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domingo, 9 de octubre de 2011

366

No voy a contar más los días. Sentir no es cosa de números. Ni lo será más para mí.
Nunca he sido una persona optimista. Pero sí alegre. Alegre de las que sonríen al conductor del autobús, de las que preguntan qué tal está a un desconocido o ponen caras a un bebé. Alegre de las que, aun tristes, hacen humor negro de sus desgracias. Alegre de las que, pese a sacar las lágrimas al aire, sueltan su chiste más tonto para matar de risa a una amiga triste. Alegre de las que siempre dicen que todo irá mejor al otro, aunque quizá no se crean ese consejo para ellas mismas.

Dicen que el pesimismo puede ser patológico pero no lo tengo tan claro. Porque en estos últimos meses me ha salido mejor la factura cuando le sacaba punta a las desgracias. Porque, después del llanto, reírse de uno mismo, y también del otro, ayuda mucho. Y porque, aunque los optimistas de nacimiento saquen de quicio de vez en cuando, la felicidad depende mucho de las ganas que tengas de lograrla.

¿Y sabes qué? A veces también sé aplicarme lo del vaso medio lleno. Aquellos días fueron de los mejores de mi corta vida. Sonreí hasta más no poder, lloré de gozo, canté, besé, abracé. Di lo mejor de mí. Y una nunca me arrepentiré de haberlo hecho.

Cuando todo se esfuma, duele. Todos preferimos el cariño a la angustia. Todos echamos de menos. Todos sentimos ese vacío que hace eco. Y los recuerdos retumban. Vuelven aquellas imágenes: cercanas a un ideal, casi de película. En ese momento, parece que lo mejor es llorarlas y almacenarlas en una cajita; para que, cuando el corazón esté hasta los topes y saciado de cariño, podamos abrirlas sin dolor. Ya estará todo limpio y brillante; la recuperación habrá sido un éxito.

Por eso no dejaré de celebrar este duelo. Pero con la convicción de que después de sufrir, hay que reírse de la tristeza. Y esperar pacientemente, sin prisa por cumplir ningún plazo. Disfrutando del paisaje y, en cuanto pueda, vistiéndome otra vez con una sonrisa. Al fin y al cabo, no hay nadie a quien no le gusten.

Reflexionando...
La tristeza es un don del cielo, el pesimismo es una enfermedad del espíritu.
Amado Nervo



domingo, 28 de agosto de 2011

Si pudiera...


Lo bueno de crecer es que estás preparado para otro golpe. Lo malo, que pierdes la ilusión.
Quiero ser niña otra vez. Trepar por el sofá, arrastrarme con un juguete en la mano, dar conciertos a mis peluches. Modelar un mundo perfecto en el que nada pueda salir mal. En el que todo tenga un final feliz.

Pero como esperar un retroceso en el tiempo sería demasiado lunático, me conformaría con ser un poquito adolescente de nuevo. Que los latidos se me atragantaran, que el pecho me vibrase con cada esperanza, que el futuro fuese todavía muy incierto. Que pensara que he encontrado al amor de mi vida. Que creyera que eso existe.

Creí tantas veces que lo tenía frente a mí que exprimí mi corazón hasta dejarlo seco. Me afané en agotar todos los besos que tenía. Quise dar todo, y me quedé sin nada. Y ahora no sé cuánto tardará en regenerarse la ilusión.

Lo difícil es encontrar el equilibrio: albergar un escepticismo razonable, cubierto de un velo de ganas de comerse el mundo. Aún es muy pronto para dejar de creer. Me caí de un barco, y aún me ahogo por la última aguadilla.

Pero que todavía sienta punzadas en el corazón es buena señal.


Reflexionando...
El hombre que no ha amado apasionadamente ignora la mitad más hermosa de su vida
Stendhal





martes, 19 de julio de 2011

El jarrón caído

La confianza es tan frágil como el cristal más fino.

Querida amiga,

Te lo contaré con franqueza. Éste es el momento más crítico para demostrar la verdadera amistad. Asegurarás que soy dura, cruda e injusta; pero la realidad y la vida nunca dan tregua.

Desde hace muchos meses soy una escéptica. Por eso siento en el alma no creerte. Tú has hecho todo lo posible por transmitirme confianza, pero la ballesta ya se ha lanzado. Y aunque hayas tratado de ralentizar la trayectoria, me ha dado directamente en el pecho. Ahora está blando y vuelve a sangrar como lo hizo en aquel frío noviembre.

No te quiero perder, pero sé que, como persona inteligente que eres, eres consciente de que no puedo tenerte cerca en estas circunstancias. De que cada momento a tu lado me recordará una y otra vez a él. Y que, aun tratando de comprenderte, nunca podré asumir que le hayas escogido frente a mí.

Cuando todo acabó, una parte de mí se fue con él, y recomponerla no me está resultando fácil. Asumir los finales es parte de la madurez, y si fuese otra persona tendría que aprender a soportarlo. Pero odiar y recelar de la que ha sido mi mejor amiga es mucho más difícil. Y, especialmente, intentar comprender que alguien que ha visto todo mi sufrimiento ahora se tape los ojos ante él.

Créeme: entiendo también tu sufrimiento, y me pongo en tu piel. Es complicado entrar en los zapatos del otro y ver todo desde sus ojos. Pero tú también has de comprender que, de seguir esto adelante, puede que nunca más seamos las mismas. Habrá habido una traición de por medio. Y cuando pase el tiempo y él sólo sea una mera anécdota, llegarás a comprender esto en su verdadera magnitud.

Para mí, lo que ocurra -o esté, de hecho, ocurriendo- es algo pasajero. Es algo personal que yo no puedo determinar, pero pondría mi mano en llamas si fallara mi vaticinio. Te conozco lo suficiente como para saber que esto no tiene vocación de futuro. Y que en ningún momento podrá darte una felicidad duradera. Sólo un simple idilio hedonista que aprobaría si no fuese porque hay mucho dolor de por medio.

Nunca podré prohibirte nada, porque la amistad es algo libre. Pero necesito avanzar un tiempo sin tu apoyo. Necesito también recomponerme para sacar fuerzas y arreglar este destrozo. Mi carga ya es demasiado pesada.

Te quiere,
Marta

PD: Todo esto demuestra que, aun con todo, el verdadero amor se mantiene aunque no sea correspondido. Y creo que tú también sabes de eso.

Escuchando... White Blank Page, Mumford and Sons



lunes, 4 de julio de 2011

Reincidencia

Me hacen falta contrapesos.

Cómo son las cosas. Cuando crees que la balanza se empieza a equilibrar, una pisada casual pone todo patas arriba. Habías organizado todo a la perfección: un peso aquí y otro al lado opuesto, las bases idénticas, el material resistente. El dolor repartido para sobrellevarlo.

Y entonces un tropezón y las heridas sangrando de nuevo. La caída siempre es más dura cuando se reincide. Te arrastras por el suelo aprendida, y aplicando las moralejas previas para levantarte antes, pero los rasguños no son esquivables. Más o menos hondas, las llagas del pasado se reabren y escuecen otra vez. Son partes del corazón todavía débiles e indefensas, que precisan de reposo antes de volver a exponerse a tales golpes.

Sería de inocentes creer que esto es evitable. Nadie dijo que sentir fuera justo, y mucho menos que las personas lo fuesen. Normalmente la única solución es reforzar la piel y estar alerta. Esperar que, en la próxima caída, el alma haya creado una coraza más resistente, más inmune a los recuerdos, a las noticias o a las simples menciones.

