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domingo, 28 de agosto de 2011

Si pudiera...


Lo bueno de crecer es que estás preparado para otro golpe. Lo malo, que pierdes la ilusión.
Quiero ser niña otra vez. Trepar por el sofá, arrastrarme con un juguete en la mano, dar conciertos a mis peluches. Modelar un mundo perfecto en el que nada pueda salir mal. En el que todo tenga un final feliz.

Pero como esperar un retroceso en el tiempo sería demasiado lunático, me conformaría con ser un poquito adolescente de nuevo. Que los latidos se me atragantaran, que el pecho me vibrase con cada esperanza, que el futuro fuese todavía muy incierto. Que pensara que he encontrado al amor de mi vida. Que creyera que eso existe.

Creí tantas veces que lo tenía frente a mí que exprimí mi corazón hasta dejarlo seco. Me afané en agotar todos los besos que tenía. Quise dar todo, y me quedé sin nada. Y ahora no sé cuánto tardará en regenerarse la ilusión.

Lo difícil es encontrar el equilibrio: albergar un escepticismo razonable, cubierto de un velo de ganas de comerse el mundo. Aún es muy pronto para dejar de creer. Me caí de un barco, y aún me ahogo por la última aguadilla.

Pero que todavía sienta punzadas en el corazón es buena señal.


Reflexionando...
El hombre que no ha amado apasionadamente ignora la mitad más hermosa de su vida
Stendhal





martes, 19 de julio de 2011

El jarrón caído

La confianza es tan frágil como el cristal más fino.

Querida amiga,

Te lo contaré con franqueza. Éste es el momento más crítico para demostrar la verdadera amistad. Asegurarás que soy dura, cruda e injusta; pero la realidad y la vida nunca dan tregua.

Desde hace muchos meses soy una escéptica. Por eso siento en el alma no creerte. Tú has hecho todo lo posible por transmitirme confianza, pero la ballesta ya se ha lanzado. Y aunque hayas tratado de ralentizar la trayectoria, me ha dado directamente en el pecho. Ahora está blando y vuelve a sangrar como lo hizo en aquel frío noviembre.

No te quiero perder, pero sé que, como persona inteligente que eres, eres consciente de que no puedo tenerte cerca en estas circunstancias. De que cada momento a tu lado me recordará una y otra vez a él. Y que, aun tratando de comprenderte, nunca podré asumir que le hayas escogido frente a mí.

Cuando todo acabó, una parte de mí se fue con él, y recomponerla no me está resultando fácil. Asumir los finales es parte de la madurez, y si fuese otra persona tendría que aprender a soportarlo. Pero odiar y recelar de la que ha sido mi mejor amiga es mucho más difícil. Y, especialmente, intentar comprender que alguien que ha visto todo mi sufrimiento ahora se tape los ojos ante él.

Créeme: entiendo también tu sufrimiento, y me pongo en tu piel. Es complicado entrar en los zapatos del otro y ver todo desde sus ojos. Pero tú también has de comprender que, de seguir esto adelante, puede que nunca más seamos las mismas. Habrá habido una traición de por medio. Y cuando pase el tiempo y él sólo sea una mera anécdota, llegarás a comprender esto en su verdadera magnitud.

Para mí, lo que ocurra -o esté, de hecho, ocurriendo- es algo pasajero. Es algo personal que yo no puedo determinar, pero pondría mi mano en llamas si fallara mi vaticinio. Te conozco lo suficiente como para saber que esto no tiene vocación de futuro. Y que en ningún momento podrá darte una felicidad duradera. Sólo un simple idilio hedonista que aprobaría si no fuese porque hay mucho dolor de por medio.

Nunca podré prohibirte nada, porque la amistad es algo libre. Pero necesito avanzar un tiempo sin tu apoyo. Necesito también recomponerme para sacar fuerzas y arreglar este destrozo. Mi carga ya es demasiado pesada.

Te quiere,
Marta

PD: Todo esto demuestra que, aun con todo, el verdadero amor se mantiene aunque no sea correspondido. Y creo que tú también sabes de eso.

Escuchando... White Blank Page, Mumford and Sons



jueves, 2 de diciembre de 2010

La bofetada


Olvidarte no es cuestión de cerrar los ojos.
Ya era bien entrada la mañana cuando despertó de un sobresalto. La habitación dormitaba en la penumbra, y los fuertes rayos de sol no lograban traspasar ni una de las rendijas de la anticuada persiana.

El cansancio le había sentado mal: la melena revuelta, las sábanas arrugadas, la mirada perdida. De ningún modo había sido una buena noche.

