
No voy a contar más los días. Sentir no es cosa de números. Ni lo será más para mí.

No voy a contar más los días. Sentir no es cosa de números. Ni lo será más para mí.

Lo bueno de crecer es que estás preparado para otro golpe. Lo malo, que pierdes la ilusión.
La confianza es tan frágil como el cristal más fino.
No se puede disfrutar del paisaje con bultos a cuestas.

Las mejores críticas suelen provenir de nosotros mismos.
Si te soy sincera, nunca he creído, aunque sí entendido, tu particular visión del mundo. En realidad, el pragmatismo es una buena manera de dejar de convivir con el sufrimiento y aprovechar con intensidad cada minuto. Haces lo que crees que te conviene, partiendo en todo momento del amor propio y del egoísmo natural que, según tú, es capital para no perder el tiempo enclavándonos en el pasado.
Al principio no te comprendía. Me enzarzaba en absurdas discusiones contigo sin entender que tu filosofía de vida estaba muy marcada, al igual que la mía, y que lo más provechoso sería intentar compartir puntos de vista y aceptar algunos consejos del uno y del otro.
Aprendí, y sigo aprendiendo, mucho de ti. Me estás enseñando a dejar de apoltronarme, de acongojarme sin justificación y de sollozar por lo que quedó atrás y demostró que no estaba hecho para mí. Pero aún así nunca sabré retirarme como lo haces tú: con elegancia y discreción, compartiendo instantes con otros a los que regalas sonrisas para después desaparecer porque tienes mejores cosas que hacer al día siguiente. Anoche decidí que, esta vez, tú tendrías que aceptar mi consejo. "Sigue tu senda", te dije, "pero sin dañar a los demás. La mayoría de las personas no asimilan tu carácter ni que la soledad sea tu copiloto en el camino".
Sin embargo, la mejor lección por mi parte ha venido de la mano de los hechos. Quizá se te había olvidado, pero tras estos meses tu abrazo ha sido como el de un niño dulce y enmadrado que necesitaba recuperar el calor de su casa. No sé si soy yo la más adecuada para etiquetarme como acogedora, pero lo cierto es que fuimos un hogar mutuo durante esas semanas de sol asfixiante: unos días en los que, por mucho que nos escociese el calor, la lluvia se empeñaba en mojar nuestras almas.
Fueron unos momentos en los que la tristeza mostraba su rostro más amable y nos recompensaba por las horas de sueño perdidas y la infelicidad injustificada. Cada gesto no tenía por qué tener sentido: sólo era una muestra de cercanía y de apoyo mutuo que, a pesar de tu filosofía tan voceada, esa vez no surtió efecto. No necesitabas razones para pasear conmigo a la orilla del río y dejar que el reloj corriese entre carcajadas. Tan sólo te hacía falta un motivo para creer en la amistad.
Y así has vuelto: tan superficialmente descreído como siempre, pero añorante de gestos y palabras cómplices. Tus azules ojos de gato ya no lucen como siempre, sino que, al conversar, los he visto relucir más de la cuenta; y he creído adivinar que, bajo tu habitual sonrisa educada, había una satisfacción implícita que indicaba lo que querías comprobar desde hacía tiempo: que los amigos reales, aunque escasos, existen y mantienen su esencia cuando vuelven a encontrarse.
Lo mejor de todo es que tu calidez sigue siendo la misma; aunque esté a merced de la luna de invierno.
Reflexionando...
La amistad no tiene un valor de supervivencia, sino más bien es una de las cosas que da valor a la supervivencia.
C.S. Lewis

Olvidarte no es cuestión de cerrar los ojos.

Reducir la velocidad nos ayuda a comprender mejor lo que nos rodea.


Tan sólo temo que las cosas no vuelvan a ser como antes.

Atiborrarse amarga el sabor de lo más dulce.


Eres el arquitecto de mi corazón.
Toda elección lleva aparejada una renuncia.La inocencia es un tesoro, dicen. Ella fue una ingenua -e inocente- durante un tiempo considerable. Es oportuno aclarar que su ingenuidad no la traía de cabeza. De hecho, ni siquiera se daba cuenta de que la inundaba por entero: estar segura de que las amistades podían ser siempre fieles, y que cada nueva persona en su camino sería una nueva alegría, era algo inherente a su pensamiento. No hacía falta que nadie se lo aclarara. Ella estaba segura de ello.

Te besaría de no ser porque estoy enfadada.Parece predecible. Pero no lo es.

Y la compenetración llegó con la normalidad.Será que todavía no lo asimilo. Será que todavía no lo comprendo. Será que todavía no lo concibo. Pero se me hace difícil entender que sus caminos se bifurquen.

Ni siquiera sé quién eres en realidad.No lo recuerdo del todo bien. El día que me adquirió, tenía esa extraña mezcla de felicidad-tristeza en el cuerpo, la dicotomía que te provoca saber que a alguien le importas, pero que se encuentra demasiado lejos como para alcanzarle. Por entonces sólo era un amable comprador dispuesto a cuidarme, pero poco a poco se convirtió en mi completo dueño. Me mimaba, me consolaba, me adoraba, me hacía carantoñas. Era su juguetito y, ciertamente, no me molestaba serlo.