viernes, 31 de diciembre de 2010

Nuevos rumbos



Las mejores críticas suelen provenir de nosotros mismos.

Lucía una mañana tibia. El mar se extendía pacíficamente ante sus ojos, con sus suaves accidentes acuáticos que subían y bajaban en un devenir incesante. Ella ya se había dado cuenta de que la rutina de la naturaleza se detenía bien poco: por mucho que sucediese tierra adentro o en el interior de los barcos, la vida ahí fuera seguía su curso imperturbable.

Los rayos de sol procuraban un agradable picor en su piel cuando comenzó a pensar que ya era hora de poner punto y final a tanto descorazonamiento. Era el momento de abrir las puertas del camarote, empacar recuerdos para guardarlos en su justo lugar y desempolvar sus objetos más relucientes, que tanto tiempo había dejado apartados en una esquina.

La estancia no tenía demasiado buen aspecto, si bien es cierto que, en las últimas semanas, había terminado con la higiene superficial y reordenado algunos enseres que pugnaban por caer entre tanto vaivén. Sin embargo, era el momento de iniciar una limpieza en profundidad. Una limpieza que sería lenta, trabajosa y probablemente algo dolorosa; pero que sin duda era necesaria.

La solución no era cuestión de planes. Es más: ella estaba convencida de que no había soluciones rígidas al devenir al que estaba sometida su estancia. Al fin y al cabo, su corazón era como un camarote inmerso en un océano de subidas y bajadas de marea: ¿cómo podía planificar lo que sucedería a continuación? ¿Acaso sería lógico intentar anticiparse a los acontecimientos en un mundo tan amplio y flexible como aquél?

Desde luego que no. La respuesta estribaba en otro aspecto: la predisposición. A lo largo de aquel tiempo, había quedado claro que era muy distinto afrontar un maremoto con mentalidad catastrófica a hacerlo con una, aunque pequeña, sonrisa.

"Ser optimista no es fácil", se dijo, "especialmente cuando te han enseñado a no serlo". Durante aquellos nuevos doce meses de viaje, no se había topado con demasiados océanos calmados. Podía afirmar, con total seguridad, que había sido uno de los peores años de su vida dentro de aquella vorágine: muchos de sus compañeros a los remos servían más a los piratas que a su navío; su salud la traicionaba ante las largas jornadas de presión en la mar; y su más fiel compañero junto al timón se había dejado embelesar por los cantos de las sirenas, saltado al agua y abandonado a su suerte en un terreno en el que, sin su apoyo, se sentía más desprotegida que nunca.

Y cuando todo parecía empezar a apaciguarse, una inesperada visita extranjera revolucionó su vida a bordo, puso todo felizmente de pies a cabeza y se marchó sin consolidar el nuevo estado de cosas. Así, cual infeliz capitana, ella seguía tirando de un timón que ya se le había resistido en más de una ocasión, temiendo que otro torbellino pusiese en juego la estabilidad de la embarcación. Todo mientras extrañaba a cada minuto a sus antiguos compañeros, que antaño le guardaban las espaldas ante el infortunio.

Ahora que se planteaba un nuevo orden, se percataba de que, aun habiendo sido tantos los desertores, unos pocos continuaban en la retaguardia. Todavía había una cuadrilla que, armada de los remos más pesados, daba impulso al barco en la parte inferior. También quedaban algunas compañeras que, con su energía habitual, izaban las velas procurando que la estructura mantuviese un cierto equilibrio y, si se pudiese, vigor.

Además, -y esto era lo más importante-, las decepciones habían provocado que no prestase atención a las nuevas incorporaciones. Eran pocas, pero algunas extremadamente fieles desde su entrada en la tripulación; y aunque le costase confiar en nuevos camaradas, esos pocos compañeros le ofrecían unos ánimos que no había tenido en cuenta hasta ese momento. Algunos se limitaban a palmearle la espalda cuando tiraba del timón, mientras que otros eran pródigos en caricias amistosas y palabras de aliento.

En cualquier caso, el barco no se hundía. Aunque los vendavales hubiesen azotado con toda su fiereza las velas y las hubiesen agujereado, algunos de los tripulantes se esmeraban en coserlas de nuevo con paciencia y en restaurar las astillas arrancadas para empezar de nuevo. Su embarcación seguía a flote, y la puerta de su camarote entreabierta, dudosa ante las posibilidades de mejora.

Lo idóneo sería que se hallase de par en par, amarrada con un taco y presta a recibir a quienquiera que quisiese traspasar la barrera hacia una habitación reluciente y acogedora, sin tan siquiera una mota de polvo. O puede que tan sólo unas rendijas estuviesen disponibles: lo justo para que los transeúntes pudiesen ver el desorden interior y, quizá, se aventurasen a golpearla con los nudillos. Pero, ante todo, había decidido que era fundamental procurar que la puerta de la estancia permaneciese siempre abierta.

