el ceño y la mira con furia.

-¿Así que no hay ninguna Marta García? ¿Entonces no dejaste a nadie los apuntes? ¿Me has mentido?
-Bueno..., sí. Je, je.
-Oye tía, que si no quieres dejármelos no hace falta que me metas trolas. ¿Tú te crees que soy tonta, o qué?
-Mmmm, vale.
-No, vale, no. El vale lo diré yo.
-No, yo. Vale.
-¿Pero tú quién te crees para acabar la conversación, eh? (se dirige a una amiga que está en la fila de atrás y baja el tono) Qué humitos, a ésta le voy a pegar una h*****...
A Fulanita no parece importarle ni lo más mínimo lo que la alumna desconocida masculla. En realidad, parece seguir mofándose de ella. La otra se va con gesto enojado y le dice algo de lo que no me acuerdo bien, pero que con seguridad no era agradable que digamos.

Cuando ya se ha ido, miro a Fulanita un poco consternada y le pregunto:

-¿Por qué le has hecho eso? Si no querías dejárselos, se lo dices y ya está, ¿no?
-Es que me cae muy mal.
-¿Y qué?
Me viene a la cabeza el refrán típico de mi abuela que tanto me encanta: "El mejor desprecio es no hacer aprecio".

No sé, vino a mi habitación (parece que "conviven" en la misma residencia y tal) y me los pidió. Yo no quería dejárselos y me apetecía divertirme.
Me ha dejado ojiplática.
Pues luego no te quejes si te viene a decir las cosas de esa mala leche...
Se queda callada y sigue a lo suyo, aún encima esbozando su característico mohín de suficiencia.

Luego pretenderemos que la gente nos trate bien si nos "divertimos" a costa de ellos... Hay que tener narices.

¿Será que el respeto escasea?

En fin. Lo que da de sí una hora de Rosseau (soñolienta, por cierto)

Escuchando... Se dejaba llevar, de Antonio Vega.



Se nos ha ido un genio de la canción...

lunes, 11 de mayo de 2009

Vergüenza te tendría que dar...

No tienes nada por lo que preocuparte. Tus temores son infundidos. ¿Por qué habría de preocuparte? No hay razones para ello... Porque no las hay, ¿verdad?

Pues claro que no las hay. Pero a veces, nuestra mente, a pesar de las evidencias, se niega a dejar de expedir pensamientos como chorros de agua caliente, que aturullan y conducen a conclusiones estúpidas.

Y una de esas poco lúcidas conclusiones es la que me ronda la cabeza de vez en cuando en referencia a una persona concreta. ¿De qué conozco a dicha persona? De muy poco. ¿Me ha hecho algo esa pobre muchacha? En absoluto. Entonces, ¿por qué me entran unas irremediables ganas de aborrecerla? Por las conclusiones estúpidas anteriormente mencionadas.

Pocas veces odié a alguien, y hace ya cierto tiempo que decidí no hacerlo. Es de seres con mal corazón, frustrados y asqueados. No merece la pena. El odio no lleva a nada, sólo a acrecentar los malos sentimientos dentro de ti. A mí, personalmente, me hace sentir una sabandija. Por eso no odio..., aunque haya veces que experimente esa irremediable deseo.

Lo peor es que el anhelo de odiar nace hacia un ser humano que no lo merece. Si acaso tuviese unas irrefrenables ganas de aborrecer a una persona verdaderamente repugnante, tendría su lógica. Sin embargo, esta persona no es repugnante; de hecho, parece dulce, amable y, en términos generales, buena. Una chica de buen corazón.

Esto aumenta las probabilidades de que me vuelva injusta, injusta por tender a odiar a quien no se lo ha ganado. Es por esto por lo que suelo pensar que se trata de envidia. Tengo envidia de su buen corazón. De sus virtudes y talentos. De que le conociera antes que yo. De que, en su día, les unieran fuertes lazos. De que, en el fondo, llegara antes que yo en esa especie de carrera.

Evidentemente, esa envidia carece de lógica aparente, porque eso se acabó. Ni ella ni él albergan ninguna esperanza por volver al pasado, siquiera interés. También evidentemente, esa envidia no es nada sana. Es un amago de odio, una hiriente sensación en vías de desarrollo.

Y yo sólo pido que el desarrollo se frene y que la sensación se extinga..., porque él tampoco lo merece.

Malditos celos.

Escuchando... Chump, de Green Day.



La canción que me acompaña siempre en este tipo de momentos.

viernes, 8 de mayo de 2009

Las dos caras de la moneda

Hoy he visto la sonrisa más triste del mundo.

Se perfilaba tímida, en unos labios dudosos. Parecía resistirse a salir, pero no lo lograba, pues las circunstancias la requerían. No obstante, al esbozarse, nerviosa, se adivinaba en ella un halo de desesperanza, una cierta desgana que la convertía en algo carente de la simpatía de una sonrisa corriente. La alegría se tornaba en melancolía. Una nostalgia con una fachada risueña..., pero nostalgia, al fin y al cabo.

A veces, no todo es negro ni blanco. En muchas ocasiones, predomina un cierto tono gris en los acontecimientos con los que te vas cruzando, poco a poco. Y, en cierto modo, esto es bueno. Porque todo lo malo tiene su parte positiva, ¿no nos lo dicen nuestras madres y abuelas para consolarnos? Será que es verdad...

Esa triste sonrisa me ha hecho recordar varias cosas. Me ha llevado, de sopetón, a entender la más grande de las pequeñeces. Me ha hecho caer en la cuenta, en definitiva, de lo afortunada que soy.

