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martes, 19 de julio de 2011

El jarrón caído

La confianza es tan frágil como el cristal más fino.

Querida amiga,

Te lo contaré con franqueza. Éste es el momento más crítico para demostrar la verdadera amistad. Asegurarás que soy dura, cruda e injusta; pero la realidad y la vida nunca dan tregua.

Desde hace muchos meses soy una escéptica. Por eso siento en el alma no creerte. Tú has hecho todo lo posible por transmitirme confianza, pero la ballesta ya se ha lanzado. Y aunque hayas tratado de ralentizar la trayectoria, me ha dado directamente en el pecho. Ahora está blando y vuelve a sangrar como lo hizo en aquel frío noviembre.

No te quiero perder, pero sé que, como persona inteligente que eres, eres consciente de que no puedo tenerte cerca en estas circunstancias. De que cada momento a tu lado me recordará una y otra vez a él. Y que, aun tratando de comprenderte, nunca podré asumir que le hayas escogido frente a mí.

Cuando todo acabó, una parte de mí se fue con él, y recomponerla no me está resultando fácil. Asumir los finales es parte de la madurez, y si fuese otra persona tendría que aprender a soportarlo. Pero odiar y recelar de la que ha sido mi mejor amiga es mucho más difícil. Y, especialmente, intentar comprender que alguien que ha visto todo mi sufrimiento ahora se tape los ojos ante él.

Créeme: entiendo también tu sufrimiento, y me pongo en tu piel. Es complicado entrar en los zapatos del otro y ver todo desde sus ojos. Pero tú también has de comprender que, de seguir esto adelante, puede que nunca más seamos las mismas. Habrá habido una traición de por medio. Y cuando pase el tiempo y él sólo sea una mera anécdota, llegarás a comprender esto en su verdadera magnitud.

Para mí, lo que ocurra -o esté, de hecho, ocurriendo- es algo pasajero. Es algo personal que yo no puedo determinar, pero pondría mi mano en llamas si fallara mi vaticinio. Te conozco lo suficiente como para saber que esto no tiene vocación de futuro. Y que en ningún momento podrá darte una felicidad duradera. Sólo un simple idilio hedonista que aprobaría si no fuese porque hay mucho dolor de por medio.

Nunca podré prohibirte nada, porque la amistad es algo libre. Pero necesito avanzar un tiempo sin tu apoyo. Necesito también recomponerme para sacar fuerzas y arreglar este destrozo. Mi carga ya es demasiado pesada.

Te quiere,
Marta

PD: Todo esto demuestra que, aun con todo, el verdadero amor se mantiene aunque no sea correspondido. Y creo que tú también sabes de eso.

Escuchando... White Blank Page, Mumford and Sons



viernes, 31 de diciembre de 2010

Nuevos rumbos



Las mejores críticas suelen provenir de nosotros mismos.

Lucía una mañana tibia. El mar se extendía pacíficamente ante sus ojos, con sus suaves accidentes acuáticos que subían y bajaban en un devenir incesante. Ella ya se había dado cuenta de que la rutina de la naturaleza se detenía bien poco: por mucho que sucediese tierra adentro o en el interior de los barcos, la vida ahí fuera seguía su curso imperturbable.

Los rayos de sol procuraban un agradable picor en su piel cuando comenzó a pensar que ya era hora de poner punto y final a tanto descorazonamiento. Era el momento de abrir las puertas del camarote, empacar recuerdos para guardarlos en su justo lugar y desempolvar sus objetos más relucientes, que tanto tiempo había dejado apartados en una esquina.

La estancia no tenía demasiado buen aspecto, si bien es cierto que, en las últimas semanas, había terminado con la higiene superficial y reordenado algunos enseres que pugnaban por caer entre tanto vaivén. Sin embargo, era el momento de iniciar una limpieza en profundidad. Una limpieza que sería lenta, trabajosa y probablemente algo dolorosa; pero que sin duda era necesaria.

La solución no era cuestión de planes. Es más: ella estaba convencida de que no había soluciones rígidas al devenir al que estaba sometida su estancia. Al fin y al cabo, su corazón era como un camarote inmerso en un océano de subidas y bajadas de marea: ¿cómo podía planificar lo que sucedería a continuación? ¿Acaso sería lógico intentar anticiparse a los acontecimientos en un mundo tan amplio y flexible como aquél?

Desde luego que no. La respuesta estribaba en otro aspecto: la predisposición. A lo largo de aquel tiempo, había quedado claro que era muy distinto afrontar un maremoto con mentalidad catastrófica a hacerlo con una, aunque pequeña, sonrisa.

"Ser optimista no es fácil", se dijo, "especialmente cuando te han enseñado a no serlo". Durante aquellos nuevos doce meses de viaje, no se había topado con demasiados océanos calmados. Podía afirmar, con total seguridad, que había sido uno de los peores años de su vida dentro de aquella vorágine: muchos de sus compañeros a los remos servían más a los piratas que a su navío; su salud la traicionaba ante las largas jornadas de presión en la mar; y su más fiel compañero junto al timón se había dejado embelesar por los cantos de las sirenas, saltado al agua y abandonado a su suerte en un terreno en el que, sin su apoyo, se sentía más desprotegida que nunca.

