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lunes, 15 de febrero de 2010

Dulce exceso


Atiborrarse amarga el sabor de lo más dulce.
No me percaté, pero lo hice.

Llegué, cual niña ansiosa, e introduje los dedos ávidamente en el tarro de las galletas. Comí, bocado a bocado, mordisco a mordisco; muchas veces sin siquiera degustar su sabor. Y así fue como sucedió: hinchada, no podía dejar pasar ni una esponjosa porción más. ¡Cuánto me hubiera gustado hacerlo! Pero era incapaz: mi estómago pedía descanso.

Me empaché de él. Me empaché con tanta furia y ganas que, cuando le hube engullido, no pude sino pararme a pensar qué hacer en siguiente lugar.

Sin embargo, estaba curada de espanto: ya me había atiborrado en más de una ocasión. Había merendado demasiada cantidad de mis golosinas preferidas, para después recogerlas en un cajón el tiempo suficiente como para que volviesen a gustarme. A veces, el empacho era necesario. Si me olvidaba de la moderación, un tiempo lejos del azúcar bastaba para percatarme de lo que me hacía falta, y así volver a él con la intención de no sobrepasarme.

Parecía que esta era la solución idónea. A pesar de esto, a nadie le gusta apartarse de sus golosinas; menos todavía de su dulce predilecto, el que le alegra el día y le enfunda esa sonrisa en la cara que incita a preguntar si has comido chocolate.

Pero esta vez hace falta.

Quiero prescindir de él. Voluntariamente, salvar distancias con la tentación, y reprimir las ganas de hincarle el diente. Estoy más que convencida de que me costará sudor y lágrimas. De que, aunque a veces me hastíe de él -y él de mí-, no estoy en absoluto habituada a pasar sin mi nutriente fundamental sin el cual no puedo subsistir.

Soportar la situación durante un breve lapso de tiempo será suficiente. Apenas un soplo de aire solitario, lo justo como para que, a la vuelta, ya no haya aversión alguna ante el recuerdo del empacho.

Será entonces cuando tome el dulce entre mis manos y me pregunte cómo he podido vivir sin él, sin arrepentirme de haberme atiborrado para caer en la cuenta de lo que le necesito.

Y así volveré a paladear mi dulcísima golosina.

Reflexionando...
Purifica tu corazón antes de permitir que el amor se asiente en él, ya que la miel más dulce se agria en un vaso sucio.
Pitágoras de Samos

martes, 2 de febrero de 2010

El tallo seco



Las cosas más bellas de este mundo son las que más frágiles se nos antojan.

Cuando era pequeña y todavía me maravillaba ante cualquier detalle nimio, alguien me comunicó que a las amapolas no les quedaba mucho tiempo de vida. Quizá mis primeros sentimientos de culpa nacieron de esa revelación: adoraba toquitear y arrancar estas bellezas que, con mayor celeridad que otras plantas, se destartalaban y deshacían entre mis dedos, para después revolotear y perderse entre las ráfagas de viento. Desde aquel día, dejé de robarlas. Me limitaba a observar, curiosa, su solitaria hermosura.

Ahora es cuando me he percatado de que te has transformado en una amapola. Fácil de extraer y vulnerable, continúas erguida, a duras penas, en un matojo de hierbas monocromo. Más hermoso que nunca, tu color rojo sangre reluce entre la multitud, pero apenas les das importancia. Te has abandonado a una apática forma de vida después de que él renunciase a posarse más entre tus pétalos. Cerrada en banda, cada instante asimilas con más convencimiento que vas a extinguirte, y te rindes a tu condición.

Te estás comenzando a sumir en una existencia marchita de la que, a cada minuto, te va a costar más y más librarte. Pero lo más preocupante es que no rechistas ante las circunstancias. Te has, según tú, conformado: has llegado a aceptar que todo no puede ir a mejor, para después quedarte aposentada en las garras de la apatía. Y ahí sigues, dominada por esas ansias de nada, rememorando quizá bocaditos del pasado que ya se han podrido.

Hay que admitir que llevas parte de razón. Cuando el mundo te descubre que la mayor parte de las cosas tienen fecha de caducidad, no es común empuñar el arma del optimismo y batallear contra él. Sin embargo, al igual que alguien que engulló demasiado alimento en mal estado, has de reponerte. Debes comprender que la vida no para de moverse, que sigue avanzando de modo inexorable aunque tú te empeñes en sentarte a observar cómo pasa.

A pesar de que nunca más puedas volver a ser una utópica, sé al menos una pequeña soñadora. Permite que tus pies echen a andar solos y que se recuperen de las magulladuras. Siente todo lo que te regala el mundo circundante, y aprecia como nunca lo que no te han arrebatado. Déjate llevar y deja de frenarte. Déjate vivir.

Vuelve a ser la flor más luminosa del campo.

Reflexionando...

El pasado es un prólogo.
William Shakespeare

lunes, 18 de enero de 2010

Corazón contaminado

Sé que esto no es sano, pero me gusta contaminarme.
Humo. Una cortina, espesa y putrefacta, reduce mi mente a polución. Casi siempre
logro recordar muchas escenas con perfecta nitidez, evocando detalles, palabras y hasta el más mínimo gesto. Pero hoy no. Hoy la escena ha tenido tanto de
desconsiderada que mi mente se niega a iniciar evocación alguna. No quiere
recordar. No desea volver a ese lugar, a ese tiempo -muy próximo, por lo que, de
hecho, le resultaría sencillo hacerlo-, por vergüenza. Está avergonzada de sí
misma, pues ha dejado que su dueña pronuncie, probablemente, las frases más
plagadas de ira, egoísmo y envidia de su vida.

Me da la sensación de que a mi mente no le avergüenza ser egoísta en sí. Siempre hay instantes en los que pensamos en nosotros mismos, y no sólo de manera objetiva, sino de modo subjetivo: sintiéndonos orgullosos de nuestras pequeñas proezas, alabando nuestro esfuerzo, copándonos de fuerza interior para convencernos a nosotros mismos de que nos merecemos lo mejor por el simple hecho de aspirar a ello.

Y es que eso no está mal. "Quiérete a ti mismo", dicen, lo cual encierra una verdad absoluta. Sin embargo -como todo-, el egoísmo presenta unos límites; unos límites que, como con otras muchas cosas, se pueden traspasar fácilmente y dar lugar a excesos. Y ese ha sido el problema, y la base de que mi mente, y por descontado yo misma, nos neguemos a recordar, cerremos nuestras puertas ante lo evidente: nos hemos contaminado.

