lunes, 4 de julio de 2011

Reincidencia

Me hacen falta contrapesos.

Cómo son las cosas. Cuando crees que la balanza se empieza a equilibrar, una pisada casual pone todo patas arriba. Habías organizado todo a la perfección: un peso aquí y otro al lado opuesto, las bases idénticas, el material resistente. El dolor repartido para sobrellevarlo.

Y entonces un tropezón y las heridas sangrando de nuevo. La caída siempre es más dura cuando se reincide. Te arrastras por el suelo aprendida, y aplicando las moralejas previas para levantarte antes, pero los rasguños no son esquivables. Más o menos hondas, las llagas del pasado se reabren y escuecen otra vez. Son partes del corazón todavía débiles e indefensas, que precisan de reposo antes de volver a exponerse a tales golpes.

Sería de inocentes creer que esto es evitable. Nadie dijo que sentir fuera justo, y mucho menos que las personas lo fuesen. Normalmente la única solución es reforzar la piel y estar alerta. Esperar que, en la próxima caída, el alma haya creado una coraza más resistente, más inmune a los recuerdos, a las noticias o a las simples menciones.

Por fortuna, las cargas casi nunca se llevan en soledad. Por detrás surgen manos que recolocan los pesos, que ayudan a alzar lo que se ha caído al suelo y que refuerzan los músculos para continuar.

Pero las llagas sólo son mías.


Reflexionando...

No se puede olvidar el tiempo más que sirviéndose de él.

Charles Baudelaire

jueves, 3 de febrero de 2011

El avance


No se puede disfrutar del paisaje con bultos a cuestas.
Me gustan los trenes. Su sonido renqueante, la calma perpetua al caminar por los pasillos de los vagones. Los compañeros sorpresivos que encuentras en el asiento de al lado; que ofrecen charlas balsámicas, palabras de atención tierna, o simplemente miradas cálidas.

Aunque muchos opten por calificar los viajes como aburridas obligaciones, yo pagaría por poder subirme a un tren más a menudo. Es en los vagones donde, a merced de un buen libro o de un agradable chorro de música, se me aparecen las más curiosas revelaciones.

Algo adormecida por el incesante traqueteo, suelo echar vistazos a través del cristal, donde las ciudades de variadas tonalidades, los picos y los prados o las carreteras colindantes se funden con mi ánimo y abren una caja de sensaciones en la que todo lo que percibo a través de los ojos tiene un significado. Con esas vistas frente a mí, siempre es más sencillo ahondar en el pasado y en lo que está por venir. Se me antoja más fácil que de costumbre sentir los acontecimientos y valorarlos; y también la vida y sus paradojas se presentan de manera más evidente.

Ojalá, en esos instantes de paz infinita, pudiera levantarme, coger mis maletas y precipitarme por la puerta hacia las plataformas de alguna preciosista estación. No sería tan complicado, puesto que en alguna de ellas habría anfitriones esperando verme descender la escalera para enseñarme vistas reconfortantes. Para ayudarme a sentir de nuevo el aire fresco en el rostro.

Pero no estoy preparada para apearme. Todavía llevo muchos bultos de los que no me he desprendido. No podría pasear por los parajes de la vida con ellos a cuestas. Por muchas ganas que tenga de dar un salto en algún andén, algo me dice que no es el momento.

Prefiero quedarme dentro, acompañada por buenas conversaciones, y arropada por algún que otro amigo comprensivo que, poco a poco, me inste a abrir las ventanillas. Sólo puedo ser yo la que, progresivamente, vaya descorriendo los cristales y deje pasar los huracanes que quizá esperen ahí fuera.

Pero no podré cargar con más recuerdos hasta que archive el resto.

Reflexionando...

El dolor es, él mismo, una medicina.
William Copwer

viernes, 31 de diciembre de 2010

Nuevos rumbos



Las mejores críticas suelen provenir de nosotros mismos.