Y cuando todo parecía empezar a apaciguarse, una inesperada visita extranjera revolucionó su vida a bordo, puso todo felizmente de pies a cabeza y se marchó sin consolidar el nuevo estado de cosas. Así, cual infeliz capitana, ella seguía tirando de un timón que ya se le había resistido en más de una ocasión, temiendo que otro torbellino pusiese en juego la estabilidad de la embarcación. Todo mientras extrañaba a cada minuto a sus antiguos compañeros, que antaño le guardaban las espaldas ante el infortunio.

Ahora que se planteaba un nuevo orden, se percataba de que, aun habiendo sido tantos los desertores, unos pocos continuaban en la retaguardia. Todavía había una cuadrilla que, armada de los remos más pesados, daba impulso al barco en la parte inferior. También quedaban algunas compañeras que, con su energía habitual, izaban las velas procurando que la estructura mantuviese un cierto equilibrio y, si se pudiese, vigor.

Además, -y esto era lo más importante-, las decepciones habían provocado que no prestase atención a las nuevas incorporaciones. Eran pocas, pero algunas extremadamente fieles desde su entrada en la tripulación; y aunque le costase confiar en nuevos camaradas, esos pocos compañeros le ofrecían unos ánimos que no había tenido en cuenta hasta ese momento. Algunos se limitaban a palmearle la espalda cuando tiraba del timón, mientras que otros eran pródigos en caricias amistosas y palabras de aliento.

En cualquier caso, el barco no se hundía. Aunque los vendavales hubiesen azotado con toda su fiereza las velas y las hubiesen agujereado, algunos de los tripulantes se esmeraban en coserlas de nuevo con paciencia y en restaurar las astillas arrancadas para empezar de nuevo. Su embarcación seguía a flote, y la puerta de su camarote entreabierta, dudosa ante las posibilidades de mejora.

Lo idóneo sería que se hallase de par en par, amarrada con un taco y presta a recibir a quienquiera que quisiese traspasar la barrera hacia una habitación reluciente y acogedora, sin tan siquiera una mota de polvo. O puede que tan sólo unas rendijas estuviesen disponibles: lo justo para que los transeúntes pudiesen ver el desorden interior y, quizá, se aventurasen a golpearla con los nudillos. Pero, ante todo, había decidido que era fundamental procurar que la puerta de la estancia permaneciese siempre abierta.

Nunca se sabe quién puede asomarse por el quicio.

Reflexionando...
Un barco no debería navegar con una sola ancla, ni la vida con una sola esperanza.
Epicteto de Frigia

viernes, 24 de diciembre de 2010

Pezuñas blandas



La verdadera amistad sólo puede ser desinteresada.


Es hora de admitirlo: te encanta ser un gato callejero. La soledad nunca te ha incomodado, y sí mucho más compartirla con los demás. Amas los pequeños detalles que te brinda la existencia y no permites que nadie se interponga entre ese disfrute y tú.

Así, sueles optar por vagar por las aceras empedradas, sin rumbo fijo pero con paso firme. No te gusta perder el tiempo si no es en algo que consideres meritorio; y, en muchas ocasiones, te merece más la pena observar las estrellas embebido en tus pensamientos que pararte a ronronear junto a otro gato. Si acaso lo hicieses, sólo sería por puro interés propio: al fin y al cabo, todos precisamos de compañeros que amenicen nuestro viaje entre las viejas calles de la vida.

No obstante, la estancia junto a los demás apenas dura si no la requieres; y es por eso por lo que aceleras el ritmo y, tan cortésmente como acostumbras, te despides y continúas el camino sin cargas. Probablemente sea esta la razón por la que los que te rodean no suelen comprenderte. Pero a ti te importa bien poco -o al menos, parece hacerlo-: mientras puedas seguir disfrutando de tus caminatas bajo la luna empedrada, el aprecio de otros, dices, no te robará vida.

Si te soy sincera, nunca he creído, aunque sí entendido, tu particular visión del mundo. En realidad, el pragmatismo es una buena manera de dejar de convivir con el sufrimiento y aprovechar con intensidad cada minuto. Haces lo que crees que te conviene, partiendo en todo momento del amor propio y del egoísmo natural que, según tú, es capital para no perder el tiempo enclavándonos en el pasado.

Al principio no te comprendía. Me enzarzaba en absurdas discusiones contigo sin entender que tu filosofía de vida estaba muy marcada, al igual que la mía, y que lo más provechoso sería intentar compartir puntos de vista y aceptar algunos consejos del uno y del otro.