Por fortuna, las cargas casi nunca se llevan en soledad. Por detrás surgen manos que recolocan los pesos, que ayudan a alzar lo que se ha caído al suelo y que refuerzan los músculos para continuar.

Pero las llagas sólo son mías.


Reflexionando...

No se puede olvidar el tiempo más que sirviéndose de él.

Charles Baudelaire

viernes, 31 de diciembre de 2010

Nuevos rumbos



Las mejores críticas suelen provenir de nosotros mismos.

Lucía una mañana tibia. El mar se extendía pacíficamente ante sus ojos, con sus suaves accidentes acuáticos que subían y bajaban en un devenir incesante. Ella ya se había dado cuenta de que la rutina de la naturaleza se detenía bien poco: por mucho que sucediese tierra adentro o en el interior de los barcos, la vida ahí fuera seguía su curso imperturbable.

Los rayos de sol procuraban un agradable picor en su piel cuando comenzó a pensar que ya era hora de poner punto y final a tanto descorazonamiento. Era el momento de abrir las puertas del camarote, empacar recuerdos para guardarlos en su justo lugar y desempolvar sus objetos más relucientes, que tanto tiempo había dejado apartados en una esquina.

La estancia no tenía demasiado buen aspecto, si bien es cierto que, en las últimas semanas, había terminado con la higiene superficial y reordenado algunos enseres que pugnaban por caer entre tanto vaivén. Sin embargo, era el momento de iniciar una limpieza en profundidad. Una limpieza que sería lenta, trabajosa y probablemente algo dolorosa; pero que sin duda era necesaria.

La solución no era cuestión de planes. Es más: ella estaba convencida de que no había soluciones rígidas al devenir al que estaba sometida su estancia. Al fin y al cabo, su corazón era como un camarote inmerso en un océano de subidas y bajadas de marea: ¿cómo podía planificar lo que sucedería a continuación? ¿Acaso sería lógico intentar anticiparse a los acontecimientos en un mundo tan amplio y flexible como aquél?

Desde luego que no. La respuesta estribaba en otro aspecto: la predisposición. A lo largo de aquel tiempo, había quedado claro que era muy distinto afrontar un maremoto con mentalidad catastrófica a hacerlo con una, aunque pequeña, sonrisa.

"Ser optimista no es fácil", se dijo, "especialmente cuando te han enseñado a no serlo". Durante aquellos nuevos doce meses de viaje, no se había topado con demasiados océanos calmados. Podía afirmar, con total seguridad, que había sido uno de los peores años de su vida dentro de aquella vorágine: muchos de sus compañeros a los remos servían más a los piratas que a su navío; su salud la traicionaba ante las largas jornadas de presión en la mar; y su más fiel compañero junto al timón se había dejado embelesar por los cantos de las sirenas, saltado al agua y abandonado a su suerte en un terreno en el que, sin su apoyo, se sentía más desprotegida que nunca.

Y cuando todo parecía empezar a apaciguarse, una inesperada visita extranjera revolucionó su vida a bordo, puso todo felizmente de pies a cabeza y se marchó sin consolidar el nuevo estado de cosas. Así, cual infeliz capitana, ella seguía tirando de un timón que ya se le había resistido en más de una ocasión, temiendo que otro torbellino pusiese en juego la estabilidad de la embarcación. Todo mientras extrañaba a cada minuto a sus antiguos compañeros, que antaño le guardaban las espaldas ante el infortunio.

Ahora que se planteaba un nuevo orden, se percataba de que, aun habiendo sido tantos los desertores, unos pocos continuaban en la retaguardia. Todavía había una cuadrilla que, armada de los remos más pesados, daba impulso al barco en la parte inferior. También quedaban algunas compañeras que, con su energía habitual, izaban las velas procurando que la estructura mantuviese un cierto equilibrio y, si se pudiese, vigor.

Además, -y esto era lo más importante-, las decepciones habían provocado que no prestase atención a las nuevas incorporaciones. Eran pocas, pero algunas extremadamente fieles desde su entrada en la tripulación; y aunque le costase confiar en nuevos camaradas, esos pocos compañeros le ofrecían unos ánimos que no había tenido en cuenta hasta ese momento. Algunos se limitaban a palmearle la espalda cuando tiraba del timón, mientras que otros eran pródigos en caricias amistosas y palabras de aliento.

En cualquier caso, el barco no se hundía. Aunque los vendavales hubiesen azotado con toda su fiereza las velas y las hubiesen agujereado, algunos de los tripulantes se esmeraban en coserlas de nuevo con paciencia y en restaurar las astillas arrancadas para empezar de nuevo. Su embarcación seguía a flote, y la puerta de su camarote entreabierta, dudosa ante las posibilidades de mejora.

Lo idóneo sería que se hallase de par en par, amarrada con un taco y presta a recibir a quienquiera que quisiese traspasar la barrera hacia una habitación reluciente y acogedora, sin tan siquiera una mota de polvo. O puede que tan sólo unas rendijas estuviesen disponibles: lo justo para que los transeúntes pudiesen ver el desorden interior y, quizá, se aventurasen a golpearla con los nudillos. Pero, ante todo, había decidido que era fundamental procurar que la puerta de la estancia permaneciese siempre abierta.

Nunca se sabe quién puede asomarse por el quicio.

Reflexionando...
Un barco no debería navegar con una sola ancla, ni la vida con una sola esperanza.
Epicteto de Frigia

domingo, 17 de octubre de 2010

El ascenso


Reducir la velocidad nos ayuda a comprender mejor lo que nos rodea.
Hoy es el día. En esta reluciente jornada de otoño, las posibilidades de lo que podría haber sucedido me resultan infinitas. Las mentes como las mías, emocionales y sistemáticas al mismo tiempo, suelen preguntarse los por qués de todo, aventurando qué podría haber ocurrido en el caso de que cierto factor no hubiera operado de determinada manera para desencadenar repercusiones fatales.

Tanta enredadera mental nunca lleva a buen puerto si no sabemos pararnos un instante a contemplar nuestras circunstancias. : hoy podría haber estado abrazando a las que eran, con seguridad, dos de las más importantes personas de mi vida. Podría haber sonreído de emoción en nuestro día, y atesorar cada segundo junto a ellas en la memoria. Habría sido un día de los que se rodean con un círculo rojo en el calendario. Pero esa era mi vida de entonces.

Por ello, hoy es también el día en el que he logrado dilucidar en qué punto de mi camino me hallo. Se suele comparar la vida con una montaña rusa que, con sus ascensos y caídas, nos adentra en momentos de éxtasis absoluto, que nos arrancan carcajadas y nos hacen flotar soltando las manos en el aire para sentir con más intensidad. También se puede afirmar que dicha montaña rusa nos lleva por sendas rígidas y confusas, en las que, con el cuello tirando y los brazos tensados, tratamos de mantener nuestras esperanzas vivas a pesar de que el camino que se avecina parezca tortuoso.

Tú fuiste una caída en picado. Al igual que en las atracciones más potentes, provocaste un descenso sin previo aviso: precipitado, confuso, doloroso. De los que dejan sin aliento y nublan la vista, hasta que llegamos a asimilar qué ha ocurrido y dónde hemos llegado a parar.