Habían sido diez horas de relajación física, pero en las que la mente había borbotado como no lo había hecho desde hacía días. El anhelo de apartar de ella todo antojo de tristeza durante la vigilia había desembocado en una larga, dolorosa y onírica jornada a través de calles desconocidas.

Con toda probabilidad, nunca había viajado tantas horas como lo había hecho durante aquella larga noche de invierno. Había tomado trenes, autobuses y caminado enormes trechos; había recorrido una ciudad amenazante y arisca, repleta de muchedumbres que avanzaban a su propio ritmo y a las que les importaba bien poco lo perdida que se hallase. Lo curioso es que en este terreno hostil se había cruzado con personas capitales en su vida, que le habían aconsejado que desistiera de perder el tiempo junto a él.

Mas ella los ignoraba con acritud: estaba convencida de que su corazón estaba a su lado, y avanzaba, resuelta, buscándole entre las masas. En realidad se habían citado en algún punto de ese hábitat enigmático,a pesar de que él parecía prestar poca atención a dicho encuentro. Se encontraban casualmente uno junto al otro, pero él volvía a internarse entre la gente. Ella, aun perdiéndolo de vista, continuaba su camino, deseosa de volver a ver de nuevo aquellos ojos de avellana y esa sonrisa de niño pícaro que tanto le apaciguaba el alma.

Llegado algún punto, logró abarcarle en un espacio cerrado. Ella era consciente de que la escena no podía ser real: estaba frente a él, y de ninguna manera esto se podría haber producido con tanta facilidad en la vida corriente. Además, él la miraba; sí que es cierto que con los ojos entornados, quizá eludiendo el contacto visual directo. Pero su posición era firme, y nada había de huída en su pose.

Tras haber mediado palabras superfluas, que correspondían con la idea previa con la que había acudido a su encuentro, una rabia incontenible se apoderó de su cuerpo. Ascendía como una marabunta a lo largo de sus venas y no lograba tomar el control de ella. De hecho, ni siquiera quería: ya no le quedaban más formas de expresar su desazón. Levantando el brazo derecho, le propinó una sonora bofetada en la mejilla. No reverberó: el sonido era opaco, contundente.

No era suficiente: las punzadas del corazón no remitían. El desahogo fue en ascenso: su fuerza era como un torrente. Bofetada tras bofetada, puntapié tras puntapié, la tristeza era mayor que cuando la pelea había comenzado. De hecho, no existía tal pelea: él se dejaba hacer. Asustado, se encogía y cerraba los párpados para recibir el siguiente escarmiento, pero no cejaba en su empeño. Su opinión no cambiaba en absoluto a pesar del enfrentamiento físico. "No te quiero. Nunca te he querido", murmuraba entre dientes, a pesar de que eso acrecentase la ira de ella.

Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que los golpes le procuraban mucho más dolor a ella. Las manos escocían; el corazón destilaba litros de amargura. Por el contrario, él permanecía imcólume, sin restos de llagas o moratones. Este episodio no le dejaría cicatrices; acaso algún que otro recuerdo. Pero los estigmas sí que nacerían en las palmas de ella.

Llegado este momento, abrió los ojos como un resorte. Las manos lucían mortecinas, el cuerpo entumecido. Efectivamente, nada de aquello había sucedido realmente; pero se encontraba tan agotada como si aquellos golpes hubiesen sido ciertos. Emitiendo un suspiro de alivio, se arrastró por la casa de manera automática, todavía rumiando los porqués de aquel incidente onírico.

Entonces lo comprendió todo. Por mucho que se esforzase en abrir su pecho y mostrarle el corazón enllagado, él no se turbaría un ápice. Por mucho que le regalase un río de palabras sinceras, él no se acabaría empapando. Por mucho que le abofetease para que bajase a la tierra, él no reaccionaría. La razón era muy simple: el terreno que ambos pisaban no era el mismo. Él ya tenía los pies en el suelo, pero en un universo distinto. Por eso, era inútil tratar de atraerle al suyo si él no quería despegarse del suelo por el que había caminado hasta entonces.

Sólo el amor más puro y verdadero nos hace levitar y conocer nuevos parajes; escenarios en los que creíamos que nunca íbamos a entrar.

Pero ellos vivían en mundos distintos.

Reflexionando...

Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección.
Antoine de Saint-Exupery

domingo, 17 de octubre de 2010

El ascenso


Reducir la velocidad nos ayuda a comprender mejor lo que nos rodea.
Hoy es el día. En esta reluciente jornada de otoño, las posibilidades de lo que podría haber sucedido me resultan infinitas. Las mentes como las mías, emocionales y sistemáticas al mismo tiempo, suelen preguntarse los por qués de todo, aventurando qué podría haber ocurrido en el caso de que cierto factor no hubiera operado de determinada manera para desencadenar repercusiones fatales.