Qué curioso. Toda la semana quejándome del estrés rutinario, de las discusiones banales y de tener que memorizar decenas de nombres de generales, fechas y sucesos históricos para que, librada la batalla del examen y deseando un poco de descanso, de golpe y porrazo me cruce con esa sonrisa. Una sonrisa que ha hecho que no importase ni el estrés, ni las discusiones, ni el estudio. Una sonrisa que ha cambiado, por un momento, todo, y me ha impulsado a ver lo que verdaderamente importa.

Estoy completamente segura de que a cualquier persona le ha sucedido, alguna vez, algo semejante. Y es que la desgracia de otros, esa desgracia que nos infunde tanta pena y conmoción, especialmente si esos otros son gente cercana, nos provoca, de alguna manera, alegría. Alegría por saber que nuestra fortuna es inmensa.

Es reconfortante saber que esto es una buena señal. Señal de que las cosas no van tan mal como uno piensa cuando está inmerso en las prisas, en la rutina, en lo habitual. Que no os apene sentir una alegría conmocionada frente a una sonrisa triste.

Tal como prometí, en este día de dobles caras, he aquí algunas pequeñas cosas que me encantan...

Me gusta...

... escuchar cómo la lluvia repiquetea fuera, arropada en la cama.
... planear algo para que luego salga al revés, y mejor de lo que esperaba.
... llegar cansada un sábado noche y arrojar los zapatos en el ascensor.
... reírme absurdamente hasta que me duela el estómago.
... morderme las uñas (lo sé, es un vicio)

Pero sobre todo me encanta que atravieses mi mirada, en el momento más inesperado, con esos preciosos ojos color chocolate.

Reflexionando...

No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.
Oscar Wilde

lunes, 4 de mayo de 2009

¿Universitario, yo?

-¿Que todavía no has ido a Marengo?
-Pues... no.

-¿Y qué clase de universitaria eres tú?
Así pintan las cosas por aquí. Y es que parece ser que la vida como estudiante superior no es vida sin salir de fiesta todas las semanas, al menos una vez cada siete días. Pero yo no estoy de acuerdo con eso. Sí, me temo que hoy me toca volver a reflexionar, aunque lo que vaya a dejar por aquí dé lugar a polémicas y no agrade a la mayoría, ni mucho menos...

Esto ya viene de lejos. La enseñanza secundaria nos enseña a todos grandes lecciones de la vida: el chico aplicado es el tonto, el aburrido, el serio. El empollón. El que no hace nada y está todo el día en su peña con los amigos, es la panacea de la diversión. Pero esto ya es sabido por cualquier joven y adulto que haya pasado por el instituto. Y, en cierto modo, es admisible e incluso perdonable: es lo que tiene ser niño o adolescente.

Comienza la universidad. De acuerdo; ya es hora de ir sentando cabeza académicamente, ¿no? Tus padres se sacrifican por ti, invierten sus ahorros en tu eduación. Correspóndeles con un mínimo de esfuerzo. Tus profesores van a clase para algo más que ver tu bellísimo rostro. Correspóndeles con un mínimo de atención, o al menos de silencio, o al menos de ausencia, si es que no te sientes con energías como para aguantar la lección diaria. Tus compañeros acuden para tomar apuntes o al menos para prestar atención (sí, hay alumnos interesados en la asignatura, existen, ¿eh?) Correspóndeles con un mínimo de respeto.

Pero no, la correspondencia escasea. Y es que eso no es lo entretenido, lo guay. La frase estrella del mayor de edad: "Tengo 18 años, puedo hacer lo que quiera". Por supuestísimo que puedes. Pero, ¿sabes qué? Que los 18 años no sólo implican tener libertad para faltar a clase, hacer lo que quieras cuando quieras y salir de fiesta miércoles, jueves, viernes y sábado para después volver borracho perdido, tambaleándote, hasta la puerta de tu casa. Los 18 años también significan responsabilidad. Oh, gran vocablo que asusta a muchos. Responsabilidad es tener en cuenta las repercusiones de tus decisiones. Responsabilidad es ser consecuente con tus actos. Responsabilidad es tener 18 años. Ni más, ni menos.

Lo triste es que mucha gente no se da cuenta de esto..., y luego pasa lo que pasa. "¡Mamá, mamá, el profesor me odia! ¡Me ha puesto un 4 y tenía un 4.9!" Es en ese momento cuando acudimos a mamá. Quizá es que no sabemos asumir las consecuencias. Quizá es que hemos pasado todos los días de la semana de juerga y no hemos pisado el aula. Quizá es que era más agradable tomar el sol durante toda la mañana que atender a un viejuno. Pues ya está. Responsabilidad. ¿Quién tiene ahora los 18?

Y resulta que lo que a mí me molesta no es que piensen que soy una aburrida y que carezco de modos de diversión por pensar esto y hacerlo. Tampoco me quita el sueño que la gente sea vaga, incompetente, poco trabajadora o pasota. Lo que a mí me repatea es no sea consecuente.

Perdonad que sea tan drástica, pero es algo muy cierto que más personas de las que creemos conocen... Y a mí ya me molesta un poquito que me vengan tan a menudo con frases como las de la cabecera.

Ahí queda la cosa; las opiniones sobre el asunto serán muy diversas y aceptables.

Aligerando... entre tanta alegría culé, esta mañana he encontrado un poco de desdicha madridista. El apósito en la mejilla de mi profesor de Historia de España, acérrimo merengue, hacía patente su rabia ante tan aplastante derrota. Él ha insistido en la idea de que se ha caído. Nosotros no le hemos creído. Aunque él ya lo daba por supuesto... Pacifismo, señores, pacifismo.

Escuchando... Polly, de Nirvana.