domingo, 17 de octubre de 2010

El ascenso


Reducir la velocidad nos ayuda a comprender mejor lo que nos rodea.
Hoy es el día. En esta reluciente jornada de otoño, las posibilidades de lo que podría haber sucedido me resultan infinitas. Las mentes como las mías, emocionales y sistemáticas al mismo tiempo, suelen preguntarse los por qués de todo, aventurando qué podría haber ocurrido en el caso de que cierto factor no hubiera operado de determinada manera para desencadenar repercusiones fatales.

Tanta enredadera mental nunca lleva a buen puerto si no sabemos pararnos un instante a contemplar nuestras circunstancias. : hoy podría haber estado abrazando a las que eran, con seguridad, dos de las más importantes personas de mi vida. Podría haber sonreído de emoción en nuestro día, y atesorar cada segundo junto a ellas en la memoria. Habría sido un día de los que se rodean con un círculo rojo en el calendario. Pero esa era mi vida de entonces.

Por ello, hoy es también el día en el que he logrado dilucidar en qué punto de mi camino me hallo. Se suele comparar la vida con una montaña rusa que, con sus ascensos y caídas, nos adentra en momentos de éxtasis absoluto, que nos arrancan carcajadas y nos hacen flotar soltando las manos en el aire para sentir con más intensidad. También se puede afirmar que dicha montaña rusa nos lleva por sendas rígidas y confusas, en las que, con el cuello tirando y los brazos tensados, tratamos de mantener nuestras esperanzas vivas a pesar de que el camino que se avecina parezca tortuoso.

Tú fuiste una caída en picado. Al igual que en las atracciones más potentes, provocaste un descenso sin previo aviso: precipitado, confuso, doloroso. De los que dejan sin aliento y nublan la vista, hasta que llegamos a asimilar qué ha ocurrido y dónde hemos llegado a parar.

Una vez que desprendemos nuestras uñas de la barra de seguridad, hincadas en ella hasta dejar marcas, llegamos a entender las cicatrices que nos han quedado. Se trata de estigmas profundos, que quizá nunca desaparezcan de nuestra piel y nos recuerden, durante el resto de nuestro largo trayecto, las incomodidades que sufrimos y el terror que experimentamos cuando, coronando la atracción, contemplamos con pavor la enorme bajada que se avecinaba.

Sin embargo, no podemos permanecer quietos eternamente observando nuestras heridas. Poco a poco, vamos haciéndonos la composición de lugar, para percatarnos de cuál es la situación y altura a la que se sitúa el vagón en el que viajamos. Han transcurrido semanas en las que, casi sin ver, oír y sentir, me he mantenido en una planicie apática y yerma, hasta el punto de que no me importaba si me volvían a lanzar al vacío. De hecho, lo anhelaba: prefería caer en picado, acaso sin cinturón de seguridad, para que mi corazón despertase de súbito y volviera a sentir algo que lo sacudiera.

Tal automutilación no podía durar demasiado tiempo: llega un instante en el que, observando con cierta resignación y nostalgia lo que dejamos atrás, consideramos que deberíamos estar mejor preparados para el siguiente descenso, conscientes de que, a diferencia de las montañas rusas reales, ésta no efectúa segundos viajes.

Las reacciones ante este hecho pueden ser variadas, pero la más común consiste en abrocharse el cinturón de seguridad, ajustar la barra delantera y sentarnos en un completo ángulo recto para evitar males mayores. "No me volverá a pasar", sentenciamos.

Pero la rigidez no puede eternizarse pues, al fin y al cabo, somos hombres que, con sus debilidades, se amilanan al toparse de nuevo con la belleza. A pesar de que nos esforcemos en centrarnos en la rectitud de nuestra vía, siempre llegarán curvas que nos hagan movernos y, probablemente, nos pongan del revés para recordarnos que la complejidad de la existencia es absoluta y, por esta misma razón, emocionante.

Es en estas circunstancias cuando, con los músculos ligeramente relajados y bajo la premisa de ser razonablemente cauta, saltaste de un golpe en mi asiento y me agarraste de la cintura. Mi primera reacción fue de extrañeza: ¿acaso iba a mejorar esto mi viaje o me despistaría, provocándome un coscorrón en la siguiente bajada? Pero, como en todo encuentro que se precie, el conocimiento mutuo es la mejor arma para disipar dudas.

Así es cómo descubrí que, a diferencia del sentimiento por él, que embestía mi alma y mis sentidos con una fuerza arrolladora, destrozándolos cada vez que les asestaba un golpe, tú sabías arrullar mi corazón para despertarlo con suavidad. Bostezando, levantó las pestañas y recibió a un nuevo dueño que sabía hacerlo latir, despacio y con calma, de nuevo. La paciencia y la comprensión han sido dos medicinas clave en la recuperación de un órgano que, lejos haber sanado totalmente, va saliendo de su convalecencia con la sonrisa del que sabe que las esperas siempre son -tarde o temprano- recompensadas.

Tú me has enseñado que, probablemente, las casualidades no existan. Predecir el futuro de nuestras almas sería quizá excesivo: somos simples humanos y el sino, si es que así lo estima, permitirá que permanezcamos sincronizados como hasta ahora. O quizá sitúe un obstáculo en la montaña rusa y nuestros caminos se bifurquen.

Que esto ocurra así está en nuestras manos: siempre me ha gustado tenderle trampas al destino.

Y agarrarme fuerte a ti, en el fondo, no es muy complicado.

Reflexionando...

Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal.
Madre Teresa de Calcuta