Si acaso la contaminación fuese sólo propia, "allá yo", podría pensar; pero ese no es el caso. El caso es que he consentido que todas esas sustancias nocivas se traspasasen a él. He permitido, con todo el cinismo que tenía a mano, transmitirle frustración y la más estúpida de las envidias. Pero aún hay algo más vergonzoso: él no es cualquiera, es aquel al que debo más. Podría extraer de sus bolsillos una hoja alargada y comenzar a contabilizar mis deudas con su persona; y estoy segura de que no podría saldar ni una cuarta parte de ellas.

¡Cuántas veces lo he pensado! El amor entronca con la confianza, y la confianza supone confiar, comprender y compartir. El mayor enemigo del compartir es la pura envidia y, sobre todo, el egoísmo ciego. Este razonamiento, guiado por la lógica más primitiva, da por sentado que no hay amor. Porque lo parece y -sin duda-, él podría pensar algo así; lo que nos conduce a otro peligroso límite, que provocaría que cada uno marchase por su lado.

En palabras del maestro, cada vez hay más tú, más yo, y ni rastro de nosotros. Por eso, temo. Temo porque todos mis egoístas anhelos continúen cegándome, lo que resultaría fatídico para los dos. Y es que hasta a este hecho se le puede aplicar el egoísmo. Ojalá, si es que mi yo egoísta continúa en auge, sea para bien: para rogarte que te quedes conmigo por mi propia salud, por mi felicidad individual.

Ayúdame a curarme de esta afección.

Reflexionando...

Una demostración de envidia es un insulto a uno mismo.
Yevgeny Yevtushenko

sábado, 9 de enero de 2010

El muro de seguridad


Eres el arquitecto de mi corazón.
Sin preámbulos e invadido por la franqueza. Directo al grano. Sin decoraciones lingüísticas. "Me siento inservible", me dijiste. Pero apenas podía dar crédito a lo que estaba escuchando.
Puede que la causa de todo esto sea la infinita humildad que reservas para aquellos que verdaderamente aprecias. A diferencia de cualquier otro, el que se siente amado por ti sabe que siempre vas a creer que tu esfuerzo no ha sido suficiente; que apenas te has comprometido con su causa; y que, en definitiva, no eres merecedor de ningún título.
Sin embargo, en mi caso te lo has ganado sobradamente. Comenzaste como un simple peón de obra: colocabas, uno a uno, los ladrillos que necesitaba para levantar un muro de seguridad que me protegiese, de alguna manera, de cada pequeño aluvión de miedos que pudiese asestarme golpes. No hizo falta mucho tiempo para darme cuenta de que prometías: tu esmero al colocar cada una de las piezas no pasó inadvertido, y lo recompensé con creces. Y es que entre los cientos de construcciones de muros que se daban alrededor de ti, habías elegido la mía, y te habías entregado a ella de una manera muy peculiar.

Ascendiste. Peldaño a peldaño, fuiste construyendo mi muro de seguridad para alcanzar categorías más altas. Y, sin siquiera percatarte de todo ello, te convertiste en el líder del proyecto, y lo más curioso es que todavía no admites tu mérito. Continúas empecinado en pensar que eres un mero peón, cuando organizas mi seguridad. Sin tu labor, todo se derrumbaría, dejándome desnuda e indefensa ante las crueles amenazas que todavía contemplo como una niña.

Y es que tú me haces fuerte. Tú me ayudas a aprender a levantar el rostro y encarar cada amenaza. Y aunque estés convencido de que me como el mundo por mí misma, en el fondo eres consciente de que sin ti dar cada bocado se haría más duro. Porque hincarle el diente a la vida es más fácil si tú me vigilas desde lejos, aunque infravalores esa especie de tarea.

Ambos apostamos. El uno por el otro. Había condiciones, y tú las has cumplido. Aunque ya no haga falta ningún contrato: lo que construíste es tu casa. Te la regalé pasadas ya unas cuantas hojas del calendario.

Porque quiero que sigas salvaguardando mi muro.

Reflexionando...

Todos los problemas tienen la misma raíz: el miedo, que desaparece gracias al amor; pero el amor nos da miedo.
Anónimo

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Movimiento en potencia


Te besaría de no ser porque estoy enfadada.
Parece predecible. Pero no lo es.

Es inusitado que, creyendo haber alcanzado su fondo, continúe dándome sorpresas. Todavía pienso ese "Qué curioso". Porque él es mucho más -demasiado más- de lo que a simple vista sugiere.

Cuando alcanzamos un conocimiento hondo, ese culmen de la sabiduría recíproca, creemos saberlo todo de alguien. Mas no nos damos cuenta de que, para que todo avance, tienen que seguir sorprendiéndonos dulcemente en la rutina de las reacciones. Hoy él lo ha hecho.

Apenas he sido consciente de ello hasta que no me estaba alejando de él, a paso firme, bajo los indicios nacientes de un suave chaparrón. Habíamos recorrido un trecho contradictorio juntos, en el que las bromas se entremezclaban con reproches en una tenue discusión provocada por cierto asunto. El asunto era lo que menos importaba, en realidad: estábamos tan inmersos en tal dulce disputa que el motivo cada vez se iba disipando más. Daba la impresión de que hacíamos aquello sólo como diversión, y al mismo tiempo como desahogo.

La clave del juego, al que tantas veces ya había jugado, era sencilla: se trataba de intercambiar miradas furtivas, combinar la seriedad con la ironía, y al mismo tiempo tragarse las sonrisas ante chistes absurdos, que irremediablemente arrancaban mohínes divertidos bajo la advertencia: "Aunque me ría, sigo molesta". Eso por mi parte, pues él se suele saltar un poco más las reglas. Su principal pretensión consiste en hacerme estallar de risa tras una retahíla de números absurdos y sin fundamento, que acaban provocando que me maraville ante todo lo que en él queda de un niño.

No obstante, hoy ha llegado un momento en el que el juego se ha interrumpido. Cuando, a lo lejos, se ha avistado el autobús, él ha parecido quitarse su atuendo circense y se ha convertido en algo así como un adulto. Se supone que es lo que yo reclamaba, con mis "¿Vas a tomarte en serio lo que te digo?". En efecto: así lo ha hecho; pero, en el fondo, yo no quería que fuese tan radical. La radicalidad choca; y yo he chocado contra mí misma cuando he comenzado a caminar, separándome de él. Craso error, pues el otro siempre ha de sorprenderte en algún momento.

He ido ralentizando el ritmo de mis pasos por segundos, tratando de que se percatase de que, en realidad, anhelaba que viniera hacia mí, apresurado. Esperaba que me abrazase, o al menos que me tomase del hombro para que dejase de avanzar. Mas ha permanecido ahí parado. Anclado cual pilote, erguido, y observándome con fijeza. Sin sonrisa, sin mueca de resignación. Tan sólo serio.