Una vez que desprendemos nuestras uñas de la barra de seguridad, hincadas en ella hasta dejar marcas, llegamos a entender las cicatrices que nos han quedado. Se trata de estigmas profundos, que quizá nunca desaparezcan de nuestra piel y nos recuerden, durante el resto de nuestro largo trayecto, las incomodidades que sufrimos y el terror que experimentamos cuando, coronando la atracción, contemplamos con pavor la enorme bajada que se avecinaba.

Sin embargo, no podemos permanecer quietos eternamente observando nuestras heridas. Poco a poco, vamos haciéndonos la composición de lugar, para percatarnos de cuál es la situación y altura a la que se sitúa el vagón en el que viajamos. Han transcurrido semanas en las que, casi sin ver, oír y sentir, me he mantenido en una planicie apática y yerma, hasta el punto de que no me importaba si me volvían a lanzar al vacío. De hecho, lo anhelaba: prefería caer en picado, acaso sin cinturón de seguridad, para que mi corazón despertase de súbito y volviera a sentir algo que lo sacudiera.

Tal automutilación no podía durar demasiado tiempo: llega un instante en el que, observando con cierta resignación y nostalgia lo que dejamos atrás, consideramos que deberíamos estar mejor preparados para el siguiente descenso, conscientes de que, a diferencia de las montañas rusas reales, ésta no efectúa segundos viajes.

Las reacciones ante este hecho pueden ser variadas, pero la más común consiste en abrocharse el cinturón de seguridad, ajustar la barra delantera y sentarnos en un completo ángulo recto para evitar males mayores. "No me volverá a pasar", sentenciamos.

Pero la rigidez no puede eternizarse pues, al fin y al cabo, somos hombres que, con sus debilidades, se amilanan al toparse de nuevo con la belleza. A pesar de que nos esforcemos en centrarnos en la rectitud de nuestra vía, siempre llegarán curvas que nos hagan movernos y, probablemente, nos pongan del revés para recordarnos que la complejidad de la existencia es absoluta y, por esta misma razón, emocionante.

Es en estas circunstancias cuando, con los músculos ligeramente relajados y bajo la premisa de ser razonablemente cauta, saltaste de un golpe en mi asiento y me agarraste de la cintura. Mi primera reacción fue de extrañeza: ¿acaso iba a mejorar esto mi viaje o me despistaría, provocándome un coscorrón en la siguiente bajada? Pero, como en todo encuentro que se precie, el conocimiento mutuo es la mejor arma para disipar dudas.

Así es cómo descubrí que, a diferencia del sentimiento por él, que embestía mi alma y mis sentidos con una fuerza arrolladora, destrozándolos cada vez que les asestaba un golpe, tú sabías arrullar mi corazón para despertarlo con suavidad. Bostezando, levantó las pestañas y recibió a un nuevo dueño que sabía hacerlo latir, despacio y con calma, de nuevo. La paciencia y la comprensión han sido dos medicinas clave en la recuperación de un órgano que, lejos haber sanado totalmente, va saliendo de su convalecencia con la sonrisa del que sabe que las esperas siempre son -tarde o temprano- recompensadas.

Tú me has enseñado que, probablemente, las casualidades no existan. Predecir el futuro de nuestras almas sería quizá excesivo: somos simples humanos y el sino, si es que así lo estima, permitirá que permanezcamos sincronizados como hasta ahora. O quizá sitúe un obstáculo en la montaña rusa y nuestros caminos se bifurquen.

Que esto ocurra así está en nuestras manos: siempre me ha gustado tenderle trampas al destino.

Y agarrarme fuerte a ti, en el fondo, no es muy complicado.

Reflexionando...

Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal.
Madre Teresa de Calcuta

viernes, 13 de agosto de 2010

Cegueras



El amor se desvirtúa a falta de un sentido.


Hasta hace muy poco tiempo, siempre había creído en los flechazos. Fantaseaba con la posibilidad de hallar a alguien puro y verdadero, y de poseer, súbitamente, la certeza de que nos pertenecíamos el uno al otro con apenas una lenta mirada, tan real como la materia más palpable.

Pero pasé por alto un detalle crucial: que no se puede mirar sin tener los ojos preparados para ello. Y que las emociones no sólo nos oprimen el pecho o nos provocan temblores, sino que también clarifican la mente.

Sin raciocinio, el amor no existe como tal. La pasión desenfrenada y las necesidades acuciantes conducen a sentimientos poco premeditados, y éstos llevan a una pérdida de los sentidos. No podemos percibir el mundo como realmente se nos presenta, porque no disponemos del tiempo -o eso creemos- ni de los mecanismos adecuados para ello.

Así, perdidos como nos encontramos, creemos ver la luz en alguien que en realidad nos ciega, sin ser consciente de que sin luz propia no podemos comportarnos tal cual somos en realidad.

Tan desesperados nos sentimos que nos aferramos a opciones de felicidad que, de haber estado en posesión completa de nuestras facultades, habrían sido descartadas o habrían requerido mucha más dedicación.

Y, de esta manera, avanzamos velozmente, con las uñas hincadas en el brazo de nuestro salvador, plenamente convencidos de que tal guía nos va a ayudar a recuperar la vista; cuando sólo empeora el síndrome, puesto que no deja que hallemos nuestro propio camino -aunque sea en las tinieblas-.

Pero de la misma manera que no podemos observar algo que no conocemos lo suficiente con una mirada científica, tampoco podemos mirar con ojos heridos al que creemos es el gran descubrimiento de nuestra vida, y llega un instante en el que el brazo se suelta y quedamos desamparados en la oscuridad de nuestra invidencia.

Una vez me dijeron que las dificultades nos transforman: dejamos de ser fieles a nosotros mismos para abandonarnos a la ceguera.

Lo más doloroso no es el propio impacto, sino la rehabilitación; pues conforme vamos recuperando la vista caemos en la cuenta de que nos hemos traicionado y de que nuestros ojos escuecen ahora con más intensidad que nunca.

La recuperación puede darse de inmediato si somos afortunados; pero en otras ocasiones la invidencia se ha reforzado tanto que hay que marchar, pasito a pasito, para volver a ver el mundo con ojos nuevos. Y lo que es peor: tenemos que hacerlo en soledad.

Es entonces cuando nos falta un buen bastón, y desearíamos no haber tirado todo por la borda por una ceguera transitoria: nuestra vista, nuestro amor propio, nuestras convicciones; nuestras bases.

Y, a falta de bases, sólo queda un camino: el que tenemos por delante y debemos -también podemos- caminar solos hasta que, una vez curados los estigmas, recobremos todos y cada uno de nuestros cinco sentidos para, ahora sí, volver a amar otra vez.

Reflexionando...

Deberíamos usar el pasado como trampolín y no como sofá.
Harold McMillan

lunes, 15 de febrero de 2010

Dulce exceso


Atiborrarse amarga el sabor de lo más dulce.
No me percaté, pero lo hice.

Llegué, cual niña ansiosa, e introduje los dedos ávidamente en el tarro de las galletas. Comí, bocado a bocado, mordisco a mordisco; muchas veces sin siquiera degustar su sabor. Y así fue como sucedió: hinchada, no podía dejar pasar ni una esponjosa porción más. ¡Cuánto me hubiera gustado hacerlo! Pero era incapaz: mi estómago pedía descanso.

Me empaché de él. Me empaché con tanta furia y ganas que, cuando le hube engullido, no pude sino pararme a pensar qué hacer en siguiente lugar.

