Muchas, muchas. Entre los libros que estoy devorando por placer y por obligación, las películas que he de tragarme (o no, pero quiero), además de las propias narraciones que me van encargando, no doy abasto. No doy abasto de historias, claro está. Y resulta totalmente apasionante.
Dicen que los estudiantes de comunicación tenemos que leer un libro y ver dos películas a la semana, al menos. La verdad es que es algo bastante enriquecedor; además, la mayor parte de las veces lo pasas bien (¿quién no lo pasa bien leyendo si realmente le gusta, a no ser que la novela sea un total muermazo?)
Esta semana post-vacacional, un tanto triste por las despedidas y también un tanto agobiante por la vuelta al irremediable trabajo, me han embrujado en todos estos ámbitos. En el papel, he viajado a la Barcelona de la posguerra y al mundo oriental de la mano de El embrujo de Shangai, que va a pasar, con seguridad, a formar parte de la lista de mis libros favoritos. La gran pantalla me ha deleitado con La rosa púrpura de El Cairo, y he descubierto a un Woody Allen más que sorprendente. Además, se me ha exigido como práctica la redacción de una historia, la historia de otra persona, una que, a mi juicio, merezca la pena ser contada..., lo que me ha llevado a profundas conversaciones con las monjas de mi residencia. Sí, habéis leído bien; y la verdad es que me ha costado lo mío encontrar un puñado de vivencias que plasmar en un borrador.
Saltando de tema... tras leer, hace días, una cortísima entrada en Prácticamente imperfecta en todo (un blog recién descubierto), me he puesto a darle vueltas a lo mismo que la autora. Llegaría, entre otras conclusiones, a estas:
Odio...
... el olor de la hierba recién cortada en un día soleado.
... mi dificultad para separar las solapas de una bolsa de plástico en el supermercado.
... que la gente se chupe los dedos para pasar las páginas de un periódico.
... el viento que te azota de frente justo al salir de la peluquería.
Aunque no diría que las odio, sino, más bien, que les tengo manía :) Otro día las que me gustan, si es que se me ocurren, pues hay tantas pertenecientes a ambos extremos...
Dicen que los estudiantes de comunicación tenemos que leer un libro y ver dos películas a la semana, al menos. La verdad es que es algo bastante enriquecedor; además, la mayor parte de las veces lo pasas bien (¿quién no lo pasa bien leyendo si realmente le gusta, a no ser que la novela sea un total muermazo?)
Esta semana post-vacacional, un tanto triste por las despedidas y también un tanto agobiante por la vuelta al irremediable trabajo, me han embrujado en todos estos ámbitos. En el papel, he viajado a la Barcelona de la posguerra y al mundo oriental de la mano de El embrujo de Shangai, que va a pasar, con seguridad, a formar parte de la lista de mis libros favoritos. La gran pantalla me ha deleitado con La rosa púrpura de El Cairo, y he descubierto a un Woody Allen más que sorprendente. Además, se me ha exigido como práctica la redacción de una historia, la historia de otra persona, una que, a mi juicio, merezca la pena ser contada..., lo que me ha llevado a profundas conversaciones con las monjas de mi residencia. Sí, habéis leído bien; y la verdad es que me ha costado lo mío encontrar un puñado de vivencias que plasmar en un borrador.
Saltando de tema... tras leer, hace días, una cortísima entrada en Prácticamente imperfecta en todo (un blog recién descubierto), me he puesto a darle vueltas a lo mismo que la autora. Llegaría, entre otras conclusiones, a estas:
Odio...
... el olor de la hierba recién cortada en un día soleado.
... mi dificultad para separar las solapas de una bolsa de plástico en el supermercado.
... que la gente se chupe los dedos para pasar las páginas de un periódico.
... el viento que te azota de frente justo al salir de la peluquería.
Aunque no diría que las odio, sino, más bien, que les tengo manía :) Otro día las que me gustan, si es que se me ocurren, pues hay tantas pertenecientes a ambos extremos...
Leyendo... El embrujo de Shangai, de Juan Marsé.
Cuando entré en la galería, Susana estaba estirada boca arriba en la cama, destapada, con los pies desnudos y juntos, los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho. Me acerqué de puntillas a la cama y dije hola, pero no me contestó, permaneció completamente inmóvil haciéndose la muerta, de modo que pude observar impunemente y durante un buen rato la turbadora gravidez del camisón adherido a sus ingles, y también me fijé en su cuello blanco y largo, donde la nuez se movió furtivamente bajo la piel. Con los párpados cerrados, sus ojeras parecían más profundas y violáceas y su morbidez más acusada. La boca entreabierta dejaba ver una mancha roja en los dientes superiores, Enhiesta sobre el pecho, pinzada entre los dedos de la mano, una hoja de bloc con un mensaje para mí escrito con el pintalabios de su madre:
PRÍNCIPE BOBO
DAME UN BESO
Y DESPERTARÉ
DAME UN BESO
Y DESPERTARÉ
Lo leí un par de veces, volví a mirar la boca entreabierta de la bella durmiente y los dientes con su leve marca sanguinolenta, la boca que ofrecía la savia de los sueños mezclada con la secreción de la tisis, y cuando por fin me decidí había perdido unos segundos decisivos, porque Susana abrió súbitamente los ojos y me dedicó aquella sonrisa esquinada que yo conocía tan bien. Deslizó la mano debajo de la almohada y sacó un pañuelo salpicado de manchas rojas que agitó frenéticamente ante mis ojos. Capté al instante el olor a agua de colonia del pañuelo y otro efluvio afrutado y graso cuyo origen debería haber adivinado, pero solamente supe ver con sobresalto los macabros esputos de sangre y eché instintivamente la cabeza para atrás. Intuí la broma enseguida, pero de nuevo ya era demasiado tarde y ella se reía agitando su pañuelo embaucador ante mis narices:
- No es más que carmín, idiota. Tontolaba. Panoli.
- No es más que carmín, idiota. Tontolaba. Panoli.