Al arribar a las puertas del autobús, he dudado por un momento. Mis piernas me indicaban con insistencia que diese la vuelta en sentido contrario. Que regresase al lugar donde había dejado mi inquietud. Sin embargo, han permanecido clavadas en tierra, al igual que él: continuaba en el mismo punto donde se había parado, como si de una estatua pétrea se tratase. No he llegado a atisbar su expresión, aunque estoy segura de que su rostro continuaba ensombrecido bajo ese tono neutral tan extraño.

Ya sentada, y a través de las nacientes ráfagas de agua, apenas me he atrevido a mirar por la ventana. Si seguía en el mismo lugar, sin duda estaría mojándose, pero con idéntica expresión de seriedad. Si se había ido -lo más probable-, estaría meditabundo bajo la arreciante lluvia. Se alejaría en sentido contrario, abandonando ese punto en el que podríamos habernos dicho lo que queríamos, y habernos cubierto de besos urgentes. Pero quizá no habría ocurrido. A veces, él es impredecible; y las reglas del juego están para romperse.

Las gotas resbalaban por el vidrio, compitiendo unas con otras en una carrera por consumirse primero. Entonces me he arrepentido de haberme quedado en el movimiento en potencia.

Y es que lo que realmente deseaba era correr hacia él.

Reflexionando...

A menudo, los labios más urgentes, no tienen prisa dos besos después.

Joaquín Sabina

domingo, 4 de octubre de 2009

¿Imponer o tolerar?



Por más que indagaba, no hallaba respuesta.

En algunos momentos, se sentía una imperiosa generala. De sus labios brotaban unas rotundas palabras que se reforzaban con tono autoritario. Y, de repente, se producía una transformación. A pesar de su juventud, no podía evitar lagrimear y sentirse cual madre tremendamente preocupada por lo que hacía o dejaba de hacer su hijo. Pero la diferencia era que ella no era su madre.

En realidad, a ella no le gustaba protestar sobre los defectos de los demás, empezando porque lo que veía como defecto podía ser contemplado por otros como algo corriente y moliente, o incluso como una virtud. Sin embargo, en un momento de tensión, podía pretender ser lo más sincera del mundo y proclamar con fiereza que odiaba que hiciese aquello. "Me das vergüenza", llegaba a decir, arrepintiéndose al instante. No podía luchar contra sus principios, pero tampoco contra su inmensa adoración por él; y entonces, todo colisionaba: no sabía hacia qué extremo dirigirse, ni cómo hallar un argumento razonable que mediase en aquel conflicto de dos.

Él, como era natural, se defendía alegando que podía hacer lo que le placiese. Al fin y al cabo, aquello no le hacía ningún daño a ella y tenía que aceptarlo. Otros muchos también se lo habían recomendado en más de una ocasión: "Déjale, ya es mayorcito. Sabe cuidarse." Y nuevamente resurgía el complejo materno.

¿Puedes pedir a alguien que cambie por ti? ¿O acaso no le deberías amar por cómo es?

De súbito, se dio cuenta. No tenía que imponer ni tolerar nada, y en el fondo lo sabía desde el comienzo, antes de que se le hubiese llevado la rabia de sus principios personales. El amor es algo libre, abierto y generoso, ¿dónde había espacio para las normas? ¿Acaso había un hueco para la imposición como prueba del querer?

Si alguno de los dos se sacrificaba por el otro, por su propio bienestar o felicidad, sería de forma voluntaria. Y quizá deberían cambiar las tornas, y sacrificarse ella. Nada de tolerar, permitir, aguantar o soportar. Tan sólo dejarle ser.

Porque sabía que ser una generala no era bueno para los dos.

Reflexionando...

Amar no es sólamente querer, es sobre todo comprender.
Françoise Sagan

lunes, 21 de septiembre de 2009

Impenetrable

Destino. Reverberante, trascendental, abstracta; así suena tal palabra en mis oídos.

Me dejas pensativa, querido sino. Si te soy sincera, casi nunca he creído totalmente en ti por ti solo, sino más bien en que te vas modelando conforme voy caminando. Sí, yo me labro mi senda y tú me acompañas. No obstante, jamás he querido molestarte en tus propósitos si es que acaso trazas todo el discurrir de mi camino.

Hoy, madurando un pensamiento que llevaba dando vueltas por mi mente varios días, te he recordado especialmente; y es que no sé si eres el culpable de cierto hecho o no.

Por tu culpa o por la mía, entre el bullicio de gente, me he topado con personas cuyo significado tiende a ser imposible de explicar: tan maravillosas, tan humanas, tan perfectas y compatibles conmigo, que doy gracias a quien sea por haberme cruzado con ellas. Si acaso fueras el culpable de provocar mi tropiezo con ellas, esas pocas que me infundieron un verdadero sentimiento de amistad, venero tu culpabilidad. Si fuiste tú el que planeó una treta para llegar hasta él, no me queda más que agradecértelo con creces. Pero todavía no comprendo si eres tú, o soy yo, la que me ha llevado a relacionarme con esa persona, nueva en mi vida, y no sentir ninguna conexión fuerte.

Como habrás podido deducir, valoro mucho las conexiones. De súbito, vas adentrándote en la vida de alguien y saltan chispas: de complicidad, de cariño, de romance. Esa especie de chispas me han indicado en varias ocasiones con quién iba a sentirme, dicho mal y pronto, en mi salsa. La afección puede ser mayor o menor, más o menos fuerte, pero es habitual que experimente algo que me indica que me hallo junto a la persona adecuada, que congenio con ella, más o menos perfectamente, o más o menos fuertemente. Todos congeniamos en mayor medida con unas determinadas personas, sean o no de nuestro estilo, o tengan más o menos cosas en común con nosotros. Las sentimos cercanas. Pero el problema es que a ella no la siento tan cercana como debería.

Quizá sea una intuición, probablemente errónea, pero me da la impresión de que me has hecho una jugarreta, destino. Ella es amable, de buen corazón y bienintencionada; y posee defectos como cualquier persona. Sin embargo, no la siento cercana, no está próxima a mí, y no sé si se trata de una simple impresión o creo que no la puedo corresponder como amiga. Me da la sensación de que me equivoqué creyendo que podríamos conectar.

Destino, me he dado cuenta de que no se conecta porque sí. Me he percatado de que, aunque no sea ni mi culpa ni la suya, la proximidad no se logra a la fuerza. Si conectásemos realmente, las palabras fluirían de otro modo. Los silencios serían placenteros y significarían cosas, como los que ellas, o él, u otras personas junto a las que siento las chispas, me regalan. Sin embargo, los silencios a su lado son incómodos, y busco ansiosa una manera de huir de ellos.