Lucía una mañana tibia. El mar se extendía pacíficamente ante sus ojos, con sus suaves accidentes acuáticos que subían y bajaban en un devenir incesante. Ella ya se había dado cuenta de que la rutina de la naturaleza se detenía bien poco: por mucho que sucediese tierra adentro o en el interior de los barcos, la vida ahí fuera seguía su curso imperturbable.

Los rayos de sol procuraban un agradable picor en su piel cuando comenzó a pensar que ya era hora de poner punto y final a tanto descorazonamiento. Era el momento de abrir las puertas del camarote, empacar recuerdos para guardarlos en su justo lugar y desempolvar sus objetos más relucientes, que tanto tiempo había dejado apartados en una esquina.

La estancia no tenía demasiado buen aspecto, si bien es cierto que, en las últimas semanas, había terminado con la higiene superficial y reordenado algunos enseres que pugnaban por caer entre tanto vaivén. Sin embargo, era el momento de iniciar una limpieza en profundidad. Una limpieza que sería lenta, trabajosa y probablemente algo dolorosa; pero que sin duda era necesaria.

La solución no era cuestión de planes. Es más: ella estaba convencida de que no había soluciones rígidas al devenir al que estaba sometida su estancia. Al fin y al cabo, su corazón era como un camarote inmerso en un océano de subidas y bajadas de marea: ¿cómo podía planificar lo que sucedería a continuación? ¿Acaso sería lógico intentar anticiparse a los acontecimientos en un mundo tan amplio y flexible como aquél?

Desde luego que no. La respuesta estribaba en otro aspecto: la predisposición. A lo largo de aquel tiempo, había quedado claro que era muy distinto afrontar un maremoto con mentalidad catastrófica a hacerlo con una, aunque pequeña, sonrisa.

"Ser optimista no es fácil", se dijo, "especialmente cuando te han enseñado a no serlo". Durante aquellos nuevos doce meses de viaje, no se había topado con demasiados océanos calmados. Podía afirmar, con total seguridad, que había sido uno de los peores años de su vida dentro de aquella vorágine: muchos de sus compañeros a los remos servían más a los piratas que a su navío; su salud la traicionaba ante las largas jornadas de presión en la mar; y su más fiel compañero junto al timón se había dejado embelesar por los cantos de las sirenas, saltado al agua y abandonado a su suerte en un terreno en el que, sin su apoyo, se sentía más desprotegida que nunca.

Y cuando todo parecía empezar a apaciguarse, una inesperada visita extranjera revolucionó su vida a bordo, puso todo felizmente de pies a cabeza y se marchó sin consolidar el nuevo estado de cosas. Así, cual infeliz capitana, ella seguía tirando de un timón que ya se le había resistido en más de una ocasión, temiendo que otro torbellino pusiese en juego la estabilidad de la embarcación. Todo mientras extrañaba a cada minuto a sus antiguos compañeros, que antaño le guardaban las espaldas ante el infortunio.

Ahora que se planteaba un nuevo orden, se percataba de que, aun habiendo sido tantos los desertores, unos pocos continuaban en la retaguardia. Todavía había una cuadrilla que, armada de los remos más pesados, daba impulso al barco en la parte inferior. También quedaban algunas compañeras que, con su energía habitual, izaban las velas procurando que la estructura mantuviese un cierto equilibrio y, si se pudiese, vigor.

Además, -y esto era lo más importante-, las decepciones habían provocado que no prestase atención a las nuevas incorporaciones. Eran pocas, pero algunas extremadamente fieles desde su entrada en la tripulación; y aunque le costase confiar en nuevos camaradas, esos pocos compañeros le ofrecían unos ánimos que no había tenido en cuenta hasta ese momento. Algunos se limitaban a palmearle la espalda cuando tiraba del timón, mientras que otros eran pródigos en caricias amistosas y palabras de aliento.