Sin embargo, estaba curada de espanto: ya me había atiborrado en más de una ocasión. Había merendado demasiada cantidad de mis golosinas preferidas, para después recogerlas en un cajón el tiempo suficiente como para que volviesen a gustarme. A veces, el empacho era necesario. Si me olvidaba de la moderación, un tiempo lejos del azúcar bastaba para percatarme de lo que me hacía falta, y así volver a él con la intención de no sobrepasarme.

Parecía que esta era la solución idónea. A pesar de esto, a nadie le gusta apartarse de sus golosinas; menos todavía de su dulce predilecto, el que le alegra el día y le enfunda esa sonrisa en la cara que incita a preguntar si has comido chocolate.

Pero esta vez hace falta.

Quiero prescindir de él. Voluntariamente, salvar distancias con la tentación, y reprimir las ganas de hincarle el diente. Estoy más que convencida de que me costará sudor y lágrimas. De que, aunque a veces me hastíe de él -y él de mí-, no estoy en absoluto habituada a pasar sin mi nutriente fundamental sin el cual no puedo subsistir.

Soportar la situación durante un breve lapso de tiempo será suficiente. Apenas un soplo de aire solitario, lo justo como para que, a la vuelta, ya no haya aversión alguna ante el recuerdo del empacho.

Será entonces cuando tome el dulce entre mis manos y me pregunte cómo he podido vivir sin él, sin arrepentirme de haberme atiborrado para caer en la cuenta de lo que le necesito.

Y así volveré a paladear mi dulcísima golosina.

Reflexionando...
Purifica tu corazón antes de permitir que el amor se asiente en él, ya que la miel más dulce se agria en un vaso sucio.
Pitágoras de Samos

lunes, 18 de enero de 2010

Corazón contaminado

Sé que esto no es sano, pero me gusta contaminarme.
Humo. Una cortina, espesa y putrefacta, reduce mi mente a polución. Casi siempre
logro recordar muchas escenas con perfecta nitidez, evocando detalles, palabras y hasta el más mínimo gesto. Pero hoy no. Hoy la escena ha tenido tanto de
desconsiderada que mi mente se niega a iniciar evocación alguna. No quiere
recordar. No desea volver a ese lugar, a ese tiempo -muy próximo, por lo que, de
hecho, le resultaría sencillo hacerlo-, por vergüenza. Está avergonzada de sí
misma, pues ha dejado que su dueña pronuncie, probablemente, las frases más
plagadas de ira, egoísmo y envidia de su vida.

Me da la sensación de que a mi mente no le avergüenza ser egoísta en sí. Siempre hay instantes en los que pensamos en nosotros mismos, y no sólo de manera objetiva, sino de modo subjetivo: sintiéndonos orgullosos de nuestras pequeñas proezas, alabando nuestro esfuerzo, copándonos de fuerza interior para convencernos a nosotros mismos de que nos merecemos lo mejor por el simple hecho de aspirar a ello.

Y es que eso no está mal. "Quiérete a ti mismo", dicen, lo cual encierra una verdad absoluta. Sin embargo -como todo-, el egoísmo presenta unos límites; unos límites que, como con otras muchas cosas, se pueden traspasar fácilmente y dar lugar a excesos. Y ese ha sido el problema, y la base de que mi mente, y por descontado yo misma, nos neguemos a recordar, cerremos nuestras puertas ante lo evidente: nos hemos contaminado.

Si acaso la contaminación fuese sólo propia, "allá yo", podría pensar; pero ese no es el caso. El caso es que he consentido que todas esas sustancias nocivas se traspasasen a él. He permitido, con todo el cinismo que tenía a mano, transmitirle frustración y la más estúpida de las envidias. Pero aún hay algo más vergonzoso: él no es cualquiera, es aquel al que debo más. Podría extraer de sus bolsillos una hoja alargada y comenzar a contabilizar mis deudas con su persona; y estoy segura de que no podría saldar ni una cuarta parte de ellas.

¡Cuántas veces lo he pensado! El amor entronca con la confianza, y la confianza supone confiar, comprender y compartir. El mayor enemigo del compartir es la pura envidia y, sobre todo, el egoísmo ciego. Este razonamiento, guiado por la lógica más primitiva, da por sentado que no hay amor. Porque lo parece y -sin duda-, él podría pensar algo así; lo que nos conduce a otro peligroso límite, que provocaría que cada uno marchase por su lado.

En palabras del maestro, cada vez hay más tú, más yo, y ni rastro de nosotros. Por eso, temo. Temo porque todos mis egoístas anhelos continúen cegándome, lo que resultaría fatídico para los dos. Y es que hasta a este hecho se le puede aplicar el egoísmo. Ojalá, si es que mi yo egoísta continúa en auge, sea para bien: para rogarte que te quedes conmigo por mi propia salud, por mi felicidad individual.

Ayúdame a curarme de esta afección.

Reflexionando...

Una demostración de envidia es un insulto a uno mismo.
Yevgeny Yevtushenko

sábado, 9 de enero de 2010

El muro de seguridad


Eres el arquitecto de mi corazón.
Sin preámbulos e invadido por la franqueza. Directo al grano. Sin decoraciones lingüísticas. "Me siento inservible", me dijiste. Pero apenas podía dar crédito a lo que estaba escuchando.
Puede que la causa de todo esto sea la infinita humildad que reservas para aquellos que verdaderamente aprecias. A diferencia de cualquier otro, el que se siente amado por ti sabe que siempre vas a creer que tu esfuerzo no ha sido suficiente; que apenas te has comprometido con su causa; y que, en definitiva, no eres merecedor de ningún título.
Sin embargo, en mi caso te lo has ganado sobradamente. Comenzaste como un simple peón de obra: colocabas, uno a uno, los ladrillos que necesitaba para levantar un muro de seguridad que me protegiese, de alguna manera, de cada pequeño aluvión de miedos que pudiese asestarme golpes. No hizo falta mucho tiempo para darme cuenta de que prometías: tu esmero al colocar cada una de las piezas no pasó inadvertido, y lo recompensé con creces. Y es que entre los cientos de construcciones de muros que se daban alrededor de ti, habías elegido la mía, y te habías entregado a ella de una manera muy peculiar.

Ascendiste. Peldaño a peldaño, fuiste construyendo mi muro de seguridad para alcanzar categorías más altas. Y, sin siquiera percatarte de todo ello, te convertiste en el líder del proyecto, y lo más curioso es que todavía no admites tu mérito. Continúas empecinado en pensar que eres un mero peón, cuando organizas mi seguridad. Sin tu labor, todo se derrumbaría, dejándome desnuda e indefensa ante las crueles amenazas que todavía contemplo como una niña.

Y es que tú me haces fuerte. Tú me ayudas a aprender a levantar el rostro y encarar cada amenaza. Y aunque estés convencido de que me como el mundo por mí misma, en el fondo eres consciente de que sin ti dar cada bocado se haría más duro. Porque hincarle el diente a la vida es más fácil si tú me vigilas desde lejos, aunque infravalores esa especie de tarea.

Ambos apostamos. El uno por el otro. Había condiciones, y tú las has cumplido. Aunque ya no haga falta ningún contrato: lo que construíste es tu casa. Te la regalé pasadas ya unas cuantas hojas del calendario.

Porque quiero que sigas salvaguardando mi muro.

Reflexionando...

Todos los problemas tienen la misma raíz: el miedo, que desaparece gracias al amor; pero el amor nos da miedo.
Anónimo

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Movimiento en potencia


Te besaría de no ser porque estoy enfadada.
Parece predecible. Pero no lo es.