La cercanía no se logra a la fuerza, mas quiero hacer fuerza porque ella se lo merece...

Reflexionando...

Tómate tiempo en escoger un amigo, pero sé aún más lento en cambiarlo.

Benjamin Franklin

martes, 8 de septiembre de 2009

Dos hombres sabios


Hacer las cosas con pasión conlleva sufrir, pero sin sufrir no se alcanza el
éxito, no se logran unas metas.

El primer hombre sabio, con esa simpatía seria tan agradable, había pronunciado unas palabras dignas de ser recordadas, aunque algunos quizá no habían comprendido su significado intrínseco. A pesar de que el ambiente circundante carecía de emoción alguna, ella, meditando lo dicho, se había sentido orgullosa, exultante, complacida por tan sencilla pero verdadera revelación.

El segundo, no obstante, iba a abocar su ánimo a la ruina. Con poco empeño por falsear la realidad, pronunció unas sentenciosas frases que bastaron para descorazonar al más entregado a sus metas futuras. No hizo falta demasiada profundización para que ella, desalentada de súbito, se percatase de que había escogido, sin darse cuenta, una de las ocupaciones más comprometidas, dificultosas y peor recompensadas de la sociedad.


Fue entonces cuando la vena trágica inundó sus pensamientos cual tsunami. Se imaginó a sí misma sentada frente a un ordenador, redactando con tesón y empeño unas líneas para que apenas fuesen valoradas; o incluso preparando humeantes cafés o fotocopiando documentos para luego entregarlos en mano a un tipo trajeado y demasiado atareado como para prestar atención a una simple idea propia, siquiera una sugerencia. En última instancia, fantaseó con un local lleno de zapatos. Zapatos a un lado, zapatos al otro. Zapatos en el almacén. Zapatos en el centro de la sala. "No, por favor." Lanzó una especie de plegaria mental para que aquello no llegase a planteárselo, pues eso significaría que su sueño se habría desmoronado sin remedio.


Aquel segundo hombre sabio, en el fondo, estaba totalmente en lo cierto; precisamente por eso su moral había descendido tanto. Pero su objetivo no era tal, sino derribar una moral caída para levantarla con una esperanza. Recurrió a los porcentajes para ilustrar su peculiar esquema del futuro. Según las cifras, sólo unos pocos sobrevivirían a las dificultades de la base para alcanzar la más alta cúspide. Pero a ella eso no le importaba en realidad. Había otros, algunos pocos también, que no aspiraban a escalar tan alto, sino a vivir conforme a las pautas de su sueño. Esos pocos, aseguraba el hombre sabio, podéis ser vosotros si ponéis el empeño suficiente en ejercitar vuestra mente.


"Podéis ser vosotros. Quiero que seáis vosotros. Seréis vosotros." En clave de humor, continuó con su explicación, pero ella todavía le daba vueltas a lo anteriormente dicho. Parecía como si el primer hombre sabio se hubiese confabulado con el segundo para lanzar su discurso, ya que no podrían estar más enlazados. Comienzos, dificultades, sueños. Dedicación, esfuerzo, sufrimiento, pasión.

Ella quería escribir; y podía hacerlo.

"Pasión-se dijo-,eso es lo que le hace falta al mundo. Y ahora, más que nunca, me alegra ser una apasionada, y además, sufrir por ello. Porque merece la pena."

Reflexionando...

Las pasiones son como los vientos, que son necesarios para dar movimiento a todo, aunque a menudo sean causa de huracanes.

Bernard Le Bouvier de Fontenelle

viernes, 21 de agosto de 2009

Regreso

Veintiuno, veinte, diecinueve. Diez, nueve, ocho, siete. Tres, dos.

Y uno. Llegó el momento, aunque daba la impresión de que jamás lo alcanzaría. La espera se había hecho interminable y, a veces, tediosa. En el curso de tantas y tantas horas de ausencia física, ella había caído en la cuenta de lo que supondría que él desapareciese de su vida, y también había caído presa de ciertos temores que la asaltaban sin remedio, imaginando que quizá las cosas no podrían ser como de costumbre, tal y como eran antes. La perfecta imperfección de su mundo podría (¿quién sabe?) estar amenazada, romperse incluso sin razón aparente, quebrarse sin remedio. Y eso a ella le aterrorizaba, aun tratándose de temores infundados.

El estío todavía estaba en su esplendor cuando ella pisó aquel andén. Era media tarde y el ambiente suave regalaba ráfagas de viento que jugaban con su pelo.

Nada más divisarle a lo lejos, comprendió con claridad que aquellos temores eran totalmente infundados. Aquel mohín radiante que alumbraba su rostro no daba lugar a dudas, y su corazón comenzó a palpitar con una violencia inusitada. Era él, el mismo de siempre, y no había cambiado. Bastó una mirada intensa para que, sin apenas mediar palabra, ella se arrojara hacia su pecho.

En sus brazos ya nada importaba demasiado. La lejanía, los lloros, el miedo, el nerviosismo tonto y el contar los días se tornaron en algo nimio en comparación con la grandeza de aquel instante. La nostalgia de él se había esfumado, pues a ella había dejado de hacerle falta. No tenía que imaginar su mirada y su sonrisa, ni recrearse recordando su voz, sus gestos o sus caricias. Ahora podía verlos y sentirlos, y su olor impregnaba todo, antojándosele a ella el más dulce de la Tierra.

Por un momento temió que todo aquello fuera producto de una barata ensoñación, que en verdad el tiempo no hubiese corrido y que despertase de súbito para comprobar decepcionada que el reencuentro no era real. Pero el calor de aquel abrazo no podía ser ficticio. Ni sus labios que, delicados pero anhelantes, sellaron un beso, el esperado beso que tantísimo deseaba con impaciencia.

Unas pequeñas lágrimillas nacieron de sus ojos, pero las retiró al instante. ¿Por qué llorar? ¿Con qué objetivo habría de empañarse la vista pudiendo contemplarle a él, por fin en carne y hueso ante ella? Llorar de felicidad resultaba extático. Pero reír, más.

-No te vayas...
-Si voy a volver, tonto.
Porque contigo siempre estoy en casa.

Reflexionando...

Es al separarse cuando se siente y se comprende la fuerza con que se ama.
Fiodor Dostoievski

martes, 28 de julio de 2009

A tiempo parcial


Vaya: has vuelto. Y parece que has cambiado de parecer.
Todavía no te entiendo, y puede que tampoco te crea. Pero deseo creerte.