Nunca se sabe quién puede asomarse por el quicio.

Reflexionando...
Un barco no debería navegar con una sola ancla, ni la vida con una sola esperanza.
Epicteto de Frigia

viernes, 24 de diciembre de 2010

Pezuñas blandas



La verdadera amistad sólo puede ser desinteresada.


Es hora de admitirlo: te encanta ser un gato callejero. La soledad nunca te ha incomodado, y sí mucho más compartirla con los demás. Amas los pequeños detalles que te brinda la existencia y no permites que nadie se interponga entre ese disfrute y tú.

Así, sueles optar por vagar por las aceras empedradas, sin rumbo fijo pero con paso firme. No te gusta perder el tiempo si no es en algo que consideres meritorio; y, en muchas ocasiones, te merece más la pena observar las estrellas embebido en tus pensamientos que pararte a ronronear junto a otro gato. Si acaso lo hicieses, sólo sería por puro interés propio: al fin y al cabo, todos precisamos de compañeros que amenicen nuestro viaje entre las viejas calles de la vida.

No obstante, la estancia junto a los demás apenas dura si no la requieres; y es por eso por lo que aceleras el ritmo y, tan cortésmente como acostumbras, te despides y continúas el camino sin cargas. Probablemente sea esta la razón por la que los que te rodean no suelen comprenderte. Pero a ti te importa bien poco -o al menos, parece hacerlo-: mientras puedas seguir disfrutando de tus caminatas bajo la luna empedrada, el aprecio de otros, dices, no te robará vida.

Si te soy sincera, nunca he creído, aunque sí entendido, tu particular visión del mundo. En realidad, el pragmatismo es una buena manera de dejar de convivir con el sufrimiento y aprovechar con intensidad cada minuto. Haces lo que crees que te conviene, partiendo en todo momento del amor propio y del egoísmo natural que, según tú, es capital para no perder el tiempo enclavándonos en el pasado.

Al principio no te comprendía. Me enzarzaba en absurdas discusiones contigo sin entender que tu filosofía de vida estaba muy marcada, al igual que la mía, y que lo más provechoso sería intentar compartir puntos de vista y aceptar algunos consejos del uno y del otro.

Aprendí, y sigo aprendiendo, mucho de ti. Me estás enseñando a dejar de apoltronarme, de acongojarme sin justificación y de sollozar por lo que quedó atrás y demostró que no estaba hecho para mí. Pero aún así nunca sabré retirarme como lo haces tú: con elegancia y discreción, compartiendo instantes con otros a los que regalas sonrisas para después desaparecer porque tienes mejores cosas que hacer al día siguiente. Anoche decidí que, esta vez, tú tendrías que aceptar mi consejo. "Sigue tu senda", te dije, "pero sin dañar a los demás. La mayoría de las personas no asimilan tu carácter ni que la soledad sea tu copiloto en el camino".

Sin embargo, la mejor lección por mi parte ha venido de la mano de los hechos. Quizá se te había olvidado, pero tras estos meses tu abrazo ha sido como el de un niño dulce y enmadrado que necesitaba recuperar el calor de su casa. No sé si soy yo la más adecuada para etiquetarme como acogedora, pero lo cierto es que fuimos un hogar mutuo durante esas semanas de sol asfixiante: unos días en los que, por mucho que nos escociese el calor, la lluvia se empeñaba en mojar nuestras almas.

Fueron unos momentos en los que la tristeza mostraba su rostro más amable y nos recompensaba por las horas de sueño perdidas y la infelicidad injustificada. Cada gesto no tenía por qué tener sentido: sólo era una muestra de cercanía y de apoyo mutuo que, a pesar de tu filosofía tan voceada, esa vez no surtió efecto. No necesitabas razones para pasear conmigo a la orilla del río y dejar que el reloj corriese entre carcajadas. Tan sólo te hacía falta un motivo para creer en la amistad.

Y así has vuelto: tan superficialmente descreído como siempre, pero añorante de gestos y palabras cómplices. Tus azules ojos de gato ya no lucen como siempre, sino que, al conversar, los he visto relucir más de la cuenta; y he creído adivinar que, bajo tu habitual sonrisa educada, había una satisfacción implícita que indicaba lo que querías comprobar desde hacía tiempo: que los amigos reales, aunque escasos, existen y mantienen su esencia cuando vuelven a encontrarse.

Lo mejor de todo es que tu calidez sigue siendo la misma; aunque esté a merced de la luna de invierno.

Reflexionando...

La amistad no tiene un valor de supervivencia, sino más bien es una de las cosas que da valor a la supervivencia.

