viernes, 13 de agosto de 2010

Cegueras



El amor se desvirtúa a falta de un sentido.


Hasta hace muy poco tiempo, siempre había creído en los flechazos. Fantaseaba con la posibilidad de hallar a alguien puro y verdadero, y de poseer, súbitamente, la certeza de que nos pertenecíamos el uno al otro con apenas una lenta mirada, tan real como la materia más palpable.

Pero pasé por alto un detalle crucial: que no se puede mirar sin tener los ojos preparados para ello. Y que las emociones no sólo nos oprimen el pecho o nos provocan temblores, sino que también clarifican la mente.

Sin raciocinio, el amor no existe como tal. La pasión desenfrenada y las necesidades acuciantes conducen a sentimientos poco premeditados, y éstos llevan a una pérdida de los sentidos. No podemos percibir el mundo como realmente se nos presenta, porque no disponemos del tiempo -o eso creemos- ni de los mecanismos adecuados para ello.

Así, perdidos como nos encontramos, creemos ver la luz en alguien que en realidad nos ciega, sin ser consciente de que sin luz propia no podemos comportarnos tal cual somos en realidad.

Tan desesperados nos sentimos que nos aferramos a opciones de felicidad que, de haber estado en posesión completa de nuestras facultades, habrían sido descartadas o habrían requerido mucha más dedicación.

Y, de esta manera, avanzamos velozmente, con las uñas hincadas en el brazo de nuestro salvador, plenamente convencidos de que tal guía nos va a ayudar a recuperar la vista; cuando sólo empeora el síndrome, puesto que no deja que hallemos nuestro propio camino -aunque sea en las tinieblas-.

Pero de la misma manera que no podemos observar algo que no conocemos lo suficiente con una mirada científica, tampoco podemos mirar con ojos heridos al que creemos es el gran descubrimiento de nuestra vida, y llega un instante en el que el brazo se suelta y quedamos desamparados en la oscuridad de nuestra invidencia.

Una vez me dijeron que las dificultades nos transforman: dejamos de ser fieles a nosotros mismos para abandonarnos a la ceguera.

Lo más doloroso no es el propio impacto, sino la rehabilitación; pues conforme vamos recuperando la vista caemos en la cuenta de que nos hemos traicionado y de que nuestros ojos escuecen ahora con más intensidad que nunca.

La recuperación puede darse de inmediato si somos afortunados; pero en otras ocasiones la invidencia se ha reforzado tanto que hay que marchar, pasito a pasito, para volver a ver el mundo con ojos nuevos. Y lo que es peor: tenemos que hacerlo en soledad.

Es entonces cuando nos falta un buen bastón, y desearíamos no haber tirado todo por la borda por una ceguera transitoria: nuestra vista, nuestro amor propio, nuestras convicciones; nuestras bases.

Y, a falta de bases, sólo queda un camino: el que tenemos por delante y debemos -también podemos- caminar solos hasta que, una vez curados los estigmas, recobremos todos y cada uno de nuestros cinco sentidos para, ahora sí, volver a amar otra vez.

Reflexionando...

Deberíamos usar el pasado como trampolín y no como sofá.
Harold McMillan

miércoles, 17 de febrero de 2010

Una vívida irrealidad



Tan sólo temo que las cosas no vuelvan a ser como antes.
Esta noche, mi subconsciente me ha vuelto a delatar. Quería, deseaba conciliar el sueño y sumergirme en el pacifismo que tanta falta me hacía después de un largo día. Mas mi mente no me ha concedido una tregua, y ha vuelto a regalarme uno de esas intensísimas ensoñaciones que hacen que el corazón rebote hasta casi salirse. Eso sí, no ha sido una pesadilla. Ha sido un sueño de verdad: agradable, extraño, pero feliz. Ni siquiera podría evocar con precisión qué ocurría exactamente. Sólo sé que él estaba allí, y que, aunque pertenezcamos a mundos tan diferentes, era una señal de que algo grande está por venir. Tan sólo sé que sonreía, que lo pasábamos bien, y que me sentía tremendamente afortunada por volver a verle. Y quiero pensar que esa visita en sueños no era una casualidad.

Él era la señal de mi regreso, mi tan ansiado y esperado regreso.

¡Podría escribir Biblias! En apenas treinta días, viví más que en varios meses de rutina escolar. Viví intensamente, cosa que no se puede hacer siempre.

Aún puedo recordar cómo, soñolienta, llegué a aquel universo extraño en un día bastante cubierto. Los ojos nublados, el cartel fosforito, los abrazos que no esperaba. Después ella, con su dulce sonrisa alambrada; y el chiquitín ruborizado. Y más tarde él, sentado en las escaleras del porche en una mañana soleada intentando arreglar Dios sabe qué cacharro.

