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martes, 19 de julio de 2011

El jarrón caído

La confianza es tan frágil como el cristal más fino.

Querida amiga,

Te lo contaré con franqueza. Éste es el momento más crítico para demostrar la verdadera amistad. Asegurarás que soy dura, cruda e injusta; pero la realidad y la vida nunca dan tregua.

Desde hace muchos meses soy una escéptica. Por eso siento en el alma no creerte. Tú has hecho todo lo posible por transmitirme confianza, pero la ballesta ya se ha lanzado. Y aunque hayas tratado de ralentizar la trayectoria, me ha dado directamente en el pecho. Ahora está blando y vuelve a sangrar como lo hizo en aquel frío noviembre.

No te quiero perder, pero sé que, como persona inteligente que eres, eres consciente de que no puedo tenerte cerca en estas circunstancias. De que cada momento a tu lado me recordará una y otra vez a él. Y que, aun tratando de comprenderte, nunca podré asumir que le hayas escogido frente a mí.

Cuando todo acabó, una parte de mí se fue con él, y recomponerla no me está resultando fácil. Asumir los finales es parte de la madurez, y si fuese otra persona tendría que aprender a soportarlo. Pero odiar y recelar de la que ha sido mi mejor amiga es mucho más difícil. Y, especialmente, intentar comprender que alguien que ha visto todo mi sufrimiento ahora se tape los ojos ante él.

Créeme: entiendo también tu sufrimiento, y me pongo en tu piel. Es complicado entrar en los zapatos del otro y ver todo desde sus ojos. Pero tú también has de comprender que, de seguir esto adelante, puede que nunca más seamos las mismas. Habrá habido una traición de por medio. Y cuando pase el tiempo y él sólo sea una mera anécdota, llegarás a comprender esto en su verdadera magnitud.

Para mí, lo que ocurra -o esté, de hecho, ocurriendo- es algo pasajero. Es algo personal que yo no puedo determinar, pero pondría mi mano en llamas si fallara mi vaticinio. Te conozco lo suficiente como para saber que esto no tiene vocación de futuro. Y que en ningún momento podrá darte una felicidad duradera. Sólo un simple idilio hedonista que aprobaría si no fuese porque hay mucho dolor de por medio.

Nunca podré prohibirte nada, porque la amistad es algo libre. Pero necesito avanzar un tiempo sin tu apoyo. Necesito también recomponerme para sacar fuerzas y arreglar este destrozo. Mi carga ya es demasiado pesada.

Te quiere,
Marta

PD: Todo esto demuestra que, aun con todo, el verdadero amor se mantiene aunque no sea correspondido. Y creo que tú también sabes de eso.

Escuchando... White Blank Page, Mumford and Sons



jueves, 2 de diciembre de 2010

La bofetada


Olvidarte no es cuestión de cerrar los ojos.
Ya era bien entrada la mañana cuando despertó de un sobresalto. La habitación dormitaba en la penumbra, y los fuertes rayos de sol no lograban traspasar ni una de las rendijas de la anticuada persiana.

El cansancio le había sentado mal: la melena revuelta, las sábanas arrugadas, la mirada perdida. De ningún modo había sido una buena noche.

Habían sido diez horas de relajación física, pero en las que la mente había borbotado como no lo había hecho desde hacía días. El anhelo de apartar de ella todo antojo de tristeza durante la vigilia había desembocado en una larga, dolorosa y onírica jornada a través de calles desconocidas.

Con toda probabilidad, nunca había viajado tantas horas como lo había hecho durante aquella larga noche de invierno. Había tomado trenes, autobuses y caminado enormes trechos; había recorrido una ciudad amenazante y arisca, repleta de muchedumbres que avanzaban a su propio ritmo y a las que les importaba bien poco lo perdida que se hallase. Lo curioso es que en este terreno hostil se había cruzado con personas capitales en su vida, que le habían aconsejado que desistiera de perder el tiempo junto a él.

Mas ella los ignoraba con acritud: estaba convencida de que su corazón estaba a su lado, y avanzaba, resuelta, buscándole entre las masas. En realidad se habían citado en algún punto de ese hábitat enigmático,a pesar de que él parecía prestar poca atención a dicho encuentro. Se encontraban casualmente uno junto al otro, pero él volvía a internarse entre la gente. Ella, aun perdiéndolo de vista, continuaba su camino, deseosa de volver a ver de nuevo aquellos ojos de avellana y esa sonrisa de niño pícaro que tanto le apaciguaba el alma.