Es inusitado que, creyendo haber alcanzado su fondo, continúe dándome sorpresas. Todavía pienso ese "Qué curioso". Porque él es mucho más -demasiado más- de lo que a simple vista sugiere.

Cuando alcanzamos un conocimiento hondo, ese culmen de la sabiduría recíproca, creemos saberlo todo de alguien. Mas no nos damos cuenta de que, para que todo avance, tienen que seguir sorprendiéndonos dulcemente en la rutina de las reacciones. Hoy él lo ha hecho.

Apenas he sido consciente de ello hasta que no me estaba alejando de él, a paso firme, bajo los indicios nacientes de un suave chaparrón. Habíamos recorrido un trecho contradictorio juntos, en el que las bromas se entremezclaban con reproches en una tenue discusión provocada por cierto asunto. El asunto era lo que menos importaba, en realidad: estábamos tan inmersos en tal dulce disputa que el motivo cada vez se iba disipando más. Daba la impresión de que hacíamos aquello sólo como diversión, y al mismo tiempo como desahogo.

La clave del juego, al que tantas veces ya había jugado, era sencilla: se trataba de intercambiar miradas furtivas, combinar la seriedad con la ironía, y al mismo tiempo tragarse las sonrisas ante chistes absurdos, que irremediablemente arrancaban mohínes divertidos bajo la advertencia: "Aunque me ría, sigo molesta". Eso por mi parte, pues él se suele saltar un poco más las reglas. Su principal pretensión consiste en hacerme estallar de risa tras una retahíla de números absurdos y sin fundamento, que acaban provocando que me maraville ante todo lo que en él queda de un niño.

No obstante, hoy ha llegado un momento en el que el juego se ha interrumpido. Cuando, a lo lejos, se ha avistado el autobús, él ha parecido quitarse su atuendo circense y se ha convertido en algo así como un adulto. Se supone que es lo que yo reclamaba, con mis "¿Vas a tomarte en serio lo que te digo?". En efecto: así lo ha hecho; pero, en el fondo, yo no quería que fuese tan radical. La radicalidad choca; y yo he chocado contra mí misma cuando he comenzado a caminar, separándome de él. Craso error, pues el otro siempre ha de sorprenderte en algún momento.

He ido ralentizando el ritmo de mis pasos por segundos, tratando de que se percatase de que, en realidad, anhelaba que viniera hacia mí, apresurado. Esperaba que me abrazase, o al menos que me tomase del hombro para que dejase de avanzar. Mas ha permanecido ahí parado. Anclado cual pilote, erguido, y observándome con fijeza. Sin sonrisa, sin mueca de resignación. Tan sólo serio.

Al arribar a las puertas del autobús, he dudado por un momento. Mis piernas me indicaban con insistencia que diese la vuelta en sentido contrario. Que regresase al lugar donde había dejado mi inquietud. Sin embargo, han permanecido clavadas en tierra, al igual que él: continuaba en el mismo punto donde se había parado, como si de una estatua pétrea se tratase. No he llegado a atisbar su expresión, aunque estoy segura de que su rostro continuaba ensombrecido bajo ese tono neutral tan extraño.

Ya sentada, y a través de las nacientes ráfagas de agua, apenas me he atrevido a mirar por la ventana. Si seguía en el mismo lugar, sin duda estaría mojándose, pero con idéntica expresión de seriedad. Si se había ido -lo más probable-, estaría meditabundo bajo la arreciante lluvia. Se alejaría en sentido contrario, abandonando ese punto en el que podríamos habernos dicho lo que queríamos, y habernos cubierto de besos urgentes. Pero quizá no habría ocurrido. A veces, él es impredecible; y las reglas del juego están para romperse.

Las gotas resbalaban por el vidrio, compitiendo unas con otras en una carrera por consumirse primero. Entonces me he arrepentido de haberme quedado en el movimiento en potencia.

Y es que lo que realmente deseaba era correr hacia él.

Reflexionando...

A menudo, los labios más urgentes, no tienen prisa dos besos después.

Joaquín Sabina

viernes, 9 de octubre de 2009

Juguete de plástico


Ni siquiera sé quién eres en realidad.
No lo recuerdo del todo bien. El día que me adquirió, tenía esa extraña mezcla de felicidad-tristeza en el cuerpo, la dicotomía que te provoca saber que a alguien le importas, pero que se encuentra demasiado lejos como para alcanzarle. Por entonces sólo era un amable comprador dispuesto a cuidarme, pero poco a poco se convirtió en mi completo dueño. Me mimaba, me consolaba, me adoraba, me hacía carantoñas. Era su juguetito y, ciertamente, no me molestaba serlo.

En esa época, todavía estaba saliendo de la caja, descubriendo el mundo exterior, cuando él se apropió de mí. Al principio, nada podía ser más perfecto que todo aquello, aunque tuviese sus inconvenientes, que en esos momentos no tenía en cuenta. "Nada puede cambiar, salvo que las cosas vayan a mejor", pensaba con total convicción.

Mas el cambio se produjo. La muñequita, desprotegida, sin sus antiguos muros de cartón, y amparada hipotéticamente por aquel extraño dueño del que apenas sabía nada en realidad, comenzó a exhalar el dióxido de carbono de su ira. Y de su posesividad. Y, por qué no, de sus mentiras. Pero, sin saber muy bien cómo, se había convertido en una dependiente, y apenas tenía fuerza para liberarse de su dueño.

"El amor ciega". Es preciso tiempo y experiencia para comprender tal afirmación y, aunque no sería correcto hacer gala de haber vivido y sentido tanto como para ser categórica, me da la sensación de que es cierto. El amor parece administrar unas dulces dosis de ceguera que, en pequeñas cantidades, pueden ser beneficiosas sin tender al abuso. Pero entonces había una sobredosis de amor mal administrado, y de ceguera cuasi crónica. Ceguera que tuvo sus repercusiones, y que quizá todavía no haya desaparecido totalmente, pues me niego a pensar que exista una persona tan cruel. Es más sencillo convencerse de su bondad, de que dentro sentía algo, pero que no lo canalizó nada bien, y culpar a otros factores por aquellos acontecimientos.

Lo más chocante fue que, poco a poco, fui cayendo en la cuenta de que aquel no era un dueño nada corriente. Era un dueño con grandes miras, un coleccionista de muñequitas.

Hace poco, una de sus antiguas coleccionadas, un juguete que ha dejado de serlo y que yo creía tan ajeno a mí, me hizo partícipe de la evidencia que tanto sospechaba. Éramos una mera diversión, y lo más frustrante de todo era que lograba que todas nos sintiésemos las más afortunadas del planeta. "Fue como una adicción, una droga. En mis días sólo salía el sol si él estaba presente. Una vez que has probado el cielo, dudo que quieras volver al infierno", dijo. A ambas nos costó nuestro esfuerzo, y el de los que estaban a nuestro alrededor, el pisar tierra firme.

Por un tiempo creí estar infinitamente alejada de ella, pero resultó que me encontraba a su lado y ni siquiera habría aventurado a imaginármelo. Habíamos vivido lo mismo. Habíamos sentido lo mismo. Habíamos sufrido lo mismo. Y todo lo había provocado la misma persona.

Habíamos sido sus juguetes de usar y tirar. Como muñequitas con corazón de petróleo.

Escuchando... Pulling Teeth, de Green Day



Is he ultra violent? Is he disturbed? I´d better told him that I loved him...

domingo, 4 de octubre de 2009

¿Imponer o tolerar?