No sé cómo, pero estrechamos lazos con la facilidad con la que se derrite un bombón en la boca. Escuchábamos música. Tomábamos batidos y contábamos chistes y proezas en los escalones de la casa. Por las noches, dábamos largos paseos tontos en los que efectuábamos pequeñas locuras de las que siempre salíamos airosos y con el pulso más que revolucionado. Reíamos por todo y por nada. Cenábamos en la calle. Caminábamos descalzos por el asfalto, y tratábamos de encestar a canasta mientras empujábamos al contrario. Nunca ganaba, pero apenas me importaba.

En esos días, me convertí en profesora. Intentaba en vano hacerles salir de su limitado vocabulario hispánico, basado en los términos hola, señorita y luchador. Poco a poco, fui descubriendo que preferían las palabras malsonantes a decir oreja u ojo. Pero aunque ellos apenas progresaran, a mí me ayudaron muchísimo sin siquiera enterarse.

Voló. El tiempo voló con tantísima rapidez que me pregunto cómo llegaron los últimos días. Pero llegaron, y comenzamos a apurar los segundos con más paseos, bailes, excursiones, acampadas en el jardín, risas flojas. Y en un santiamén ya estaba sollozando dentro del autobús, diciendo adiós a una segunda madre y a unos hermanos que, sin ser consanguíneos, me habían dejado una huella hondísima.

Sé a ciencia cierta que mis lejanas tierras del Pacífico distan mucho de ser como las recuerdo; lo que no significa que no sean así, sino que en mi memorándum personal las emociones colorean todo a su modo. Así, lo que quizá era un barrio común, aburrido y en calma, para mí era un pseudoparaíso del que me alejé a regañadientes y con las lágrimas empapándome las mejillas. Me he convertido en un Edward Bloom que añade cada vez más pormenores a su gran historia; que, en este caso, es más un relato aparte, una especie de fabulosa vida paralela, que una completa.

A veces -sólo a veces-, suelo pensar que continúan ahí, iguales que siempre, esperándome bajo el porche de la última casita a la izquierda de Arbutus Ave. Sin embargo, el raciocinio me advierte de que no es así. Que aunque me recuerden y echen en falta, ya no son los mismos. Han crecido: el pequeño ya no es tan pequeño y se ha cortado el pelo; la mayor ha volado del nido; y el vecino ha conseguido olvidarla y se ha enamorado de nuevo. Su hermanito, por cierto, debe de haber crecido una barbaridad. La madre tiene otro trabajo; el padre puede que haya mejorado los toques en la guitarra eléctrica; y seguramente alguno de los peludos gatitos haya pasado a mejor vida para ser sucedido por otros más pequeños.

Quizá tema que todo no vuelva a ocurrir de igual manera. Pero albergo esperanzas. Será mejor todavía.
Y la próxima vez que nos encontremos ya no será en sueños.

Escuchando... The Way It Is, de Bruce Hornsby

lunes, 15 de febrero de 2010

Dulce exceso


Atiborrarse amarga el sabor de lo más dulce.
No me percaté, pero lo hice.

Llegué, cual niña ansiosa, e introduje los dedos ávidamente en el tarro de las galletas. Comí, bocado a bocado, mordisco a mordisco; muchas veces sin siquiera degustar su sabor. Y así fue como sucedió: hinchada, no podía dejar pasar ni una esponjosa porción más. ¡Cuánto me hubiera gustado hacerlo! Pero era incapaz: mi estómago pedía descanso.

Me empaché de él. Me empaché con tanta furia y ganas que, cuando le hube engullido, no pude sino pararme a pensar qué hacer en siguiente lugar.

Sin embargo, estaba curada de espanto: ya me había atiborrado en más de una ocasión. Había merendado demasiada cantidad de mis golosinas preferidas, para después recogerlas en un cajón el tiempo suficiente como para que volviesen a gustarme. A veces, el empacho era necesario. Si me olvidaba de la moderación, un tiempo lejos del azúcar bastaba para percatarme de lo que me hacía falta, y así volver a él con la intención de no sobrepasarme.

Parecía que esta era la solución idónea. A pesar de esto, a nadie le gusta apartarse de sus golosinas; menos todavía de su dulce predilecto, el que le alegra el día y le enfunda esa sonrisa en la cara que incita a preguntar si has comido chocolate.

Pero esta vez hace falta.