Llegado algún punto, logró abarcarle en un espacio cerrado. Ella era consciente de que la escena no podía ser real: estaba frente a él, y de ninguna manera esto se podría haber producido con tanta facilidad en la vida corriente. Además, él la miraba; sí que es cierto que con los ojos entornados, quizá eludiendo el contacto visual directo. Pero su posición era firme, y nada había de huída en su pose.

Tras haber mediado palabras superfluas, que correspondían con la idea previa con la que había acudido a su encuentro, una rabia incontenible se apoderó de su cuerpo. Ascendía como una marabunta a lo largo de sus venas y no lograba tomar el control de ella. De hecho, ni siquiera quería: ya no le quedaban más formas de expresar su desazón. Levantando el brazo derecho, le propinó una sonora bofetada en la mejilla. No reverberó: el sonido era opaco, contundente.

No era suficiente: las punzadas del corazón no remitían. El desahogo fue en ascenso: su fuerza era como un torrente. Bofetada tras bofetada, puntapié tras puntapié, la tristeza era mayor que cuando la pelea había comenzado. De hecho, no existía tal pelea: él se dejaba hacer. Asustado, se encogía y cerraba los párpados para recibir el siguiente escarmiento, pero no cejaba en su empeño. Su opinión no cambiaba en absoluto a pesar del enfrentamiento físico. "No te quiero. Nunca te he querido", murmuraba entre dientes, a pesar de que eso acrecentase la ira de ella.

Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que los golpes le procuraban mucho más dolor a ella. Las manos escocían; el corazón destilaba litros de amargura. Por el contrario, él permanecía imcólume, sin restos de llagas o moratones. Este episodio no le dejaría cicatrices; acaso algún que otro recuerdo. Pero los estigmas sí que nacerían en las palmas de ella.

Llegado este momento, abrió los ojos como un resorte. Las manos lucían mortecinas, el cuerpo entumecido. Efectivamente, nada de aquello había sucedido realmente; pero se encontraba tan agotada como si aquellos golpes hubiesen sido ciertos. Emitiendo un suspiro de alivio, se arrastró por la casa de manera automática, todavía rumiando los porqués de aquel incidente onírico.

Entonces lo comprendió todo. Por mucho que se esforzase en abrir su pecho y mostrarle el corazón enllagado, él no se turbaría un ápice. Por mucho que le regalase un río de palabras sinceras, él no se acabaría empapando. Por mucho que le abofetease para que bajase a la tierra, él no reaccionaría. La razón era muy simple: el terreno que ambos pisaban no era el mismo. Él ya tenía los pies en el suelo, pero en un universo distinto. Por eso, era inútil tratar de atraerle al suyo si él no quería despegarse del suelo por el que había caminado hasta entonces.

Sólo el amor más puro y verdadero nos hace levitar y conocer nuevos parajes; escenarios en los que creíamos que nunca íbamos a entrar.

Pero ellos vivían en mundos distintos.

Reflexionando...

Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección.
Antoine de Saint-Exupery

martes, 2 de febrero de 2010

El tallo seco



Las cosas más bellas de este mundo son las que más frágiles se nos antojan.

Cuando era pequeña y todavía me maravillaba ante cualquier detalle nimio, alguien me comunicó que a las amapolas no les quedaba mucho tiempo de vida. Quizá mis primeros sentimientos de culpa nacieron de esa revelación: adoraba toquitear y arrancar estas bellezas que, con mayor celeridad que otras plantas, se destartalaban y deshacían entre mis dedos, para después revolotear y perderse entre las ráfagas de viento. Desde aquel día, dejé de robarlas. Me limitaba a observar, curiosa, su solitaria hermosura.

Ahora es cuando me he percatado de que te has transformado en una amapola. Fácil de extraer y vulnerable, continúas erguida, a duras penas, en un matojo de hierbas monocromo. Más hermoso que nunca, tu color rojo sangre reluce entre la multitud, pero apenas les das importancia. Te has abandonado a una apática forma de vida después de que él renunciase a posarse más entre tus pétalos. Cerrada en banda, cada instante asimilas con más convencimiento que vas a extinguirte, y te rindes a tu condición.