De un día para otro, te marchaste de mi vida esgrimiendo cuatro pobres excusas. De repente, todo lo que había significado para ti pareció convertirse en una nube de humo que, más rápido de lo que percibía, se esfumó. Todos nuestros lazos desaparecieron: las conversaciones disparatadas, las sinceridades confiadas, los abrazos espontáneos, los enfados infantiles y menos importantes. Pum. Se fueron, amparadas por diversos pretextos coronados por el mayor de todos ellos: había cambiado.

Ya no me saludabas ni me llamabas en busca de consuelo, y tampoco me lanzabas miradas cómplices ni esbozabas sonrisas para dedicármelas ante una tontería. Ni siquiera me mirabas a los ojos cuando pasaba a tu lado. Sin dramatizar, había perdido de sopetón al que creía un buenísimo amigo. Lo más curioso de todo era que apenas me había percatado del susodicho cambio. Yo me sentía la misma; o al menos me importabas lo mismo.

Probablemente, yo también me llevé mi parte de la culpa en aquel distanciamiento al que siempre aludes. Pero, ¿cuál era la razón de tantos susurros, cuchicheos y murmuraciones? ¿Era el rencor lo que te cegaba para, así como así, empezar a hablar de mí como de una extraña? ¿O simplemente era dolor ante el supuesto cambio que puede que no te molestaras en comprobar, y que incluso puede que tú también sufrieras?

Poco a poco, me he ido percatando de que todos cambiamos con el tiempo. No he llegado a dilucidar de qué tipo es ese cambio, pero estoy casi convencida de que mantenemos una esencia que permanece, aunque el caparazón vaya modelándose. Si mis rasgos más característicos, los que conociste desde el principio, continúan ahí, ¿por qué pasé a ser una desconocida para ti?

¿Qué es lo sorprendente? Que ahora regresas, y quieres que las cosas retomen su cauce.

A pesar de que no llegase a entender tus razones (cosa que todavía no he hecho), creo que necesitaba perdonarte. Aunque sólo fuese por hacer honor al pasado.

Pero las preguntas acerca de tus reacciones pasadas siguen rondando mi cabeza. ¿Si estabas tan sumamente seguro de que "íbamos a dejar de ser amigos pronto", por qué te esforzaste (o aparentaste hacerlo) por forjar una amistad a tiempo parcial? ¿Acaso se te antoja divertido hacer y deshacer amistades para matar el tiempo libre? Y ahora, ¿por qué deseas rehacer la nuestra de nuevo? ¿Acaso ha cambiado algo repentinamente? No te comprendo, ni creo que llegue a hacerlo nunca.

Por fortuna, tengo amigos a tiempo completo.

Reflexionando...

La amistad es más difícil y más rara que el amor. Por eso, hay que salvarla como sea.
Alberto Moravia

domingo, 12 de julio de 2009

Trotamundos

Si supieras que vas a morir en poco tiempo, ¿qué harías?
No se dan cuenta.

Muchos apenas se percatan de ello. Y es que son, sin pretenderlo quizá, unos suertudos por hacerse con algo totalmente anhelante y muy deseable.

Han visto sonrisas, gestos y miradas. Se han cruzado con los ojos de extraños no tan cercanos. Han intercambiado palabras de las formas más variopintas. Han sufrido o gozado de climas dispares. Se han deleitado con las maravillas de genios de la arquitectura, de la pintura o de la escultura. Han contemplado otros mares. Han pisado la grava, arena o piedra sobre la que caminaron personajes célebres; o quizá no tanto.

Sin embargo, no se dan cuenta. Gran parte tiene la oportunidad de verlo como una rutina, de tener variadas posibilidades al alcance de su mano, e incluso puede haber algunos a los que la perspectiva no les tiente en absoluto, ya que prefieren permanecer en casa, al abrigo de su gente y su monotonía (que, ojo, no tiene por qué tener nada de desagradable).

Dos emociones se entrecruzan en mí al llegar determinadas fechas: la envidia y la nostalgia. Envidia por ese anhelo irrefrenable de estar en su lugar, de que se me brinden oportunidades así.Y nostalgia porque quiero regresar. Regresar a esos momentos en los que he volado del nido por un instante, para disfrutar de experiencias que me eran desconocidas.

Aun con todo, queda en evidencia que no todos se comportan de este modo. Otros muchos se percatan de que han de sacar provecho de tales oportunidades y, con no poco criterio, disfrutan.

Pero todavía existe una tercera categoría entre estos suertudos: hay otros, probablemente muchos menos, que salen al mundo para ayudar. Y precisamente es a ésos a los que envidio con más fiereza, incluso de manera nada sana, porque ellos tienen el valor y el empuje preciso , empuje del que yo carezco, para lanzarse a mejorar la vida del prójimo, o tan sólo a intentar hacer de este globo un lugar algo más habitable para todos. Son ellos los que, sin duda, merecen mayor consideración.

Y es que la pregunta del encabezamiento me la formuló hace nada, no con poco interés, un amigo. ¿Mi respuesta?

Viajaría. Viajaría por todo el mundo. Pero sola no, claro: acompañada.

Reflexionando...


Viajar es imprescindible y la sed de viaje, un síntoma neto de inteligencia.

Enrique Jardiel Poncela

miércoles, 8 de julio de 2009

Ingenua

Imaginad la escena. Una jovencita universitaria toma asiento en un sillón negro de ruedas. A sus espaldas, una peluquera veinteañera de pelo de un caoba rojizo trajina con sus cabellos recién capeados y le empieza a hacer preguntas. Por no sé qué camino, desemboca en el tema de los noviazgos. Más al fondo de la estancia invadida por útiles de belleza, otra muchacha, rubia y de similar edad, se incorpora a la conversación. Y, en un intercambio de opiniones así, no podía faltar la madre de la protagonista de la polémica.

-A esta edad, en general, las cosas se acaban. (caoba)
-Sí; ¡quién sabe lo que pasará dentro de tres años! (madre)
-Pues mira, yo llevo desde los 15 años con el mismo chico. (rubia)
-Ya, bueno. (caoba)
-Eres joven, aún es pronto para estas cosas... (madre)
-Bueno, ya no lo es tanto. Pero sí, es joven: 19 años. Todavía es tu niña. (caoba)
-Tú céntrate en estudiar, que es lo más importante. (madre)
Una retahíla de consejos recibidos más o menos afortunadamente, pero bienintencionados. Pero ella se siente, de súbito, presionada. No tanto presionada por los demás, sino más bien presionada por el tiempo. Por las circunstancias. Por el miedo.