En cualquier caso, el barco no se hundía. Aunque los vendavales hubiesen azotado con toda su fiereza las velas y las hubiesen agujereado, algunos de los tripulantes se esmeraban en coserlas de nuevo con paciencia y en restaurar las astillas arrancadas para empezar de nuevo. Su embarcación seguía a flote, y la puerta de su camarote entreabierta, dudosa ante las posibilidades de mejora.

Lo idóneo sería que se hallase de par en par, amarrada con un taco y presta a recibir a quienquiera que quisiese traspasar la barrera hacia una habitación reluciente y acogedora, sin tan siquiera una mota de polvo. O puede que tan sólo unas rendijas estuviesen disponibles: lo justo para que los transeúntes pudiesen ver el desorden interior y, quizá, se aventurasen a golpearla con los nudillos. Pero, ante todo, había decidido que era fundamental procurar que la puerta de la estancia permaneciese siempre abierta.

Nunca se sabe quién puede asomarse por el quicio.

Reflexionando...
Un barco no debería navegar con una sola ancla, ni la vida con una sola esperanza.
Epicteto de Frigia

viernes, 24 de diciembre de 2010

Pezuñas blandas



La verdadera amistad sólo puede ser desinteresada.


Es hora de admitirlo: te encanta ser un gato callejero. La soledad nunca te ha incomodado, y sí mucho más compartirla con los demás. Amas los pequeños detalles que te brinda la existencia y no permites que nadie se interponga entre ese disfrute y tú.

Así, sueles optar por vagar por las aceras empedradas, sin rumbo fijo pero con paso firme. No te gusta perder el tiempo si no es en algo que consideres meritorio; y, en muchas ocasiones, te merece más la pena observar las estrellas embebido en tus pensamientos que pararte a ronronear junto a otro gato. Si acaso lo hicieses, sólo sería por puro interés propio: al fin y al cabo, todos precisamos de compañeros que amenicen nuestro viaje entre las viejas calles de la vida.

No obstante, la estancia junto a los demás apenas dura si no la requieres; y es por eso por lo que aceleras el ritmo y, tan cortésmente como acostumbras, te despides y continúas el camino sin cargas. Probablemente sea esta la razón por la que los que te rodean no suelen comprenderte. Pero a ti te importa bien poco -o al menos, parece hacerlo-: mientras puedas seguir disfrutando de tus caminatas bajo la luna empedrada, el aprecio de otros, dices, no te robará vida.

Si te soy sincera, nunca he creído, aunque sí entendido, tu particular visión del mundo. En realidad, el pragmatismo es una buena manera de dejar de convivir con el sufrimiento y aprovechar con intensidad cada minuto. Haces lo que crees que te conviene, partiendo en todo momento del amor propio y del egoísmo natural que, según tú, es capital para no perder el tiempo enclavándonos en el pasado.

Al principio no te comprendía. Me enzarzaba en absurdas discusiones contigo sin entender que tu filosofía de vida estaba muy marcada, al igual que la mía, y que lo más provechoso sería intentar compartir puntos de vista y aceptar algunos consejos del uno y del otro.

Aprendí, y sigo aprendiendo, mucho de ti. Me estás enseñando a dejar de apoltronarme, de acongojarme sin justificación y de sollozar por lo que quedó atrás y demostró que no estaba hecho para mí. Pero aún así nunca sabré retirarme como lo haces tú: con elegancia y discreción, compartiendo instantes con otros a los que regalas sonrisas para después desaparecer porque tienes mejores cosas que hacer al día siguiente. Anoche decidí que, esta vez, tú tendrías que aceptar mi consejo. "Sigue tu senda", te dije, "pero sin dañar a los demás. La mayoría de las personas no asimilan tu carácter ni que la soledad sea tu copiloto en el camino".

Sin embargo, la mejor lección por mi parte ha venido de la mano de los hechos. Quizá se te había olvidado, pero tras estos meses tu abrazo ha sido como el de un niño dulce y enmadrado que necesitaba recuperar el calor de su casa. No sé si soy yo la más adecuada para etiquetarme como acogedora, pero lo cierto es que fuimos un hogar mutuo durante esas semanas de sol asfixiante: unos días en los que, por mucho que nos escociese el calor, la lluvia se empeñaba en mojar nuestras almas.