Tanta enredadera mental nunca lleva a buen puerto si no sabemos pararnos un instante a contemplar nuestras circunstancias. : hoy podría haber estado abrazando a las que eran, con seguridad, dos de las más importantes personas de mi vida. Podría haber sonreído de emoción en nuestro día, y atesorar cada segundo junto a ellas en la memoria. Habría sido un día de los que se rodean con un círculo rojo en el calendario. Pero esa era mi vida de entonces.

Por ello, hoy es también el día en el que he logrado dilucidar en qué punto de mi camino me hallo. Se suele comparar la vida con una montaña rusa que, con sus ascensos y caídas, nos adentra en momentos de éxtasis absoluto, que nos arrancan carcajadas y nos hacen flotar soltando las manos en el aire para sentir con más intensidad. También se puede afirmar que dicha montaña rusa nos lleva por sendas rígidas y confusas, en las que, con el cuello tirando y los brazos tensados, tratamos de mantener nuestras esperanzas vivas a pesar de que el camino que se avecina parezca tortuoso.

Tú fuiste una caída en picado. Al igual que en las atracciones más potentes, provocaste un descenso sin previo aviso: precipitado, confuso, doloroso. De los que dejan sin aliento y nublan la vista, hasta que llegamos a asimilar qué ha ocurrido y dónde hemos llegado a parar.

Una vez que desprendemos nuestras uñas de la barra de seguridad, hincadas en ella hasta dejar marcas, llegamos a entender las cicatrices que nos han quedado. Se trata de estigmas profundos, que quizá nunca desaparezcan de nuestra piel y nos recuerden, durante el resto de nuestro largo trayecto, las incomodidades que sufrimos y el terror que experimentamos cuando, coronando la atracción, contemplamos con pavor la enorme bajada que se avecinaba.

Sin embargo, no podemos permanecer quietos eternamente observando nuestras heridas. Poco a poco, vamos haciéndonos la composición de lugar, para percatarnos de cuál es la situación y altura a la que se sitúa el vagón en el que viajamos. Han transcurrido semanas en las que, casi sin ver, oír y sentir, me he mantenido en una planicie apática y yerma, hasta el punto de que no me importaba si me volvían a lanzar al vacío. De hecho, lo anhelaba: prefería caer en picado, acaso sin cinturón de seguridad, para que mi corazón despertase de súbito y volviera a sentir algo que lo sacudiera.

Tal automutilación no podía durar demasiado tiempo: llega un instante en el que, observando con cierta resignación y nostalgia lo que dejamos atrás, consideramos que deberíamos estar mejor preparados para el siguiente descenso, conscientes de que, a diferencia de las montañas rusas reales, ésta no efectúa segundos viajes.

Las reacciones ante este hecho pueden ser variadas, pero la más común consiste en abrocharse el cinturón de seguridad, ajustar la barra delantera y sentarnos en un completo ángulo recto para evitar males mayores. "No me volverá a pasar", sentenciamos.

Pero la rigidez no puede eternizarse pues, al fin y al cabo, somos hombres que, con sus debilidades, se amilanan al toparse de nuevo con la belleza. A pesar de que nos esforcemos en centrarnos en la rectitud de nuestra vía, siempre llegarán curvas que nos hagan movernos y, probablemente, nos pongan del revés para recordarnos que la complejidad de la existencia es absoluta y, por esta misma razón, emocionante.

Es en estas circunstancias cuando, con los músculos ligeramente relajados y bajo la premisa de ser razonablemente cauta, saltaste de un golpe en mi asiento y me agarraste de la cintura. Mi primera reacción fue de extrañeza: ¿acaso iba a mejorar esto mi viaje o me despistaría, provocándome un coscorrón en la siguiente bajada? Pero, como en todo encuentro que se precie, el conocimiento mutuo es la mejor arma para disipar dudas.

Así es cómo descubrí que, a diferencia del sentimiento por él, que embestía mi alma y mis sentidos con una fuerza arrolladora, destrozándolos cada vez que les asestaba un golpe, tú sabías arrullar mi corazón para despertarlo con suavidad. Bostezando, levantó las pestañas y recibió a un nuevo dueño que sabía hacerlo latir, despacio y con calma, de nuevo. La paciencia y la comprensión han sido dos medicinas clave en la recuperación de un órgano que, lejos haber sanado totalmente, va saliendo de su convalecencia con la sonrisa del que sabe que las esperas siempre son -tarde o temprano- recompensadas.