Ella siempre ha sido una soñadora. Quizá no debiera serlo, pues da la impresión de que la gente, hoy en día, tiende a ser más pragmática. Si una parte marcha lejos por un tiempo, parece oportuno abandonar lo emprendido. Si sobreviene el cansancio y no imperan los esfuerzos por salvarse en una mala racha, mejor dejar lo comenzado. Si, a fin de cuentas, todo va a pique, acaba terminando porque nadie pone remedio. A ella le gustaría creer que hay más personas de las que imagina preocupadas por esto, pero no hay más que pensar en la frase de su madre: "Tú céntrate en estudiar, que es lo más importante. "

De todos modos, ella se resiste a creer que la madre trate de alejarla de sus aspiraciones. Al fin y al cabo, sólo desea que se incline más hacia una, aquélla que le asegure un futuro. Un futuro mucho más estable que el que le puede proporcionar un principito que podría tornarse rana de un momento a otro. Eso es lo que toda madre tiende a pensar, y no le falta razón, pues nunca parece haber escasez de corazones rotos en este mundo, dicho mal y pronto.

Pero es que ocurre algo curioso: a ella no le faltarían razones para dejar de soñar y poner los pies en tierra firme, pero el caso es que todas estas afirmaciones refuerzan su empeño. ¡Qué estúpido es creer que existe alguien que nos puede corresponder y amar de verdad durante toda nuestra vida! ¡Cuán tonta tiene que ser aquélla que, rodeada por la actitud práctica del momento, quiera conquistar una felicidad plena basada en una sola persona! ¡Y, además, sabiendo que esa persona es totalmente imperfecta y que un fallo garrafal de la misma puede decepcionarla y hacerla caer en un hoyo de desilusión! Lo peor de todo es que sabe con certeza que las cosas pueden terminar, de repente, por factores y factores, ya que lo ha soportado en un pasado no tan lejano. Qué ingenua, ¿verdad? Pues ella se resiste.

Y es que ella desea, como decía hace unos meses ese profesor que le ha hecho reflexionar tantísimo, pasar por encima de las limitaciones de él. Hasta ahora lo ha logrado. Pero, ¿y si esos sabios adultos llevan la razón? ¿Y si el sentimiento se acaba, pues la desilusión puede con él? Algo así quería decir su madre, así como la joven de cabello caoba.

Desde luego que empatiza totalmente con la muchacha de cabellos dorados. Porque, si hubiera de elegir entre lo más verdadero que hay en la vida, ella no dudaría ni un instante al proclamar su elección: escogería el amor. Aunque eso le costase ser una atolondrada ingenua por siempre.

Reflexionando...

Aprendemos a amar no cuando encontramos a la persona perfecta, sino cuando llegamos a ver de manera perfecta a una persona imperfecta.
Sam Keen

jueves, 28 de mayo de 2009

Perfectamente imperfecto

Debo de ser tonta. O algo parecido.

Son muchas las veces que me pregunto por qué soy tonta exactamente. Si por no aguantar lo que me toca o más bien por no aceptarlo. Me da la sensación de que es lo primero, porque me parece que hace tiempo que me percaté de que, como decía mi madre y sigue diciendo, "Don Perfecto se murió".

"Me sacas de quicio". Una de mis frases estrella, sin duda, que evidencia una realidad que no debería negar. Y es que él no es el summun de las virtudes. No se trata de un muñequito ideado a mi medida, un señorito hecho en exclusiva para mí, que tiene todo lo que podría desear de un hombre. Eso sólo es un sueño apto para una ingenua. Porque es humano..., y yo también lo soy.

Ciertamente, me saca mucho de quicio. Me pone de los nervios que no pare de charlotear y luego me llame habladora, que sea un bocazas y un inoportuno, que carezca de sentido del disimulo y, por añadidura, que se cabree de maneras escandalosas (aunque se supone que yo también lo hago, vaya por Dios...) No puedo con su manía de comenzar una frase y dejarla a medias, como queriendo entrever un reproche que muere a mitad de camino; ni tampoco me convence nada su forma de ignorar un tema importante, o al menos de hacer que lo ignora. Ahí sí que es un buen disimulador, sin duda. Me saca especialmente de mis casillas, además, que empiece comentando algo y se vaya por otros derroteros, desviándose del punto central de la charla/debate/discusión acalorada por completo; así como su innata cualidad para creer que lo mejor del mundo mundial es lo suyo: lo que a él le gusta, lo que él valora, en lo que él cree firmemente. Y, para coronar el pastel de defectos, he aquí lo que más aborrezco: su orgullo, su maldito y honorífico orgullo.

Da la impresión, a todas luces, de que describo a una persona que odio. Pero, dejando de lado que no me gusta odiar a nadie, resulta que esta es una persona a la que adoro. ¿Irónico? Quizá. O quizá no tanto.

Y es que esta gran paradoja, bien vista, va dejando de contradecirse en todos sus puntos por el simple hecho de que cada uno de los defectos es compensado por sus virtudes. Incluso algunos de estos defectos enumerados minuciosamente se transforman, de alguna manera, en algo encantador.

"¿Qué es lo que te gusta de mí?" Esa complicada pregunta se me ha venido planteando por su parte desde hace ya un buen puñado de semanas y semanas. Difícil respuesta, pero que (¡mira tú qué gracioso!), me ha venido nítidamente a la cabeza precisamente por sus honorables meteduras de pata.

Me gusta su sonrisa pícara cuando se pone orgulloso, esa sonrisa que parece susurrar: "mi orgullo es tan sólo una coraza, soy bueno en el fondo". Me gustan sus convicciones, aunque esa fuerza acabe por ser arrolladora y apabullante. Me gusta que hable tanto o más que yo, porque disimulo mi propio defecto. Me gusta que varíe los puntos de una conversación, pues me acabo enterando de cosas alucinantes acerca de las que no pretendía conversar. Me gusta que alardee de sus conocimientos: nunca dejo de aprender a su lado. Me gusta que se haga el desinteresado cuando, en realidad, ha prestado atención a todas y cada una de mis palabras, y les ha dado mil vueltas. Me gusta que tenga cosas por las que luchar, vivir y creer. Me gusta él.

Él es la única persona que puede hacerme reír y llorar al mismo tiempo. ¿Por qué? Porque tiene el sutil encanto de ser perfectamente imperfecto.

Señoría, ruego encarecidamente su perdón, pues, en el fondo... yo también lo soy. Sobre todo lo segundo.

Reflexionando...

Hay defectos que manifiestan un alma bella mejor que ciertas virtudes.
Cardenal de Retz

sábado, 23 de mayo de 2009

Y por fin...

He vuelto al pasado, pero esta vez no ha sido doloroso.