Por más que indagaba, no hallaba respuesta.

En algunos momentos, se sentía una imperiosa generala. De sus labios brotaban unas rotundas palabras que se reforzaban con tono autoritario. Y, de repente, se producía una transformación. A pesar de su juventud, no podía evitar lagrimear y sentirse cual madre tremendamente preocupada por lo que hacía o dejaba de hacer su hijo. Pero la diferencia era que ella no era su madre.

En realidad, a ella no le gustaba protestar sobre los defectos de los demás, empezando porque lo que veía como defecto podía ser contemplado por otros como algo corriente y moliente, o incluso como una virtud. Sin embargo, en un momento de tensión, podía pretender ser lo más sincera del mundo y proclamar con fiereza que odiaba que hiciese aquello. "Me das vergüenza", llegaba a decir, arrepintiéndose al instante. No podía luchar contra sus principios, pero tampoco contra su inmensa adoración por él; y entonces, todo colisionaba: no sabía hacia qué extremo dirigirse, ni cómo hallar un argumento razonable que mediase en aquel conflicto de dos.

Él, como era natural, se defendía alegando que podía hacer lo que le placiese. Al fin y al cabo, aquello no le hacía ningún daño a ella y tenía que aceptarlo. Otros muchos también se lo habían recomendado en más de una ocasión: "Déjale, ya es mayorcito. Sabe cuidarse." Y nuevamente resurgía el complejo materno.

¿Puedes pedir a alguien que cambie por ti? ¿O acaso no le deberías amar por cómo es?

De súbito, se dio cuenta. No tenía que imponer ni tolerar nada, y en el fondo lo sabía desde el comienzo, antes de que se le hubiese llevado la rabia de sus principios personales. El amor es algo libre, abierto y generoso, ¿dónde había espacio para las normas? ¿Acaso había un hueco para la imposición como prueba del querer?

Si alguno de los dos se sacrificaba por el otro, por su propio bienestar o felicidad, sería de forma voluntaria. Y quizá deberían cambiar las tornas, y sacrificarse ella. Nada de tolerar, permitir, aguantar o soportar. Tan sólo dejarle ser.

Porque sabía que ser una generala no era bueno para los dos.

Reflexionando...

Amar no es sólamente querer, es sobre todo comprender.
Françoise Sagan

jueves, 3 de septiembre de 2009

Tormenta indeseable


¿Alguna vez has sentido que te transformabas? ¿Alguna vez te ha dado la impresión de que, al chocar de bruces contra las circunstancias, afloraba tu otro yo? Así es como se produce mi cambio.


Se dice que lo que más doloroso se nos antoja es lo que más nos cuesta admitir y asimilar, mas no parece justo que mantenga mis ojos cerrados ante lo evidente. Mi conciencia me dice "basta" al tan sólo pensarlo.

El autoengaño ya no me es útil: me transformo en ciertas ocasiones; mi faceta optimista se desvanece, dominada por la contraria. El miedo, la ausencia de calma interior a causa de tribulaciones un tanto tontas y los nervios que me atenazan por dentro como si de pinzas se tratasen, me tornan estática. La liviandad se esfuma, la tranquilidad parece alejarse a galope y yo me quedo sola con ellos. Condenados nervios.

Ellos, apoderándose de mi mente, la invaden poco a poco de preocupaciones que me distancian cada vez más de ti, semejantes a una nube que no me permite ver tu sonrisa ni avistar nuestro fondo común, ese baúl de los recuerdos que ambos felizmente compartimos. Y ahí permanezco, bajo el dichoso nubarrón, que únicamente puede ofrecerte miradas lánguidas o quejas inútiles.

Lo peor de estas tempestades momentáneas pero tristemente frecuentes es que deseo evitarlas, y de hecho podría lograrlo de no ser por la falta de esfuerzo. Al fin y al cabo, no intento acabar con esta carencia remediable, pues resulta mucho más sencillo caer en la indignación o en la simple tristeza.

Hoy ha sido diferente. Hoy, al producirse la aparición del nubarrón, he caído en la cuenta de que prometí que esto no volvería a ocurrir. Aquella tarde, mirándote a los ojos plagados de lágrimas, te aseguré que todo iría bien, y que ni una sola gota de lluvia de cualquier tempestad conseguiría empañar nuestra alegría. Pero no ha sido así. Hoy me he percatado de que, en el fondo, tenías tus razones para temer un chaparrón.

Estabas en lo cierto: todo iba a ser diferente, pero me hace falta creer que se puede remediar esa transformación... Creerlo con firmeza, con certeza, incluso con fiereza.

Creer en ti y en mí.

Escuchando... Agua, de Jarabe de Palo.


viernes, 21 de agosto de 2009

Regreso

Veintiuno, veinte, diecinueve. Diez, nueve, ocho, siete. Tres, dos.

Y uno. Llegó el momento, aunque daba la impresión de que jamás lo alcanzaría. La espera se había hecho interminable y, a veces, tediosa. En el curso de tantas y tantas horas de ausencia física, ella había caído en la cuenta de lo que supondría que él desapareciese de su vida, y también había caído presa de ciertos temores que la asaltaban sin remedio, imaginando que quizá las cosas no podrían ser como de costumbre, tal y como eran antes. La perfecta imperfección de su mundo podría (¿quién sabe?) estar amenazada, romperse incluso sin razón aparente, quebrarse sin remedio. Y eso a ella le aterrorizaba, aun tratándose de temores infundados.

El estío todavía estaba en su esplendor cuando ella pisó aquel andén. Era media tarde y el ambiente suave regalaba ráfagas de viento que jugaban con su pelo.

Nada más divisarle a lo lejos, comprendió con claridad que aquellos temores eran totalmente infundados. Aquel mohín radiante que alumbraba su rostro no daba lugar a dudas, y su corazón comenzó a palpitar con una violencia inusitada. Era él, el mismo de siempre, y no había cambiado. Bastó una mirada intensa para que, sin apenas mediar palabra, ella se arrojara hacia su pecho.

En sus brazos ya nada importaba demasiado. La lejanía, los lloros, el miedo, el nerviosismo tonto y el contar los días se tornaron en algo nimio en comparación con la grandeza de aquel instante. La nostalgia de él se había esfumado, pues a ella había dejado de hacerle falta. No tenía que imaginar su mirada y su sonrisa, ni recrearse recordando su voz, sus gestos o sus caricias. Ahora podía verlos y sentirlos, y su olor impregnaba todo, antojándosele a ella el más dulce de la Tierra.

Por un momento temió que todo aquello fuera producto de una barata ensoñación, que en verdad el tiempo no hubiese corrido y que despertase de súbito para comprobar decepcionada que el reencuentro no era real. Pero el calor de aquel abrazo no podía ser ficticio. Ni sus labios que, delicados pero anhelantes, sellaron un beso, el esperado beso que tantísimo deseaba con impaciencia.

Unas pequeñas lágrimillas nacieron de sus ojos, pero las retiró al instante. ¿Por qué llorar? ¿Con qué objetivo habría de empañarse la vista pudiendo contemplarle a él, por fin en carne y hueso ante ella? Llorar de felicidad resultaba extático. Pero reír, más.

-No te vayas...
-Si voy a volver, tonto.
Porque contigo siempre estoy en casa.

Reflexionando...

Es al separarse cuando se siente y se comprende la fuerza con que se ama.
Fiodor Dostoievski

sábado, 25 de julio de 2009

¿Principios o pragmatismo?