Aprendí, y sigo aprendiendo, mucho de ti. Me estás enseñando a dejar de apoltronarme, de acongojarme sin justificación y de sollozar por lo que quedó atrás y demostró que no estaba hecho para mí. Pero aún así nunca sabré retirarme como lo haces tú: con elegancia y discreción, compartiendo instantes con otros a los que regalas sonrisas para después desaparecer porque tienes mejores cosas que hacer al día siguiente. Anoche decidí que, esta vez, tú tendrías que aceptar mi consejo. "Sigue tu senda", te dije, "pero sin dañar a los demás. La mayoría de las personas no asimilan tu carácter ni que la soledad sea tu copiloto en el camino".

Sin embargo, la mejor lección por mi parte ha venido de la mano de los hechos. Quizá se te había olvidado, pero tras estos meses tu abrazo ha sido como el de un niño dulce y enmadrado que necesitaba recuperar el calor de su casa. No sé si soy yo la más adecuada para etiquetarme como acogedora, pero lo cierto es que fuimos un hogar mutuo durante esas semanas de sol asfixiante: unos días en los que, por mucho que nos escociese el calor, la lluvia se empeñaba en mojar nuestras almas.

Fueron unos momentos en los que la tristeza mostraba su rostro más amable y nos recompensaba por las horas de sueño perdidas y la infelicidad injustificada. Cada gesto no tenía por qué tener sentido: sólo era una muestra de cercanía y de apoyo mutuo que, a pesar de tu filosofía tan voceada, esa vez no surtió efecto. No necesitabas razones para pasear conmigo a la orilla del río y dejar que el reloj corriese entre carcajadas. Tan sólo te hacía falta un motivo para creer en la amistad.

Y así has vuelto: tan superficialmente descreído como siempre, pero añorante de gestos y palabras cómplices. Tus azules ojos de gato ya no lucen como siempre, sino que, al conversar, los he visto relucir más de la cuenta; y he creído adivinar que, bajo tu habitual sonrisa educada, había una satisfacción implícita que indicaba lo que querías comprobar desde hacía tiempo: que los amigos reales, aunque escasos, existen y mantienen su esencia cuando vuelven a encontrarse.

Lo mejor de todo es que tu calidez sigue siendo la misma; aunque esté a merced de la luna de invierno.

Reflexionando...

La amistad no tiene un valor de supervivencia, sino más bien es una de las cosas que da valor a la supervivencia.

C.S. Lewis

martes, 2 de febrero de 2010

El tallo seco



Las cosas más bellas de este mundo son las que más frágiles se nos antojan.

Cuando era pequeña y todavía me maravillaba ante cualquier detalle nimio, alguien me comunicó que a las amapolas no les quedaba mucho tiempo de vida. Quizá mis primeros sentimientos de culpa nacieron de esa revelación: adoraba toquitear y arrancar estas bellezas que, con mayor celeridad que otras plantas, se destartalaban y deshacían entre mis dedos, para después revolotear y perderse entre las ráfagas de viento. Desde aquel día, dejé de robarlas. Me limitaba a observar, curiosa, su solitaria hermosura.

Ahora es cuando me he percatado de que te has transformado en una amapola. Fácil de extraer y vulnerable, continúas erguida, a duras penas, en un matojo de hierbas monocromo. Más hermoso que nunca, tu color rojo sangre reluce entre la multitud, pero apenas les das importancia. Te has abandonado a una apática forma de vida después de que él renunciase a posarse más entre tus pétalos. Cerrada en banda, cada instante asimilas con más convencimiento que vas a extinguirte, y te rindes a tu condición.

Te estás comenzando a sumir en una existencia marchita de la que, a cada minuto, te va a costar más y más librarte. Pero lo más preocupante es que no rechistas ante las circunstancias. Te has, según tú, conformado: has llegado a aceptar que todo no puede ir a mejor, para después quedarte aposentada en las garras de la apatía. Y ahí sigues, dominada por esas ansias de nada, rememorando quizá bocaditos del pasado que ya se han podrido.

Hay que admitir que llevas parte de razón. Cuando el mundo te descubre que la mayor parte de las cosas tienen fecha de caducidad, no es común empuñar el arma del optimismo y batallear contra él. Sin embargo, al igual que alguien que engulló demasiado alimento en mal estado, has de reponerte. Debes comprender que la vida no para de moverse, que sigue avanzando de modo inexorable aunque tú te empeñes en sentarte a observar cómo pasa.

A pesar de que nunca más puedas volver a ser una utópica, sé al menos una pequeña soñadora. Permite que tus pies echen a andar solos y que se recuperen de las magulladuras. Siente todo lo que te regala el mundo circundante, y aprecia como nunca lo que no te han arrebatado. Déjate llevar y deja de frenarte. Déjate vivir.

Vuelve a ser la flor más luminosa del campo.

Reflexionando...

El pasado es un prólogo.
William Shakespeare

lunes, 21 de diciembre de 2009

Inventario de emociones


Toda elección lleva aparejada una renuncia.
La inocencia es un tesoro, dicen. Ella fue una ingenua -e inocente- durante un tiempo considerable. Es oportuno aclarar que su ingenuidad no la traía de cabeza. De hecho, ni siquiera se daba cuenta de que la inundaba por entero: estar segura de que las amistades podían ser siempre fieles, y que cada nueva persona en su camino sería una nueva alegría, era algo inherente a su pensamiento. No hacía falta que nadie se lo aclarara. Ella estaba segura de ello.