En los últimos años, cada minúsculo recuerdo de aquellos días me punzaba como afilados alfileres. Invertía todos los esfuerzos de los que escasamente disponía (sobre todo al principio de esa pequeña tortura) en tratar de olvidar, mágica palabra que anhelaba se hiciese realidad cuanto antes. Lo curioso es que cuanto más fuerte era el anhelo, menor efecto surtía en la práctica. Me desmoronaba de nuevo. Volvía a escribir largas cartas. Tomaba el teléfono y marcaba ese número que siempre estaba ahí, grabado a fuego en la memoria por si acaso lo necesitaba algún día. Las lágrimas acababan aflorando sin remedio.

Era un amor-odio insaciable. Se trataba de querer y aborrecer al mismo tiempo, y lo peor de todo era que tenía la necesidad de seguir sintiendo esa extraña e hiriente mezcla.

Cuando las aguas comenzaron a calmarse un tanto, nos hacíamos siempre la misma pregunta. ¿Amigos? Ja. No nos lo creíamos. Y de hecho, seguimos sin creerlo demasiado. ¿Cuál es la diferencia? Que el camino se ha ido formando a través de la maleza del amor-odio. Un amor-odio que cada día se disipa más y que tiende a dar paso a otro sentimiento incierto y deseado, pero dominado por el sosiego. Se acabó la pasión (tanto negativa como positiva) exacerbada.

Anoche, físicamente envuelta en una pegajosa atmósfera, evidente anticipo del verano, experimenté todo lo contrario dentro de mí: un maravilloso y esperado soplo de aire fresco. Volvimos a lo de antes. Pero ya no somos los mismos ni por asomo.

Nuestra situación no era para nada común. Quizá fue por eso por lo que nos perdimos el respeto, pero lo mejor es que hemos enmendado grandes errores. Y eso es lo que cuenta para avanzar en la vida.

Lo más valioso de todo esto es, sin duda, la nueva visión con la que se me ha obsequiado. Una visión sobre lo que tengo y lo que podría desear. ¿Conclusión? Llana, muy llana: mi suerte ha sido descomunal. Porque esta persona, como esas otras pocas personas importantes en mi existencia, ha hecho que me percate de que tengo en mis manos la felicidad, justo al lado. Que poseo lo que estaba buscando. Y ellos, los que me conocen demasiado bien, lo saben con tan sólo escucharme hablar de ese regalo del cielo que es él.

Ha costado cuatro años salir de la tormenta. Y por fin... la calma tras la tempestad. Gracias.

Reflexionando...

La magia del primer amor consiste en nuestra ignorancia de que pueda tener fin.
Benjamin Disraeli

martes, 19 de mayo de 2009

Acobardamiento

Esa es la palabra exacta y, por desgracia, define con demasiada precisión lo que he sentido hace muy poco.

Esta mañana, tras haber perdido el autobús urbano y, en consecuencia, haberme quedado fuera de clase, me he dirigido a la universidad más tarde de lo normal. Volviendo, he vuelto a gastar más saldo de mi tarjetita. Adelante, a casa. Pero algo ha roto mis esquemas.

Estaba sentado justo en la primera fila de asientos del fondo, a la derecha, junto a la ventana. No he querido creer que era él. Me he acomodado en sentido contrario, paralela a dicha fila, decidida a hacerme la sueca por miedo. O tal vez por cobardía.

Insistía en escrutar el paisaje exterior a través de la ventana para distraerme, o más bien para parecer distraída, al tiempo que sentía sus ojos clavados en mi espalda. "Seguro que está pensando si soy yo o no. Se dirá: <<¡Cuánto ha cambiado! ¿Acaso no me reconoce?>>, y comenzará a recordar el verano del año 2005. Le vendrá a la cabeza la fiesta de disfraces en la que nos intercambiamos la ropa, cuando él se puso mi falda e iba tan gracioso. Rememorará los paseos por el río y por el pueblo, en los que hablábamos de todo y reíamos por nada. Como un chispazo, aparecerán en su memoria esos instantes juntos en las "quedadas". Y también se acordará de nuestras llamadas telefónicas, que unían el pico de Navarra, ese norte que es su hogar, con el sur de la comunidad, de donde provenía mi voz. Por supuesto que no pasará por alto esos continuos proyectos de cita que quedaron en agua de borrajas, ni el día que me anunció que, posiblemente, estudiaría en Pamplona. <<¡Nos podremos ver!>>, decíamos, claramente contentos.

Sí, nos podemos ver. Pero de otra forma. Hoy le he visto, con su tubito de arquitecto, su mochila y unas Converse parecidas a las que se compró aquel día con tanto entusiasmo. También llevaba barba; esa barba que tantas veces le dije que se afeitara porque le hacía más mayor, proposición que él rehusaba aunque yo le diese la vara y acabáramos riéndonos.

Quería, deseaba, acercarme y decirle hola, preguntarle qué tal le iba todo y tratar de volver a lo de antes. Pero, por alguna extraña razón, ninguno de los dos se ha movido ni ha tomado la iniciativa. La barrera invisible que nos separaba al uno del otro era fuerte, y ni yo ni él nos hemos atrevido a romperla.

Lo curioso es que nunca nos enfadamos ni jamás nos traicionamos. Simplemente, sobrevino el distanciamiento. Y sólo cabe preguntarse: ¿por qué?

A lo tonto, el tiempo va pasando: todos lo sabemos. Pero lo que llega a irritar es que pase en vano..., y no se aproveche lo que en su día fue una preciosa amistad.

Prometo que la próxima vez me sentaré a su lado, para renovar el antiguo vínculo.

Porque lo que se une no debe separarse por razones tan ligeras.

Reflexionando...

Recorre a menudo la senda que lleva al huerto de tu amigo, no sea que la maleza te impida ver el camino.
Proverbio indio

viernes, 8 de mayo de 2009

Las dos caras de la moneda

Hoy he visto la sonrisa más triste del mundo.

Se perfilaba tímida, en unos labios dudosos. Parecía resistirse a salir, pero no lo lograba, pues las circunstancias la requerían. No obstante, al esbozarse, nerviosa, se adivinaba en ella un halo de desesperanza, una cierta desgana que la convertía en algo carente de la simpatía de una sonrisa corriente. La alegría se tornaba en melancolía. Una nostalgia con una fachada risueña..., pero nostalgia, al fin y al cabo.

A veces, no todo es negro ni blanco. En muchas ocasiones, predomina un cierto tono gris en los acontecimientos con los que te vas cruzando, poco a poco. Y, en cierto modo, esto es bueno. Porque todo lo malo tiene su parte positiva, ¿no nos lo dicen nuestras madres y abuelas para consolarnos? Será que es verdad...

