domingo, 9 de octubre de 2011

366

No voy a contar más los días. Sentir no es cosa de números. Ni lo será más para mí.
Nunca he sido una persona optimista. Pero sí alegre. Alegre de las que sonríen al conductor del autobús, de las que preguntan qué tal está a un desconocido o ponen caras a un bebé. Alegre de las que, aun tristes, hacen humor negro de sus desgracias. Alegre de las que, pese a sacar las lágrimas al aire, sueltan su chiste más tonto para matar de risa a una amiga triste. Alegre de las que siempre dicen que todo irá mejor al otro, aunque quizá no se crean ese consejo para ellas mismas.

Dicen que el pesimismo puede ser patológico pero no lo tengo tan claro. Porque en estos últimos meses me ha salido mejor la factura cuando le sacaba punta a las desgracias. Porque, después del llanto, reírse de uno mismo, y también del otro, ayuda mucho. Y porque, aunque los optimistas de nacimiento saquen de quicio de vez en cuando, la felicidad depende mucho de las ganas que tengas de lograrla.

¿Y sabes qué? A veces también sé aplicarme lo del vaso medio lleno. Aquellos días fueron de los mejores de mi corta vida. Sonreí hasta más no poder, lloré de gozo, canté, besé, abracé. Di lo mejor de mí. Y una nunca me arrepentiré de haberlo hecho.

Cuando todo se esfuma, duele. Todos preferimos el cariño a la angustia. Todos echamos de menos. Todos sentimos ese vacío que hace eco. Y los recuerdos retumban. Vuelven aquellas imágenes: cercanas a un ideal, casi de película. En ese momento, parece que lo mejor es llorarlas y almacenarlas en una cajita; para que, cuando el corazón esté hasta los topes y saciado de cariño, podamos abrirlas sin dolor. Ya estará todo limpio y brillante; la recuperación habrá sido un éxito.

Por eso no dejaré de celebrar este duelo. Pero con la convicción de que después de sufrir, hay que reírse de la tristeza. Y esperar pacientemente, sin prisa por cumplir ningún plazo. Disfrutando del paisaje y, en cuanto pueda, vistiéndome otra vez con una sonrisa. Al fin y al cabo, no hay nadie a quien no le gusten.

Reflexionando...
La tristeza es un don del cielo, el pesimismo es una enfermedad del espíritu.
Amado Nervo



2 comentarios:

Clara Turbay dijo...

Buen contenido.

Anónimo dijo...

Mejor sería contar días comiendote a besos