Fueron unos momentos en los que la tristeza mostraba su rostro más amable y nos recompensaba por las horas de sueño perdidas y la infelicidad injustificada. Cada gesto no tenía por qué tener sentido: sólo era una muestra de cercanía y de apoyo mutuo que, a pesar de tu filosofía tan voceada, esa vez no surtió efecto. No necesitabas razones para pasear conmigo a la orilla del río y dejar que el reloj corriese entre carcajadas. Tan sólo te hacía falta un motivo para creer en la amistad.

Y así has vuelto: tan superficialmente descreído como siempre, pero añorante de gestos y palabras cómplices. Tus azules ojos de gato ya no lucen como siempre, sino que, al conversar, los he visto relucir más de la cuenta; y he creído adivinar que, bajo tu habitual sonrisa educada, había una satisfacción implícita que indicaba lo que querías comprobar desde hacía tiempo: que los amigos reales, aunque escasos, existen y mantienen su esencia cuando vuelven a encontrarse.

Lo mejor de todo es que tu calidez sigue siendo la misma; aunque esté a merced de la luna de invierno.

Reflexionando...

La amistad no tiene un valor de supervivencia, sino más bien es una de las cosas que da valor a la supervivencia.

C.S. Lewis

jueves, 2 de diciembre de 2010

La bofetada


Olvidarte no es cuestión de cerrar los ojos.
Ya era bien entrada la mañana cuando despertó de un sobresalto. La habitación dormitaba en la penumbra, y los fuertes rayos de sol no lograban traspasar ni una de las rendijas de la anticuada persiana.

El cansancio le había sentado mal: la melena revuelta, las sábanas arrugadas, la mirada perdida. De ningún modo había sido una buena noche.

Habían sido diez horas de relajación física, pero en las que la mente había borbotado como no lo había hecho desde hacía días. El anhelo de apartar de ella todo antojo de tristeza durante la vigilia había desembocado en una larga, dolorosa y onírica jornada a través de calles desconocidas.

Con toda probabilidad, nunca había viajado tantas horas como lo había hecho durante aquella larga noche de invierno. Había tomado trenes, autobuses y caminado enormes trechos; había recorrido una ciudad amenazante y arisca, repleta de muchedumbres que avanzaban a su propio ritmo y a las que les importaba bien poco lo perdida que se hallase. Lo curioso es que en este terreno hostil se había cruzado con personas capitales en su vida, que le habían aconsejado que desistiera de perder el tiempo junto a él.

Mas ella los ignoraba con acritud: estaba convencida de que su corazón estaba a su lado, y avanzaba, resuelta, buscándole entre las masas. En realidad se habían citado en algún punto de ese hábitat enigmático,a pesar de que él parecía prestar poca atención a dicho encuentro. Se encontraban casualmente uno junto al otro, pero él volvía a internarse entre la gente. Ella, aun perdiéndolo de vista, continuaba su camino, deseosa de volver a ver de nuevo aquellos ojos de avellana y esa sonrisa de niño pícaro que tanto le apaciguaba el alma.

Llegado algún punto, logró abarcarle en un espacio cerrado. Ella era consciente de que la escena no podía ser real: estaba frente a él, y de ninguna manera esto se podría haber producido con tanta facilidad en la vida corriente. Además, él la miraba; sí que es cierto que con los ojos entornados, quizá eludiendo el contacto visual directo. Pero su posición era firme, y nada había de huída en su pose.

Tras haber mediado palabras superfluas, que correspondían con la idea previa con la que había acudido a su encuentro, una rabia incontenible se apoderó de su cuerpo. Ascendía como una marabunta a lo largo de sus venas y no lograba tomar el control de ella. De hecho, ni siquiera quería: ya no le quedaban más formas de expresar su desazón. Levantando el brazo derecho, le propinó una sonora bofetada en la mejilla. No reverberó: el sonido era opaco, contundente.