Él se engaña. Tú te engañas. Yo me engaño. Nosotros nos engañamos.

Y es que, a veces, nos vemos envueltos en grandes mentiras producidas por nosotros mismos; y no es casualidad que, en gran parte de los casos, tú mismo seas la piedra angular de dicho engaño.

Engañarse no es tan malo como lo pintan. No querer admitir cierto hecho o situación puede procurarnos una felicidad momentánea que nos asegura alejar ciertas preocupaciones de nuestra mente. Pero el autoengaño siempre es una mentira y, muchas veces, tremendamente peligrosa. Lo tuyo no es un engaño inocente, una simple mentirijilla que te dices a ti misma con la intención de no darle vueltas a la cabeza. No se trata de una tontería. Es toda una farsa.

Más de una vez me han incitado a olvidarme del tema, como si de una opción alcanzable se tratara. Pero no lo es, pues mis amigos los principios siempre se posicionan a mi vera para recordármelo. Principios que demasiados alardeamos tener, pero principios también que caen en el olvido en estos momentos. Y yo me cuestiono, ¿de qué sirve entonces la posesión de dichos principios, si cuando verdaderamente hacen falta todos los dejan de lado? ¿Por qué -me pregunto- casi de forma indiscutible acaba triunfando el pragmatismo? ¿Por qué resulta tan fácil tomar la senda ya abierta, antes que aventurarse entre un camino repleto de maleza? Quizá es que hablamos mucho, pero hacemos poco. Quizá es que, en el fondo, somos unos cobardes (y, ojo, yo me incluyo en ese hipotético grupo).

Hablar de principios resultaría muy extenso, pero todos sabemos de sobra que existen unos principios mayores y otros menores, por decirlo de algún modo; y que nos inclinamos a actuar, abandonando incluso ese pragmatismo tan típico, cuando se ataca a nuestras más altas convicciones.

La lealtad en la amistad es uno de mis principios mayores. Y la fidelidad en el amor, también.

Es por eso por lo que no he de quedarme con los brazos cruzados, aguardando a que las cosas se resuelvan ellas solas. Es por eso por lo que los principios deben vencer por encima de la actitud pragmática ya que, de no hacerlo, la farsa se prolongará con peores repercusiones. Sobre todo para ella. Porque ella es la verdadera víctima.

Él lo sabe. Tú lo sabes. Yo lo sé. Nosotros lo sabemos.

Y si él no tiene principios..., es su problema.

Escuchando... I´ll be there, de los Jackson Five.



I´ll reach out my hand to you...

miércoles, 8 de julio de 2009

Ingenua

Imaginad la escena. Una jovencita universitaria toma asiento en un sillón negro de ruedas. A sus espaldas, una peluquera veinteañera de pelo de un caoba rojizo trajina con sus cabellos recién capeados y le empieza a hacer preguntas. Por no sé qué camino, desemboca en el tema de los noviazgos. Más al fondo de la estancia invadida por útiles de belleza, otra muchacha, rubia y de similar edad, se incorpora a la conversación. Y, en un intercambio de opiniones así, no podía faltar la madre de la protagonista de la polémica.

-A esta edad, en general, las cosas se acaban. (caoba)
-Sí; ¡quién sabe lo que pasará dentro de tres años! (madre)
-Pues mira, yo llevo desde los 15 años con el mismo chico. (rubia)
-Ya, bueno. (caoba)
-Eres joven, aún es pronto para estas cosas... (madre)
-Bueno, ya no lo es tanto. Pero sí, es joven: 19 años. Todavía es tu niña. (caoba)
-Tú céntrate en estudiar, que es lo más importante. (madre)
Una retahíla de consejos recibidos más o menos afortunadamente, pero bienintencionados. Pero ella se siente, de súbito, presionada. No tanto presionada por los demás, sino más bien presionada por el tiempo. Por las circunstancias. Por el miedo.

Ella siempre ha sido una soñadora. Quizá no debiera serlo, pues da la impresión de que la gente, hoy en día, tiende a ser más pragmática. Si una parte marcha lejos por un tiempo, parece oportuno abandonar lo emprendido. Si sobreviene el cansancio y no imperan los esfuerzos por salvarse en una mala racha, mejor dejar lo comenzado. Si, a fin de cuentas, todo va a pique, acaba terminando porque nadie pone remedio. A ella le gustaría creer que hay más personas de las que imagina preocupadas por esto, pero no hay más que pensar en la frase de su madre: "Tú céntrate en estudiar, que es lo más importante. "

De todos modos, ella se resiste a creer que la madre trate de alejarla de sus aspiraciones. Al fin y al cabo, sólo desea que se incline más hacia una, aquélla que le asegure un futuro. Un futuro mucho más estable que el que le puede proporcionar un principito que podría tornarse rana de un momento a otro. Eso es lo que toda madre tiende a pensar, y no le falta razón, pues nunca parece haber escasez de corazones rotos en este mundo, dicho mal y pronto.

Pero es que ocurre algo curioso: a ella no le faltarían razones para dejar de soñar y poner los pies en tierra firme, pero el caso es que todas estas afirmaciones refuerzan su empeño. ¡Qué estúpido es creer que existe alguien que nos puede corresponder y amar de verdad durante toda nuestra vida! ¡Cuán tonta tiene que ser aquélla que, rodeada por la actitud práctica del momento, quiera conquistar una felicidad plena basada en una sola persona! ¡Y, además, sabiendo que esa persona es totalmente imperfecta y que un fallo garrafal de la misma puede decepcionarla y hacerla caer en un hoyo de desilusión! Lo peor de todo es que sabe con certeza que las cosas pueden terminar, de repente, por factores y factores, ya que lo ha soportado en un pasado no tan lejano. Qué ingenua, ¿verdad? Pues ella se resiste.

Y es que ella desea, como decía hace unos meses ese profesor que le ha hecho reflexionar tantísimo, pasar por encima de las limitaciones de él. Hasta ahora lo ha logrado. Pero, ¿y si esos sabios adultos llevan la razón? ¿Y si el sentimiento se acaba, pues la desilusión puede con él? Algo así quería decir su madre, así como la joven de cabello caoba.

Desde luego que empatiza totalmente con la muchacha de cabellos dorados. Porque, si hubiera de elegir entre lo más verdadero que hay en la vida, ella no dudaría ni un instante al proclamar su elección: escogería el amor. Aunque eso le costase ser una atolondrada ingenua por siempre.

Reflexionando...

Aprendemos a amar no cuando encontramos a la persona perfecta, sino cuando llegamos a ver de manera perfecta a una persona imperfecta.
Sam Keen

jueves, 2 de julio de 2009

Y tú dijiste...


En realidad, las cosas son blancas o negras. Lo de los grises es mentira; nos intentan engañar para aligerarlo todo. Pero es así: o me quieres o me odias.
Me has vuelto a dejar ojiplática. O más bien ojiestrellada.

Qué tremendo flashback, ¿lo recuerdas? En esos dulces inicios nuestros me comentaste, con bastante rotundidad, que a ti te odiaban o te amaban. Siendo franca, a veces me han entrado unas ganas irrefrenables de odiarte, pero me descolocas tanto que hasta me haces adorar tus carencias, no tan sólo tus virtudes. Y es así cómo me tendiste tu red. Porque en esas palabras había mucho más que una de tus bromas sonsaca-sonrisas.