Mas todos los que han comenzado a vivir fuera de las cortinas de humo de esa -bendita, por cierto- inocencia saben que todo no resulta tan sencillo. No toda amistad te brinda su apoyo incondicional; y, ni mucho menos, no todo nuevo hallazgo personal acaba por ser bueno. Pero, tras realizar este descubrimiento, se percató de que su inventario parecía haberse vaciado súbitamente.

Dicho inventario, repleto hasta los topes de rostros nuevos, cada vez parecía estar más desierto. Y es que no se explicaba muy bien por qué todas aquellas personas en las que había depositado tantísimas ilusiones empezaban a marcharse por su propio pie de aquella lista de amistades. Una a una, por una razón u otra, parecían alejarse irremediablemente de aquella pequeña cajita que se hacía más minúscula por momentos; y lo más triste era que ni siquiera habían dejado una nota. Nadie le había explicado por qué abandonaba su vida de aquella manera. Cogían las maletas y se marchaban, sin malestar alguno, al parecer.

Algunas de aquellas personas ni siquiera se habían esforzado por penetrar en aquella cajita. Ella trataba de tenderles una mano desde dentro, de buscarles una llave, pero ni con ésas se dignaban a tantear en la cerradura. Creía pensar que el problema podía ser suyo, que los goznes estaban algo desgastados y se requería de demasiada fuerza para abrir las puertas de su vida a nuevos visitantes inesperados. Pero ella sabía que las cosas no eran así. Y es que siempre había procurado, con mayor o menor frecuencia, engrasar bien los picaportes para que cedieran con facilidad y con los menores roces posibles en el proceso.

No todos tenían la culpa de huir de tal manera. Es obvio que algunos se habían sentido desplazados en aquel pequeño espacio, y habían salido, despacio y sin hacer ruido, de la cajita. Ella había dedicado más tiempo a otras parcelas de su inventario; y, guiados por la lógica, habían querido ocupar un puesto de mayor calibre en otro. Incluso a ella le había sucedido: era algo habitual y comprensible.

Lo que no era comprensible era aquella huída desproporcionada; o aquella negativa al conocimiento inicial. Ella sabía que todo aquello iba a acabar por conducirle a la apatía, al desengaño, al malhumor, a la tristeza, a la desolación cotidiana ante el vacío de su pequeño inventario. Y fue por eso por lo que empezó a buscar, desesperadamente, algo en el interior de él, y lo consiguió.

Para su sorpresa, redescubrió viejos tesoros, algunos empolvados, que todavía continuaban allí, en una esquinita, apartados de tanto ruido y de tanto olor a novedad, curiosidad y sorpresas inesperadas. Se dio cuenta de que ellos no se marchaban ante cualquier circunstancia adversa. Halló confianza en todos ellos, y no dudó en ningún momento en que no la conociesen. Les importaba; y, sobre todo y ante todo, no tenía miedo de que huyesen. Porque sabía que no lo iban a hacer.

Y aunque sintiese envidia de aquellos que poseían un inventario más abundante; y aunque le copase la incredulidad cada vez que recibía buenos gestos por parte de aquellos que ni siquiera se molestaban en conocerla; y aunque, muchas veces, cayese en la amargura pensando el por qué de aquella huída que tanto sufrimiento le había procurado, guardaba una pizca de aquella ilusión inicial que tanto bien le hacía. Una ilusión alimentada por los tesoros de su inventario.

Porque de ilusiones se vive; y ella sabe que, en algún momento, entre tanta gente y entre tantas aves de paso, encontrará un nuevo tesoro.

Reflexionando...
Sólo los tontos tienen muchas amistades. El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez.
Pío Baroja

viernes, 9 de octubre de 2009

Juguete de plástico


Ni siquiera sé quién eres en realidad.
No lo recuerdo del todo bien. El día que me adquirió, tenía esa extraña mezcla de felicidad-tristeza en el cuerpo, la dicotomía que te provoca saber que a alguien le importas, pero que se encuentra demasiado lejos como para alcanzarle. Por entonces sólo era un amable comprador dispuesto a cuidarme, pero poco a poco se convirtió en mi completo dueño. Me mimaba, me consolaba, me adoraba, me hacía carantoñas. Era su juguetito y, ciertamente, no me molestaba serlo.

En esa época, todavía estaba saliendo de la caja, descubriendo el mundo exterior, cuando él se apropió de mí. Al principio, nada podía ser más perfecto que todo aquello, aunque tuviese sus inconvenientes, que en esos momentos no tenía en cuenta. "Nada puede cambiar, salvo que las cosas vayan a mejor", pensaba con total convicción.