C.S. Lewis

jueves, 2 de diciembre de 2010

La bofetada


Olvidarte no es cuestión de cerrar los ojos.
Ya era bien entrada la mañana cuando despertó de un sobresalto. La habitación dormitaba en la penumbra, y los fuertes rayos de sol no lograban traspasar ni una de las rendijas de la anticuada persiana.

El cansancio le había sentado mal: la melena revuelta, las sábanas arrugadas, la mirada perdida. De ningún modo había sido una buena noche.

Habían sido diez horas de relajación física, pero en las que la mente había borbotado como no lo había hecho desde hacía días. El anhelo de apartar de ella todo antojo de tristeza durante la vigilia había desembocado en una larga, dolorosa y onírica jornada a través de calles desconocidas.

Con toda probabilidad, nunca había viajado tantas horas como lo había hecho durante aquella larga noche de invierno. Había tomado trenes, autobuses y caminado enormes trechos; había recorrido una ciudad amenazante y arisca, repleta de muchedumbres que avanzaban a su propio ritmo y a las que les importaba bien poco lo perdida que se hallase. Lo curioso es que en este terreno hostil se había cruzado con personas capitales en su vida, que le habían aconsejado que desistiera de perder el tiempo junto a él.

Mas ella los ignoraba con acritud: estaba convencida de que su corazón estaba a su lado, y avanzaba, resuelta, buscándole entre las masas. En realidad se habían citado en algún punto de ese hábitat enigmático,a pesar de que él parecía prestar poca atención a dicho encuentro. Se encontraban casualmente uno junto al otro, pero él volvía a internarse entre la gente. Ella, aun perdiéndolo de vista, continuaba su camino, deseosa de volver a ver de nuevo aquellos ojos de avellana y esa sonrisa de niño pícaro que tanto le apaciguaba el alma.

Llegado algún punto, logró abarcarle en un espacio cerrado. Ella era consciente de que la escena no podía ser real: estaba frente a él, y de ninguna manera esto se podría haber producido con tanta facilidad en la vida corriente. Además, él la miraba; sí que es cierto que con los ojos entornados, quizá eludiendo el contacto visual directo. Pero su posición era firme, y nada había de huída en su pose.

Tras haber mediado palabras superfluas, que correspondían con la idea previa con la que había acudido a su encuentro, una rabia incontenible se apoderó de su cuerpo. Ascendía como una marabunta a lo largo de sus venas y no lograba tomar el control de ella. De hecho, ni siquiera quería: ya no le quedaban más formas de expresar su desazón. Levantando el brazo derecho, le propinó una sonora bofetada en la mejilla. No reverberó: el sonido era opaco, contundente.

No era suficiente: las punzadas del corazón no remitían. El desahogo fue en ascenso: su fuerza era como un torrente. Bofetada tras bofetada, puntapié tras puntapié, la tristeza era mayor que cuando la pelea había comenzado. De hecho, no existía tal pelea: él se dejaba hacer. Asustado, se encogía y cerraba los párpados para recibir el siguiente escarmiento, pero no cejaba en su empeño. Su opinión no cambiaba en absoluto a pesar del enfrentamiento físico. "No te quiero. Nunca te he querido", murmuraba entre dientes, a pesar de que eso acrecentase la ira de ella.

Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que los golpes le procuraban mucho más dolor a ella. Las manos escocían; el corazón destilaba litros de amargura. Por el contrario, él permanecía imcólume, sin restos de llagas o moratones. Este episodio no le dejaría cicatrices; acaso algún que otro recuerdo. Pero los estigmas sí que nacerían en las palmas de ella.

Llegado este momento, abrió los ojos como un resorte. Las manos lucían mortecinas, el cuerpo entumecido. Efectivamente, nada de aquello había sucedido realmente; pero se encontraba tan agotada como si aquellos golpes hubiesen sido ciertos. Emitiendo un suspiro de alivio, se arrastró por la casa de manera automática, todavía rumiando los porqués de aquel incidente onírico.

Entonces lo comprendió todo. Por mucho que se esforzase en abrir su pecho y mostrarle el corazón enllagado, él no se turbaría un ápice. Por mucho que le regalase un río de palabras sinceras, él no se acabaría empapando. Por mucho que le abofetease para que bajase a la tierra, él no reaccionaría. La razón era muy simple: el terreno que ambos pisaban no era el mismo. Él ya tenía los pies en el suelo, pero en un universo distinto. Por eso, era inútil tratar de atraerle al suyo si él no quería despegarse del suelo por el que había caminado hasta entonces.

Sólo el amor más puro y verdadero nos hace levitar y conocer nuevos parajes; escenarios en los que creíamos que nunca íbamos a entrar.

Pero ellos vivían en mundos distintos.

Reflexionando...

Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección.
Antoine de Saint-Exupery