Pensándolo bien, te llevas una buena parte de razón; y eso que sueles estar convencido de que yo la tengo en todo momento. "Los extremos no son buenos", "no seas tan extremista", "las cosas tienen sus matices". ¿Que qué me parecen tales comentarios? Inútiles. Puede que resulten acertados en otros muchos temas, pero en este, precisamente, no tanto.

"Adiós, moderación. No me sirves en esto; me serás útil en otra ocasión. Pero con él, no". Contigo quiero ser extremista; porque en el amor no se puede ser moderada. En el amor o se da todo, o no se da nada. Y si se duda a la hora de decidir la entrega..., acaso no será amor del de verdad.

Si me ciño a tu afirmación, pequeño, no dudaré un ápice en proclamar que no sólo te valoro, sino que te tengo en los cielos; que no sólo me importas, sino que eres una preocupación esencial; que no sólo te quiero..., sino que lo hago con locura.

No sólo eres una sorpresa en mi vida, sino lo más grande que ha irrumpido en ella.

Your baby just cares for you.


jueves, 28 de mayo de 2009

Perfectamente imperfecto

Debo de ser tonta. O algo parecido.

Son muchas las veces que me pregunto por qué soy tonta exactamente. Si por no aguantar lo que me toca o más bien por no aceptarlo. Me da la sensación de que es lo primero, porque me parece que hace tiempo que me percaté de que, como decía mi madre y sigue diciendo, "Don Perfecto se murió".

"Me sacas de quicio". Una de mis frases estrella, sin duda, que evidencia una realidad que no debería negar. Y es que él no es el summun de las virtudes. No se trata de un muñequito ideado a mi medida, un señorito hecho en exclusiva para mí, que tiene todo lo que podría desear de un hombre. Eso sólo es un sueño apto para una ingenua. Porque es humano..., y yo también lo soy.

Ciertamente, me saca mucho de quicio. Me pone de los nervios que no pare de charlotear y luego me llame habladora, que sea un bocazas y un inoportuno, que carezca de sentido del disimulo y, por añadidura, que se cabree de maneras escandalosas (aunque se supone que yo también lo hago, vaya por Dios...) No puedo con su manía de comenzar una frase y dejarla a medias, como queriendo entrever un reproche que muere a mitad de camino; ni tampoco me convence nada su forma de ignorar un tema importante, o al menos de hacer que lo ignora. Ahí sí que es un buen disimulador, sin duda. Me saca especialmente de mis casillas, además, que empiece comentando algo y se vaya por otros derroteros, desviándose del punto central de la charla/debate/discusión acalorada por completo; así como su innata cualidad para creer que lo mejor del mundo mundial es lo suyo: lo que a él le gusta, lo que él valora, en lo que él cree firmemente. Y, para coronar el pastel de defectos, he aquí lo que más aborrezco: su orgullo, su maldito y honorífico orgullo.

Da la impresión, a todas luces, de que describo a una persona que odio. Pero, dejando de lado que no me gusta odiar a nadie, resulta que esta es una persona a la que adoro. ¿Irónico? Quizá. O quizá no tanto.

Y es que esta gran paradoja, bien vista, va dejando de contradecirse en todos sus puntos por el simple hecho de que cada uno de los defectos es compensado por sus virtudes. Incluso algunos de estos defectos enumerados minuciosamente se transforman, de alguna manera, en algo encantador.

"¿Qué es lo que te gusta de mí?" Esa complicada pregunta se me ha venido planteando por su parte desde hace ya un buen puñado de semanas y semanas. Difícil respuesta, pero que (¡mira tú qué gracioso!), me ha venido nítidamente a la cabeza precisamente por sus honorables meteduras de pata.

Me gusta su sonrisa pícara cuando se pone orgulloso, esa sonrisa que parece susurrar: "mi orgullo es tan sólo una coraza, soy bueno en el fondo". Me gustan sus convicciones, aunque esa fuerza acabe por ser arrolladora y apabullante. Me gusta que hable tanto o más que yo, porque disimulo mi propio defecto. Me gusta que varíe los puntos de una conversación, pues me acabo enterando de cosas alucinantes acerca de las que no pretendía conversar. Me gusta que alardee de sus conocimientos: nunca dejo de aprender a su lado. Me gusta que se haga el desinteresado cuando, en realidad, ha prestado atención a todas y cada una de mis palabras, y les ha dado mil vueltas. Me gusta que tenga cosas por las que luchar, vivir y creer. Me gusta él.

Él es la única persona que puede hacerme reír y llorar al mismo tiempo. ¿Por qué? Porque tiene el sutil encanto de ser perfectamente imperfecto.

Señoría, ruego encarecidamente su perdón, pues, en el fondo... yo también lo soy. Sobre todo lo segundo.

Reflexionando...

Hay defectos que manifiestan un alma bella mejor que ciertas virtudes.
Cardenal de Retz

sábado, 23 de mayo de 2009

Y por fin...

He vuelto al pasado, pero esta vez no ha sido doloroso.

En los últimos años, cada minúsculo recuerdo de aquellos días me punzaba como afilados alfileres. Invertía todos los esfuerzos de los que escasamente disponía (sobre todo al principio de esa pequeña tortura) en tratar de olvidar, mágica palabra que anhelaba se hiciese realidad cuanto antes. Lo curioso es que cuanto más fuerte era el anhelo, menor efecto surtía en la práctica. Me desmoronaba de nuevo. Volvía a escribir largas cartas. Tomaba el teléfono y marcaba ese número que siempre estaba ahí, grabado a fuego en la memoria por si acaso lo necesitaba algún día. Las lágrimas acababan aflorando sin remedio.

Era un amor-odio insaciable. Se trataba de querer y aborrecer al mismo tiempo, y lo peor de todo era que tenía la necesidad de seguir sintiendo esa extraña e hiriente mezcla.

Cuando las aguas comenzaron a calmarse un tanto, nos hacíamos siempre la misma pregunta. ¿Amigos? Ja. No nos lo creíamos. Y de hecho, seguimos sin creerlo demasiado. ¿Cuál es la diferencia? Que el camino se ha ido formando a través de la maleza del amor-odio. Un amor-odio que cada día se disipa más y que tiende a dar paso a otro sentimiento incierto y deseado, pero dominado por el sosiego. Se acabó la pasión (tanto negativa como positiva) exacerbada.

Anoche, físicamente envuelta en una pegajosa atmósfera, evidente anticipo del verano, experimenté todo lo contrario dentro de mí: un maravilloso y esperado soplo de aire fresco. Volvimos a lo de antes. Pero ya no somos los mismos ni por asomo.

Nuestra situación no era para nada común. Quizá fue por eso por lo que nos perdimos el respeto, pero lo mejor es que hemos enmendado grandes errores. Y eso es lo que cuenta para avanzar en la vida.

Lo más valioso de todo esto es, sin duda, la nueva visión con la que se me ha obsequiado. Una visión sobre lo que tengo y lo que podría desear. ¿Conclusión? Llana, muy llana: mi suerte ha sido descomunal. Porque esta persona, como esas otras pocas personas importantes en mi existencia, ha hecho que me percate de que tengo en mis manos la felicidad, justo al lado. Que poseo lo que estaba buscando. Y ellos, los que me conocen demasiado bien, lo saben con tan sólo escucharme hablar de ese regalo del cielo que es él.

Ha costado cuatro años salir de la tormenta. Y por fin... la calma tras la tempestad. Gracias.

Reflexionando...

La magia del primer amor consiste en nuestra ignorancia de que pueda tener fin.
Benjamin Disraeli
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