Te estás comenzando a sumir en una existencia marchita de la que, a cada minuto, te va a costar más y más librarte. Pero lo más preocupante es que no rechistas ante las circunstancias. Te has, según tú, conformado: has llegado a aceptar que todo no puede ir a mejor, para después quedarte aposentada en las garras de la apatía. Y ahí sigues, dominada por esas ansias de nada, rememorando quizá bocaditos del pasado que ya se han podrido.

Hay que admitir que llevas parte de razón. Cuando el mundo te descubre que la mayor parte de las cosas tienen fecha de caducidad, no es común empuñar el arma del optimismo y batallear contra él. Sin embargo, al igual que alguien que engulló demasiado alimento en mal estado, has de reponerte. Debes comprender que la vida no para de moverse, que sigue avanzando de modo inexorable aunque tú te empeñes en sentarte a observar cómo pasa.

A pesar de que nunca más puedas volver a ser una utópica, sé al menos una pequeña soñadora. Permite que tus pies echen a andar solos y que se recuperen de las magulladuras. Siente todo lo que te regala el mundo circundante, y aprecia como nunca lo que no te han arrebatado. Déjate llevar y deja de frenarte. Déjate vivir.

Vuelve a ser la flor más luminosa del campo.

Reflexionando...

El pasado es un prólogo.
William Shakespeare

viernes, 30 de octubre de 2009

Lazos rotos


Y la compenetración llegó con la normalidad.
Será que todavía no lo asimilo. Será que todavía no lo comprendo. Será que todavía no lo concibo. Pero se me hace difícil entender que sus caminos se bifurquen.

Hubo una vez que me topé con dos personas que encajaban a la perfección. Un par de desconocidos que se compenetraban tan miserablemente bien que enfurecían la envidia de todos los que se hallaban a su alrededor. Dos piecitas que, en el complejo rompecabezas de la vida, se encontraron por el azar del destino y consumaron una profunda unión. Diferentes en su interior, pero engranadas por sus extremos, copados de similitudes. Clac.

Sin embargo, poco a poco, sus bordes comenzaron a desgastarse. Ese tacto firme y dulce se tornó áspero, y la adhesión dio paso al debilitamiento. Cada pieza empezó a resbalar al contacto con la otra, hasta el punto de que, sin una razón de peso, se desengancharon.

Realmente, puede que no hubiera una causa justificada. Sólo pasó el tiempo.

Pero durante ese tiempo que se extendía cada vez más, intervino ella. Ella provocó que dicha extensión se copara de agarrotamiento y dureza, tensando los meses, semanas y días hasta el punto de que no daban para más. Y soltar aquel tiempo extendido supondría un duro golpe.

En efecto, el impacto resultó fuerte, más fuerte de lo que podría parecer, pues no dio lugar a sollozos y encrispamientos, sino a algo mucho más sentido: la resignación, esa resignación del que sabe con certeza que no tiene nada que hacer, que el destino le ha tendido una trampa dolorosa y que sólo le queda salir de ella poco a poco, guardando a buen recaudo sus recuerdos en una vitrina de cristal; una vitrina que se mira, pero no se toca.

Y es que ella es tan maliciosamente imperceptible que va dejando caer su dominio con cautela, de modo que, llegado un punto, nadie se percata de su presencia pero siente sus consecuencias. Se culpabiliza a las circunstancias, e incluso a los propios sentimientos, de acabar con un cuento de hadas. ¿Acaso no se dan cuenta aquellos que la sufren que, en lo más hondo, el sentimiento sigue intacto y se hace más intenso por momentos? ¿Por qué caen en el error de pensar que, cuanto menos se nota la emoción, menos se ama realmente? ¿Cuál es la razón que verdaderamente lleva a pensar a muchos que, cuando la pasión parece esfumarse, no merece la pena seguir adelante?

Están en un grave error. Porque acaso lo que menos notamos resulta ser lo más asentado y protegido; y porque el apasionamiento no desaparece, sino que se entremezcla con la normalidad. Esa normalidad que confunde a muchos, y les hace creer, pobres de ellos, que el amor ha terminado. Y el hecho es que no ha hecho más que comenzar, pues cuando verdaderamente nos compenetramos con el otro, es cuando todo se normaliza; y la compenetración es, nada más y nada menos, que unión. El amor más puro y verdadero.

Mas la confusión acaba con muchas historias comunes y me gustaría pensar que en ésta no se ha dado tal confusión...

Porque creo que conozco a la causante de la separación. Fue la rutina.

Escuchando... Mentiras piadosas, de Joaquín Sabina.




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