No era suficiente: las punzadas del corazón no remitían. El desahogo fue en ascenso: su fuerza era como un torrente. Bofetada tras bofetada, puntapié tras puntapié, la tristeza era mayor que cuando la pelea había comenzado. De hecho, no existía tal pelea: él se dejaba hacer. Asustado, se encogía y cerraba los párpados para recibir el siguiente escarmiento, pero no cejaba en su empeño. Su opinión no cambiaba en absoluto a pesar del enfrentamiento físico. "No te quiero. Nunca te he querido", murmuraba entre dientes, a pesar de que eso acrecentase la ira de ella.

Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que los golpes le procuraban mucho más dolor a ella. Las manos escocían; el corazón destilaba litros de amargura. Por el contrario, él permanecía imcólume, sin restos de llagas o moratones. Este episodio no le dejaría cicatrices; acaso algún que otro recuerdo. Pero los estigmas sí que nacerían en las palmas de ella.

Llegado este momento, abrió los ojos como un resorte. Las manos lucían mortecinas, el cuerpo entumecido. Efectivamente, nada de aquello había sucedido realmente; pero se encontraba tan agotada como si aquellos golpes hubiesen sido ciertos. Emitiendo un suspiro de alivio, se arrastró por la casa de manera automática, todavía rumiando los porqués de aquel incidente onírico.

Entonces lo comprendió todo. Por mucho que se esforzase en abrir su pecho y mostrarle el corazón enllagado, él no se turbaría un ápice. Por mucho que le regalase un río de palabras sinceras, él no se acabaría empapando. Por mucho que le abofetease para que bajase a la tierra, él no reaccionaría. La razón era muy simple: el terreno que ambos pisaban no era el mismo. Él ya tenía los pies en el suelo, pero en un universo distinto. Por eso, era inútil tratar de atraerle al suyo si él no quería despegarse del suelo por el que había caminado hasta entonces.

Sólo el amor más puro y verdadero nos hace levitar y conocer nuevos parajes; escenarios en los que creíamos que nunca íbamos a entrar.

Pero ellos vivían en mundos distintos.

Reflexionando...

Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección.
Antoine de Saint-Exupery

domingo, 17 de octubre de 2010

El ascenso


Reducir la velocidad nos ayuda a comprender mejor lo que nos rodea.
Hoy es el día. En esta reluciente jornada de otoño, las posibilidades de lo que podría haber sucedido me resultan infinitas. Las mentes como las mías, emocionales y sistemáticas al mismo tiempo, suelen preguntarse los por qués de todo, aventurando qué podría haber ocurrido en el caso de que cierto factor no hubiera operado de determinada manera para desencadenar repercusiones fatales.

Tanta enredadera mental nunca lleva a buen puerto si no sabemos pararnos un instante a contemplar nuestras circunstancias. : hoy podría haber estado abrazando a las que eran, con seguridad, dos de las más importantes personas de mi vida. Podría haber sonreído de emoción en nuestro día, y atesorar cada segundo junto a ellas en la memoria. Habría sido un día de los que se rodean con un círculo rojo en el calendario. Pero esa era mi vida de entonces.

Por ello, hoy es también el día en el que he logrado dilucidar en qué punto de mi camino me hallo. Se suele comparar la vida con una montaña rusa que, con sus ascensos y caídas, nos adentra en momentos de éxtasis absoluto, que nos arrancan carcajadas y nos hacen flotar soltando las manos en el aire para sentir con más intensidad. También se puede afirmar que dicha montaña rusa nos lleva por sendas rígidas y confusas, en las que, con el cuello tirando y los brazos tensados, tratamos de mantener nuestras esperanzas vivas a pesar de que el camino que se avecina parezca tortuoso.