Mas el cambio se produjo. La muñequita, desprotegida, sin sus antiguos muros de cartón, y amparada hipotéticamente por aquel extraño dueño del que apenas sabía nada en realidad, comenzó a exhalar el dióxido de carbono de su ira. Y de su posesividad. Y, por qué no, de sus mentiras. Pero, sin saber muy bien cómo, se había convertido en una dependiente, y apenas tenía fuerza para liberarse de su dueño.

"El amor ciega". Es preciso tiempo y experiencia para comprender tal afirmación y, aunque no sería correcto hacer gala de haber vivido y sentido tanto como para ser categórica, me da la sensación de que es cierto. El amor parece administrar unas dulces dosis de ceguera que, en pequeñas cantidades, pueden ser beneficiosas sin tender al abuso. Pero entonces había una sobredosis de amor mal administrado, y de ceguera cuasi crónica. Ceguera que tuvo sus repercusiones, y que quizá todavía no haya desaparecido totalmente, pues me niego a pensar que exista una persona tan cruel. Es más sencillo convencerse de su bondad, de que dentro sentía algo, pero que no lo canalizó nada bien, y culpar a otros factores por aquellos acontecimientos.

Lo más chocante fue que, poco a poco, fui cayendo en la cuenta de que aquel no era un dueño nada corriente. Era un dueño con grandes miras, un coleccionista de muñequitas.

Hace poco, una de sus antiguas coleccionadas, un juguete que ha dejado de serlo y que yo creía tan ajeno a mí, me hizo partícipe de la evidencia que tanto sospechaba. Éramos una mera diversión, y lo más frustrante de todo era que lograba que todas nos sintiésemos las más afortunadas del planeta. "Fue como una adicción, una droga. En mis días sólo salía el sol si él estaba presente. Una vez que has probado el cielo, dudo que quieras volver al infierno", dijo. A ambas nos costó nuestro esfuerzo, y el de los que estaban a nuestro alrededor, el pisar tierra firme.

Por un tiempo creí estar infinitamente alejada de ella, pero resultó que me encontraba a su lado y ni siquiera habría aventurado a imaginármelo. Habíamos vivido lo mismo. Habíamos sentido lo mismo. Habíamos sufrido lo mismo. Y todo lo había provocado la misma persona.

Habíamos sido sus juguetes de usar y tirar. Como muñequitas con corazón de petróleo.

Escuchando... Pulling Teeth, de Green Day



Is he ultra violent? Is he disturbed? I´d better told him that I loved him...

lunes, 21 de septiembre de 2009

Impenetrable

Destino. Reverberante, trascendental, abstracta; así suena tal palabra en mis oídos.

Me dejas pensativa, querido sino. Si te soy sincera, casi nunca he creído totalmente en ti por ti solo, sino más bien en que te vas modelando conforme voy caminando. Sí, yo me labro mi senda y tú me acompañas. No obstante, jamás he querido molestarte en tus propósitos si es que acaso trazas todo el discurrir de mi camino.

Hoy, madurando un pensamiento que llevaba dando vueltas por mi mente varios días, te he recordado especialmente; y es que no sé si eres el culpable de cierto hecho o no.

Por tu culpa o por la mía, entre el bullicio de gente, me he topado con personas cuyo significado tiende a ser imposible de explicar: tan maravillosas, tan humanas, tan perfectas y compatibles conmigo, que doy gracias a quien sea por haberme cruzado con ellas. Si acaso fueras el culpable de provocar mi tropiezo con ellas, esas pocas que me infundieron un verdadero sentimiento de amistad, venero tu culpabilidad. Si fuiste tú el que planeó una treta para llegar hasta él, no me queda más que agradecértelo con creces. Pero todavía no comprendo si eres tú, o soy yo, la que me ha llevado a relacionarme con esa persona, nueva en mi vida, y no sentir ninguna conexión fuerte.

Como habrás podido deducir, valoro mucho las conexiones. De súbito, vas adentrándote en la vida de alguien y saltan chispas: de complicidad, de cariño, de romance. Esa especie de chispas me han indicado en varias ocasiones con quién iba a sentirme, dicho mal y pronto, en mi salsa. La afección puede ser mayor o menor, más o menos fuerte, pero es habitual que experimente algo que me indica que me hallo junto a la persona adecuada, que congenio con ella, más o menos perfectamente, o más o menos fuertemente. Todos congeniamos en mayor medida con unas determinadas personas, sean o no de nuestro estilo, o tengan más o menos cosas en común con nosotros. Las sentimos cercanas. Pero el problema es que a ella no la siento tan cercana como debería.

Quizá sea una intuición, probablemente errónea, pero me da la impresión de que me has hecho una jugarreta, destino. Ella es amable, de buen corazón y bienintencionada; y posee defectos como cualquier persona. Sin embargo, no la siento cercana, no está próxima a mí, y no sé si se trata de una simple impresión o creo que no la puedo corresponder como amiga. Me da la sensación de que me equivoqué creyendo que podríamos conectar.