Esa triste sonrisa me ha hecho recordar varias cosas. Me ha llevado, de sopetón, a entender la más grande de las pequeñeces. Me ha hecho caer en la cuenta, en definitiva, de lo afortunada que soy.

Qué curioso. Toda la semana quejándome del estrés rutinario, de las discusiones banales y de tener que memorizar decenas de nombres de generales, fechas y sucesos históricos para que, librada la batalla del examen y deseando un poco de descanso, de golpe y porrazo me cruce con esa sonrisa. Una sonrisa que ha hecho que no importase ni el estrés, ni las discusiones, ni el estudio. Una sonrisa que ha cambiado, por un momento, todo, y me ha impulsado a ver lo que verdaderamente importa.

Estoy completamente segura de que a cualquier persona le ha sucedido, alguna vez, algo semejante. Y es que la desgracia de otros, esa desgracia que nos infunde tanta pena y conmoción, especialmente si esos otros son gente cercana, nos provoca, de alguna manera, alegría. Alegría por saber que nuestra fortuna es inmensa.

Es reconfortante saber que esto es una buena señal. Señal de que las cosas no van tan mal como uno piensa cuando está inmerso en las prisas, en la rutina, en lo habitual. Que no os apene sentir una alegría conmocionada frente a una sonrisa triste.

Tal como prometí, en este día de dobles caras, he aquí algunas pequeñas cosas que me encantan...

Me gusta...

... escuchar cómo la lluvia repiquetea fuera, arropada en la cama.
... planear algo para que luego salga al revés, y mejor de lo que esperaba.
... llegar cansada un sábado noche y arrojar los zapatos en el ascensor.
... reírme absurdamente hasta que me duela el estómago.
... morderme las uñas (lo sé, es un vicio)

Pero sobre todo me encanta que atravieses mi mirada, en el momento más inesperado, con esos preciosos ojos color chocolate.

Reflexionando...

No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.
Oscar Wilde

domingo, 23 de noviembre de 2008

Buen fin de semana

El viernes, agotada y tratando de descansar; el domingo, como siempre, estudiando y aborreciendo el último día de la semana, bastante aburrido habitualmente. Hasta aquí todo parece corriente, las típicas cosas que me ocurren en un fin de semana. De ahí que el sábado siempre sea el mejor día de las tres jornadas festivas. Hay sábados muy divertidos, sábados bastante rancios por diversas razones, incluso puede darse el caso de que te toque un sábado malo y horroroso, en el que te levantes con el pie izquierdo y no te apetezca ni salir. Pero este no ha sido el caso. Este sábado ha sido uno de los mejores sábados de las últimas semanas. ¿Que por qué? Por una sencilla razón: he hecho algo diferente. A veces, cambiar de método sabático (por llamarlo de alguna forma) es bastante interesante y da lugar a emocionantes resultados. El día de ayer fue prueba de ello. Y ahora, me dispongo a relataros la crónica de mi sábado distinto. Allá voy.

Resulta que, por alguna extraña razón, a un señorito llamado Álvar le dio por efectuar una didáctica (o no tanto xD) visita a la Ribera, en concre
to a la mejor ciudad de la misma: Tudela (ese ego... :P) El caso es que, después de numerosas insistencias por mi parte, la idea le acabó por atraer y se dejó catorce pavos en un billete de autobús por contemplar las maravillas de mi urbe de origen.

Al principio de la mañana (más bien del mediodía) teníamos energía a raudales para hacer un tour turístico y cultural:
entramos a la catedral (aunque cuando estábamos a mitad de la visita tuvimos que irnos porque daba la casualidad de que se había celebrado una boda y no era plan de salir al mismo tiempo que los novios, no vaya a ser que nos cayera arroz en el cogote o que nos saliera al paso algún dantzari de esos que andaban por ahí amenizando la fiesta); dimos una vuelta por la Plaza Nueva, casco viejo y alrededores; e incluso presenciamos una guardia policial de primer orden, pues habían atracado una joyería en la calle Carrera (me he informado) a las 10: 30 de la mañana y los ladrones en cuestión habían salido por patas al punto.

La cosa es que, después de comer y tal, las ansias culturales se redujeron a los mínimos y acabamos en el Yamaguchi tudelano realizando, mmm... ¿cómo llamarlo? Aventuraciones filosóficas, ¿sí? Buena palabra ^^

Más tarde pasamos por mi casa a por unos apuntes porque, ejem, ejem... A alguien no le apetece ir a cl... ejem, ejem. Al mongolín este le
gustó y todo. Poco después nos reunimos con mis amigas (y amigo), no sin antes acompañar a mi hermanita a reunirse con sus amigas y contemplar cómo todas ellas perseguían sin piedad al pobre Haritz, un chico de su clase, y le gritaban de todo por llevar un bolso xD Ay, tener 11 años es otra historia; definitivamente, qué tiempos.

Tras atiborrarnos de gominolas y demase
s, fue llegando la hora de devolver a la cosa esa a casa (^^), así que fuimos a dar un paseíto por el río para que contemplase sus cristalinas aguas (ya nos gustaría ¬¬). Como venganza o frustración interior (quién sabe), a Álvar se le ocurrió la fantástica idea de tirarme en un montón de hojas de manera un poco brusca T.T Después, me cegó con el flash de su preciada cámara digital y yo acabé hasta los cojones, siendo poco fina. De todos modos, salí ilesa. La foto de al lado os puede ayudar a haceros una idea de la magnitud de la situación y de las pintas que acabé teniendo cuando conseguí emerger del montón de hojas en cuestión.

Conclusión: nos lo pasamos pipa. Espero que se vuelva a repetir algo así, me da igual si es en Tudela o en Honolulú. La cuestión es que sea tan divertido :)

El reloj marca más de las once de la noche y mi maleta está todavía sin hacer, razón por la que concluyo ya por hoy. Mañana más, señoras y señores (xD)

A todo esto, hablando de mañana: las notas parece que SÍ van a salir por fin. Como muy muy tarde el martes. Como mucho, digo. Por lo tanto, el conocimiento de las mismas va a ser casi inmediato. Repentino. Cercanísimo. Qué miedo, crucemos dedos. Esperamos todos que haya ido bien. Aunque lo hecho, hecho está :(

¿Iré a correr mañana finalmente? Venga, sí, lo haré. Toca cumplir mi promesa :D

Reflexionando...
La música es sinónimo de libertad, de tocar lo que quieras y como quieras, siempre que sea bueno y tenga pasión, que la música sea el alimento del amor.
Kurt D.Cobain

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