Tú fuiste una caída en picado. Al igual que en las atracciones más potentes, provocaste un descenso sin previo aviso: precipitado, confuso, doloroso. De los que dejan sin aliento y nublan la vista, hasta que llegamos a asimilar qué ha ocurrido y dónde hemos llegado a parar.

Una vez que desprendemos nuestras uñas de la barra de seguridad, hincadas en ella hasta dejar marcas, llegamos a entender las cicatrices que nos han quedado. Se trata de estigmas profundos, que quizá nunca desaparezcan de nuestra piel y nos recuerden, durante el resto de nuestro largo trayecto, las incomodidades que sufrimos y el terror que experimentamos cuando, coronando la atracción, contemplamos con pavor la enorme bajada que se avecinaba.

Sin embargo, no podemos permanecer quietos eternamente observando nuestras heridas. Poco a poco, vamos haciéndonos la composición de lugar, para percatarnos de cuál es la situación y altura a la que se sitúa el vagón en el que viajamos. Han transcurrido semanas en las que, casi sin ver, oír y sentir, me he mantenido en una planicie apática y yerma, hasta el punto de que no me importaba si me volvían a lanzar al vacío. De hecho, lo anhelaba: prefería caer en picado, acaso sin cinturón de seguridad, para que mi corazón despertase de súbito y volviera a sentir algo que lo sacudiera.

Tal automutilación no podía durar demasiado tiempo: llega un instante en el que, observando con cierta resignación y nostalgia lo que dejamos atrás, consideramos que deberíamos estar mejor preparados para el siguiente descenso, conscientes de que, a diferencia de las montañas rusas reales, ésta no efectúa segundos viajes.

Las reacciones ante este hecho pueden ser variadas, pero la más común consiste en abrocharse el cinturón de seguridad, ajustar la barra delantera y sentarnos en un completo ángulo recto para evitar males mayores. "No me volverá a pasar", sentenciamos.

Pero la rigidez no puede eternizarse pues, al fin y al cabo, somos hombres que, con sus debilidades, se amilanan al toparse de nuevo con la belleza. A pesar de que nos esforcemos en centrarnos en la rectitud de nuestra vía, siempre llegarán curvas que nos hagan movernos y, probablemente, nos pongan del revés para recordarnos que la complejidad de la existencia es absoluta y, por esta misma razón, emocionante.

Es en estas circunstancias cuando, con los músculos ligeramente relajados y bajo la premisa de ser razonablemente cauta, saltaste de un golpe en mi asiento y me agarraste de la cintura. Mi primera reacción fue de extrañeza: ¿acaso iba a mejorar esto mi viaje o me despistaría, provocándome un coscorrón en la siguiente bajada? Pero, como en todo encuentro que se precie, el conocimiento mutuo es la mejor arma para disipar dudas.

Así es cómo descubrí que, a diferencia del sentimiento por él, que embestía mi alma y mis sentidos con una fuerza arrolladora, destrozándolos cada vez que les asestaba un golpe, tú sabías arrullar mi corazón para despertarlo con suavidad. Bostezando, levantó las pestañas y recibió a un nuevo dueño que sabía hacerlo latir, despacio y con calma, de nuevo. La paciencia y la comprensión han sido dos medicinas clave en la recuperación de un órgano que, lejos haber sanado totalmente, va saliendo de su convalecencia con la sonrisa del que sabe que las esperas siempre son -tarde o temprano- recompensadas.

Tú me has enseñado que, probablemente, las casualidades no existan. Predecir el futuro de nuestras almas sería quizá excesivo: somos simples humanos y el sino, si es que así lo estima, permitirá que permanezcamos sincronizados como hasta ahora. O quizá sitúe un obstáculo en la montaña rusa y nuestros caminos se bifurquen.

Que esto ocurra así está en nuestras manos: siempre me ha gustado tenderle trampas al destino.

Y agarrarme fuerte a ti, en el fondo, no es muy complicado.

Reflexionando...

Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal.
Madre Teresa de Calcuta
Powered By Blogger