Destino, me he dado cuenta de que no se conecta porque sí. Me he percatado de que, aunque no sea ni mi culpa ni la suya, la proximidad no se logra a la fuerza. Si conectásemos realmente, las palabras fluirían de otro modo. Los silencios serían placenteros y significarían cosas, como los que ellas, o él, u otras personas junto a las que siento las chispas, me regalan. Sin embargo, los silencios a su lado son incómodos, y busco ansiosa una manera de huir de ellos.

La cercanía no se logra a la fuerza, mas quiero hacer fuerza porque ella se lo merece...

Reflexionando...

Tómate tiempo en escoger un amigo, pero sé aún más lento en cambiarlo.

Benjamin Franklin

martes, 28 de julio de 2009

A tiempo parcial


Vaya: has vuelto. Y parece que has cambiado de parecer.
Todavía no te entiendo, y puede que tampoco te crea. Pero deseo creerte.

De un día para otro, te marchaste de mi vida esgrimiendo cuatro pobres excusas. De repente, todo lo que había significado para ti pareció convertirse en una nube de humo que, más rápido de lo que percibía, se esfumó. Todos nuestros lazos desaparecieron: las conversaciones disparatadas, las sinceridades confiadas, los abrazos espontáneos, los enfados infantiles y menos importantes. Pum. Se fueron, amparadas por diversos pretextos coronados por el mayor de todos ellos: había cambiado.

Ya no me saludabas ni me llamabas en busca de consuelo, y tampoco me lanzabas miradas cómplices ni esbozabas sonrisas para dedicármelas ante una tontería. Ni siquiera me mirabas a los ojos cuando pasaba a tu lado. Sin dramatizar, había perdido de sopetón al que creía un buenísimo amigo. Lo más curioso de todo era que apenas me había percatado del susodicho cambio. Yo me sentía la misma; o al menos me importabas lo mismo.

Probablemente, yo también me llevé mi parte de la culpa en aquel distanciamiento al que siempre aludes. Pero, ¿cuál era la razón de tantos susurros, cuchicheos y murmuraciones? ¿Era el rencor lo que te cegaba para, así como así, empezar a hablar de mí como de una extraña? ¿O simplemente era dolor ante el supuesto cambio que puede que no te molestaras en comprobar, y que incluso puede que tú también sufrieras?

Poco a poco, me he ido percatando de que todos cambiamos con el tiempo. No he llegado a dilucidar de qué tipo es ese cambio, pero estoy casi convencida de que mantenemos una esencia que permanece, aunque el caparazón vaya modelándose. Si mis rasgos más característicos, los que conociste desde el principio, continúan ahí, ¿por qué pasé a ser una desconocida para ti?

¿Qué es lo sorprendente? Que ahora regresas, y quieres que las cosas retomen su cauce.

A pesar de que no llegase a entender tus razones (cosa que todavía no he hecho), creo que necesitaba perdonarte. Aunque sólo fuese por hacer honor al pasado.

Pero las preguntas acerca de tus reacciones pasadas siguen rondando mi cabeza. ¿Si estabas tan sumamente seguro de que "íbamos a dejar de ser amigos pronto", por qué te esforzaste (o aparentaste hacerlo) por forjar una amistad a tiempo parcial? ¿Acaso se te antoja divertido hacer y deshacer amistades para matar el tiempo libre? Y ahora, ¿por qué deseas rehacer la nuestra de nuevo? ¿Acaso ha cambiado algo repentinamente? No te comprendo, ni creo que llegue a hacerlo nunca.

Por fortuna, tengo amigos a tiempo completo.

Reflexionando...

La amistad es más difícil y más rara que el amor. Por eso, hay que salvarla como sea.
Alberto Moravia

sábado, 25 de julio de 2009

¿Principios o pragmatismo?

Él se engaña. Tú te engañas. Yo me engaño. Nosotros nos engañamos.

Y es que, a veces, nos vemos envueltos en grandes mentiras producidas por nosotros mismos; y no es casualidad que, en gran parte de los casos, tú mismo seas la piedra angular de dicho engaño.

Engañarse no es tan malo como lo pintan. No querer admitir cierto hecho o situación puede procurarnos una felicidad momentánea que nos asegura alejar ciertas preocupaciones de nuestra mente. Pero el autoengaño siempre es una mentira y, muchas veces, tremendamente peligrosa. Lo tuyo no es un engaño inocente, una simple mentirijilla que te dices a ti misma con la intención de no darle vueltas a la cabeza. No se trata de una tontería. Es toda una farsa.

Más de una vez me han incitado a olvidarme del tema, como si de una opción alcanzable se tratara. Pero no lo es, pues mis amigos los principios siempre se posicionan a mi vera para recordármelo. Principios que demasiados alardeamos tener, pero principios también que caen en el olvido en estos momentos. Y yo me cuestiono, ¿de qué sirve entonces la posesión de dichos principios, si cuando verdaderamente hacen falta todos los dejan de lado? ¿Por qué -me pregunto- casi de forma indiscutible acaba triunfando el pragmatismo? ¿Por qué resulta tan fácil tomar la senda ya abierta, antes que aventurarse entre un camino repleto de maleza? Quizá es que hablamos mucho, pero hacemos poco. Quizá es que, en el fondo, somos unos cobardes (y, ojo, yo me incluyo en ese hipotético grupo).