Quiero prescindir de él. Voluntariamente, salvar distancias con la tentación, y reprimir las ganas de hincarle el diente. Estoy más que convencida de que me costará sudor y lágrimas. De que, aunque a veces me hastíe de él -y él de mí-, no estoy en absoluto habituada a pasar sin mi nutriente fundamental sin el cual no puedo subsistir.

Soportar la situación durante un breve lapso de tiempo será suficiente. Apenas un soplo de aire solitario, lo justo como para que, a la vuelta, ya no haya aversión alguna ante el recuerdo del empacho.

Será entonces cuando tome el dulce entre mis manos y me pregunte cómo he podido vivir sin él, sin arrepentirme de haberme atiborrado para caer en la cuenta de lo que le necesito.

Y así volveré a paladear mi dulcísima golosina.

Reflexionando...
Purifica tu corazón antes de permitir que el amor se asiente en él, ya que la miel más dulce se agria en un vaso sucio.
Pitágoras de Samos

martes, 2 de febrero de 2010

El tallo seco



Las cosas más bellas de este mundo son las que más frágiles se nos antojan.

Cuando era pequeña y todavía me maravillaba ante cualquier detalle nimio, alguien me comunicó que a las amapolas no les quedaba mucho tiempo de vida. Quizá mis primeros sentimientos de culpa nacieron de esa revelación: adoraba toquitear y arrancar estas bellezas que, con mayor celeridad que otras plantas, se destartalaban y deshacían entre mis dedos, para después revolotear y perderse entre las ráfagas de viento. Desde aquel día, dejé de robarlas. Me limitaba a observar, curiosa, su solitaria hermosura.

Ahora es cuando me he percatado de que te has transformado en una amapola. Fácil de extraer y vulnerable, continúas erguida, a duras penas, en un matojo de hierbas monocromo. Más hermoso que nunca, tu color rojo sangre reluce entre la multitud, pero apenas les das importancia. Te has abandonado a una apática forma de vida después de que él renunciase a posarse más entre tus pétalos. Cerrada en banda, cada instante asimilas con más convencimiento que vas a extinguirte, y te rindes a tu condición.

Te estás comenzando a sumir en una existencia marchita de la que, a cada minuto, te va a costar más y más librarte. Pero lo más preocupante es que no rechistas ante las circunstancias. Te has, según tú, conformado: has llegado a aceptar que todo no puede ir a mejor, para después quedarte aposentada en las garras de la apatía. Y ahí sigues, dominada por esas ansias de nada, rememorando quizá bocaditos del pasado que ya se han podrido.

Hay que admitir que llevas parte de razón. Cuando el mundo te descubre que la mayor parte de las cosas tienen fecha de caducidad, no es común empuñar el arma del optimismo y batallear contra él. Sin embargo, al igual que alguien que engulló demasiado alimento en mal estado, has de reponerte. Debes comprender que la vida no para de moverse, que sigue avanzando de modo inexorable aunque tú te empeñes en sentarte a observar cómo pasa.

A pesar de que nunca más puedas volver a ser una utópica, sé al menos una pequeña soñadora. Permite que tus pies echen a andar solos y que se recuperen de las magulladuras. Siente todo lo que te regala el mundo circundante, y aprecia como nunca lo que no te han arrebatado. Déjate llevar y deja de frenarte. Déjate vivir.

Vuelve a ser la flor más luminosa del campo.

Reflexionando...

El pasado es un prólogo.
William Shakespeare

lunes, 18 de enero de 2010

Corazón contaminado

Sé que esto no es sano, pero me gusta contaminarme.
Humo. Una cortina, espesa y putrefacta, reduce mi mente a polución. Casi siempre
logro recordar muchas escenas con perfecta nitidez, evocando detalles, palabras y hasta el más mínimo gesto. Pero hoy no. Hoy la escena ha tenido tanto de
desconsiderada que mi mente se niega a iniciar evocación alguna. No quiere
recordar. No desea volver a ese lugar, a ese tiempo -muy próximo, por lo que, de
hecho, le resultaría sencillo hacerlo-, por vergüenza. Está avergonzada de sí
misma, pues ha dejado que su dueña pronuncie, probablemente, las frases más
plagadas de ira, egoísmo y envidia de su vida.

Me da la sensación de que a mi mente no le avergüenza ser egoísta en sí. Siempre hay instantes en los que pensamos en nosotros mismos, y no sólo de manera objetiva, sino de modo subjetivo: sintiéndonos orgullosos de nuestras pequeñas proezas, alabando nuestro esfuerzo, copándonos de fuerza interior para convencernos a nosotros mismos de que nos merecemos lo mejor por el simple hecho de aspirar a ello.

