viernes, 21 de agosto de 2009

Regreso

Veintiuno, veinte, diecinueve. Diez, nueve, ocho, siete. Tres, dos.

Y uno. Llegó el momento, aunque daba la impresión de que jamás lo alcanzaría. La espera se había hecho interminable y, a veces, tediosa. En el curso de tantas y tantas horas de ausencia física, ella había caído en la cuenta de lo que supondría que él desapareciese de su vida, y también había caído presa de ciertos temores que la asaltaban sin remedio, imaginando que quizá las cosas no podrían ser como de costumbre, tal y como eran antes. La perfecta imperfección de su mundo podría (¿quién sabe?) estar amenazada, romperse incluso sin razón aparente, quebrarse sin remedio. Y eso a ella le aterrorizaba, aun tratándose de temores infundados.

El estío todavía estaba en su esplendor cuando ella pisó aquel andén. Era media tarde y el ambiente suave regalaba ráfagas de viento que jugaban con su pelo.

Nada más divisarle a lo lejos, comprendió con claridad que aquellos temores eran totalmente infundados. Aquel mohín radiante que alumbraba su rostro no daba lugar a dudas, y su corazón comenzó a palpitar con una violencia inusitada. Era él, el mismo de siempre, y no había cambiado. Bastó una mirada intensa para que, sin apenas mediar palabra, ella se arrojara hacia su pecho.

En sus brazos ya nada importaba demasiado. La lejanía, los lloros, el miedo, el nerviosismo tonto y el contar los días se tornaron en algo nimio en comparación con la grandeza de aquel instante. La nostalgia de él se había esfumado, pues a ella había dejado de hacerle falta. No tenía que imaginar su mirada y su sonrisa, ni recrearse recordando su voz, sus gestos o sus caricias. Ahora podía verlos y sentirlos, y su olor impregnaba todo, antojándosele a ella el más dulce de la Tierra.

Por un momento temió que todo aquello fuera producto de una barata ensoñación, que en verdad el tiempo no hubiese corrido y que despertase de súbito para comprobar decepcionada que el reencuentro no era real. Pero el calor de aquel abrazo no podía ser ficticio. Ni sus labios que, delicados pero anhelantes, sellaron un beso, el esperado beso que tantísimo deseaba con impaciencia.

Unas pequeñas lágrimillas nacieron de sus ojos, pero las retiró al instante. ¿Por qué llorar? ¿Con qué objetivo habría de empañarse la vista pudiendo contemplarle a él, por fin en carne y hueso ante ella? Llorar de felicidad resultaba extático. Pero reír, más.

-No te vayas...
-Si voy a volver, tonto.
Porque contigo siempre estoy en casa.

Reflexionando...

Es al separarse cuando se siente y se comprende la fuerza con que se ama.
Fiodor Dostoievski