Tú me has enseñado que, probablemente, las casualidades no existan. Predecir el futuro de nuestras almas sería quizá excesivo: somos simples humanos y el sino, si es que así lo estima, permitirá que permanezcamos sincronizados como hasta ahora. O quizá sitúe un obstáculo en la montaña rusa y nuestros caminos se bifurquen.

Que esto ocurra así está en nuestras manos: siempre me ha gustado tenderle trampas al destino.

Y agarrarme fuerte a ti, en el fondo, no es muy complicado.

Reflexionando...

Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal.
Madre Teresa de Calcuta

lunes, 21 de diciembre de 2009

Inventario de emociones


Toda elección lleva aparejada una renuncia.
La inocencia es un tesoro, dicen. Ella fue una ingenua -e inocente- durante un tiempo considerable. Es oportuno aclarar que su ingenuidad no la traía de cabeza. De hecho, ni siquiera se daba cuenta de que la inundaba por entero: estar segura de que las amistades podían ser siempre fieles, y que cada nueva persona en su camino sería una nueva alegría, era algo inherente a su pensamiento. No hacía falta que nadie se lo aclarara. Ella estaba segura de ello.

Mas todos los que han comenzado a vivir fuera de las cortinas de humo de esa -bendita, por cierto- inocencia saben que todo no resulta tan sencillo. No toda amistad te brinda su apoyo incondicional; y, ni mucho menos, no todo nuevo hallazgo personal acaba por ser bueno. Pero, tras realizar este descubrimiento, se percató de que su inventario parecía haberse vaciado súbitamente.

Dicho inventario, repleto hasta los topes de rostros nuevos, cada vez parecía estar más desierto. Y es que no se explicaba muy bien por qué todas aquellas personas en las que había depositado tantísimas ilusiones empezaban a marcharse por su propio pie de aquella lista de amistades. Una a una, por una razón u otra, parecían alejarse irremediablemente de aquella pequeña cajita que se hacía más minúscula por momentos; y lo más triste era que ni siquiera habían dejado una nota. Nadie le había explicado por qué abandonaba su vida de aquella manera. Cogían las maletas y se marchaban, sin malestar alguno, al parecer.

Algunas de aquellas personas ni siquiera se habían esforzado por penetrar en aquella cajita. Ella trataba de tenderles una mano desde dentro, de buscarles una llave, pero ni con ésas se dignaban a tantear en la cerradura. Creía pensar que el problema podía ser suyo, que los goznes estaban algo desgastados y se requería de demasiada fuerza para abrir las puertas de su vida a nuevos visitantes inesperados. Pero ella sabía que las cosas no eran así. Y es que siempre había procurado, con mayor o menor frecuencia, engrasar bien los picaportes para que cedieran con facilidad y con los menores roces posibles en el proceso.

No todos tenían la culpa de huir de tal manera. Es obvio que algunos se habían sentido desplazados en aquel pequeño espacio, y habían salido, despacio y sin hacer ruido, de la cajita. Ella había dedicado más tiempo a otras parcelas de su inventario; y, guiados por la lógica, habían querido ocupar un puesto de mayor calibre en otro. Incluso a ella le había sucedido: era algo habitual y comprensible.

Lo que no era comprensible era aquella huída desproporcionada; o aquella negativa al conocimiento inicial. Ella sabía que todo aquello iba a acabar por conducirle a la apatía, al desengaño, al malhumor, a la tristeza, a la desolación cotidiana ante el vacío de su pequeño inventario. Y fue por eso por lo que empezó a buscar, desesperadamente, algo en el interior de él, y lo consiguió.

Para su sorpresa, redescubrió viejos tesoros, algunos empolvados, que todavía continuaban allí, en una esquinita, apartados de tanto ruido y de tanto olor a novedad, curiosidad y sorpresas inesperadas. Se dio cuenta de que ellos no se marchaban ante cualquier circunstancia adversa. Halló confianza en todos ellos, y no dudó en ningún momento en que no la conociesen. Les importaba; y, sobre todo y ante todo, no tenía miedo de que huyesen. Porque sabía que no lo iban a hacer.

Y aunque sintiese envidia de aquellos que poseían un inventario más abundante; y aunque le copase la incredulidad cada vez que recibía buenos gestos por parte de aquellos que ni siquiera se molestaban en conocerla; y aunque, muchas veces, cayese en la amargura pensando el por qué de aquella huída que tanto sufrimiento le había procurado, guardaba una pizca de aquella ilusión inicial que tanto bien le hacía. Una ilusión alimentada por los tesoros de su inventario.

Porque de ilusiones se vive; y ella sabe que, en algún momento, entre tanta gente y entre tantas aves de paso, encontrará un nuevo tesoro.

Reflexionando...
Sólo los tontos tienen muchas amistades. El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez.
Pío Baroja
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