Y es que eso no está mal. "Quiérete a ti mismo", dicen, lo cual encierra una verdad absoluta. Sin embargo -como todo-, el egoísmo presenta unos límites; unos límites que, como con otras muchas cosas, se pueden traspasar fácilmente y dar lugar a excesos. Y ese ha sido el problema, y la base de que mi mente, y por descontado yo misma, nos neguemos a recordar, cerremos nuestras puertas ante lo evidente: nos hemos contaminado.

Si acaso la contaminación fuese sólo propia, "allá yo", podría pensar; pero ese no es el caso. El caso es que he consentido que todas esas sustancias nocivas se traspasasen a él. He permitido, con todo el cinismo que tenía a mano, transmitirle frustración y la más estúpida de las envidias. Pero aún hay algo más vergonzoso: él no es cualquiera, es aquel al que debo más. Podría extraer de sus bolsillos una hoja alargada y comenzar a contabilizar mis deudas con su persona; y estoy segura de que no podría saldar ni una cuarta parte de ellas.

¡Cuántas veces lo he pensado! El amor entronca con la confianza, y la confianza supone confiar, comprender y compartir. El mayor enemigo del compartir es la pura envidia y, sobre todo, el egoísmo ciego. Este razonamiento, guiado por la lógica más primitiva, da por sentado que no hay amor. Porque lo parece y -sin duda-, él podría pensar algo así; lo que nos conduce a otro peligroso límite, que provocaría que cada uno marchase por su lado.

En palabras del maestro, cada vez hay más tú, más yo, y ni rastro de nosotros. Por eso, temo. Temo porque todos mis egoístas anhelos continúen cegándome, lo que resultaría fatídico para los dos. Y es que hasta a este hecho se le puede aplicar el egoísmo. Ojalá, si es que mi yo egoísta continúa en auge, sea para bien: para rogarte que te quedes conmigo por mi propia salud, por mi felicidad individual.

Ayúdame a curarme de esta afección.

Reflexionando...

Una demostración de envidia es un insulto a uno mismo.
Yevgeny Yevtushenko

sábado, 9 de enero de 2010

El muro de seguridad


Eres el arquitecto de mi corazón.
Sin preámbulos e invadido por la franqueza. Directo al grano. Sin decoraciones lingüísticas. "Me siento inservible", me dijiste. Pero apenas podía dar crédito a lo que estaba escuchando.
Puede que la causa de todo esto sea la infinita humildad que reservas para aquellos que verdaderamente aprecias. A diferencia de cualquier otro, el que se siente amado por ti sabe que siempre vas a creer que tu esfuerzo no ha sido suficiente; que apenas te has comprometido con su causa; y que, en definitiva, no eres merecedor de ningún título.
Sin embargo, en mi caso te lo has ganado sobradamente. Comenzaste como un simple peón de obra: colocabas, uno a uno, los ladrillos que necesitaba para levantar un muro de seguridad que me protegiese, de alguna manera, de cada pequeño aluvión de miedos que pudiese asestarme golpes. No hizo falta mucho tiempo para darme cuenta de que prometías: tu esmero al colocar cada una de las piezas no pasó inadvertido, y lo recompensé con creces. Y es que entre los cientos de construcciones de muros que se daban alrededor de ti, habías elegido la mía, y te habías entregado a ella de una manera muy peculiar.

Ascendiste. Peldaño a peldaño, fuiste construyendo mi muro de seguridad para alcanzar categorías más altas. Y, sin siquiera percatarte de todo ello, te convertiste en el líder del proyecto, y lo más curioso es que todavía no admites tu mérito. Continúas empecinado en pensar que eres un mero peón, cuando organizas mi seguridad. Sin tu labor, todo se derrumbaría, dejándome desnuda e indefensa ante las crueles amenazas que todavía contemplo como una niña.

Y es que tú me haces fuerte. Tú me ayudas a aprender a levantar el rostro y encarar cada amenaza. Y aunque estés convencido de que me como el mundo por mí misma, en el fondo eres consciente de que sin ti dar cada bocado se haría más duro. Porque hincarle el diente a la vida es más fácil si tú me vigilas desde lejos, aunque infravalores esa especie de tarea.

Ambos apostamos. El uno por el otro. Había condiciones, y tú las has cumplido. Aunque ya no haga falta ningún contrato: lo que construíste es tu casa. Te la regalé pasadas ya unas cuantas hojas del calendario.

Porque quiero que sigas salvaguardando mi muro.

Reflexionando...

Todos los problemas tienen la misma raíz: el miedo, que desaparece gracias al amor; pero el amor nos da miedo.
Anónimo
Powered By Blogger