Hablar de principios resultaría muy extenso, pero todos sabemos de sobra que existen unos principios mayores y otros menores, por decirlo de algún modo; y que nos inclinamos a actuar, abandonando incluso ese pragmatismo tan típico, cuando se ataca a nuestras más altas convicciones.

La lealtad en la amistad es uno de mis principios mayores. Y la fidelidad en el amor, también.

Es por eso por lo que no he de quedarme con los brazos cruzados, aguardando a que las cosas se resuelvan ellas solas. Es por eso por lo que los principios deben vencer por encima de la actitud pragmática ya que, de no hacerlo, la farsa se prolongará con peores repercusiones. Sobre todo para ella. Porque ella es la verdadera víctima.

Él lo sabe. Tú lo sabes. Yo lo sé. Nosotros lo sabemos.

Y si él no tiene principios..., es su problema.

Escuchando... I´ll be there, de los Jackson Five.



I´ll reach out my hand to you...

sábado, 18 de julio de 2009

Salto al pasado


De repente, estaba allí. No sabía con certeza cómo me había transportado de nuevo hasta ese lugar de mi memoria, pero lo veía todo con una diáfana nitidez.

Gente, mucha gente. Multitud de rostros conocidos a los que me abalanzaba, y en cuyos hombros me apoyaba para llorar a lágrima viva.

Apenas había dormido aquella noche, vagabundeando por los pasillos y las habitaciones, riéndome por todo y por nada, y comenzando a lloriquear acompañada por mis compañeros de andanzas. No era capaz de conciliar el sueño ante la poco halagüeña perspectiva de la partida. Y la mayoría tampoco podía.

Para algunos, quizá eran diez días que pasaban sin pena ni gloria. Pero para otros, entre los que yo estaba clarísimamente incluida, eran 240 horas irrepetibles, que siempre deseaba que pasaran con lentitud, la mayor lentitud posible.

Tampoco era para tanto, ¿no? La comida no era del otro mundo, íbamos a clase por la mañana, hacía un calor terriblemente pegajoso y no todo el mundo era tan simpático. Sí, había fiestas hawaianas, de pijama, de cambio de indumentaria, citas a ciegas, torneos de baile, gymkanas y excursiones al río y al campo. Pero bueno, tampoco era para tanto, ¿verdad?

¿O es que ellos lo hacían diferente? Quizá sí. Porque, de lo contrario, no comprendo cómo he podido mantener a algunos a mi lado, o seguir recordando mucho a otros. Será porque ellos lo hacían así. Si así no fuese, no habríamos sufrido como sufrimos aquel fatídico último día.

Mis padres, al encontrarme en tal estado a su llegada frente al instituto de Lumbier, no sabían cómo reaccionar. "¿Por qué lloras, hija?"-preguntaban angustiados- "¿creías que no íbamos a venir a recogerte?". Pero yo, negando con la cabeza, les respondía: "No: es que no quiero irme".

Súbitamente, he vuelto a chocar con la realidad. He visto otra multitud de rostros, pero esta vez desconocidos. En una esquina, unos adolescentes se agolpaban como una piña para arropar a los que se iban marchando. Vestían la misma camiseta e iban plagados de firmas hasta los topes, por la espalda, los brazos y las piernas, y sus reacciones se han presentado ante mis ojos como mi viva imagen. La imagen de una niña que no quería irse a casa porque había encontrado un pequeño hogar de ensueño.

Entre caras tristonas o esbozadoras de una mueca de felicidad resignada, me he topado con la de mi hermanita. La he visto, con sus rizos castaños y su sonrisa pícara, alegre y pizpireta. Y así he vuelto a la puerta del instituto de Lumbier.

Sin duda, ella se toma las despedidas de otra forma.

Escuchando...Saturday Night.



Por vosotros.

sábado, 23 de mayo de 2009

Y por fin...

He vuelto al pasado, pero esta vez no ha sido doloroso.

En los últimos años, cada minúsculo recuerdo de aquellos días me punzaba como afilados alfileres. Invertía todos los esfuerzos de los que escasamente disponía (sobre todo al principio de esa pequeña tortura) en tratar de olvidar, mágica palabra que anhelaba se hiciese realidad cuanto antes. Lo curioso es que cuanto más fuerte era el anhelo, menor efecto surtía en la práctica. Me desmoronaba de nuevo. Volvía a escribir largas cartas. Tomaba el teléfono y marcaba ese número que siempre estaba ahí, grabado a fuego en la memoria por si acaso lo necesitaba algún día. Las lágrimas acababan aflorando sin remedio.

Era un amor-odio insaciable. Se trataba de querer y aborrecer al mismo tiempo, y lo peor de todo era que tenía la necesidad de seguir sintiendo esa extraña e hiriente mezcla.

Cuando las aguas comenzaron a calmarse un tanto, nos hacíamos siempre la misma pregunta. ¿Amigos? Ja. No nos lo creíamos. Y de hecho, seguimos sin creerlo demasiado. ¿Cuál es la diferencia? Que el camino se ha ido formando a través de la maleza del amor-odio. Un amor-odio que cada día se disipa más y que tiende a dar paso a otro sentimiento incierto y deseado, pero dominado por el sosiego. Se acabó la pasión (tanto negativa como positiva) exacerbada.

Anoche, físicamente envuelta en una pegajosa atmósfera, evidente anticipo del verano, experimenté todo lo contrario dentro de mí: un maravilloso y esperado soplo de aire fresco. Volvimos a lo de antes. Pero ya no somos los mismos ni por asomo.

Nuestra situación no era para nada común. Quizá fue por eso por lo que nos perdimos el respeto, pero lo mejor es que hemos enmendado grandes errores. Y eso es lo que cuenta para avanzar en la vida.

Lo más valioso de todo esto es, sin duda, la nueva visión con la que se me ha obsequiado. Una visión sobre lo que tengo y lo que podría desear. ¿Conclusión? Llana, muy llana: mi suerte ha sido descomunal. Porque esta persona, como esas otras pocas personas importantes en mi existencia, ha hecho que me percate de que tengo en mis manos la felicidad, justo al lado. Que poseo lo que estaba buscando. Y ellos, los que me conocen demasiado bien, lo saben con tan sólo escucharme hablar de ese regalo del cielo que es él.

Ha costado cuatro años salir de la tormenta. Y por fin... la calma tras la tempestad. Gracias.

Reflexionando...

La magia del primer amor consiste en nuestra ignorancia de que pueda tener fin.
Benjamin Disraeli

martes, 19 de mayo de 2009

Acobardamiento

Esa es la palabra exacta y, por desgracia, define con demasiada precisión lo que he sentido hace muy poco.

Esta mañana, tras haber perdido el autobús urbano y, en consecuencia, haberme quedado fuera de clase, me he dirigido a la universidad más tarde de lo normal. Volviendo, he vuelto a gastar más saldo de mi tarjetita. Adelante, a casa. Pero algo ha roto mis esquemas.

Estaba sentado justo en la primera fila de asientos del fondo, a la derecha, junto a la ventana. No he querido creer que era él. Me he acomodado en sentido contrario, paralela a dicha fila, decidida a hacerme la sueca por miedo. O tal vez por cobardía.

Insistía en escrutar el paisaje exterior a través de la ventana para distraerme, o más bien para parecer distraída, al tiempo que sentía sus ojos clavados en mi espalda. "Seguro que está pensando si soy yo o no. Se dirá: <<¡Cuánto ha cambiado! ¿Acaso no me reconoce?>>, y comenzará a recordar el verano del año 2005. Le vendrá a la cabeza la fiesta de disfraces en la que nos intercambiamos la ropa, cuando él se puso mi falda e iba tan gracioso. Rememorará los paseos por el río y por el pueblo, en los que hablábamos de todo y reíamos por nada. Como un chispazo, aparecerán en su memoria esos instantes juntos en las "quedadas". Y también se acordará de nuestras llamadas telefónicas, que unían el pico de Navarra, ese norte que es su hogar, con el sur de la comunidad, de donde provenía mi voz. Por supuesto que no pasará por alto esos continuos proyectos de cita que quedaron en agua de borrajas, ni el día que me anunció que, posiblemente, estudiaría en Pamplona. <<¡Nos podremos ver!>>, decíamos, claramente contentos.

Sí, nos podemos ver. Pero de otra forma. Hoy le he visto, con su tubito de arquitecto, su mochila y unas Converse parecidas a las que se compró aquel día con tanto entusiasmo. También llevaba barba; esa barba que tantas veces le dije que se afeitara porque le hacía más mayor, proposición que él rehusaba aunque yo le diese la vara y acabáramos riéndonos.

Quería, deseaba, acercarme y decirle hola, preguntarle qué tal le iba todo y tratar de volver a lo de antes. Pero, por alguna extraña razón, ninguno de los dos se ha movido ni ha tomado la iniciativa. La barrera invisible que nos separaba al uno del otro era fuerte, y ni yo ni él nos hemos atrevido a romperla.

Lo curioso es que nunca nos enfadamos ni jamás nos traicionamos. Simplemente, sobrevino el distanciamiento. Y sólo cabe preguntarse: ¿por qué?

A lo tonto, el tiempo va pasando: todos lo sabemos. Pero lo que llega a irritar es que pase en vano..., y no se aproveche lo que en su día fue una preciosa amistad.

Prometo que la próxima vez me sentaré a su lado, para renovar el antiguo vínculo.

Porque lo que se une no debe separarse por razones tan ligeras.

Reflexionando...

Recorre a menudo la senda que lleva al huerto de tu amigo, no sea que la maleza te impida ver el camino.
Proverbio indio
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